Pandemia
por Manuel Nicolás Cuadrado

Pandemia es una palabra que procede del griego (pan, todo; demos, pueblo) y se utiliza cuando una enfermedad sale de sus fronteras, se propaga por varios continentes, dura varios años y causa tantos casos de infección que desborda a sus hermanas pequeñas, las epidemias y las endemias.

La más famosa sin duda es la Peste Negra. En la edad media despobló a Europa en más de un 20%. Esta bacteria se transmitía por la picadura de las pulgas que habitaban en la extensa multitud de ratas que por aquel entonces convivían con los humanos. Se cree que esta terrible enfermedad la trajeron a occidente los viajeros genoveses desde Asia. Estudios recientes dicen haber descubierto que la causa del contagio fue un asedio por parte de hordas mongolas que, al no poder rendir las defensas genovesas, les lanzaron con catapultas cadáveres infectados con la enfermedad, que en Asia era endémica.

Curiosamente, la menos conocida y no menos terrible, es la Gripe Española de 1918. En 4 años produjo más de 20 millones de muertos (bastantes más que la primera guerra mundial). La gripe (ese virus tan cotidiano en nuestra sociedad) no pudo ser controlada en esta versión mutada tan extraña que se propagó desde Alaska hasta Noruega. También pasó por España y aunque lo indique su nombre, no tuvo su origen en la península. Aunque no mereciera este gentilicio, esta enfermedad acabó solo en su capital con uno de cada tres madrileños. Se cree que esta clase de gripe la trajeron unos marinos estadounidenses y que está íntimamente relacionada con las aves.

La más cercana en el tiempo es el virus del SIDA o VIH. Transmitida vía intravenosa o por contacto sexual, esta plaga de proporciones bíblicas ha producido y sigue produciendo millones de muertos. Esta vez, se cree que ha venido del continente africano. Aunque en el mundo occidental, que es más rico en medios e información, parece estar en vías de control, en algunos países de África la situación es insostenible, precisamente por la falta de medios e información. Aún se desconoce exactamente su origen, aunque se cree que proviene de los simios.

Superada la época en que las pandemias eran consideradas como castigos divinos, no deja de resultar inquietante pensar que en una era dominada por la ciencia y la tecnología, la enfermedad está controlada solo hasta cierto punto. Parece como si la naturaleza se vengara en algunas ocasiones con mecanismo de control de la población, para que no crezca demasiado. Aunque si las pandemias pudieran pensar por sí mismas, habría que decirles que la humanidad se basta por si sola en crear soportes para su propia destrucción.

Me resulta raro que un género como la ciencia ficción no abunde en títulos sobre pandemias. Se prefiere que los invasores o destructores del mundo sean bien tangibles y visibles, parecidos a los humanos, o en todo caso a los animales o plantas e incluso a las máquinas, por muy espantosos que sean. En el caso de los microorganismos el tema parece que no está tan claro. Excepciones mencionables, que yo recuerde, son la magnífica novela y película de M. Crichton, LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA, la no tan magnífica (por su extensión y conclusión) novela de S. King, LA DANZA DE LA MUERTE y la desquiciada película de T. Guilliam, DOCE MONOS.

Ahora que en los albores del siglo XXI desgraciadamente está de moda el bioterrorismo, simplemente me gustaría añadir una cosa más. El actual e indiscriminado envío de cartas contaminadas con esporas de ántrax no creo que obedezca a una intención de provocar una pandemia que acabe con el mundo occidental. Saben perfectamente que el ántrax es una enfermedad bacteriana de origen animal que no es especialmente virulenta en lo que a su propagación y contagio se refiere en los humanos. No quieren una pandemia de ántrax. Lo que sí están introduciendo es una enfermedad que ni siquiera está reconocida como tal. La enfermedad del miedo. Y se está propagando a la velocidad de la Gripe Española. Las pandemias son (por ahora) extraños avisos de la naturaleza. Dejémoslas en eso, por favor, que ya es bastante.

© Manuel Nicolás Cuadrado
(687 palabras)