Ciencia y Ficción
por Francisco José Súñer Iglesias

El hecho de que la ciencia-ficción se llame así da mucho que pensar, sobre todo cuando en las más de las ocasiones tiene muy poco de ciencia y todo de ficción, o cuando en otras la ciencia se hace dueña de la ficción para ofrecer obras poco menos que ilegibles, repletas de páginas y páginas en las que el autor pretende justificar al milímetro sus planteamientos narrativos y, en ocasiones, parece que hasta a sí mismo.

Lo que es innegables que la ciencia-ficción, en la forma en la que la conocemos actualmente (no es precisamente un género joven) es el resultado del optimismo científico de finales del siglo XIX y principios del XX. Parecía que las ciencias, al fin liberadas de ataduras religiosas y filosóficas, y volcadas definitivamente en el empirismo, darían solución a todos los problemas humanos, y ciertamente la evolución de la medicina, la ingeniería y la física durante aquella época hicieron dar uno de los mayores saltos de su historia la humanidad.

Es fácil comprender que llevados por ese entusiasmo, escritores del más variado pelaje imaginaran mundos futuros donde esa ciencia y esa tecnología hubieran llevado a la humanidad a otro estado, sí no superior, sí al menos más cómodo y menos penoso. De ahí la ficción científica, la ciencia-ficción.

No todo ha sido tan asombrosamente maravilloso como se propuso en aquellos primeros tiempos, tampoco ha sido, desde luego, tan negro como otras propuestas vaticinaban, realmente vivimos en una realidad en la que las luces y las sombras se superponen sobrepasando con mucho aquellas previsiones y definiendo como prácticamente imposibles otras.

Como yo también soy de talante optimista, al respecto el futuro que nos espera, siempre me ha gustado que la ciencia-ficción tenga un barniz científico y tecnológico, pero sin grandes excesos pedagógicos que la hagan insufrible. Desde luego que también se hace buena ciencia-ficción apoyándose vagamene, tan sólo, en la primera parte de su nombre, e incluso ignorándolo, pero los excesos parecen inevitables y en más ocasiones de la cuenta eso también tiene sus problemas; o son gruesos tomos filosóficos, en la misma línea didáctica que tan poco me gusta, o aventuras desaforadas a las que hay que acercarse con cuidado, porque no es lo mismo la aventura sin límites que la buena aventura.

© Francisco José Súñer Iglesias
(383 palabras)