El hombre en el castillo
El hombre en el castillo
EE. UU., 2015
Título original: The Man in the High Castle
Dirección: Dirección: Daniel Percival, John Fawcett, varos más.
Guión: Philip K. Dick, Frank Spotnitz, Jihan Crowther, varos más.
Producción: Frank Spotnitz
Música: Dominic Lewis, Henry Jackman
Fotografía: Gonzalo Amat, James Hawkinson
Duración: 4T. 40E. 52min.
IMDb:
Reparto: Alexa Davalos (Juliana Crain); Joel de la Fuente (Inspector Kido); Rufus Sewell (John Smith); Chelah Horsdal (Helen Smith); Brennan Brown (Robert Childan); DJ Qualls (Ed McCarthy); Cary-Hiroyuki Tagawa (Nobusuke Tagomi); Rupert Evans (Frank Frink); Luke Kleintank (Joe Blake); Gracyn Shinyei (Amy Smith); Genea Charpentier (Jennifer Smith); Arnold Chun (Kotomichi); Quinn Lord (Thomas Smith.)
Comentarios de: Luis del Barrio

Hace muchos años que leí la novela de Dick que se adapta en esta serie, y la verdad es que solo recuerdo que Japón y Alemania, victoriosas en la Segunda Guerra Mundial, se habían repartido el mundo, incluso Estados Unidos dividido en dos áreas de influencia, y que el I-Ching tenía un papel destacado en la trama.

Del resto del argumento no he retenido absolutamente nada, así que para que le quede claro al ocasional lector de esta nota, solo me referiré a la serie como producto independiente, sin hacer una comparativa con el libro ni mencionarlo siquiera más allá de esta introducción.

Dicho esto ¿de que va El hombre en el castillo? Es una ucronía en la que las potencias del Eje (curiosamente, no se menciona a Italia para nada) han ganado la Segunda Guerra Mundial y el mapa del mundo aparece dividido en las áreas que Japón y Alemania han conquistado y ocupado por su cuenta. Los Estados Unidos están repartidos entre ambas potencias, ocupando los nazis la costa Este y los japos la Oeste, teniendo las Montañas Rocosas como frontera natural, donde se ha establecido una Zona Neutral donde acaban refugiados de ambos imperios que, curiosamente, se desplazan hacia y desde ella con pasmosa facilidad, líneas regulares de autobús incluidas.

No obstante, los aliados de la guerra conviven de forma bastante tensa en éste orden mundial y, al igual que sucedió entre los Aliados y los Soviéticos, la guerra entre ambos imperios parece permanentemente inminente.

A los japoneses, aparte de la crueldad típica de los amarillos se les presenta como una potencia más estable y unificada, al cabo, el emperador y sucesores dan estabilidad al Imperio y las luchas de poder no alcanzan la base institucional de las mismas, aunque no está exenta de tensiones internas y diversos puntos de vista acerca de cómo gestionar la ocupación y la lucha por ganarse el favor, y por tanto poder influir, del Emperador y su familia. Al contrario, en el Reich, el estado de salud de Hitler (Wolf Muser) empeora por momentos, y su inminente muerte promete un periodo de sanguinarias luchas intestinas para decidir la sucesión del Fürer, que en un principio parecería recaer el un igualmente anciano Himmler (Kenneth Tigar), aunque hada nada está escrito.

En Estados Unidos, la resistance hace lo posible por incordiar a las potencias ocupantes, o a los gobiernos títere, que el aspecto organizativo no queda demasiado claro y, sobre todo, recuperar unas misteriosas películas en las que se muestra una historia alternativa en la que son los aliados (tampoco se menciona a Inglaterra o Francia) los que vencen en el conflicto, y que de alguna forma les devuelve la esperanza y sirven de simbólico nexo de unión contra los invasores.

Esas películas también son un oscuro y obsesivo objeto de deseo de los jerarcas nazis, mientras que a los japos no les provocan la menor curiosidad, aunque las van recuperando a petición de sus aliados y acabarán usando en su beneficio cuando les convenga. Al parecer, el Hombre en el castillo del título es quien las produce, o colecciona, que en un principio no parece tampoco claro, y al que todos intentan localizar por igual.

