Bicis Atómicas
Por Francisco José Súñer Iglesias

Esta mañana, dándome una vuelta con la bici, me he dado cuenta de que, independientemente del esfuerzo físico, estaba practicando mi deporte favorito con tales ayudas tecnológicas que si alguien me hubiera imaginado solo veinte años antes, hubiera estado en posición de escribir un relato de ciencia-ficción absolutamente descacharrante.

Por lo pronto, la propia bici es un monstruo que impresiona la primera vez que se la contempla. Negra, con toques grises y aluminio crudo, es un cacharro que por la estructura de sus suspensiones resulta de una altura poco común. Como digo, esto es a causa de la suspensión trasera, un espectacular entramado de tubos pulidos de aluminio que báscula muy cerca del eje de los pedales, y que se apoya en el amortiguador, prolongándose en una línea imaginaria con el tubo superior del cuadro. El propio amortiguador es una fina pieza de ingeniería, funcionando a base de aire, resulta ligero y ayuda a hacer la bici mas atómica aun. En la parte delantera, la horquilla gris, de gruesas barras y basada en un muelle de acero, y para terminar de dar un aspecto ciertamente agresivo a la bici, el sillín, también en gris y negro, estilizado resulta poco apto para traseros delicados.

Todo esto, además de ruedas, cambios y otros accesorios fabricado, por supuesto, con materiales exóticos que raramente se pueden identificar en otros ámbitos; kevlar, magnesio, titanio, diversas aleaciones de aluminio mecanizado, torneado y estampado, plásticos exóticos y algún que otro material inidentificable pero ciertamente asombrosos.

Eso solo la montura, la cantidad de materiales extraordinarios que yo mismo llevaba encima, para protegerme del sol, el frío y el viento, tampoco es desdeñable; guantes de goretex, neopreno y cordura, camiseta y calcetines de fibra sintética, tejida de tal manera que evita que el sudor quede pegado a la piel, la chaqueta de wind stopper, fibra a la vez ligera, transpirable e impenetrable por el viento. El casco especialmente diseñado para, simultáneamente, proteger y refrescar la cabeza, zapatillas con una gruesa suela de fibra de carbono, imposible de flexar, para hacer el pedaleo mas eficaz y gafas polarizadas para proteger los ojos del sol y los inevitables proyectiles campestres.

Y hace veinte años los ciclistas ya eran unas gentes que vestían raro y llevaban unas convenientes máquinas de tortura, pero que en realidad no habían cambiado mucho en decenas de años.

Pero hoy por hoy, se han convertido en algo parecido a astronautas en tierra, extraños extraterrestres irreconocibles tras sus gafas y cascos, portadores y usuarios de tecnologías aeroespaciales, que sin embargo, y eso es quizá lo mas sorprendente de todo, están al alcance de cualquiera.

Como alguna vez ya he dicho, los autores de ciencia-ficción no han sido nunca adivinos, ni han tenido intención de predecir el futuro, pero lo que es bien cierto, es que hay cuestiones que, por mucho que hubieran reflexionado sobre ellas, nunca habrían llegado a ser capaces de imaginar.

© Francisco José Súñer Iglesias
(487 palabras)