
Que los avances científicos de conocimiento público posibilitan la realización de experimentos de clonación humana que plantean problemas éticos y morales que se contraponen a las pautas y valores culturales propios de nuestro pueblo.
Que, por ello, resulta de urgente necesidad reglamentar, controlar y fiscalizar todas las actividades relacionadas con los experimentos de clonación, en particular con seres humanos.
Registro del ministerio de salud y acción social.
DECRETO 200/97.
Uno: La doctora Lugner lo verá en un momento
Cuando Adrián Vasco entró en la sala de recepción delimitada por mamparas, la recepcionista una mujer muy delgada y risueña, le dedicó una mirada cordial.
—¿Usted es?
—Adrián Vasco, de constructora Vasco & Weller.
—¿Y viene a ver?
—A la doctora Lugner.
—¿Ella le espera?
—Así es.
La recepcionista lo miró con expresión de incredulidad.
—Le avisaré enseguida.
La recepcionista habló por teléfono en voz baja y Vasco le escuchó mencionar el nombre de la constructora. Paseó la mirada por la amplia sala de recepción. Al fondo, apostados contra la entrada del pasillo había dos guardias de seguridad.
La recepcionista colgó el teléfono y dijo:
—La doctora Lugner lo verá en un momento —Le hizo un ademán de asentimiento a los guardias y uno de ellos se acercó.
—Es solamente una formalidad, pero ¿me permite alguna identificación?
Vasco le entregó el carnet de conducir.
—¿Lleva consigo alguna cámara o equipo de grabación.
—No —contestó Vasco.
—¿Está armado?
—No.
—¿Puede levantar los brazos un segundo? —preguntó el guardia. Vasco lo hizo y el Guardia lo cacheó recorriendo el cuello de la camisa, la cintura del pantalón y las costuras. Era evidente que buscaba cables. Al final lo escaneó de arriba abajo con una varita electrónica similar a las usadas en los aeropuertos.
—Se lo toman en serio —comentó Vasco.
—Mucho.
El guardia ocupó de nuevo su lugar junto a la puerta. No había donde sentarse así que Vasco se quedó de pie y esperó con incomodidad, pasando el peso del cuerpo de un pie a otro. Era un hombre menudo, de rostro poco agraciado (por no entrar en descripciones menos favorables) y andar bamboleante que recordaba al de un pingüino. Pero su apariencia bobalicona era engañosa, su coeficiente intelectual rozaba los ciento cincuenta, y en Entre Ríos Vasco era conocido como el rey del concreto, con un patrimonio neto estimado en veinte millones de dólares.
Se había pasado dos días viajando en tres aviones distintos y estaba agotado. En ese momento estaba en la sede principal de la Sacrum S. A. al sur de Entre Rios. El edificio que contenía el pabellón Sacrum se alzaba en medio de las cuatrocientas hectáreas pertenecientes la empresa, en una gran claro de césped de un verde jugoso meticulosamente cortado y que tenía su propio hangar apartado con capacidad para tres avionetas Cessna. El edificio en sí era simple. Un enorme y reluciente cubo de titanio y vidrio con estructura de hormigón armado que parecía completamente ajeno a aquel paisaje de colinas de suave perfil.
La puerta de vidrio de la recepción tardó unos minutos en abrirse. Una mujer de unos sesenta años, alta, delgada y de rostro aguileño preguntó:
—¿Adrián Vasco? Soy Lorena Lugner. Acompáñame.
Vasco la siguió accediendo a un amplio y lujoso pasillo vidriado. En el rincón superior izquierdo del pasillo, donde los ventanales limitaban con el yeso del techo, vio dos cámaras que asomaban por el reborde del ángulo y giraban sobre su eje, siguiéndolos a medida que ellos caminaban.
—¿Y toda esta seguridad.
—Esa es solo la que se ve —dijo Lugner—. También hay sensores de temperatura ambiente y de presión en el piso. La gente quiere saber qué hacemos acá.
—Entiendo ¿Pero necesita saber que no traigo cámaras?
—Necesitamos —dijo Lugner—. Porque nosotros cuidamos lo que construimos.
