LA FAMOSA INSPECTORA CHUPALDRIBA Y LA PESTILENTE Y ANALFABETA HECATOMBRE DE GRELOSA VI
Pedro Pablo Enguita
Chupaldriba en el vertedero. Generada por Copilot.

Desde que el Cosmos existe, muchas civilizaciones han mordido el polvo de la Historia. Las hay que han sucumbido a guerras, otras han padecido la ira de dioses con rasgos psicopáticos y, finalmente, algunas han padecido el bochorno de desaparecer por no disponer de instrucciones reproductivas claras.

Tantas civilizaciones se perdían, que se tenía por un asunto banal. Al fin y al cabo, el Universo era tan grande que era fácil que desaparecieran cosas. El propio Universo daba muy mal ejemplo: había perdido nada más y nada menos que el 85% de su materia y no sabía dónde la había puesto; alegaba que se trataba de materia oscura y que por eso no la encontraba, pero sus propios habitantes consideraban que era una burda excusa para no reconocer su despiste.

Sin embargo, había excepciones; culturas que, impulsadas por un insano afán de notoriedad, se inmolaban de formas que pasaban a la posteridad. Una de las más extraordinarias hecatombes fue la de los banqueros de Grelosa VI. El caso causó tal conmoción que, para observarlo con más detenimiento, algunos planetas detuvieron su rotación y la policía tuvo que intervenir al grito de ¡circulen!.

Por supuesto, unos millones de banqueros de más o de menos en el Cosmos no hubieran sido objeto de atención. Lo que verdaderamente sorprendió a la ciudadanía fue que ni siquiera pudo evitarlo la intervención de la Famosa Inspectora Chupaldriba.

¡La Famosa Inspectora Chupaldriba!

¿Quién no ha oído hablar de la Famosa Inspectora Chupaldriba? Sí, la misma que acabó con la corrupción en Nebulosa del Conde y la misma que resucitó a los dinosaurios pero, sin lugar a dudas, su caso más famoso fue desvelar uno de los misterios que más se había resistido: quién había creado el Universo.

Averiguar quién fue el responsable de la Creación le granjeó a Chupaldriba merecida fama y reconocimiento; fue tan sonado que varios dictadores olvidaron que tenían que reprimir a sus poblaciones. Todos los gobernantes de las galaxias quisieron hacerse un holograma con Chupaldriba y se llenaron estadios para que la ciudadanía pudiera verla en persona. Los únicos que quedaron insatisfechos fueron los miembros de la Asociación de Falsas Religiones: aproximadamente unas doce mil religiones falsas demandaron a Chupaldriba por daños y perjuicios.

(Algunas personas maledicentes aseguran que quedan planetas tercermundistas que todavía no se han enterado de quién creó el Universo. Eso es, obviamente, falso y no merece ninguna consideración).

Pues bien, ni siquiera la resolutiva Famosa Inspectora Chupaldriba pudo evitar la desaparición de los banqueros de Grelosa VI. Aquel fue su primer y único fracaso de toda su trayectoria profesional.

¡¿Qué terrible calamidad se abatió sobre Gresolsa VI que ni siquiera la Famosa Inspectora Chupaldriba pudiera encontrar remedio?! Empecemos por el principio. Nada hacía suponer que Grelosa VI fuera un planeta candidato a la extinción. Tan remota parecía la posibilidad que ni siquiera se contemplaba en las casas de apuestas.

Los motivos eran variados. Para empezar, Grelosa VI no estaba ubicado en una aglomeración estelar cualquiera, sino en la galaxia de San Pancracio, una de las más exclusivas de todo el Universo. El ambiente era tan elitista que incluso la luz iba más rápido de lo normal. Los hacendados propietarios de San Pancracio no incurrían en los riesgos que asolaban las galaxias pobres; así, solo permitían la construcción de planetas en lo alto, fuera de las zonas inundables. Para mantener su pureza, en la galaxia no se permitía la entrada de cometas sin papeles. Por añadidura, podaban todas las estrellas una vez al año para evitar que estallaran en forma de supernova.

Para rematarlo, San Pancracio estaba lleno de estrellas verdes. Las compraban de diez en diez. El colmo del esnobismo.

San Pancracio parecía el último lugar en el que ir a buscar el apocalipsis.

