Críticas. Guía de uso
III: Los Críticos
por Francisco José Súñer Iglesias

Si el ego de los autores resulta delicado el de los críticos no lo es menos. Existe, de algún modo que no acabo de entender muy bien, una tendencia bastante acusada por parte del crítico de no admitir críticas acerca de su propia crítica, y lo peor del caso es que esa tendencia se contagia haciendo que se sacralice la crítica, y sean pocas las voces que se alcen señalando lo poco razonada o lo visceral que tal o cual resulta ser.

Y si surgen esas voces, y son por parte de otro crítico, se puede hablar de, casi, el inicio de una guerra dialéctica en la que ambos contendientes no saldrán demasiado bien parados.

Esto, siempre hablando de la crítica como Arte de juzgar de la bondad, verdad y belleza de las cosas, o c onjunto de opiniones expuestas sobre cualquier asunto, pero nunca como c ensura de las acciones o la conducta de alguno. En este sentido, resultan excesivas las críticas que, sobrepasando las dos primeras definiciones, entran de lleno en la tercera, convirtiéndose más en un comentario de portera que en una exposición razonada y razonable de las virtudes y carencias de una obra.

Es el plano personal el que debe rehuir el crítico y no hacer de sus comentarios soflamas panfletarias en contra del objeto de su crítica. Esto, que se le supone al crítico profesional, debe extenderse sin ningún tipo de contemplación al crítico aficionado, habitual de las redes o fanzines, que quizá enmascarado tras un pseudónimo tontorrón o escudándose en padrinos de más peso y prestigio aprovecha para lanzar diatribas que nada tienen que ver con lo técnico o estético, pasándose al plano estrictamente personal.

Este, quizá, haya sido el mayor y único pecado del crítico durante toda su historia, confundir la obra con el autor, al autor con la persona y, dependiendo del signo de la crítica, la contundencia con el insulto o la adulación.

Cualquier otro tipo de consideraciones técnicas, analíticas, estéticas, históricas o teóricas quedan siempre oscurecidas por la personalización del objeto de la crítica, que recuerdo, ha de ser la obra, nunca el autor. En ese sentido, el crítico ha de ser aséptico hasta el extremo, un razonamiento estricto de la calidad del texto y la estructura narrativa de la obra, independientemente de los parámetros utilizados para analizarlo, queda descalificado cuando el crítico entra en consideraciones particulares sobre la capacidad y personalidad del autor, eso puede ser interesante en un posterior estudio biográfico del mismo, pero en el momento de comentar la obra debería ser una cuestión superflua y prescindible.

Indudablemente, el conocimiento de la personalidad del autor ayuda a la correcta comprensión de la obra, pero profundizar durante la crítica en ese aspecto resulta peligroso puesto que, como ya he dicho, es muy fácil caer en el insulto o la adulación, a poco que el crítico se deje llevar por la ira o el entusiasmo.

Otra costumbre que provoca confusión es que el crítico compagine su actividad como tal con la de opinador, columnista o articulista sobre el arte que critica. Podrá jurar y perjurar que lo que escribe en las columnas o artículos son sus opiniones subjetivas, sin nada que ver con sus asépticas críticas formales, pero la confusión está sembrada. Para el lector, y el autor, no hay separación entre las opiniones informales y las crítica serias, ambas las hace la misma persona armada de las mismas herramientas analíticas, poco importa que en una el tono sea correcto y aséptico y en las otras se recurra a un estilo desenfadado y literario, es el crítico criticando, con otros modos, otros objetivos y probablemente con la misma honestidad, pero pretender que lectores y autores separen crítica de opinión sólo por el contexto y las formas es, cuando menos, un ejercicio bastante ingenuo.

© Francisco José Súñer Iglesias
(634 palabras)