Héroes
Héroes EE. UU., 2006
Título original: Heroes
Dirección: Greg Beeman, Allan Arkush, vv. aa.
Guión: Tim Kring
Producción: Tim Kring, Dennis Hammer, vv. aa.
Música: Lisa Coleman
Fotografía: Nathaniel Goodman, Charlie Lieberman
IMDb:
Reparto: Jack Coleman (Noah Bennet); Hayden Panettiere (Claire Bennet); Milo Ventimiglia (Peter Petrelli); Masi Oka (Hiro Nakamura); Sendhil Ramamurthy (Mohinder Suresh); James Kyson (Ando Masahashi); Adrian Pasdar (Nathan Petrelli); Zachary Quinto (Sylar); Greg Grunberg (Matt Parkman); Ali Larter (Niki Sanders)

Quizás inspirados en el tema musical homónimo interpretado por David Bowie, en su momento esta ficción de Tim Kring, Jeph Smalville Loeb y Brian Fuller (que contaba con un magnífico aval procedente de su sorprendente serie Tan muertos como yo), el canal Sci-Fi la vendió como el acontecimiento televisivo del milenio (o así casi), prometiendo un raudal de sorpresas que pondría nuestro vello como escarpias; semejante apabullante publicidad de algo nuevo, único, debía pegar ante la pequeña pantalla a millones (más, más) de telespectadores ávidos del poderoso espectáculo, que lo suspenderían todo (menos respirar) anhelando el chute de catódica épica, entrándole a raudales por los ojos.

Además, tebeos, camisetas, DVDs, pulseritas... todo un jugoso merchandising manaría de la propuesta, enfriando la fiebre del fan compulsivo/coleccionista así exaltado. Mas, como un moderno parto de los montes, Héroes resultó un falso y fatuo producto decepcionante, fiasco únicamente magno por su huera ampulosidad.

Heroes, una especie de Los Vengadores de vía estrecha (pero muy mucho), lo tenía todo para aspirar al Valhalla, prefiriendo empero quedarse en la periferia, como una cosilla anecdótica, deleznable. Lástima, pues la propuesta pudo suponer un aval para el tebeo excelente. Abría, esperando cautivarlos, a unas generaciones refractarias a leerse un cómic (esa cosa para niños y tocados del coco) un fantabuloso mundo de gente distinta pero víctima de sus cotidianos sinsabores (paro, inseguridad —de todo tipo—, alcoholismo...) pese a poder demoler un edificio con un estornudo o teletransportarse al otro lado del planeta con sólo desearlo.

Y, como una acumulativa bola de nieve rodando ladera abajo, ese personal remiso a las viñetas podría mirarlas con menos desprecio ahora, efectuándose una sana simbiosis entre TV e historietas. Por eso, Heroes es loable. Y merecía (o merece) nuestro apoyo.

Por desgracia, sus insípidas temporadas miméticas castraron la venturosa idea (porque, seamos francos, a Kring, Loeb y Fuller se la refanfinfla como a Cantinflas; ellos cobraban un sueldazo pasara lo que pasase), quedándose todo en una ineficaz repetición de las dudas y cuitas de los personajes, que una vez y otra eran presentados, ampliando un poquito más sus poderes o circunstancias para que el capítulo cinco de la segunda temporada no fuese idéntico al cuarto de la primera. Por otra parte, el dramatis personae (¡oh, cómo odiaba al gafotas amarillo!) tampoco concitaba estima suficiente como para quererles coleccionar, digamos, o sentir empatía por ellos pese a las amenazas que les atacaban.

Para colmo, una sobreabundancia de héroes combatía a un único supervillano (al menos, en las dos primeras temporadas), que emulaba a El Hombre Absorbente de Thor. (Y a tantos otros, ya que estamos). Por lo común, y los cómics nos tienen así enseñados, al héroe le atacan veinticinco enemigos antes del desayuno, no al villano lo acosan treinta enmascarados justicieros mientras calienta su café. ¿Qué iban a dejar del pobre tipejo, por Dios? Un harapo de carne mínimo-nimio que no serviría para nuevos conflictos futuros.

Y esperando darle médula a un metraje excesivo (¡veinticuatro plúmbeos episodios de cuarenta y dos minutos de duración, tan sólo en la primera —que debió ser última— temporada, en los que veíamos supertipejos blandiendo sus superhabilidades de cartón piedra, racionadas en exhibiciones de veinte segundos, o menos aún, mientras previamente nos habían aburrido con diálogos absurdos, acosados por una BSO que anticipaba hecatombes que jamás se producían después!), entremezclaron la urdimbre de Heroes con la de X-Files, esperando quizás así rebañar para la saga a los nostálgicos de las andanzas de Fox Mulder y Dana Scully. Otro fallido intento.

Pero el triunvirato creador, que nos deja la sospecha de estar recreando, tan solo, sus filias gráficas favoritas (X-Men, Avengers, Dragon Ball, aun ¡Evil Dead¡), fue incapaz de insuflar vida propia a su criatura, la cual empezó a serpentear por entre argumentos muy familiares para quienes estamos en la pomada del tebeo, con la esperanza (escasa) de así prolongar la vida de la serie in saecula saeculorum, amén, algo que no sucedió, pues inyectaron hartazgo aun a los más acérrimos heroedictos, que los había. (Y luego critican ciertos fetichismos. ¡Vivir para ver!).

Otro aspecto de la serie está en que se la encuadró en la aclamada TV de alta intensidad, alimentada por sagas como The Sopranos, Deadwood, The Shield o Roma, espectáculos que habían demostrado qué poco convencionales eran comparados con La Hora De Bill Cosby, por citar una. Otro lamentable malentendido. Heroes aspiraba a eso, es honesto admitirlo, aunque jamás persiguió esa ambición. Fue un juguete que calmó ciertas vanidades personales, y cuando se estropeó, se opacó su lustre, quedó desechado.

The Flash, con sus limitaciones debidas a la época y al dudoso buen criterio inversor de Warner Bros., pese a todo resulta más audaz y original, espectacular e innovadora, que Héroes, beneficiada de unos recursos mucho más sofisticados y costosos, e incluso, de una población de espectadores más receptiva a la propuesta.

Héroes mostró un elenco que parecía aun cohibido interpretando sus roles, mermando por tanto la eficacia del personaje que encarnaban, restándole puntos a una trama que pedía a gritos un segundo (o tercer) supervillano de campo, que ayudara a rellenar las extensas lagunas creativas que poblaban la serie, a la que no pudo faltar, como fetiche indispensable, el cameo de Stan Lee. Desde luego, el hombre se apunta a un bombardeo, mientras haya viñetas en él.

Héroes frustró la magnífica oportunidad de dignificar al tebeo también en televisión, dándole el lustre que merece, arduamente obtenido en las últimas décadas sobre todo. Pero la incompetencia, los arbitrarios cambios de criterio, los recortes de toda índole (¿no hubiera sido mejor hacer doce episodios, pero verdaderamente memorables, a lo que se obtuvo al final?), laminaron la prometedora propuesta, abortando quizás proyectos de pelaje parejo que, ahora, serán juzgados con rigor merced a Heroes, por otra parte comparación inevitable, costándoles sobremanera huir a su negativa influencia.

Y todo porque esta serie confirmó la condición de niñatos veleidosos, tipo Image, llenos de ínfulas y escaso talento, de Kring y Loeb, a quien su dilatada experiencia de poco le ha servido esta vez.

© Antonio Santos, (1.298 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una Historia de la Frontera el 6 de mayo de 2012