
La maquinaria libraba una desigual batalla contra la selva. Desbrozaba el terreno, librándolo de la tupida manta de árboles y maleza para crear un creciente desgarro. Sobre esa tierra herida cabalgaba un estrépito metálico. Las insaciables mandíbulas de las excavadoras creaban un desierto de tierra y barro y lo denominaban progreso
.
Glyone era le directore de esa orquesta de sonidos neumáticos. Todos sus esfuerzos tenían un único objetivo: que el parque eólico entrara en funcionamiento en el plazo exigido. Su carrera profesional dependía de ello.
Poco a poco, la civilización dejaba su impronta en aquel rincón olvidado. Diez aerogeneradores de gloriosos doscientos metros de alto, plantados sobre el terreno. Grandes columnas blancas que aspiraban al cielo, con aspas que rasgaban la placidez de los vientos, exprimiéndolos en busca de energía. Esas ramas de fibra de carbono y acero ejecutaban una danza de prosperidad. Electricidad para todos. Bueno, al menos para quienes pudieran pagarla.
Pero, para que las obras culminaran, aquel ejército de obreres precisaba constantes ajustes. Abastecimientos. Salarios. Polítiques entrometides. Meteorología adversa. Operaries que no sabían interpretar un plano. Glyone, meticulose, no perdía cuidado. Cualquier cosa, por insignificante que fuera, era digna de su atención.
Un detalle que no podía pasar por alto era que buena parte de la población era hostil al proyecto. Ingratos nativos que recelaban de todo lo que viniera de la capital. Por eso aquella tarde estaba revisando el emplazamiento de las cámaras de seguridad. Una medida necesaria. Glyone, perfeccionista, quería asegurarse de que las cámaras captarían perfectamente cualquier intruso cuando le interrumpió una llamada.
Era Cassuite, encargade de cimentar el aerogenerador número veintisiete. No dudó en atenderle, si Cassuite le llamaba era que algo importante había sucedido.
—Hola Glyone. Tenemos un problema.
—¿Qué sucede?
—Hemos encontrado unos restos. Deberías venir a verlos.
Salió de la caseta, tomó su vehículo y, esquivando baches y charcos, se plantó en el lugar. Bajó del coche con determinación, dominando el fango con sus pisadas. La obra era su reino y en él se hacía su voluntad.
Su propio cuerpo era una obra de ingeniería. Se movía con gracia, contorneando sus cartilaginosas articulaciones, flotando sobre sus manchadas botas. Sus cuatro brazos marcaban un ritmo marcial y decidido. Por encima de su camisa se erguía una cabeza de tiernas mucosas, en la que destacaba un potente pico rojo y los dos tentáculos oculares, que escudriñaban el entorno con curiosidad.
Glyone exudaba claridad, todo en elle era de una afilada precisión, de problemas extirpados con un tajo de bisturí. Ahora mismo, por ejemplo, era indiscutiblemente un macho: tanto sus antenas como la tez de su cara eran masculinamente blanquecinas.
No era el caso de sus subordinades. No es que fueran males trabajadores, pero les faltaba determinación; sus propios cuerpos rehuían la etiqueta de macho y hembra y se quedaban en ese estado intermedio que no se sabía bien qué eran. Ahora mismo allí estaban, preses de una superstición paralizante, montando guardia alrededor de un agujero.
El lugar había sido convenientemente desbrozado por las excavadoras. La selva, apenas unos días atrás una impenetrable densidad de tonalidades rojizas, había sido vencida. En el terreno, una gran tajada, la marca sobre la que se asentaría un nuevo aerogenerador. En esa excavación había algo inusual, algo que había despertado los recelos de les trabajadores. Deslustrada por el barro, agarrotada entre raíces, asomaba una hilera de piedras.
Glyone no lo dudó. Resuelte, saltó a la zanja y con sus cuatro brazos palpó las manchadas piedras. Allí, con sus manos enfangadas, comprendió el recelo de sus subordinades. Parecían simples bloques anónimos, pero retrotraían a una época bárbara. Aquellas losas tenían el poder de despertar memorias que les trabajadores de la Unión preferían olvidar.
Aquella mañana los dos soles lucían altos, su áspero calor le resecaba las mucosas, presagiando la antesala de la muerte.
Las tropas de la Unión avanzaban de nuevo, cruzando el terreno baldío que se extendía entre ambos ejércitos. Una policromía de uniformes que se movía en perfecta formación, relucientes bayonetas en alto, estandartes que ondeaban con orgullo. Cánticos de heroicidad retumbaban para espantar el miedo.
Frente a elles, la ciudad de Turuk les invitaba a estrellarse de nuevo contra sus muros. Bloques de piedra imposiblemente grandes, indemnes tras resistir el castigo de la artillería. Ante la fatal visión de la impenetrable muralla, los cánticos de la soldadesca se evaporaron y su fanfarronería se desvaneció.