La respuesta hizo que Vasco se quedara en silencio por unos segundos. Pensó entonces que la ubicación remota de la sede no era accidental.
—También estoy confundido —dijo Vasco—. ¿Qué hacen exactamente en Sacrum?
—Nos dedicamos a la gestación in vitro a nivel nacional —explicó Lugner—. Las parejas vienen a nosotros porque no pueden gestar un bebé de forma natural y nosotros los ayudamos a hacerlo mediante la fecundación en ambiente controlado. Tenemos actualmente un gran éxito comercial, la realidad es que la humanidad se está quedando sin bebes.
—¿No es al revés?
—Le contesto con otra pregunta: ¿Sabe que es el TFT?
Vasco negó con la cabeza.
—La tasa de fertilidad total —dijo Lugner—. En 1950 la mujer promedio tenía cinco hijos, en 2021 el promedio es de dos. Actualmente la tasa de fertilidad total está por debajo del umbral de reemplazo poblacional. Esto quiere decir que ya no nacen suficientes niños para mantener el tamaño de la población actual. Al contrario de lo que impone la opinión popular, la población mundial está decreciendo.
Vasco hizo silencio mientras caminaban con lentitud, mirando a través de las enormes ventanas, la distante silueta del río Paraná, que se escurría como una serpiente plateada echada al Sol.
—Doctora —dijo Vasco, reacio a seguir hablando—. Yo no estoy acá para ser papá. Si quisiera eso, hubiese ido a la sede de Sacrum en Palermo, Zona Norte o Córdoba, pero esta instalación está a kilómetros de las ciudades grandes y yo... Yo le comenté a su asistente que mis intereses son muy específicos. La gente habla y he escuchado cosas doctora. Lo que quiero saber es... Si es cierto lo que se dice de usted. De lo que en realidad hace acá.
Lugner, que caminaba con los brazos cruzados detrás de la espalda y comía un Mentoplus, le devolvió una cálida sonrisa de dientes blancos y parejos:
—Así es. Nosotros fabricamos nuestros propios productos.
—¿Productos? —dijo Vasco, incapaz de disimular la sorpresa.
—Sí —dijo Lugner—. Productos... patentes, dígales como quiera... No son nenes. No de verdad por lo menos.
—Eso es....
—No —dijo Lugner—. No es legal... Pero si se logra clonar a un humano, no hay leyes que protejan a un clon. Una vez que existen, son bienes y nadie puede decirme que hacer con ellos. Son el molde que queda después de hacer un ser humano, son... migajas de ser humano. De hecho, tienen varios defectos con respecto al original y en muchos casos mueren antes de los veinticinco años. Igualmente..., permítame que se lo diga, veinticinco años es bastante tiempo para divertirse ¿Sabe lo que digo?
Vasco sabía perfectamente lo que le decían y la impaciencia comenzaba a inundarle en forma de cosquilleo en el diafragma:
—Quiero ver uno con mis propios ojos. Uno de verdad. Necesito, necesito...
—¿Tocarlo? —interrumpió Lugner con una sonrisa irónica.
Vasco asintió en silencio.
Dos: Bajo ningún punto de vista es un nene
Llegaron al final del pasillo y subieron una escalera recubierta con paneles de madera. Arriba los recibió una planta pintada en color crema con ventas de piso a techo, que dominaba una espléndida vista del río. Había juguetes por todos lados, autitos Hotwheel s desparramados por el piso entreverados con dinosaurios y trencitos con vagones desacoplables. Contra una esquina había una cama con una sábana de La era del hielo. También una plancha de corcho empotrada en la pared con hojas llenas de garabatos y en medio de la habitación, una carpa pequeña para una persona.
—Luca —dijo Lugner.
Hubo silencio.
Lugner se volvió hacia Vasco:
—Tené paciencia, es un poco tímido.
Un nene de unos seis años, asomó la cabeza desde dentro de la carpa. Tenía pelo castaño, cara redonda y ojos grandes.
Lugner le hizo un ademán con la mano:
—No seas mal educado Lu. Vení a saludar.
