La suspensión de la credulidad
por Francisco José Súñer Iglesias

En el día a día, en nuestra relación habitual con amigos, familia, compañeros, mantenemos, de forma inconsciente, un filtro que nos permite saber cuando se nos miente y cuando se nos dice la verdad. Las pequeñas inconsistencias, los modos de reaccionar y decir las cosas, lo alejado que esté el interlocutor de su línea habitual, además de otras muchas señales y cuestiones más difíciles de analizar, nos permite saber si esa persona nos está siendo sincera o nos quiere engañar.

Ese mismo filtro lo aplicamos a las noticias. La experiencia y el bagaje cultural nos permiten descartar aquellas que sobrepasan lo razonable para acercarse a amarillismo. Con todo, en muchas ocasiones documentos gráficos y otras fuentes confirman esa noticia y, admitiendo nuestra sorpresa, debemos admitir su veracidad.

¿Qué ocurre entonces con la literatura y el cine? En las obras con pretensiones realistas no es preciso filtrar nada, lo que se nos ofrece parece verosímil porque se nos cuentan historias que no se alejan mucho de experiencias propias o ajenas, y aunque se relaten incidiendo especialmente en los aspectos dramáticos o cómicos, es precisamente la fidelidad realista de esa representación la que proporciona calidad a la obra.

Pero llegamos a las obras de ficción, la ciencia-ficción entre ellas. Todo lo que se relata es mentira de la primera a la última palabra. ¿Cómo es posible entonces que leamos sin quejarnos de ello? Es aquí donde interviene la suspensión de la credulidad. No importa lo falso del relato, no es su verosimilitud lo que interesa al lector, son el resto de las componentes, como la aventura, el exotismo, la divulgación científica o simplemente el placer de una historia bien contada lo que cuentan.

Existe, sin embargo, un límite del que el narrrador nunca debe pasar, el de la coherencia interna del relato. El universo en el que se mueven los personajes, y estos mismos, deben estar bien estructurados, sin inconsistencias ante las cuales el lector reactiva su sentido de la credulidad y sencillamente no obtiene ningún tipo de placer de la lectura.

A no ser, claro, que la historia sea tan desaforada que ni eso importe. Pero obviamente antes se ha debido contar con la complicidad del lector.

© Francisco José Súñer Iglesias
(367 palabras)