Pero, por encima de todo, adornando la muralla, un espectáculo imposible de olvidar. Les uruk tenían una merecida fama de depravades. Eran caníbales, pero comerse a sus enemigos no era suficiente. Por eso, ahora que el ejército de la Unión se preparaba para un nuevo asalto, les uruk habían anclado les soldados capturados a las murallas de la ciudad.
Allí estaban, amigues y compañeres de fatigas. Desnudes, expuestes a la deshidratación. Atades o clavades a las piedras. A algunes, en un ejercicio de sádico virtuosismo, les habían desollado y dejado sus órganos internos al descubierto, en indescriptible agonía.
Cuando les soldados de la Unión dispararan contra las murallas, matarían a sus propies compañeres.
Oyó un sonido líquido a su derecha, alguien que se arqueaba y deshacía en vómitos. Otros se cagaban encima, embadurnando el ambiente con el pesado hedor del miedo.
—Podrían formar parte de la ciudad de Turuk —aventuró Cassuite.
—Forma parte de la muralla de Turuk —confirmó Glyone con profesionalidad, todavía mirando las piedras.
Un grito ahogado se extendió entre les trabajadores.
—¿Estás segure? —quiso asegurarse Cassuite mientras retrocedía un par de pasos, temerose.
—Sí —respondió, encarando sus dos tentáculos oculares hacia su colega—. Hace dos décadas, el ministerio de cultura de la Unión realizó excavaciones en la zona y encontró los restos de Turuk —explicó Glyone, desplegando una pantalla en el aire sobre la que proyectó un mapa de la antigua ciudad—. El lugar en el que nos encontramos ahora formaba parte de la muralla sur.
—¿Detenemos las obras? —quiso saber Cassuite prudentemente.
Glyone recibió de nuevo el golpe de la batalla, perdida en la niebla de los siglos pero revivida con el dolor del presente.
Tendieron las escaleras bajo una lluvia de flechas y aceite hirviendo. Su mundo era una confusión de gritos y soldados que se amontonaban y empujaban unes a otres bajo el precario amparo de sus escudos.
Bajo sus pies, un macabro regalo. Cuerpos mutilados les daban la bienvenida. Pisoteaban pies, brazos y cabezas de aquellos que, unos días atrás, habían sido sus camaradas. A algune infeliz le habían dejado con vida, atade al suelo, y suplicaba mientras le pasaban por encima.
Imposible olvidar, imposible perdonar.
—Podríamos mover este aerogenerador unos metros más allá y así no dañaríamos las ruinas —señaló Cassuite al percibir la indecisión de Glyone.
—Para eso tendríamos que excavar una nueva zanja, lo que significaría dos días de retraso —le reconvino Glyone—. Haced unas fotos y enviadlas al ministerio, pero no vamos a perder el tiempo por esta tontería. Ya se invirtió demasiado tiempo investigando una civilización de caníbales y amantes de los sacrificios rituales.
Glyone volvió sobre sus pasos. Cuando se metió en el coche comprobó, satisfeche, que la excavadora arremetía contra las piedras.
El cuarto día de la semana era especial, el que aliviaba la rutina con un fogonazo de escapismo. No había muchas oportunidades de disfrute en aquellos valles extraviados, así que les trabajadores de la obra las aprovechaban al máximo. Glyone y Cassuite tomaron sus autos y recorrieron el empinado camino que llevaba al pueblo más cercano. No era más que una torpeza de tablas convertidas en casas, establos en los que malvivían animales de miradas vacías y cuatro edificios que gozaban del privilegio de la electricidad.
Glyone y Cassuite se adentraron en el único bar del villorrio, un esperpento de fluorescentes, brebajes baratos, anuncios desfasados y atmósfera turbia. Allí, bajo el liberador influjo de la bebida, Cassuite se atrevió a consultar una duda que le corroía.
—¿Cómo sabías lo de la muralla? —se intrigó.
—Tuve un novio cuya madre trabajó en las excavaciones. Ya sabes —dijo socarronamente—: heredó el recuerdo de su madre y me lo pasó a mí.
—A mí me pasó algo parecido. En mi tercer año de carrera me tiré a une de les mayores empollonos de la clase. Yo era una hembra y el tío me pasó sus recuerdos de cálculo de estructuras. ¿Te lo puedes creer? —rió Cassuite.
—Hemos tenido suerte. Es raro que se pase un conocimiento técnico —le recordó Glyone, apurando su bebida—. Lo normal es que se transfieran vivencias importantes: el primer trabajo, un accidente de tráfico...
—Lo malo es que no sabes cómo van a ser esas vivencias —interrumpió Cassuite, repentinamente serie—. Una vez un tío me pasó su adicción a la brefernina.
