Salvación S. A.
por Lejano Buitre

Todo el mundo tiene un vicio inconfesable. Todo el mundo. En cualquier época. Puede ir de lo más inofensivo, como hurgarse la nariz o masturbarse en la ducha, a lo más degradante, como hacer viajes a Thailandia para sodomizar a niños de 10 años. Pero no se engañen. En el más profundo rincón del corazón de toda persona anida un vicio.

Si aplicásemos consideraciones morales o éticas a esos vicios llegaríamos a la conclusión de que muchos son irrelevantes. ¿Qué me importa a mí que a mi vecino le guste mirarle el culo las mujeres por la calle? Puedo encontrarlo más o menos reprobable, pero no parece especialmente grave. Sin embargo, puedo encontrar repulsivo que a mi vecino le guste pegar a las mujeres para excitarse. Y algunos de esos vicios personalmente repudiables son también socialmente condenables, como la bebida (va por épocas, ojo) e incluso legalmente punibles, como la pederastia (también va por épocas).

Lo que me resulta realmente insoportable es el vicio ajeno de la salvación. Seguro que ustedes conocen al tipo. Gente que cree estar, si no en posesión de la verdad absoluta, al menos en posesión de costumbres y opiniones más respetables que la de su vecino. En general suelen ser casos graves de lo que llamo el síndrome de Yono. Constantemente hallaremos en su boca frases que empiezan como Eso a mí no me pasaría nunca, Yo no he tenido nunca esos problemas, No entiendo cómo te pasan esas cosas, No sé cómo puede gustarte eso o la ya clásica Yo no es que sea [insertar-adjetivo], pero..., frase ésta que suele iniciar comentarios istas de todo tipo.

Y que no se me entienda mal. No soy un santo y a mí también me molestan los vicios ajenos. Me molesta profundamente que la gente fume, por ejemplo. Yo no fumo y me irrita mucho llegar a casa después de salir a tomar unas copas con la ropa apestando a tabaco. Si la gente está en mi casa o en mi coche sabe que lo tiene difícil para encender un cigarrillo. Pero sé que es un vicio difícil de dejar, así que de vez en cuando me compadezco y les dejo que echen unas caladas. Y no me corto en preguntarles si es imprescindible que fumen.

También tengo mis vicios (de hecho uno de los descritos, pero no les diré cuál). Lo que pasa es que yo no intento salvar a nadie. No cojo a mi amigo fumador y le enseño fotos de pulmones con cáncer, ni estadísticas de fallecimientos por tabaco, ni le hago comentarios como Cabrón egoísta de mierda, tus gastos sanitarios acabaremos pagándolos entre todos. Tampoco sermoneo a un amigo bebedor y le doy la tabarra para que deje de masacrar sus neuronas y convertir su hígado en paté.

Y obviamente espero la misma cortesía de los demás. Por eso me jode tanto leer comentarios y críticas del género donde una persona, independientemente de sus conocimientos y opiniones, que son tan respetables como los míos, tiene a bien soltarme solapadamente cómo puedo ser tan débil mental y tener tan mal gusto para leer lo que leo. Yo no voy por ahí diciendo esas cosas, aunque me pregunte qué coño tiene Danielle Steele para vender tanto. Para mí leer ciertas cosas, aún sabiendo que no son precisamente Obras Maestras de la Literatura Universal, es como un vicio inofensivo y divertido. O sea que ya saben. No intenten salvarme ni convertirme. No vengan a mi puerta con panfletos, ofertas de salvación ni opiniones de iluminados. Estoy armado y se me considera peligroso.

© Lejano Buitre
(597 palabras)