El nene bajó el cierre de la carpa y se acercó caminando con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Vestía un pantalón jogging y una remera de Deathnote.
— Este —dijo Lugner, tomando a Luca por el hombro— es el modelo C003. Es un varón, obviamente. Está diseñado para todo lo que sea trabajos de campo. El Luca original le pertenece a una familia de Tolhuin y ahora pasa el metro ochenta y tres. Con buena alimentación este hará lo mismo. Es un producto robusto y hecho para el trabajo pesado. Aunque tal vez usted ya tenga otros usos en mente...
Lugner se volvió hacia Luca:
—Abrí la boca.
Al principio, Luca la miró con aire desafiante pero luego esa mirada mutó en una de resignación y Luca clavó la vista en el piso.
Lugner se arrodilló junto a él en una cercanía íntima, lo miró a los ojos, le acarició el pelo como lo haría cualquier madre y con su suave voz dijo:
—Abrí la boca Lu.
Esta vez, Luca le devolvió una mirada hosca, entornando los ojos en mueca que tenía algo de desaprobación y algo de rebeldía. Entonces Lorena Lugner arrugó su cara de una manera que deformaba sus suaves facciones de niña. Un gesto simple pero que dibujaba una línea fronteriza con su cordialidad inicial.
—¡Luca!
Luca desvió la mirada. A Lorena Lugner aquello no le gustó. No le gustó para nada. Sin embargo, hizo un ejemplar intento de mantener la calma, tan logrado que Vasco ni siquiera notó la ira que bullía dentro de ella y que, en cualquier momento, saldría de forma explosiva, como vapores atrapados en una olla a presión.
Lugner le llevó la mano a la cara y le acaricio la mejilla suavemente con el pulgar, luego procuró hablar en tono suave:
—¿Cansadito?
Luca asintió.
—¿Y cómo no? No cualquiera dibuja tanto y tan bien...
Lugner se volvió hacia Vasco:
—¿Sabes Adrián? Se dice que Luca es el mejor dibujante de todo el pabellón.
Vasco no salía de su asombro sobre como Lugner añadía una mentira tras otra. Sin embargo, se sintió obligado a cooperar:
—No me sorprende —dijo, contemplando los dibujos sobre la plancha corcho—. No parecen dibujos de un nene.
Luca esbozó una media sonrisa y por un segundo Lugner pensó que lo tenía, pero entonces el niño desvió la mirada hacia la ventana.
—Cuando estamos cansados... —dijo Lugner—. ¿Qué es lo que hacemos Lu? ¿Qué es lo que siempre hacemos? Seguimos adelante un poquito más. Eso hacemos.
Luca frunció la nariz como si oliera algo desagradable. Miró a Vasco y luego a Lugner. A ésta última le dedicó una mirada severa que jamás le había lanzado antes e hizo algo de lo que se arrepentiría rápidamente, le sacó la lengua.
La reacción fue inmediata. Lugner se puso en pie y Luca supo que se había desencadenado un evento sin retroceso, como dejar caer un piano de un doceavo piso. Con una velocidad silbante Lugner descargó el dorso de su mano en la cara de Luca. El golpe resonó en toda la habitación con un PACK y cuando la cabeza de Luca dio un violento latigazo hacia atrás, Vasco creyó escuchar como sonaban las vértebras del cuello del niño al descontracturarse.
Luca se tambaleó intentado no perder el equilibrio y no lo logró. Trastabillándose dos pasos hacia atrás, cayó sentado, con los ojos lacrimosos, la cara encendida por el ardor del golpe y un hilo de moco saliéndole de una fosa nasal. En vez de lanzarse a una catarata de llanto, se limitó a llevarse una mano a la cara con humilde humillación, como aceptando su derrota.
De inmediato, Lugner había recuperado su compostura inicial, aunque ahora, su cara tenía un semblante totalitario. Le extendió la mano a Luca. Este agacho la mirada como un perro al que acaban de retar y le tomó la mano a Lugner que lo ayudó a ponerse en pie.
—A lo mejor no me ves como tu madre —dijo en tono bajo y comprensivo—. Pero eso soy. Soy la madre de todo lo que hay acá y vas a obedecer cuando te hable.