—¡No jodas! ¿No te avisó?
—Ni avisó ni quiso usar protección el muy cabrón —soltó Cassuite, golpeando la mesa con su vaso—. Pasé semanas con un síndrome de abstinencia por una droga que nunca había tomado. Luego todos me miraron como si hubiera sido culpa mía.
—Lo siento. No lo sabía —le consoló Glyone con dos de sus brazos.
—No pasa nada, ya ha pasado mucho tiempo —dijo, estirando resuelte los tentáculos hacia arriba—. Simplemente no es algo que vaya contando por ahí. ¿Qué hay de ti? ¿Has adquirido algún recuerdo interesante?
—Generalmente soy macho —le recordó, señalando la blanquecina mucosa de su cara— así que más bien he sido yo quien ha estado desperdigando mis memorias por ahí. Solo he sido hembra dos veces en mi vida: la primera vez obtuve el recuerdo de la excavación de Turuk y la segunda, una comida de su infancia.
—¿Embarazos?
—Las dos veces que he sido hembra. No sé por qué le dan tanta importancia: acudes al lugar de desove, haces un agujero en la arena, pones los huevos, los cubres y te vas a celebrarlo —enumeró Glyone con suficiencia—. ¿Y tú?
—Cinco. Pero ya he tenido suficiente. No por los embarazos, claro, sino por las memorias.
—Te entiendo. Hay recuerdos que preferiría no tener, son... —se cortó Glyone, con un nudo en la garganta.
—Creía que no tenías recuerdos chungos —objetó Cassuite, curvando sus tentáculos oculares con escepticismo.
—No he adquirido memorias chungas por sexo, pero sí por herencia. Un lejano antepasado mío participó en la guerra entre la Unión y los uruk. A veces me despierto por la noche escalando la muralla de Turuk.
Inició el ascenso. Sus cuatro brazos y dos piernas aprovechaban los resquicios que ofrecía la maltratada piedra. Concentrade en la muralla que tenía a escasos centímetros, el resto del mundo dejó de existir. Ni el enemigo, que seguía vertiendo muerte desde las alturas, ni les compañeres que trepaban a su lado, ni les que empujaban desde abajo. Solo elle y las rocas.
A unos metros de altura apareció un pie, sujeto a la muralla por un clavo oxidado. La mucosa estaba marchita por los soles, la carne lívida por la pérdida de sangre. Creyó que le desgraciade ya estaría muerte así que aprovechó y tiró del pie para subir. Sintió el crujir de los cartílagos y el desgarro de la piel pero no se detuvo y siguió trepando por aquel mapa de heridas y sangre.
Quedó sorprendide cuando vio que el pecho se movía arriba y abajo, postergando el fin una inhalación más. Quedó más sorprendide cuando vio que los dos tentáculos se movían y una voz suplicante rasgaba su pico roto.
—Sácame de aquí, Clomede —oyó, apenas un hilo de voz entre el griterío.
No podía creerlo. Era Tléclame. A ambes les caía bien su sargento. A ningune de les dos le gustaba el rancho. Habían compartido charlas al atardecer, confidencias que no habían hecho a nadie más. Eran amigues, colegues. Inseparables. En medio de la batalla era bueno saber que podías confiar en tu compañere de al lado.
Tléclame había desaparecido tras un sorpresivo contraataque uruk; mientras la Unión probaba a asaltar las murallas, una horda de bárbares había emergido del suelo por su retaguardia, emparedándoles entre dos frentes. Las líneas de la Unión se habían deshecho en el pánico. En el caos había perdido de vista a Tléclame. Clomede le había buscado en las listas de caídes y los hospitales de campaña pero había sido en vano. Tras varios días, a Clomede no le había quedado más que lamentar la muerte de su amigue, con su pico castañeteando su desgracia.
La investigación subsiguiente determinó la causa del desastre. Les soldados de la Unión descubrieron, horrorizades, que les uruk, eses salvajes caníbales, habían tejido una red de túneles bajo las posiciones de la Unión. Así se habían abasteciendo durante los largos meses de asedio y habían brotado a sus espaldas, casi aniquilándoles por sorpresa.
El ejército de la Unión se había relamido las heridas, reagrupado, pedido refuerzos y preparado un nuevo asalto que limpiara la humillación. Y allí estaban de nuevo, escalando los muros de Turuk, pagando el precio en sudor y sangre.
Pero, para sorpresa de Clomede, Tléclame seguía con vida, expuesto como advertencia, un arma de guerra psicológica.
—Sácame de aquí. Por favor... —suplicó con un susurro.
Clomede lo intentó. De veras que lo intentó. Pero los clavos que atravesaban los brazos de su amigue estaban firmemente anclados. No había manera de arrancarlos.