Grelosa VI, incluso para los estándares de San Pancracio, nadaba en opulencia. El planeta estaba envuelto en una nebulosa de oro de la más alta calidad y distinguíase de la vulgar chusma por tener el cielo de color ultravioleta. El origen de esos caros refinamientos estaba en su boyante sector financiero.

Los banqueros grelosanos eran gentes de moral exquisita, que no discriminaban el dinero por su origen. Mientras otros bancos aplicaban criterios racistas, distinguiendo entre billetes verdes y dinero negro, los grelosanos no hacían distinciones: tanto daba si procedía de pintar estrellas como del narcotráfico. Ponían tal celo en proteger el secreto bancario que se rumoreaba que era allí donde la mecánica cuántica tenía depositadas sus verdaderas ecuaciones.

Ni siquiera la Famosa Inspectora Chupaldriba sospechó que algo raro les sucedía a los banqueros de Grelosa VI. Cuando le llegó la noticia estaba —‍cosa rara‍— de vacaciones. Descansaba, si es que podía decirse así, en Alemosis III, famoso por ser el hábitat de los dragones arcoíris. Se trataba de una de las criaturas más bellas de la creación, una de las más preciadas por los cazadores y también una que permite morir de múltiples e interesantes maneras. Lo de menos eran los cincuenta metros de largo de los bichos, los dientes de acero templado tampoco eran tan terribles, no; lo más destacable es que los dragones arcoíris se habían hecho ingeniería genética a sí mismos y sustituido el escupir fuego por el lanzamiento de bombas nucleares. El armamento atómico les daba un aire moderno y emprendedor, aunque lo habitual es que sus rivales no lo apreciaran mucho y terminaran ligeramente chamuscados.

A la Famosa Inspectora Chupaldriba, quien disfrutaba de los retos difíciles, cazar dragones que lanzaban bombas nucleares le parecía estimulantemente entretenido.

Allí, mientras Chupaldriba y los dragones se entretenían lanzándose traviesas explosiones atómicas y rayos desintegradores, llegó un mensaje de Grelosa VI. No lo hizo, como era habitual, mediante un haz de taquiones o paloma interestelar sino que, como muestra de desesperada urgencia, lo enviaron mediante una máquina del tiempo. El mensaje llegó antes de ser enviado y, afortunadamente, sin matar a su abuelo por el camino, cosa que siempre acarrea problemas.

La máquina del tiempo hizo anunciar su llegada con semejante estruendo que generó protesta de los dragones arcoíris, que no podían lanzar bombas nucleares con tranquilidad. Se posó encima de un campo de brócoli, cuyos daños no lamentó nadie, y preguntó por la Famosa Inspectora Chupaldriba.

El sacrificio de los heroicos brócolis no fue en vano, pues la máquina mensajera fue avistada por el ayudante de Chupaldriba, que en ese momento estaba sacando brillo a la carrocería del cohete.

El ayudante de Chupaldriba era, merecidamente, la tercera persona más conocida del Universo, solo por detrás del Creador y de la propia Chupaldriba. Se trataba de un demonio chiquitín, que había sido expulsado del infierno por buen comportamiento. A pesar de eso, no convenía confiarse, pues su naturaleza luciferina se manifestaba de vez en cuando y la sola mención a su nombre producía problemas gastrointestinales.

Al demonito le relajaba pulir el cohete y dejar los neutrones bien brillantes, por lo que le irritó que lo interrumpieran en sus labores. Lanzó sin mala intención un par de conjuros malignos y recogió el mensaje.

En cuanto Chupaldriba abrió el sobre, le quedó claro que solicitaban de sus servicios:

Sapientísima y Celebérrima Inspectora Chupaldriba, nos atrevemos a ponernos en contacto con Vuesa Merced para suplicarle ayuda para solventar las cuitas que afligen nuestra insigne raza...

Firmaba la carta el gobierno de Grelosa VI, galaxia de San Pancracio.

Chupaldriba no se lo pensó. Dejó plantados a los dragones arcoíris, que se apresuraron a proclamar victoria, recogió sus bártulos y puso rumbo a Grelosa VI.

En cuanto ella y su ayudante demoníaco aterrizaron, quedó claro de inmediato cuál era el problema. Una densa pestilencia se había apoderado del planeta, hasta el punto que el hedor se había extendido al resto de los sentidos y en esos momentos incluso la música de Beethoven apestaba. Tal era el tufo, que Chupaldriba pidió a su demonio su colonia, Eau de Sulfure, y se roció una buena cantidad.

