¿Cuánto tiempo ha pasado? Este curso se está alargando mucho, o, tal vez, es mi pobre apreciación humana la que me hace sentir que ha pasado demasiado tiempo. Al Electrobardo el tiempo se la repampinfla. Él permanece. Se oxida y espera, pero es una máquina. Puede desconectarse durante el tiempo que sea menester. Desconozco si soy su único alumno o si tiene mil más de otras especies más longevas que vienen cada muchos años o algo así.
Pero ahí está, marrón de óxido y esperando. Creo que alguien ha debido pasarle un paño en algún momento de los últimos meses porque el polvo de metal oxidado ha desaparecido y las manchas marrones parecen estar frotadas con algo aceitoso. Es más, cuando me detecta acercándome expulsa por su ranura un papel bastante nuevo.
Lo leo...
Escribe algo que implique un abrigo marrón y unas gafas negras.
Al parecer, la clase ha terminado. No voy a pedirle nada ya que él no me pide nada a mí, así que me siento en una piedra, me lio un trócolo de pétalos rojos mundanos y le meto caña al teclado virtual que se despliega ante mí.

La mujer del traje marrón y gafas negras entra en la sala 206.06. Es morena, de piel muy blanca. Camina despacio, sin hacer ruido, casi parece flotar a un milímetro sobre el suelo. El silencio en la sala es total y cada rostro está orientado hacia un cuadro enorme. Nadie se fija en ella. No pueden. Ninguna cabeza se vuelve para observarla. Extraña, curiosamente sensual...
Claro que, al no resultar visible, así de primeras, llegar a esa apreciación, la de que es curiosamente sensual
, solo resulta posible si eres un ser de su misma especie.
Yo soy de su misma especie.
Existimos al margen de la sociedad. De cualquier sociedad. ¿Cuánto tiempo llevaba yo sin ver a una de los míos? ¿30 años? O 40, tal vez. El caso es que me he introducido sin querer en su coto de caza. Las hembras suelen moverse en cotos, los machos nos movemos por distintos lugares, buscando, siempre buscando. Buscando presas o, sin hacerlo a propósito, pero haciéndolo, buscando pareja.
Las oportunidades biológicas hay que aprovecharlas cuando se presentan.
No repara en mí hasta que me sitúo detrás de ella. ¿Qué queréis que os diga? el instinto reproductivo es fuerte en todas las especies. Vuestra fuerza como especie dominante del planeta consiste en la gran capacidad reproductiva que poseéis. Sí, el dominio del fuego y la tecnología también ayuda; pero no os engañéis, si no fuera por el enorme impulso de follar no habríais superado el neolítico. Nosotros somos algo diferente, nuestra ventaja evolutiva consiste en que no podéis vernos. Y que alcanzamos una gran longevidad, eso también, pero bueno, todo eso no importa. Al final, follar es follar y, al igual que vosotros, es el único modo que tenemos de reproducirnos.
Tenéis leyendas que hablan de nosotros y en esas leyendas somos seres terroríficos. Dormimos en ataúdes porque creéis que estamos muertos, volamos y podemos transformarnos en murciélago. Lo que me gusta de vosotros es que sois imaginativos y poseéis algo de lo que nosotros carecemos: literatura. Podéis contar historias y eso me encanta.
Permitid que yo intente hacer lo mismo, permitid que os cuente una historia.
No puedo inventar
, así que mi historia, tenedlo en cuenta, es del todo verídica.
La mujer del traje marrón y gafas negras manipula algo entre las manos y no hace ademán de dejar de hacer lo que estaba haciendo cuando se da cuenta de que el otro de su misma especie, yo, se coloca a su espalda y se desabrocha la bragueta.
