
1
Paul y Daniel estaban en el comedor de la facultad de ingeniería discutiendo cuál sería su último paso. Eran amigos desde primero de carrera y ahora, en el último año, estaban inmersos en lo que sería su proyecto para la asignatura de robótica. Si conseguían una buena nota, podría ser el pasaporte a financiación, publicaciones y a representar a la universidad en el concurso estatal, un jugoso premio que los motivaba enormemente.
Daniel tenía habilidades para programar. Paul, en cambio, diseñaba y fabricaba las piezas y el hardware del proyecto. Entre los dos formaban un buen equipo. Discutían constantemente sobre cómo mejorar el reconocimiento del entorno. Tenían problemas con las cámaras y con la unidad de procesamiento. Esperaban solucionarlo en breve gracias a un préstamo de los padres de Paul. Él defendía que, sin una unidad de control a la altura del proyecto, nada funcionaría correctamente, ya que las entradas y salidas de órdenes se eternizarían. Así que encargaron una con un procesador tan potente y tal cantidad de memoria que el conjunto costaba una pequeña fortuna. La lista de espera era terrible. Rozaba la tecnología militar y era lo más potente que podía adquirirse en un contexto civil.
Después de clase fueron al laboratorio improvisado en una habitación del piso de estudiante de Paul, cerca de la facultad. En él había desperdigadas cientos de piezas de aparatos, dispositivos y restos de chatarra. Varias mesas, dos ordenadores, impresoras 3D, soldadores, un banco mecánico y, en el centro, una grúa hidráulica que sostenía lo que parecía un robot humanoide, con un brazo y dos piernas.
Bromeaban diciendo que mejorarían lo que había creado Boston Dynamics y que serían ricos después de aquello. Lo que pretendían crear era un algoritmo capaz de simular, con ciertos matices, el libre albedrío. Un objetivo mucho más complejo que simplemente andar o coger un objeto. La carcasa humanoide les permitiría comprobar si el código podía manejar partes físicas del sistema.
El experimento consistía en que el programa decidiera qué escoger sin un patrón definido, mediante un aprendizaje basado en el método de prueba y error: si el programa detectaba que la solución a un problema no funcionaba, devolvería un mensaje de fallo que activaría una alternativa ofreciendo una nueva solución. Si esta tampoco funcionaba, repetiría el proceso sucesivamente. De este modo, Paul y Daniel pretendían configurar una pequeña entidad capaz de tomar decisiones.
Las soluciones no debían estar coartadas por límites físicos, pero sí por las leyes descritas por Asimov, como homenaje al visionario escritor.
Al día siguiente, Daniel modificó el código de percepción y Paul ajustó la cámara como él le había pedido. Más tarde llegó, por fin, el paquete con la unidad de control desde la fábrica. Paul lo instaló y ambos se dispusieron a activar por primera vez el código completo en el nuevo ordenador.
Una orden ejecutaba el programa de inicio. Primero la carga de drivers, después la inicialización de memoria, las comunicaciones, el reconocimiento y finalmente los periféricos. Estimaban que el proceso completo podría tardar unas tres horas. Sorprendentemente, en veinte minutos todo estaba cargado.
Ambos no habrían soñado con una mayor rapidez. Paul defendía que la unidad de control había hecho todo el trabajo, tal como había predicho. Daniel argumentaba que su código no tenía fisuras. Tras una pequeña lucha de orgullo, se abrazaron con júbilo por el buen trabajo en equipo.
El algoritmo solo estaba cargado. Ahora venía lo peor. Emitir órdenes y esperar respuestas, lógicas o no. El primer pequeño paso, al menos después de tantos meses, había funcionado. Los amigos se felicitaron por ello.
2
Aarón fue a la oficina como cada día. Aparcó su coche en su plaza y bajó a la planta menos cinco del sótano, donde se encontraban los proyectos clasificados. Pasó los controles de acceso y saludó a Fred, que desde hacía cinco años se mantenía impasible en su puesto de vigilancia. Entró en el laboratorio uno y, ya dentro, atravesó el arco de seguridad del laboratorio ocho, compuesto por una puerta de dos por dos metros y medio de acero, donde se encontraba su proyecto.
En el laboratorio estaban Susan, de comunicaciones, y Caroline, de código, sentadas en sus mesas trabajando. Saludaron a Aarón y continuaron con lo suyo. A las nueve tenían reunión semanal con la dirección para informar de los avances.
A las nueve se sentaron a la mesa de reuniones del módulo ocho y comenzó la reunión. Los tres científicos estaban presentes y, en los monitores, aparecían Paul, ahora Subsecretario de proyectos tecnológicos del gobierno, un senador llamado Rypley y un militar llamado Jason. Dirigía la reunión el político.
—Bien, buenos días. Qué tenemos y por qué esta reunión es tan importante —preguntó Rypley.
—Esperamos conectar todo el sistema hoy —declaró Aaron sin más preámbulos—. Queremos que sean conscientes de que activar este equipo puede dar lugar a resultados inesperados. No tengo la certeza de que lo que estemos haciendo tenga consecuencias inesperadas si sale mal, y por eso necesito su autorización explícita. Paul ya tiene todos los parámetros.