Una vez apartada la fetidez mediante una generosa ración de azufre, fueron al encuentro de los banqueros. Los insignes hombres de negocios explicaron a Chupaldriba los pormenores de lo sucedido, incluida la letra pequeña, que raramente explicaban a nadie.

Todo empezó el día en el que una raza alienígena, la de los adeninos, se plantó frente a las ventanillas de sus bancos y propusieron que custodiaran un material de vital importancia para su especie, pues no había lugar más seguro en todo el Universo que Grelosa VI. Trajeron una muestra de los objetos a almacenar, un inofensivo bidón amarillo. Por cada bidón ofrecían pagar mil créditos al año y pretendían dejar aproximadamente un millón de bidones al año.

—Una única precaución: no deben apilarse más de diez contenedores —‍advirtieron los adeninos.

Los banqueros de Grelosa VI no habían oído hablar de los adeninos, pero vestían impecablemente y no habían aparecido en ningún cometa sin papeles. Además, pagaban en sacos de diamantes, cosa que siempre inspira confianza.

Los grelosanos tampoco se molestaron en averiguar qué había dentro de esos bidones. No eran amigos de preguntar sobre el origen de las fortunas ajenas. ¡Allí amaban todo el dinero por igual!

Las matemáticas eran inapelables. ¡Miles de millones de créditos al año por no hacer nada! Los banqueros de Grelosa VI no se lo pensaron mucho. De inmediato, prepararon un contrato estándar, de trescientas mil páginas, mucha letra pequeña e incluso algunos jeroglíficos egipcios, que dieron un toque especial.

Al principio todo fue bien. Cada año, los adeninos traían más bidones amarillos y los bancos de Grelosa VI incrementaban su margen de beneficios.

Un buen día, el almacén llegó a su tope: diez bidones de altura. ¿Qué hacer ante semejante amenaza al eterno crecimiento? Algún irresponsable señaló que había que construir un segundo almacén, una medida que se descartó por hacer infelices a los accionistas.

Un joven de instinto depredador encontró una solución más imaginativa. Lo que había que hacer era apilar veinte bidones y declarar que los bidones estaban repartidos entre un almacén real y otro que solo existía en los libros de contabilidad. A eso lo llamó depósito de diez bidones optimizado y, como premio a su inventiva, recibió una suculenta bonificación por objetivos.

Ante el éxito del depósito de diez bidones optimizado, los grelosanos siguieron haciendo un imprudente uso de su inteligencia. Al cabo de unos pocos años, su ingeniería contable había alcanzado el depósito Premium de gestión avanzada dinámica, que tenía una excelentísima calificación según el auditor. ¿La altura? ¡Eso era lo de menos! ¿Cómo, que insiste usted? Vale, cien pisos de altura.

Y entonces, sucedió lo que los adeninos tanto temían. Los bidones, que se habían homologado para diez niveles, no resistieron el peso de cien. De forma sorprendente, hicieron más caso a la ley de la gravedad que a la magnífica calificación del auditor, se rompieron y esparcieron su contenido.

Los grelosanos, que se ufanaban de no importarles los orígenes verdes o negros de las fortunas, cambiaron de opinión en cuanto vieron el color de aquel tesoro: marrón.

Tal vez los grelosanos debieran haber investigado un poco a sus clientes. Resulta que los adeninos eran unos seres coprófagos, una olorosa dieta no apta para olfatos sensibles. Sus libros de cocina incluían sopas, albóndigas y arroz tres delicias, todos ellos elaborados a partir de materia fecal. Si no eran muy conocidos era porque, debido a su cultura gastronómica, recibían poco turismo. Incluso se habían librado de participar en las dos Guerras Cosmológicas porque nadie había querido invadirlos, para enfado de los profesores de historia, a quienes siempre les gusta contar batallitas.

Los bidones amarillos contenían la más exquisita de las heces que habían encontrado los adeninos, generada por las vacas voladoras de Sinfonte II. Las boñigas de esos rumiantes alcanzaban en los mercados adeninos un precio verdaderamente indecente.

Así pues, esos bidones amarillos que, en gran cantidad y con poco esmero, habían estado almacenando los banqueros grelosanos, contenían mierda.

Ingentes cantidades de mierda, de la más excelsa calidad.

Y, al romperse los bidones, toda esa mierda se desparramó sobre el planeta.

