Sense 8
Sense 8 EE. UU., 2015
Título original: Sense 8
Dirección: Lana Wachowski, Lilly Wachowski
Guión: J. Michael Straczynski
Producción: Alex Boden
Música: Johnny Klimek, Tom Tykwer
Fotografía: John Toll
IMDb:
Reparto: Doona Bae (Sun Bak); Jamie Clayton (Nomi Marks); Tina Desai (Kala Dandekar); Tuppence Middleton (Riley Blue); Max Riemelt (Wolfgang Bogdanow); Miguel Ángel Silvestre (Lito Rodriguez); Aml Ameen/Toby Onwumere (Capheus); Brian J. Smith (Will Gorski); Freema Agyeman (Amanita Caplan); Daryl Hannah (Ángelica Turing); Alfonso Herrera (Hernando); Terrence Mann (Whispers); Eréndira Ibarra (Daniela); Naveen Andrews (Jonas Maliki); Purab Kohli (Rajan Rasal); Max Mauff (Felix Berner); Paul Ogola (Jela); Chichi Seii (Shiro); Michael X. Sommers (Bug)

Una serie que exhiba en los créditos la dirección de a los/las Wachowski y el guión de Straczynski tiene todas las papeletas para convertirse en una serie de culto y arrasar en fans y admiradores a lo largo y ancho del mundo mundial.

Si embargo, Sense 8 no ha traspasado límites, no ha calado hondo, no se ha convertido en parte del imaginario colectivo. Al menos era una desconocida para mi hasta hace un par de meses que revolviendo por Internet la descubrí y, precisamente gracias a sus padrinos, me decidí a verla.

Le han salido una montaña de fans entusiastas, sin duda, pero su repercusión ha sido, digamos que moderada. De ahí que se cancelara al terminar su segunda temporada y se rodara una especie de película-episodio final para cerrar la mayor parte de las tramas.

Lo único que puedo decir tras vérmela casi de un tirón es que es la típica serie con ínfulas, que quiere ir de rompedora (disruptiva, que se dice ahora) y trepar a pulso hasta el olimpo de las series míticas, pero que pese a sus innegables pinceladas de calidad e interés, se queda a mitad de camino por falta de fuelle. Por decirlo de otra manera, es una serie fondona. Tiene músculo, pero bajo una gruesa capa de grasa. El músculo se basta para cargar con la grasa, pero siempre y cuando el camino sea llano, cuando nos encontramos con la primera cuesta, el sobrepeso se convierte en un problema, por no hablar de la falta de agilidad y los parones continuos para coger aire.

La cosa va de que hay dos humanidades, el Homo Sapiens al que ya conocemos gracias a los espejos, y el Homo Sensorium que tiene un gen torcido (bueno, por lo que entendí, es más bien al revés) que le permite comunicarse a distancia y compartir sensaciones con su clan, compuesto por ocho individuos nacidos exactamente a la vez pero no necesariamente cerca, más bien todo lo contrario. En el caso del clan que protagoniza la serie hay yankis: Will Gorski (Brian J. Smith) y Nomi Marks (Jamie Clayton), islandeses: Riley Blue (Tuppence Middleton); keniatas: Capheus Onyango (Aml Ameen y Toby Onwumere), coreanos Sun Bak (Bae Doona), mexicanos Lito Rodríguez (Miguel Ángel Silvestre), alemanes: Wolfgang Bogdanow (Max Riemelt), e hindúes: Kala Dandekar (Tina Desai). Hombres y mujeres, por supuesto, negros, blancos, amarillos y café con leche, heteros y gays, incluso una transexual lesbiana. Lo que les une es algo más que telepatía, es una comunión plena y extensa.

Ya el leitmotiv se hace un poco cuesta arriba, pero es de sobra conocida la afición de Straczynski por los telépatas (fueron uno de los principales hilos conductores de Babylon 5) Bien, una vez aceptado pulpo como animal de compañía y superada cualquier reticencia al respecto, la cosa no podía quedar ahí, una malvada organización secreta dedica todos sus recursos a cazar a los sensate (cuidado con los falsos amigos) a lo largo y ancho del mundo para hacer experimentos con ellos y convertirlos en zombis asesinos, por no hablar de cosas peores.

Los protagonistas de Sense 8 se ven por tanto perseguidos, acosados y cazados por el malvado Whispers, uno de ellos captado por ese lado oscuro.

Como era de prever en una serie con este argumento los del clan, una vez aprenden a transferir sus habilidades, salen con bien de una y otra peripecia siempre acosados por sus enemigos, tanto los malos en general como los de sus vidas privadas. Así tenemos a los luchadores: la ejecutiva coreana Sun, Wolfgang, el mafiosote alemán y Will, el poli de Chicago, especialista cada uno en una forma de lucha, más reglada en el caso de la Sun, más informal en el caso de Wolfgang. Luego están los cerebritos, la yanki-trans-lesbi Nomi, y la hindú Kala, hacker de la leche la primera y doctora en química la segunda. Por último quedan las habilidades de andar por casa, como el de Lito Rodríguez actor-mentiroso de culebrón mexicano (el papel que interpreta Miguel Ángel Silvestre), Capheus, el mecánico-conductor y Riley, la pinchadiscos islandesa... que realmente no tiene habilidad alguna, pero si mucha paciencia y empatía, y que navega un poco como florero durante toda la serie.