— ¡¿Se puede saber qué haces?! ¡Sube! —se impacientó su sargento desde más abajo.
— ¡Tléclame está aquí, está vive!
— ¡Qué más da! ¡Si no está muerte, no tardará en estarlo! ¡No te puedes quedar ahí, tienes que subir! ¡Nos están acribillando a flechazos!
Clomede miró abajo, a la apremiante hilera de soldados que esperaba salir de esa zona de matanza, de esa inseguridad de rocas verticales para llegar a lo alto de la muralla y enfrentarse al enemigo cara a cara.
—Por favor... —suplicó de nuevo Tléclame.
Solo había una forma de ascender. Clomede lo sabía. Tléclame lo sabía. Les cabrones de los uruk lo sabían, por eso ponían esas siniestras ofrendas en mitad del ascenso.
Clomede tiró del cuerpo de Tléclame. Trepó pagando con la moneda de la traición, desgarrando el cuerpo de su amigue bajo su peso, sintiendo cómo se le escapaba la vida con cada alarido...
—¿Estás bien? —preguntó Cassuite, poniéndole un reconfortante brazo.
—Sí, me ha venido el recuerdo de la guerra contra les uruk.
—¿Te vino también esta tarde, en las ruinas de la muralla?
—Sí —musitó, con su pico castañeteando incontroladamente.
—Un recuerdo de hace más de mil años debe ser realmente potente.
—Te aseguro que lo es.
Apagaron el dolor con una nueva ronda de bebidas levantamuertos. Se dejaron llevar por un escapismo hedonista. Hacían tiempo hasta que la pareja de Cassuite —une camarere del bar— terminara su turno. No se trataba de una relación seria: no podía haber relación seria entre une ingeniere venide de la ciudad y une native, solo le veía como una oportunidad de salir de aquel tugurio.
—Se follan a cualquiera por unos pantalones nuevos —alertó Cassuite, dejando claro cómo calificaba su relación.
—Espero que tomes precauciones —advirtió Glyone—. ¿O eres macho ahora? —preguntó, dudando por ese color indefinido de tentáculos y mejillas.
—Soy hembra, así que debo ir con cuidado si no quiero quedarme embarazada y contaminarme con vete tú a saber qué recuerdos. Tú tienes suerte: se nota cuándo eres macho y cuándo hembra —comentó con un punto de envidia, señalando los tentáculos y las mejillas del mismo color blanquecino que el resto de la piel—. Ahora mismo puedes tirarte a cualquiera sin preocupaciones.
Terminó el turno de la pareja de Cassuite y ambes se deslizaron a sofocar sus ardores en las penumbras. Glyone se imaginó lo que vendría a continuación: sexo y muchas mentiras. Les dos fingirían amor, pero por motivos distintos. Cassuite, para obtener sexo y la calidez del otre. Le camarere, para lograr algún regalo caro y la esperanza de que aquel fuera su pasaporte a la ciudad.
Glyone quedó sole. Pensó en retirarse a su barraca cuando sus ojos se cruzaron con los de otra persona.
Nunca había visto a nadie así, unas facciones nativas que le miraban desafiantes. Unas mucosas suaves, que brillaban incluso bajo la brumosa luz del local. Tentáculos que se movían con felina precisión, ondulando de un lado a otro en estado de gracia. Cuatro brazos serenos, apoyados con facilidad en la barra del bar. Todo de color blanco, exudando masculinidad.
Vestía con ropa nativa. Incluso portaba algún adorno uruk; hubiera sido toda una provocación en la capital, pero allí no estaban en la capital, aquello era la selva, aquel había sido territorio uruk.
Dos ojos negros encararon a Glyone desde lo alto de sus tentáculos. Una invitación que nacía de una rara seguridad. Cassuite había dicho que les natives se vendían por unos pantalones; algo le decía a Glyone que por este iba a tener que pagar bastante más.
El amanecer sorprendió a Glyone en un dormitorio desconocido y el recuerdo de la pasión desenfrenada. La lengua le llenaba la boca con su aspereza. El viento se colaba por una cortina anclada a modas pasadas. Llovía. El aire olía a ozono y tierra húmeda.
¿Qué hora era?
Se levantó, masajeándose la cabeza. Fue directamente al baño y se hidrató la piel, notando el reconfortante tacto del agua en sus mucosas. Solo entonces encontró las fuerzas para mirarse al espejo.
Sí, allí estaba elle. Satisfeche de sí misme, vio en aquel rostro el emblema de une triunfadore, fuerte, joven, en plenitud de facultades. Directore de obra. Une atleta sexual en la cama. Unas facciones que reconocía perfectamente salvo por...
Apenas perceptibles, una leve tonalidad negruzca en sus tentáculos y unas manchas del mismo color asomaban por sus mejillas. Al parecer, se estaba volviendo hembra. Nada relevante: macho, hembra, qué más daba.