—Me parece que tienen un problema de incontinencia fecal —‍dictaminó la Famosa Inspectora Chupaldriba, tapándose la nariz con desespero‍—. Pero me pregunto para qué me necesitan. Es un tema fácil de solucionar: solo tienen que pedir a su personal de limpieza que se encargue.

Se hizo tal silencio en la sala que incluso una mosca se detuvo, por vergüenza.

—Me temo que eso es imposible —‍justificó finalmente un banquero de alto rango, a juzgar por la cantidad de personas que lo abanicaban‍—. Las personas de limpieza han impuesto unas condiciones inasumibles. Han descubierto de forma ilegal la ley de la oferta y la demanda y, con premeditación y alevosía, la están usando en su propio beneficio. Exigen un aumento del salario del 70%.

—Mejor eso que dejar que el planeta se inunde de mierda —‍señaló Chupaldriba.

—¿Qué será lo siguiente, pedir vacaciones pagadas? ¡Pretenden desestabilizar el orden establecido! —‍estalló un segundo banquero, que apenas cabía en su carísimo traje.

—Entiendo... —‍dijo Chupaldriba con diplomacia‍— Dado que no piensan ceder ante el personal de limpieza ¿han pensado en limpiar la inmundicia ustedes mismos?

De nuevo, un silencio sepulcral se adueñó de la sala. Un observador aguzado hubiera escuchado, no obstante, las carcajadas de una mosca.

—Me temo que eso es inviable. Las empleadas de la limpieza parten de una posición de privilegio con la que oprimen a las minorías discriminadas como la nuestra, la de los banqueros.

Chupaldriba y su ayudante demoníaco se miraron y parpadearon, incrédulos. Incluso recurrieron a una máquina del tiempo para viajar al pasado y volver a escucharlo para verificar que lo que habían entendido bien. Y sí, los banqueros alegaban que sufrían discriminación.

—Disculpe pero ¿por qué creen ustedes que se encuentran en una posición de vulnerabilidad? —‍quiso saber Chupaldriba.

—Las empleadas de limpieza acaparan los medios de producción...

—Se refiere a las fregonas y los estropajos —‍interrumpió Chupaldriba.

—¡Exactamente! —‍dijo complacido uno de los banqueros‍— La división de los medios de limpieza no ha sido justa ni equitativa, sino que parte de desigualdades estructurales del sistema, originadas por prejuicios en función de la condición social. Al personal de limpieza le enseñan desde pequeño la importancia de la bayeta y los misterios de la lavadora. A los banqueros, en cambio, solo nos enseñan los entresijos de las finanzas. Carecemos de contactos en el business de la limpieza. Y si vas a buscar trabajo como limpiador, nada más ver tu currículum y tu traje de boutique, te descalifican. ¡Qué injusta es la vida!

Los lamentos de los banqueros no causaron impresión en Chupaldriba y menos aún en su ayudante demoníaco, que empezó a ladrar maldiciones en arameo.

La impertinencia del demonio, que además era chiquitín, causó las iras de los banqueros. ¡Qué falta de respeto! ¡¿Cómo se atrevía?!

—¡No nos está ayudando, Inspectora Chupaldriba!

—¡FAMOSA Inspectora Chupaldriba! —‍contraatacó, harta de tanta tontería.

Impotentes, Chupaldriba y su endemoniado ayudante se retiraron a reflexionar, convencidos que aquel estaba siendo un caso realmente complicado. La noticia corrió por todo el Universo. ¡Increíble! ¡La Famosa Inspectora Chupaldriba, impotente ante un caso! Aquello causó tal conmoción que incluso los dragones arcoíris olvidaron anteriores rencillas y hasta se ofrecieron a lanzar algunas bombas atómicas, que siempre venían bien.

Al día siguiente, Chupaldriba y su ayudante se encontraron con una rueda de prensa del gobierno de Grelosa VI.

Las autoridades declararon que habían encontrado la causa de los problemas: las palabras. Con gran erudición, determinaron que la cuestión se resolvería mediante el uso de las palabras correctas o, en sus propios términos, una narrativa inclusiva. Dictaron que, a partir de ese momento, no se podía usar la expresión mal olor, que debía ser sustituida por diversidad olfativa. El planeta no estaba lleno de mierda, tal y como proclamaban injustamente las personas que difundían una violencia sensorial desde una perspectiva colonial, sino que tenía una abundancia de sustancias de elevada capacidad fertilizante.

