Sin miedo
por Francisco José Súñer Iglesias

Por regla general, el lector suele ser mucho más consciente que el autor de sus limitaciones culturales y de entendimiento, y hace un acercamiento humilde y respetuoso a las grandes (y pequeñas) obras que pretende leer, con la casi convicción de que alguien que se ha atrevido a escribir y publicar debe estar poseído por la más absoluta de las genialidades.

Si además de esto, el lector ha tenido la ocasión de toparse con el comentario de algún sesudo erudito que, con grandes e inasibles palabras, recomendaba la obra encarecidamente, el acercamiento ya no es solo respetuoso y humilde, también es sumiso y reverente.

Si tras tanto miramiento el lector se encuentra ante un muro infranqueable de palabrería anticuada pero de mucha distinción, larguísimos párrafos en los que apenas se resuelve nada, personajes absurdamente perdidos en sus torturas íntimas, líneas argumentales de una ciertamente artificiosa complejidad, en definitiva, poco menos que un lozadal narrativo, en vez de hacer lo que en buena lógica debiera, esto es; dejar el libro molesto y con el sentimiento de haber sido estafado, continua con su sufrimiento en la creencia de que algo así debe ser, por necesidad, excelso, y que sólo su cortedad intelectual no le hace saborear.

Pues pierda el miedo el lector. Nadie es sagrado, ningún autor merece tanto respeto como para terminarle un bodrio infumable, ningún crítico tiene en su mano el don de la verdad, todas las obras son cuestionables y todas las opiniones válidas.

Como el vino, la buena literatura es la que gusta, e importa bien poco cual sea esta, quien la firme, quien la recomiende y en que forma se edite. La mala literatura es la otra, la que aburre, la que abruma, la que no se entiende. Por ello, pretender normalizar de que forma tiene que estar hecha una u otra es una empresa estúpida, es el lector, leyendo Sin miedo, el que tiene que decidir, a despecho de las compulsiones de exquisitos y enterados, lo que en verdad le gusta e interesa.

© Francisco José Súñer Iglesias
(337 palabras)