Luca asintió con humildad. Cualquiera fuse el arrebato de rebeldía que le dominaba se había disuelto por completo y se había transformado en alguna especie de sumisión, una sumisión desganada, pero sumisión al fin y según lo veía Lugner, sumisión era todo lo que necesitaba para que la relación funcionara. Ese era el orden natural de las cosas.
—Abrí —dijo Lugner.
Luca abrió la boca inclinando la cabeza levente hacia atrás y en el descolorido paladar del niño, Vasco pudo ver una marca que tenía la apariencia de un tatuaje y mostraba los caracteres: C003.
—Ese es el número de serie de producto —explicó Lugner—. Luca es el primero de una nueva línea que tiene garantía de veinte años.
Lugner adoptó una voz que denotaba diplomacia y con esa encantadora sonrisa de dientes blancos como perlas, parecía que su arranque de ira fuese un recuerdo lejano, algo que hubiese sucedió hace años:
—Esto bajo ningún punto de vista es un nene. No tiene las garantías ni los derechos de un humano nacido de forma convencional.
Luca cerró la boca y se quedó relamiéndose la sequedad de los labios.
Vasco se acuclilló y miró al niño con detenimiento. Advirtió que los ojos de Luca, aún humedecidos por las lágrimas, eran de color marrón claro, como el lecho de un arroyo de cauce lento.
—Real —dijo Vasco, palpándole el brazo. Era delgado, pero no frágil y eso le gustó de inmediato—. Real por donde se lo mire.
Lugner aún mostraba su ultra famosa sonrisa:
—Tan real como uno quisiera.
—¿Cómo te llamabas? —preguntó Vasco.
El nene clavó la vista en el piso y luego miró a Lugner con esos ojos de cachorro lastimado, como en busca de ayuda.
—Es Luca —dijo Lugner—. Me olvidé de decirle que este modelo tiene una modificación. Le interrumpimos el desarrollo de las cuerdas vocales durante la cuarta semana de gestación, cuando era un embrión. Hacemos eso a menudo. Si hay inconvenientes, es más difícil que lo rastreen hasta nosotros. Espero que no le moleste un acompañante silencioso.
Vasco fijó la vista sobre los dibujos de Luca, pegados con chinches sobre la plancha de corcho en la pared. Uno mostraba una casa en una colina y un monigote bastante aceptable de una mujer con pelo rojo y traje azul con los brazos tras la espalda. Vasco la reconoció de inmediato como Lugner. Otro dibujo mostraba nenes jugando juntos alrededor de un árbol. El árbol no tenía hojas y Luca no dibujó ningún sol, pero en la lejanía aparecía de nuevo el monigote de la mujer de pelo rojo, traje azul y manos tras la espalda. Vaco pensó que, para Luca, Lugner debía ser el equivalente del Sol. Uno que no hacía crecer plantas, no daba calor ni aumentaba el estado de ánimo. Pero al igual que el sol, era un amo indiferente y todo giraba en torno a ella y al igual que el Sol, podía crear vida de la nada y al igual que el Sol, Lorena Lugner Diebt, vigilaba. Vigilaba desde lo alto, en forma constante. Y para el hijo de Lorena Lugner, ser vigilado era ser querido.
—¿Qué tanto sabe hacer? —preguntó Vasco.
—No lee ni escribe —dijo Lugner—. No hay diferencia entre escribir y pensar, por lo tanto, enseñarle sería demencial.
—¿Qué posibilidades hay de que...
—¿De qué se escape? —dijo Lugner.
Vasco asintió en silencio.
—No te preocupes por eso. Al igual que todos nuestros productos, Luca, tiene un implante Amigdalink en la base del cráneo, conectado a una microfibra del grosor de un cabello humano que baja por la médula. En caso de complicaciones, activamos de forma remota el implante y el cuerpo de Luca produce un exceso de aminoácido metionina. En pocas horas su sistema nervioso central deja de funcionar.
—¿Usted lo mata?.
—Nosotros —dijo Lügner—. Lo desactivamos.