En cuanto Chupaldriba se enteró de lo que estaban haciendo las autoridades grelosanas, no lo dudó ni un instante.

—Nos largamos. Este planeta está condenado. Prepara la nave para despegue inmediato —‍ordenó a su ayudante demoníaco.

¡Qué visión, la de la Famosa Inspectora Chupaldriba!

Acto seguido, la reluciente carrocería de neutrones del cohete se elevó por los cielos grelosanos para no volver.

En la superficie del planeta, el gobierno vio, complacido, cómo se dejaban de utilizar motes que propagaban una idea equivocada de su mundo. Grelosa VI volvía a estar de moda, lleno de oportunidades sensoriales que permitían a sus ciudadanos experimentar fuertes emociones. Los gobernantes dieron un paso más alla y autopercibieron su ingeniería lingüística como exitosa.

Pero, conforme pasaron las semanas, las autoridades grelosanas descubrieron, sorprendidas, que la prohibición de las palabras malolientes no les libró del problema. Seguían padeciendo sensaciones pituitarias especiales, que causaban reversión de digestiones.

Las fragancias no normativas alcanzaron tal intensidad que ni siquiera las empleadas de la limpieza fueron capaces de resistirlo. Recogieron sus bártulos y se prepararon para largarse de aquel planeta de elevado potencial aromático.

Las autoridades no podían tolerar semejante cosa. ¡Las empleadas de la limpieza eran como de la familia y la familia debe permanecer unida! Para evitar su huida, prohibieron la palabra emigración, sustituida por libertad para quedarse en el planeta. Al personal de limpieza no le hizo ninguna gracia pero no pudo manifestarse en contra porque el gobierno trocó las manifestaciones por reuniones emotivas multitudinarias.

En esos momentos, la mayor parte de los habitantes del planeta se dieron cuenta de que algo estaba sucediendo, pero carecían de las palabras necesarias para nombrarlo. Solo sabían que los planes de choque del gobierno contra las posibilidades nasales estaban teniendo una excesiva integración perceptiva.

Muchos de ellos intentaron huir. Perdón, se personificaron para exportación. Tampoco eso lo permitieron las autoridades, decididas a atajar la desoptimización del capital humano. Para resolverlo, el gobierno anuló los despegues de cohetes, trocados por aterrizajes inversos, lo cual causó no pocas confusiones en los astropuertos y más de una astronave terminó sufriendo un desmontaje brusco y no programado.

La tergiversación del lenguaje alcanzó altas cotas de excelencia, hasta el punto que los diccionarios cogieron fiebre y el suicidio se convirtió en la principal causa de fallecimiento entre los licenciados en filología. Pero llegó un punto en el que alcanzaron el límite de lo que podía dar de sí la tecnología lingüística. El lenguaje, estirado de forma vergonzosa, se rompió.

Aquello provocó una drástica reducción de la complejidad del lenguaje... Perdón, una agilización léxica. Los grelosanos se vieron incapacitados para articular pensamientos sofisticados y abocados a una regresión a la incultura... Perdón, una recuperación de la pureza infantil.

La pérdida de la cultura afectó inicialmente a las materias complejas, como la medicina o el derecho, pero la infección del idioma se fue extendiendo. Al cabo de unos meses, no quedaba ninguna palabra de más de tres sílabas. La última edición de la Gran Enciclopedia de Grelosa VI quedó reducida a un folleto de cuarenta páginas, letra grande y muchos hologramas.

El último mensaje inteligible que emitió Grelosa VI al resto del Cosmos fue:

—Gobierno bueno limpia planeta bien.

Dos semanas después, solo se recibían incoherencias.

—Grfgrf... A tu, a tu, atu.

No se sabe qué sucedió a partir de entonces en el planeta, sumergido en una hecatombe pestilente y analfabeta. Alarmadas, temiendo que la enfermedad se extendiera al resto de sistemas, las autoridades galácticas adoptaron una solución radical: montaron el planeta en un hipercamión y lo arrojaron a un agujero negro, que qué culpa tenía.

Años después, le preguntaron a la Famosa Inspectora Chupaldriba sobre la pestilente y analfabeta hecatombe de Grelosa VI.

—La avaricia y la incultura son peligrosas —‍zanjó.

© Pedro Pablo Enguita,
(3.289 palabras) Créditos