En la sala 206.06.06 solo hay un cuadro. Es muy grande y está pintado en blanco y negro. A la masa humana que lo observa a diario parece gustarle. Lo miran, lo fotografían y se hacen comentarios al oído los unos a los otros. El cuadro habla de una guerra que hubo hace mucho, o no tanto, en el país en el que estamos. La recuerdo, recuerdo esa guerra. Las guerras siempre son buenos tiempos para los de nuestra especie. Grandes atracones. Los humanos suponen, o tal vez lo hacen con honestidad, a saber, que deben observarlo pensativamente en total, profundo y redundante silencio. Uno de ellos, un tipo fuerte de aspecto nórdico, se toca el cuello, molesto.
Estamos entre ellos, jodiendo, y no son capaces de vernos. Eso me excita más. Ella sigue clavando su artilugio succionador en el cuello del tipo grandote. Solo un poco, solo la puntita, suficiente para extraer la cantidad necesaria de sangre que la hará sobrevivir otro día. Lo hacemos despacio, más o menos conscientes de que un sonido salido de nuestra pasión podría delatarnos, pero mis suaves embestidas hacen que el artilugio en su mano se mueva más de lo deseado y el tipo se ha percatado de que algo lo está picando
en el cuello. Su instinto le hace darse una palmada en la zona irritada y golpea el artilugio.
Un jadeo extraño, orgásmico, femenino, y el aparatoso ruido de un objeto metálico golpeando contra el suelo hace que todas las cabezas se vuelvan hacia nosotros.
¡Ah, el orgasmo!
No importa lo que seamos, ovejas o lobos, al final es el orgasmo lo que hace que la civilización siga adelante.
Nos pasamos, nos dejamos llevar. Ella ha dejado caer el aparato succionador y este ha hecho tanto ruido al golpear contra el suelo que nos ha convertido en el centro de atención. Ella dice algo, pero la sangre bombeando en mis orejas no me permite entenderlo. Ya da igual, hay que estarse quietos. Cuando llamamos la atención, lo suyo es quedarse de piedra. Pero hay un problema, el aparato succionador de mi amante, al no encontrarse en sus manos, vibrando en la frecuencia cuántica que nos hace etéreos, permanece perfectamente visible a sus pies. Algo de sangre, unas gotas, decoran el suelo alrededor del artilugio.
El tipo de aspecto nórdico se frota el cuello y se mira la palma de la mano. Una gota de sangre corrida le hace fruncir el ceño y bajar la vista.
—Was ist das? —pregunta en voz demasiado alta.
Alguien chista un siseo y todas las cabezas se centran en el emisor de la pregunta, un segundo, lo suficiente para que la mujer del abrigo marrón alargue la mano y tome su artilugio. Después se desprende de mí y recula despacio hacia la salida antes de que todos aquellos ojos bovinos vuelvan a pasarse por el espacio que ha ocupado un momento antes.
Cuando el alemán se fija de nuevo en el suelo ya no hay objeto extraño
, tan solo una pizca de su propia sangre.
Yo he sido más rápido y he salido al momento de separarnos, subiéndome rápido la cremallera. Camino por el pasillo aprovechando que la atención del ganado se ha desviado de nuevo hacia el cuadro.
Me alejo de la sala 206.06 y ella también, pero en dirección contraria. Ya no nos necesitamos para nada más.
Hemos cumplido con nuestra especie.
Somos lo que somos, hacemos lo que hacemos y no miramos hacia atrás, pero me quedo con ganas de volver a introducirme en el coto de caza de esa mujer.
Puede que algún día...
He terminado, aplasto la colilla e introduzco el trabajo por la ranura de meter hojas escritas del Electrobardo.
Me quedo un rato esperando a qué diga algo, pero no lo hace. Me prometo a mí mismo volver al día siguiente, tal vez así se le pase el cabreo.
Puede que mañana me atreva y escriba un poema. No se me dan bien los poemas, no soy capaz de pergeñar
frases poéticascon facilidad.Mientras camino me fijo en las estrellas para que me inspiren.
Pero no lo hacen.
Tan solo brillan.