Acontecimientos sin explotar
por Francisco José Súñer Iglesias

El autor de ciencia-ficción tiene dos opciones a la hora de desarrollar su trabajo. O se vuelca por la pura aventura, importándole bien poco otro tipo de consideraciones, o se sumerge en especulaciones sobre el porvenir de la sociedad y la tecnología, además de, por supuesto, los fenómenos intermedios, en los que estos extremos se unen en el intento de producir obras equilibradas en todos los sentidos.

Sin embargo, y como ya he comentado en alguna ocasión en esta misma sección (Especuladores, no adivinos, 26 de noviembre de 2000) el autor de ciencia-ficción no pretende ser un adivino ni predecir el futuro, simplemente reflexionar acerca de lo que puede deparar ese futuro en base a cuestiones preocupantes o curiosas de la actualidad del momento.

Pero, y a pesar de la imaginación de los autores, casi sistemáticamente la realidad resulta ser más apasionante y compleja que cualquiera de esas especulaciones, y así, el proceso de adopción del euro como moneda común por la gran mayoría de los países de la Unión Europea es una circunstancia que pocos autores, por no decir ninguno, han descrito o previsto en toda la historia de la ciencia-ficción.

Y esta circunstancia no deja de ser curiosa puesto que es algo que cualquier economista confirmaría como una medida más que deseable; las diferentes economías regionales, imbricadas dentro de un sistema monetario común, alcanzan mayor estabilidad, el comercio se hace más fluido en el área de influencia de la moneda única, el movimiento interno de los ciudadanos encuentra un inconveniente menos, y de cara al exterior se plantea un frente común más sólido y racional. Por no hablar de los inconvenientes, dramáticamente mucho más aprovechables.

Pues bien, asombrosamente nadie, jamás, ha planteado un relato o novela de ciencia-ficción en ese sentido, el de la adopción pacífica y casi unánimemente entusiasta de una nueva moneda por parte de una cantidad asombrosa de ciudadanos. Quizá, quien más se acercara a esta circunstancia fue Jack Vance en La Saga de Tschai, donde el onmipresente sequin era la única moneda a nivel planetario, por una lado planteaba que la aceptación popular al respecto es la mejor manera de que una moneda tenga valor, y por otro que ese valor es puramente simbólico y consensuado, de hecho los sequins son las raras semillas de una planta más rara aún.

Aparte de este ejemplo no conozco ningún otro en el que el monetarismo tenga alguna importancia real. Por supuesto que muchos autores han previsto para sus relatos que en el futuro se llegaría a alcanzar una cierta unificación monetaria, y el socorrido crédito ha sido probablemente la moneda más robada, ganada, malgastada y deseada del género, pero el proceso de cómo se llegó a ella es siempre irrelevante, sólo es un elemento más del atrezzo.

Ahora ya es tarde; ya no hay posibilidad de hacer ciencia-ficción respecto a ello, ya serán de puro naturalismo los relatos acerca del acaparamiento de la nueva moneda y su tímida circulación hasta no deshacerse de la antigua divisa y los problemas de desabastecimiento que ello provoca, el temor de las gentes ante lo desconocido, el lenguaje vacilante y no muy convencido cuando se trata de nombrar a la nueva moneda, el argot acechante que dentro de poco bautizará a billetes y monedas al gusto del usuario (¡a mi mismo me ha dado por llamar chapas a las monedas de dos euros!), las anécdotas chuscas sobre transacciones bancarias en cifras de la antigua moneda, pero marcadas como la nueva, la nostalgia de lo antiguo, el nexo común que supone para los ciudadanos de los países en los que entra en circulación, el primero que, desde los tiempos de Roma, supone un avance real hacia la identidad común europea, lejos de los tópicos culturales e históricos.

© Francisco José Súñer Iglesias
(631 palabras)