El hombre, ¿extensión electrónica?
por Dixon Acosta

Todas las mañanas salgo a mi trabajo, vestido con chaqueta, corbata, paraguas y provisto de dos cables que salen de mis oídos y cuyo origen se pierde en un bolsillo interior, se trata de los audífonos mediante los cuales me conecto a las noticias matutinas. En la oficina desarrollo mi trabajo en un artilugio compuesto por teclas y botones (computador u ordenador, como prefieran llamarle), cuya pantalla reproduce los tableros de la infancia, imagen poblada de letras y números en aparente orden racional.

En la noche, repito el mismo ritual, casi sagrado, tomo un pequeño artefacto, oprimo un botón verde y aparece al frente, en un mueble unos minutos antes inerte y mudo, una ventana para mirar el mundo, ventana que cambia de paisajes, situaciones y personas, tan sólo con presionar el interruptor con el pulgar derecho.

Antes de buscar la cama, tengo la gran necesidad de encender otro cubo semejante al de la oficina y a través de él, puedo cerciorarme si he recibido cartas sin papel ni tinta. Luego lo utilizo para plasmar estas ideas y enviarlas a un buzón invisible, situado al otro lado del Océano Atlántico, las mismas que luego posiblemente leeré de regreso en una página virtual.

Estoy tan cansado, que no alcanzo a pensar si estos aditamentos son extensiones de mi cuerpo adormilado, o por el contrario, soy yo el instrumento útil para que estos mecanismos cobren vida. No sé, lo único cierto es que mañana repetiré la rutina y no olvidaré los audífonos en la mesa del comedor.

© Dixon Acosta
Bogotá, (255 palabras)