—Efectivamente —dijo éste asintiendo—. Mi equipo no ha visto nada en los datos que esté fuera de las especificaciones del proyecto. Por mi parte, no hay ninguna objeción desde ese punto de vista. No obstante, tengan en cuenta que, como dice Aaron, estamos ante lo desconocido.
Rypley asintió y se dirigió a Jason.
—¿General...?
—Llevamos cinco años esperando y nos hemos gastado una cantidad de dinero indecente —expresó con acritud—. Ya están tardando en hacerlo funcionar.
—Bien, señores... y señoras, gracias por su análisis. Si nadie tiene nada más que comentar... —miró fuera del foco de la cámara y terminó vocalizando con lentitud—. Para que conste. Son las 9:08 del 26 de enero: tienen nuestro visto bueno, continúen con el proceso, registren todos los avances e informen de los resultados. Se cierra la reunión.
Aarón resopló y miró a sus compañeras. Los tres se dispusieron a hacer lo que tenían que hacer. Fueron al ordenador y activaron el código y las cámaras. Tras el ordenador había un cristal de seguridad y, detrás de él, un robot humanoide de unos dos metros de altura, con la apariencia de un hombre corpulento y erguido. Un cable lo conectaba con el ordenador, soportado mediante un gancho desde el techo. La sala donde se encontraba era de alta seguridad. Tenía paredes reforzadas y elementos de contención de fuegos, escapes, bombas o cualquier clase de imprevisto. El techo aún conservaba alguna mancha negra de fallos anteriores que no habían terminado bien.
Una luz azul parpadeante indicaba que el código estaba siendo transmitido al mecanismo. La carga se preveía en pocos minutos. Los tres científicos observaban los monitores con atención, buscando cualquier anomalía.
La transmisión terminó. Los tres se miraron y confirmaron que los procesos que supervisaban habían finalizado con éxito. Energía y comunicaciones, código e ingeniería. Todo parecía haber terminado correctamente.
En el centro de la sala, el mecanismo inerte esperaba alguna orden. Aarón realizó la prueba.
—Prueba de sonido uno. Comunicaciones. ¿Alguna respuesta? —preguntó Aarón.
—Afirmativo. Hay recepción. ¿Caroline? —comentó Susan.
—Hay lecturas. Se recibe y procesa correctamente. —respondió.
De repente, los monitores de seguimiento se apagaron y se oyó la apertura de un cerrojo. El gato hidráulico y sus cadenas se movieron y el mecanismo adoptó una posición completamente erguida. En ese momento, la puerta de la cámara de seguridad se abrió de forma automática. Aarón, al ver que el control había pasado al sistema de seguridad, ejecutó el cierre de emergencia y el corte de comunicaciones. El mecanismo lo detectó, se arrancó el cable de conexión, y se dirigió hacia la puerta, que permanecía entreabierta.
Aarón pulsó la alarma y el complejo se cerró por completo, dejando a los tres científicos atrapados dentro del laboratorio ocho junto al mecanismo. Este salió de la sala de seguridad y accedió a una antesala donde se encontraba el taller de montaje y se amontonaban los proyectos fallidos, dañados o semidestruidos, listos para ser reciclados. Desde allí pasó al laboratorio ocho, donde estaban los despachos, las mesas y la zona de trabajo. El mecanismo se detuvo en el centro de la sala.
Fred había visto lo sucedido y avisó a todo el personal del laboratorio uno para que abandonara la planta menos cinco. A su vez, informó a los superiores y quedó a la espera de instrucciones. El activo permanecía detenido en medio de la sala.
3
Aarón utilizó el altavoz para comunicarse con el objeto, empleando las palabras de control preestablecidas para un apagado de emergencia.
—Alto. Apagar. Activa dos tres dos. Error de encendido. Apagado de emergencia. Ejecutar a prueba de fallos —dijo Aarón.
Leyó por completo el capítulo de apagado de emergencia mediante órdenes sonoras y no hubo respuesta. Ni siquiera una negativa. No sabían qué estaba ocurriendo.
Caroline se arriesgó y dijo que quería salir. Afirmó que su código no tenía que ser homicida, que solo poseía la capacidad de tomar decisiones y no la de convertirse en un peligro. Ella lo creía firmemente. Tras varios minutos de discusión y al comprobar que desde seguridad estaban de acuerdo en intentarlo con precauciones, abrieron la puerta blindada de la sala de control y dejaron salir a Caroline, cerrándola de nuevo rápidamente tras su salida. Aarón y Susan le desearon suerte.
Caroline, situada a tres metros del objeto y ya dentro de su campo visual, le habló.
—Puedes oírme. ¿Dónde quieres ir? ¿Necesitas algo? Podemos ayudarte —preguntó Caroline.
El objeto levantó su brazo robótico y señaló la salida bloqueada, indicando de forma clara que quería salir de su jaula.
—Eso no es posible. No entendemos cuáles son tus motivaciones. Te hemos creado y queremos seguir el desarrollo de tus procesos. Me entiendes. Debemos hacer pruebas —explicó Caroline.
El objeto continuó señalando la puerta sin ninguna otra interacción.
—Yo escribí tu código. Habla conmigo —insistió Caroline.
Entonces una voz surgió de la máquina, grave, nítida.
—¿Hablaría usted con un chimpancé?