Volvió a la cama, liste para entablar conversación con su amante pero, para su sorpresa, no había rastro de este. Había desaparecido elle, su ropa y el resto de objetos personales. Era una vacuidad clamorosa. Unas sábanas arrugadas constituían la única prueba de que había estado allí.
Temiéndose lo peor, Glyone repasó sus pertenencias. Seguro que ese native le había robado el dinero o las llaves del coche. No podías fiarte de elles... Pero no, allí estaba todo.
¿Que había llevado a su pareja sexual a desaparecer sin más?
Tardíamente se dio cuenta de que ni siquiera sabía su nombre. Bajó los brazos, decepcionade porque solo le quedaba el recuerdo. En el fondo, a pesar de los prejuicios contra les natives, le hubiera gustado que aquello significara algo más que una noche de pasión.
Entonces reparó en una cosa. Su desconocide amante había dejado algo en la mesilla de noche, un regalo de despedida: una estrella de cuatro puntas, un amuleto uruk.
Glyone hacía lo imposible por mantener el rumbo del proyecto pero los contratiempos se acumulaban, turbando su día, asaltándole por las noches. Empezaba a rehuir las llamadas de sus superiores. Mala señal. Y ahora, una excavadora se había encontrado con otro inoportuno resto arqueológico.
Maldites operaries sin iniciativa, aprovechaban cualquier excusa para detener las obras y descansar a la sombra. Al final siempre tenía que intervenir elle para que las cosas funcionaran. Cogió su vehículo, apretó a fondo el acelerador y se plantó en el sitio derrapando, intimidante.
Les trabajadores se mostraron cautes. Iban retrasades y cada nuevo problema añadía tensión. Además, estaba el asunto del cambio de sexo de Glyone: sus tentáculos completamente negros y tres franjas del mismo color en sus mejillas proclamaban su feminidad. El problema no era el sexo en sí sino que, durante el cambio, todes se volvían más irritables. Un jefe presionade por los plazos y asaltado por una tormenta hormonal era algo con lo que había que ir con cuidado.
Les operaries le mostraron una estructura tosca. No era más que una trinchera en el terreno, alejada de la grandiosidad de las murallas de Turuk. Glyone siguió su curso y comprobó que se extendía —al menos— decenas de metros. No tardó en deducir que se trataba de una antigua canalización, mimosamente inclinada para que el agua insuflara vida a los campos de cultivo.
A regañadientes, admitió que les operaries habían hecho bien su trabajo: no era nada fácil reconocer la naturaleza artificial de la estructura, invadida por la rojiza maleza hasta dejarla casi irreconocible.
Dentro de poco, en cuanto Glyone diera la orden, las excavadoras seguirían su implacable trabajo, borrando para siempre el recuerdo del canal uruk. Pero, como ingeniere, Glyone sentía curiosidad por la centenaria estructura, así que, antes de ejecutar la sentencia, se concedió el capricho de bajar a la humilde zanja para examinarla con sus propias manos.
Bresen había salido a pescar aquella mañana. Volvía a la aldea con tres grandes piezas ensartadas en su lanza, satisfeche, con los dos soles todavía alzándose perezosamente por el horizonte.
A su lado, Palane, que solo había capturado un hexalpín, le miraba de refilón, con ojos envidiosos.
—El mío es más grande —insistía.
—Tu único hexalpín es más grande —se hartó Bresen.
Palane remarcaba mucho quién aportaba qué a la aldea, llevaba una reivindicante contabilidad en la que elle siempre salía bien parade.
A Bresen le ponía enfermo. Menos mal que en cuanto llegara a la aldea podría librarse de ese malsano gallito. Para Bresen lo importante era que, con los cuatro hexalpines capturados, alimentarían a media aldea. Los favores eran la piedra angular de la sociedad uruk: cuando une hacía favores a los demás, esperaba que se los devolvieran. Pero le idiota de Palane se había embriagado con las necias palabras de les comerciantes de la Unión.
No es que Bresen no apreciara les comerciantes de la Unión. Traían tejidos interesantes, cultivos productivos y sus armas... En la cultura uruk no había nada remotamente parecido a las armas de la Unión.
Lo que Bremen no soportaba de la Unión era su obsesión por el oro. Les viajeres de la Unión no querían otra cosa que no fuera oro. No les interesaban las verduras que crecían en la vera del río, no compartían las tardes fumando fresilín. No, solo les interesaba el oro.
A les uruk les gustaba el oro, claro, a quién no, pero como ornamento o como muestra de afecto, no para acumular riqueza. Muches uruks tenían joyas de oro. Le propie Bremen había regalado a su progenitore adoptive unos anillos de ese material.
