El humor en la ciencia-ficción.
por Francisco José Súñer Iglesias

Quizá a causa de un especial sentido de inferioridad de ciertos aficionados y autores de ciencia-ficción, que por el mero hecho de ser adictos al género se sienten de algún modo intelectualmente mermados respecto al resto de los lectores, cinéfilos, escritores y realizadores, el humor, dentro del género, da la impresión de estar mal visto.

Ese sentimiento de inferioridad da lugar a que se trate en cada escrito, en cada palabra que se vierte sobre el género, no ya a ponerlo en su justo lugar, tan digno como cualquier otra expresión literaria o artística, sino a elevarlo por encima de las altas cotas de la transcendencia. El esfuerzo es vano en noventa y nueve de cada cien ocasiones. Por cada obra que alcanza esa transcendencia noventa y nueve (y más) se malogran como panfletos insufribles que le hacen un flaco favor, por herméticos y aburridos.

Todo esto sin tener en cuenta que la ciencia-ficción es, ante todo, aventura, y la aventura, sin humor, se convierte en un tedioso relato de viajes cósmicos.

Eso se ha entendido desde los principios del género, y la lista de autores que han cultivado el humor en sus obras, por no decir que han hecho de ellas una bandera estética y estilística es enorme; Isaac Asimov, Jack Vance, Harry Harrison, Frederik Brown, Stanislaw Lem, el propio Heinlein, por no hablar de los venerables, Verne o Wells, conseguían dar un tono amable y jocoso a sus relatos, pero no por ello escribían humoradas vacías, no dejaban de lado la motivación principal de sus obras, y profundizaban con la agudeza que los caracterizaba en los predecibles problemas de sus mundos futuros.

Por ello, rechazar el humor como vehículo de la ciencia-ficción seria, aduciendo que rebaja los altos niveles a los que debe aspirar el género, es algo que cae de lleno en el más espantoso de los ridículos.

© Francisco José Súñer Iglesias
(314 palabras)