Críticas. Guía de uso
I: Los Consumidores
por Francisco José Súñer Iglesias

Sean lectores, visitantes de exposiciones o espectadores son, en principio, los destinatarios de las críticas. Existen, sin embargo, intenciones perversas en ciertos críticos y ciertas críticas que ignoran soberanamente al espectador, y se dirigen directamente a editores, productores, autores, directores, actores y demás fauna creativa, pero esas ya son cuestiones en las que previos contenciosos personales han puesto en contra a comentado y comentarista.

Suponiendo que los comentarios del crítico van dirigidos a los consumidores, estos han de poseer a su vez el suficiente sentido crítico, fundamentado en la experiencia y los muy particulares gustos personales de cada uno, para saber que hay que hacer con los también muy particulares gustos personales de cada crítico.

Se tiende en muchos casos, por la natural modestia del que se sabe ignorante de ciertas arcanas artes, a considerar que alguien que es capaz de utilizar palabras rimbombantes y elaborar complejas oraciones para describir ciertos aspectos de la obra, también está mucho más cerca de la verdad que el pobre ignorante que, inocentemente, se acerca a esas obras y espectáculos con la simple intención de pasar el rato. Este despliegue de fuegos de artificio debe ser dejado de lado por el lector de la crítica, que debería ceñirse a la conclusión del crítico; la obra le ha gustado, no le ha gustado, le ha aburrido o le parece el vivo retrato de lo sublime.

Una vez separado el grano de la paja, el consumidor debe echar mano de su experiencia personal con el crítico de turno. ¿Hasta que punto es fiable? No sabría definirlo con exactitud, pero pongamos que si de cada diez críticas, ocho coinciden con la impresión final que el consumidor ha tenido de las obras, fundamentalmente habremos fiarnos de lo que el crítico nos dice. El caso contrario, que el consumidor se vea decepcionado con ocho de cada diez recomendaciones, es otro parámetro igual de fiable... sencillamente se habrá de hacer lo contrario de lo que el crítico en cuestión recomiende.

Obviamente no todo es así de sencillo, queda ese 20% de posibilidades de que el consumidor se equivoque al aplicar este método, pero con un crítico honesto no debe existir mayor problema, en ningún sitio se dice que dos personas, aún teniendo unos gustos muy parecidos deban coincidir completamente, o que difiriendo por lo general en usos y costumbres, no tengan puntos de coincidencia.

El segundo caso (al fin y al cabo los dos anteriores son dos variantes del mismo) es del de crítico vendido o malintencionado. Si se ocultan tras sesudos escritos es difícil discernir que no obra de buena fe, pero con el tiempo y el contraste de unas obras y otras con sus comentarios, se verá que incurre en constantes contradicciones, y lo que ayer era perfecto (y creado por tal mengano, o editado por tal zutano) mañana será un bodrio infumable (aunque creado por tal fulano o editado otro zutano) o en el caso de los pelotilleros, Don Chuquiliquatro no se baja del burro de lo excelso mientras que Pepito Zascandil no llega jamás ni a mediocre.

Sobra decir que, una vez averiguado esto, y por muy prestigiosa que sea la firma, encontrarla y pasar de página debería ser todo uno, aunque tampoco es mala cosa ejercer un seguimiento del supuesto crítico. Si el lector es capaz de no indignarse ante la evidente mala fe obtendrá muchos y muy buenos ratos de diversión.

Un tercer tipo es el crítico amargado o simplemente ahíto de fama, que con tal de hacerse notar e incluso molestar e irritar, siempre irá en contra de la corriente dominante (que no nos confundamos, nada tiene que ver con las moscas y la mierda) Si el consumidor es de su misma cuerda le reirá las gracias y se quedará en casa reflexionando acerca de lo podrida que está la Ínsula de la Creatividad, y quizá perdiéndose un espectáculo que es posible esté lejos de lo excelso, pero si sea más que aceptable.

© Francisco José Súñer Iglesias
(660 palabras)