Ojo, no estamos hablando de superhéroes al uso, aparte de esa transferencia de habilidades en los momentos más oportunos y el tener siete opiniones más para valorar, nadie vuela, ni tiene telekinesis ni nada de nada, aunque algunas escenas puedan sugerir otra cosa.

Mola ¿no? Es algo así como Héroes. Pues no, el acierto de Héroes era que además del crecimiento como superhéroes de los personajes, se les daba una profundidad humana bastante consistente. En Sense 8 no es que haya profundidad humana, es que hay hondura, y el desarrollo de la acción se ve interrumpido una y otra vez con las cosas domésticas de los sensate ¿Qué no querías ser mafioso? Pues te jodes y te conviertes en el mafias más temido de Berlín, y encima lloriqueando. ¿Qué no te quieres casar con un rico heredero? Pues dos tazas, que encima te hace jefa de su empresa. ¿Qué solo querías conducir tu matatu por Nairobi y cuidar a tu madre enferma? Pues ale, machaca de mafiosos, héroe de barrio y candidato a las elecciones. No son historias exentas de interés, pero son de ese tipo de cosas que basta con apuntar con unas cuantas pinceladas bien perfiladas, y no con minutos y minutos de cámaras leeentas y largos parlamentos filosóficos que acaban sonando a nada.

Eso hace a Sense 8 demasiado plomizo en demasiadas ocasiones. Ni siquiera las repetidas escenas de sexo casi explícito ayudan. Está siempre bordeando la línea de lo pelma, aunque suele, no siempre, recuperarse a tiempo, volviendo de nuevo a la vorágine de la conspiración y las persecuciones.

Lo que en cierto modo resulta fascinante es la presentación de escenarios que raramente se habían visto tan detalladamente en una producción occidental, como los suburbios de Nairobi. Hemos visto barrios populares del norte de África, hemos visto Soweto, pero así, haciendo memoria, no recuerdo que una ciudad del África negra haya tenido tal protagonismo, si descartamos su uso como campo de tiro, ([V: BLACKWHAWK DERRIBADO]) Mi opinión es que esto, junto a la diversidad racial y nacional de los protagonistas no deja de ser una declaración de intenciones de Netflix: quiere vender en todo el mundo, y para eso nada mejor que lograr la simpatía de sus futuros clientes dejándoles muy claro que ellos, por supuesto, también existen, y el resto del mundo tiene noticia de ellos.

Lo que nos lleva a otra cosa curiosa de la serie. También se puede ver como un largo documental sobre las ciudades de la Tierra. Postal preciosista tras postal preciosista, aunque también hay sus buenas raciones de tiros y persecuciones despendoladas, se muestran rincones y vistas dignas de un libro de fotografía. Como declaración de intenciones está la larguísima intro, de casi dos minutos de duración, todo un videclip por si misma.

Lo que si me ha dejado claro es que los Wachowski no son los genios que parecían en [V: THE MATRIX]. Con aquella producción deslumbraron a medio planeta, pero en cuanto alargaron la idea ya demostraron que lo suyo era el efectismo hueco, desde entonces han producido películas grandilocuentes ([V: EL ATLAS DE LAS NUBES], [V: EL DESTINO DE JUPITER]) que insisten en el efectismo, pero que desnudas de todo lo visualmente asombroso, resultan ser historias relativamente triviales envueltas en un lujoso papel celofán, Afortunadamente para la ocasión han contado con el contrapeso de un guionista de mucha entidad como es J. Michael Straczynski, el impronunciable creador de la mítica Babylon 5, y se nota que más allá de las postales de revista de viajes y los largos diálogos pomposos, hay un argumento consistente y bien hilado.

Con todo, los esfuerzos encontrados se hacen patentes y hay momentos en los que las escenas, que no el argumento, se hacen confusas, sobre todo cuando no queda claro cuando la presencia del resto del clan es real o figurada. No se ha optado por ayudar al espectador con algún efecto visual, y debe adivinar por el contexto quien es real y quien un visitante. Al principio, cuando se muestran las visitas como alucinaciones no resulta algo molesto, pero en los capítulos finales, cuando los miembros del clan ya se han reunido hay momentos en los que resulta un esfuerzo inútil comprender quien está y quien no.

Otro problema de Sense 8 es que es un cruce entre serie de acción, videoclip estirado y documental antropológico, que encima se clausura con un episodio empalagoso hasta decir basta. De hecho al día siguiente tuve que ir a mi dentista para que me repusiera dos empastes que habían saltando ante la regeneración de unas caries resucitadas con tanto azúcar.

Todo a cuenta de que tras dos temporadas, Netflix decidió cancelar la serie abruptamente cuando había quedado todo en el aire con un chilfhande de esos de manual. Ante las críticas de unos y las protestas de otros se decidió rematar la serie con un episodio final de dos horas donde quedarían cerrados los principales hilos narrativos.

Pero fue un episodio raro. El guión es penoso, el desarrollo inconexo, los absurdos se suceden escena tras escena, y más allá de que el malo palma y la chicha se salva, los últimos veinte minutos agotaron toda sustancia dulzona del Área Metropolitana de París, como una parodia retorcida de las películas de Lito Rodríguez.

© Luis del Barrio, (1.588 palabras) Créditos