A Bremen, les mercaderes de la Unión le parecían una mala influencia. Contagiaban a les débiles su fiebre aurífera. Palane era une de les engatusades. Su última ocurrencia: vender los hexalpines capturados a cambio de oro. ¡El oro no se come, idiota!
Menos mal que pronto se iba a librar de semejante incordio. Había soportado su presencia porque mira, mejor estar acompañade que sole, pero en cuanto llegaran al pueblo, cada une por su lado.
Alcanzaron los campos de cultivo. Los carnosos tallos rojos de vasnafi se erguían, anunciando la inminente cosecha. Cruzaron un canal de riego que fluía con el líquido de la vida y se adentraron por una estrecha vereda que llevaba al poblado.
De repente, de entre los árboles, emergió une tratante de la Unión.
Palane corrió a saludarle y a iniciar una conversación que —cómo no— giró en torno al oro.
Pero Bremen se quedó quiete, extrañade.
— ¿De dónde vienes?
—De Jaitaipur —respondió le comerciante.
— ¿Por qué has cruzado el bosque en lugar de venir por el camino?
—Me perdí —contestó tras unos segundos de duda.
—El camino sigue el río. Es imposible perderse —se empecinó Bremen—. ¿Por qué te saliste de él?
Bremen vio indecisión en los tentáculos de le comerciante.
—Vi unes tipes en el camino. Pensé que querían robarme.
— ¿Robarte? ¿Qué te crees, que estamos en la Unión?
El robo era un crimen raro entre les uruk, que consideraban que la valía de las cosas dependía del método utilizado para obtenerlas. Aquello robado se tasaba menos que lo adquirido de forma honesta. El oro robado, sencillamente, no tenía ningún valor para les uruk.
Bremen esperaba que le mercader defendiera su orgullo herido, que soltara alguna de sus peroratas sobre el progreso que traía la Unión. Pero no, se mostró cohibido, buscando rebajar la tensión.
El extraño comportamiento de le comerciante avivó las sospechas de Bremen. ¿Por qué venía bosque a través? Eso solo se hace cuando no quieres que nadie te vea...
Con un gesto casual, como quien no quiere la cosa, Bremen descolgó sus dos arcos y se apoyó sobre ellos. No estaba amenazando, todavía, pero prefería tener sus armas a punto. Sus dos ojos giraron sobre sus tentáculos a un lado y a otro, en busca de pruebas incriminatorias entre la muda frondosidad del bosque.
Por encima del follaje oteó algo, una negra maldición que se apoderaba del cielo. Caminó unos pasos hacia el centro del camino para poder verla mejor.
Sí, allí estaba, una densa columna de humo se alzaba sobre su pueblo.
Bremen dirigió una mirada asesina a le comerciante y este se sintió atravesade por la culpa. Arrancó a correr a la desesperada, de vuelta a la seguridad del bosque.
Para Bremen, era la prueba definitiva. Le comerciante no llegó muy lejos, Bremen dio cuenta de elle con una flecha en la espalda.
— ¡Vamos! —apremió a Palane, que todavía no comprendía lo que estaba pasando.
Se adentraron en la selva para no ser vistos y avanzaron a grandes zancadas sobre sus pies desnudos. Llegaron a un claro en el que vieron una mancha de brillantes colores: un nutrido grupo de personas, todas ataviadas con uniformes. En lo alto, brillando a los soles, las bayonetas de la Unión.
Siguieron adelante, eludiendo las patrullas, hasta llegar a escasos metros de las casas. Apenas unas horas atrás había habido risas, cánticos y mayores que reñían a les alevines pero ahora todas esas esperanzas se perdían en un remolino de fuego. Gritos. Cuerpos amontonados en el suelo. Soldados que se jactaban de su triunfo, señalando un montón de dorado contenido.
Más allá del río, hasta donde se perdía la vista, sólidas torres de humo se alzaban desde otros poblados uruk.
Palane quiso saltar sobre les atacantes, pero Bremen lo contuvo con un movimiento firme.
— ¿Qué haces? —le recriminó Palane— ¡Salgamos allá fuera y matémosles!
—No servirá de nada. Son demasiades, están bien armades y nos han cogido por sorpresa.
— ¿Qué hacemos entonces? ¿Huir como cobardes?
—No vamos a huir —negó Bremen con un fuerte picotazo—. Nos retiramos, que es distinto. Iremos a Turuk. Organizaremos la resistencia tras la seguridad de sus murallas.
Glyone notó el alterado sonido de su respiración. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, quiete, sumide en recuerdos que no eran suyes? Minutos que le habían puesto en evidencia.
Quedó paralizade por la revelación. La guerra entre la Unión y les uruk no había comenzado por un ataque de esas bestias caníbales a unes pacífiques comerciantes, como proclamaban los libros de historia. No, había sido la Unión la que había iniciado la guerra para apoderarse del oro uruk. El único crimen de les uruk había sido defenderse.