El protagonismo está centrado en Juliana Crain (Alexa Davalos) que se pasa a la resistance cuando su hermana es asesinada en San Francisco por el malvado inspector Kido (Joel de la Fuente). Intrigada por la misteriosa película que su hermana le confía viajará la Zona neutral para averiguar más al respecto. En su viaje conoce a Joe Blake (Luke Kleintank), que la ayuda en lo que puede pero que oculta un oscuro secreto. En San Francisco se ha quedado Frank (Rupert Evans), su novio, que sufre las iras de los japos tras el atentado contra el Príncipe Heredero, lo que le lleva igualmente a pasarse a la resistance, además de enredarse en una trama secundaria, que en cierto modo es el alivio cómico de la serie, con Ed (DJ Qualls) un compañero de trabajo y el anticuario Robert Childan (Brennan Brown) metido en sórdidos negocios de tráfico y falsificación de objetos de cultura americana.

En Nueva York, la zona nazi, es John Smith (Rufus Sewell) quien lleva el protagonismo. Jefe de las SS americanas (con esos largos cargos que tanto gustaban a los nazi) debe lidiar a la vez con la resistance, las intrigas dentro del partido (tanto o más peligrosas que los atentados de la resistance) y sus propios y no precisamente pequeños problemas familiares.

Los japos están representados principalmente por el inspector Kido y el agregado de negocios Nobusuke Tagomi (Cary-Hiroyuki Tagawa).

El resumen de la serie es todos contra todos. Ni un solo personaje se libra de afrontar dos o más conflictos de calado. Políticos, personales, familiares, si no es perseguido por los nazis es por los japos o por la resistance, incluso hay un momento en el que a Juliana la quiere ver muerta todo el mundo, y debe cambiar de bando a una velocidad pasmosa.

Eso le da a la serie un relieve humano sobresaliente. Los malos son buenos en los suyo, en hacer de malos, se entiende, pero su vida personal se manifiesta compleja y hace aflorar todas las vulnerabilidades que ocultan en el ejercicio de su profesión, hasta manifestar ciertas dudas en sus métodos y fines políticos y represivos. Pero los buenos no son menos complejos, de hecho Juliana es una heroína tóxica, todo lo que toca acaba muerto o destruido, ya sea por su cabezonería ya sea por su desastrosa manera de conducir sus asuntos. Se trata de un personaje pasivo-agresivo, educada al modo japonés, y muy imbuida de su cultura, pero que no dudará en hacer aflorar su lado cow-boy cuando sea necesario. A la inversa, los ocupantes japoneses están fascinados con esa cultura cow-boy, algo de lo que Childan y sus compinches se aprovecharán en todo lo posible.

Hay otra serie de apuntes bastante interesantes, como la progresiva fanatización de Thomas (Quinn Lord) y Amy (Gracyn Shinyei) el hijo y la hija pequeña de Smith­, un aviso sobre los peligros de una educación desmedidamente intervenida por el estado, mientras que Helen (Chelah Horsdal), su mujer, y Jennifer (Genea Charpentier) su hija mayor, llegan a huir de su lado visto el cada vez más opresivo ambiente de la América nazi.

Por lo demás se cae en los tópicos esperables, como la torpeza infinita y la incompetencia de los servicios de seguridad de los malos, de lo contrario, y a poco cuidado que hubieran tenido, las alocadas acciones de la resistance no pasarían de la mesa de proyectos. Paradójicamente, en sus propias conspiraciones internas se manejan con notable finura y eficacia.

La ambientación también es muy buena, con unos Estados Unidos congelados entre los años 1940 y 1950, empobrecidos en la costa Oeste, ocupada por Japón, aparentemente más prósperos en la costa Este controlada por los alemanes. Tecnológicamente hay detalles muy curiosos como, la profusión del uso de una tosca pero funcional videoconferencia, o el armamento de unos y otros, con la profusa aparición fusiles de asalto, que efectivamente es un invento alemán de finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay otros detalles más ciencia-ficciónísticos, como los aviones de despegue vertical, que no son una extravagante pieza de atrezzo. Se trata del Dornier Do-31, un avión de transporte de finales de los años 1960, del que volaron un par de prototipos, pero que no pasó a la fase de producción.

Por el contrario, la uniformidad de los jerarcas parece haberse quedado congelada al final de la guerra. No así la tropa, cuyos uniformes de campaña si parecen haber sufrido alguna modernización. A los japos tampoco les hubiera venido mal una modernización de la uniformidad.

En cuanto al final de la serie que decir. Podría haber sido épico, ambiguo, esperanzador, desesperanzador... pero no, en la línea de otros finales desastrosos a los que nos están malacostumbrando, los guionistas prefirieron ofrecer algo que está entre el engendro lacrimógeno y el absurdo incomprensible en una última estampa incoherente, sin sentido ni explicación, so pena de adelantar una nueva temporada que no llego o un spin-off inspirado en ésta.

Un estúpido colofón para una serie que, aparte de los defectos enumerados, ha sido de una calidad notable.

© Luis del Barrio,
(1.383 palabras) Créditos