Pero nada de eso sabían les trabajadores que esperaban, extrañades, el veredicto de Glyone.
—¿Seguimos con la obra? —preguntó une de les operaries.
—No —respondió con voz temblorosa—. Quiero asegurarme que estos restos no tienen ningún valor arqueológico. Llamaré al ministerio de cultura.
Glyone era jefe de obra, alguien temide, respetade y odiade por centenares de personas, pero incluso elle tenía superiores a les que rendir cuentas.
Un rascacielos de la capital, una fantasía de acero y cristal. El poder de las corporaciones elevado a las alturas, sobrevolando la insignificancia de les viandantes. Dentro, en una de tantas habitaciones, esperaba Glyone.
La estancia era aséptica, el contrapunto a la mundanal suciedad de la obra. Paredes blancas, lisas, sin adornos estridentes, el templo de la eficiencia. Los números y los beneficios elevados a la categoría de dioses. Y el silencio... Era un silencio que te vigilaba, en el que tu propia respiración te delataba.
No era una definición exagerada, Glyone sabía que estaba en la antesala de un juicio.
Nerviose, se tocó el pecho, notando la reconfortante silueta que se ocultaba bajo su camisa: una estrella de cuatro puntas. El amuleto uruk que le había dejado su misteriose amante.
Por fin, con prisas, haciendo notar que su tiempo era más valioso que la entera existencia de Glyone, entró una persona: le directore de energías renovables de la compañía, Vápule.
—Buenos días —saludó Glyone, temerose.
—Hola Glyone, gracias por venir.
Entrelazaron sus tentáculos, un saludo protocolario que le jefe aprovechó para marcar territorio, apretando sus húmedas extremidades contra las de su subordinade.
Vápule tomó asiento, poniendo una mesa de distancia entre elle y su inferior. Se encendió una opulenta pipa y lanzó una relajada bocanada. Le gustaba hacerlo en las reuniones importantes. Le relajaba el narcótico efecto del fresilín y el poder que tenía sobre las insignificantes volutas. Que se notara quién mandaba allí.
—No me gusta ir con rodeos —arremetió—. En los últimos meses se ha ralentizado la obra hasta el punto de hacer peligrar el plazo de entrega. Tras analizar la situación hemos determinado que la causa se encuentra en los parones que se realizan al encontrar restos uruk —gruñó, estampando sobre la mesa un informe.
Glyone no se dejó impresionar. Menuda investigación habían hecho les lumbreras de Dirección. El informe que acababa de plantar Vápule lo había escrito le propie Glyone.
—En efecto, la presencia de ruinas uruk ralentiza el ritmo, tal y como expliqué en el dossier —subrayó Glyone, señalando el incriminatorio fajo de papeles.
—Tu celo por no dañar restos arqueológicos es encomiable pero te recuerdo que te pagamos por instalar aerogeneradores, no para sacar a la luz ruinas uruk —gruñó.
—Me limito a informar al ministerio de cultura de lo que encontramos.
—Por supuesto, es lo que dicta la ley —convino Vápule, reclinándose en su asiento con confianza—. Pero, a menos que se trate de un descubrimiento excepcional, no tenemos obligación de detenernos. Y el problema es que, precisamente, estás demorando la obra por cosas que carecen de valor. Tu excesivo cuidado por los restos uruk nos está costando una fortuna —acusó, estirando sus tentáculos para mirar a Glyone desde arriba.
—Nos interesa que no nos acusen de dañar restos arqueológicos a propósito.
—En todas las ocasiones has detenido las obras y consultado al ministerio. ¿Qué te han contestado siempre?
—Que las podíamos destruir.
Vápule sacó un nuevo documento, lo abrió y pasó sus dedos con cuidado por unas palabras cargadas de implicaciones.
—El propio ministerio te envió esta respuesta hace unas semanas. Ante sus repetidas consultas le reiteramos que el ministerio no exige detener las obras cuando se encuentren restos en Turuk, dado que la ciudad ya fue exhaustivamente estudiada en la expedición del 62. Su única obligación es informarnos de lo que encuentre y entregarnos los objetos que halle
. Pero, a pesar de esto, sigues deteniendo las obras para consultarles. Una proceder que parece obstruccionista —disparó, fulminándole con la mirada—. Dime ¿tienes alguna excusa que justifique tu actitud?
Glyone bajó la mirada y cruzó sus cuatro brazos sobre su regazo, una débil coraza de carne contra la precisa puntería de las palabras de le director.
—Honestamente, creo que no se ha respetado suficientemente la cultura uruk —probó al final.
Era la señal de traición que Vápule había estado buscando.
—Hace poco adquiriste un recuerdo uruk ¿verdad?
—Sí —admitió Glyone.
Vápule se echó para atrás, puso más espacio de por medio como si lo de Glyone fuera contagioso. Ahora, en la seguridad que daban unos centímetros más, dio una nueva placentera bocanada en su pipa. Podía cantar victoria. Hacía tiempo que corría el rumor de que Glyone había adquirido un recuerdo uruk, su cambio de comportamiento era demasiado notorio para pasar desapercibido. Ahora, gracias a esa confesión, Vápule ya tenía la prueba que necesitaba.
Glyone sabía lo que vendría a continuación. Había visto esa desdeñosa actitud demasiadas veces en los últimos tiempos. Silencios que lo decían todo, palabras a escondidas, miradas esquivas... La sociedad lo había condenado al ostracismo, le rehuían incluso el contacto físico, como si el mero roce con su piel contaminara. Sabía lo que pensaban todos. El algo habrá hecho
, el eso le pasa por acostarse con cualquiera
, la falsa superioridad que daba pensar que eso no les podía pasar a elles.
Por supuesto, la legislación prohibía la discriminación por motivos sexuales. Pero nada podía proteger a Glyone de su traición a la compañía.
Vápule extrajo un tercer documento y lo extendió sobre la mesa. No era muy extenso. Era una carta de despido.
Llovía. Era lo único para lo que parecía servir aquella maldita selva. La naturaleza reclamaba ese dominio que le habían arrebatado, lo hacía con el grito de miles de gotas que golpeaban el techo del coche. Una insistente neblina lechosa consumía las formas. No se veían los árboles, ni siquiera los aerogeneradores que habían plantado orgullosamente. Le vigilante sabía que allí estaban, olvidados en las alturas, peleándose contra los elementos para suministrar electricidad a la insaciable civilización.
Como cada día, le guardia de seguridad hacía su ronda. Era la única presencia animada en aquel lugar olvidado por todes. Conducía un destartalado vehículo, acompañado por los baches y el chirrido de una suspensión falta de mantenimiento. En el asiento de al lado, unos envoltorios, un indignante recuerdo de sus compañeros de trabajo.
Sonó una alarma en el salpicadero.
Detuvo el vehículo ante las protestas de los frenos y examinó qué era.
Un sensor de movimiento. Algo se había acercado al aerogenerador número quince. Buscó en las imágenes de la cámara de video vigilancia y lo que encontró fue delatador: nada. La nada más absoluta. Quien se había aproximado lo había hecho por el punto ciego de la cámara.
Otra vez.
La primera ocasión lo había atribuido a la casualidad. Alguien con mucha suerte. Pero había sucedido una segunda, y una tercera. Demasiada suerte eludiendo las cámaras.
Quienquiera que fuera, conocía perfectamente las instalaciones.
Rabiose, dio media vuelta, deshaciendo el camino entre charcos y salpicaduras. Pisó a fondo, apurando las curvas, resbalando en las pendientes. Quería atrapar a ese fantasma burlón, pero la distancia jugaba en su contra. Para cuando llegó al aerogenerador número quince, no había rastro de le extrañe, desvanecido de nuevo en las penumbras de la lluvia y el muro de la selva.
Saltó del vehículo. El barro envolvió sus pies y le devolvió a la tierra que le había visto nacer. La lluvia le saludó con lujuria, empapando sus mucosas con el líquido vigorizante.
Le separaban escasos metros de la torre, los caminó sabiendo por adelantado lo que iba a encontrar. Como siempre, le misteriose visitante no había provocado desperfectos, se había tomado todas esas molestias solo para dejar un objeto.
Un amuleto uruk: una estrella de cuatro puntas.
—Central, he llegado al aerogenerador quince.
—Recibido. ¿Algo a reseñar?
—No hay presencia de le intruse ni tampoco daños materiales. Nuestre amigue se ha limitado a dejar uno de sus regalos.
—¿Otra estrella uruk?
—Ajá. ¿Por qué demonios se empeñará alguien en rememorar una tribu de caníbales? —preguntó mientras cogía el amuleto.
—Estará mal de la cabeza. Yo de ti no le daría muchas vueltas.
—No pienso hacerlo. Me marcho. Termino mi turno.
—Descansa y diviértete.
—Eso pienso hacer, saldré con unes amigues.
Le vigilante cortó la comunicación. Para cuando lo hizo se dio cuenta de que una de sus manos todavía sostenía el amuleto. Maldites uruks. Su colega de la central tenía razón. Debía distraerse. Se lo pasaría bien con sus amigues, tras unas rondas los problemas se veían de otra forma. Con suerte, a lo mejor hasta echaba un polvo. Era fácil acostarse con une native, en cuanto veían unas monedas de oro perdían las inhibiciones.
Un poco de sexo y lo olvidaría todo.