—Eso es fantástico. ¿Qué precio tiene?
—Luca tiene un precio de novecientos mil dólares.
Vasco silbó.
—Mi contador va a querer saber a donde fue esa plata.
—Si. Es medio complicado, pero siempre se puede inventar algo para justificar el gasto. Además, recuerde lo más importante de esto. Si algún día lo descubren, no podrán acusarlo de nada. Al menos no con la actual disposición legal sobre clonación. Sería como acusarlo de explotación laboral por usar su lavarropas.
Vasco río de nuevo mientras se ponía en pie. Pero luego su semblante se volvió serio e inerte como de costumbre:
—¿Cómo llegaron a esto? ¿Cómo es que nadie lo regula?
Lugner, cruzó los brazos, adoptando un aire explicativo:
—El afecto de la sociedad hacia los niños está en decadencia. ¿Sabía que en la actualidad más de treinta por ciento de los hogares no tiene una mesa en el comedor? Puede parecer una bobería, pero es importante. Significa que las familias dejan de compartir, no solo la comida, que sería lo de menos, dejan de compartir las reseñas de sus días y las experiencias de sus vidas en general y se deja de promover la camaradería que viene con ello.
—Pero eso que tiene que ver con...
—Sumado a eso... —continuó Lugner— la sociedad actual les dice tres cosas principales a las mujeres. Primero: que no hay nada más importante que sus carreras. Segundo: que nunca habrá nada más importante que sus carreras. Tercero: que no debería haber nada en su vida más importante que sus carreras. Y en parte, debido a eso, más del cincuenta por ciento de las mujeres de treinta años no tienen hijos.
—¿Eso es malo?
Lugner se encogió de hombros:
—No sé. Lo que si se, es que todas las sociedades humanas siempre se estructuraron alrededor de la crianza de los niños, pero hoy hemos corrido el eje. Y no se puede quitar aquello alrededor de lo cual está construida una sociedad y esperar que dicha sociedad no cambie... O no se desplome.
—Pero está el tema...
—¿De la sobrepoblación? —dijo Lugner, esbozando una sonrisa que se encontraba peligrosamente cerca de volverse una carcajada.
De nuevo, Vasco asintió silencioso. Tuvo de repente la estúpida idea de que la mujer frente a él, leía la mente.
—Sí, sí, buena suerte con eso —dijo Lugner—. Todos tus antepasados se reprodujeron sin excepción durante un periodo de doscientos mil años ¿Y ellos están todos equivocados menos vos? No creo.
Lugner hizo una pausa y miró por la ventana en dirección al rio:.
—La unidad familiar tradicional se está desintegrando y eso es algo que no podemos desaprovechar. Ya hemos transformado este país es una máquina de desaprovechar potencial: no somos número uno en agricultura, no somos número uno en ganadería, no somos número uno en petróleo, ni en litio, ni en infraestructura, ni en carbón, ni en tecnología. Al menos tenemos el consuelo de ser cuartos en inflación.
Lugner dejó escapar un suspiro y se refregó la cara con las manos:
—Alguna vez fuimos un monumento a la genialidad, ahora somos un campo estéril que algunos todavía tienen el descaro de llamar país.
Vasco se encogió de hombros sin saber que decir. Buscó a Luca con la mirada, pero este había tomado una parva de hojas A4 en blanco y unos crayones y volvía a la carpa a seguir dibujando. Por segunda vez ese día, sintió ansiedad, no exagerada, pero como la que se siente la noche antes de un viaje importante. Aunque no sabía distinguir si la provocaba su nueva adquisición o la presencia de esa mujer.
—Estoy seguro —dijo Vasco—, de que alguien debe estar queriendo meter la nariz constantemente en lo que pasa acá. Alguien desesperado por destapar la olla. Algún político, algún abogado, algún periodista buscando hacerse nombre, algún juez.
—Crecí en el campo —dijo Lugner con serenidad—. Se manejar animales.
Vasco la miró de soslayo.
—Bueno. En ese caso...
—Se lo lleva —dijo Lugner—. No se anima a ponerlo en palabras, pero se lo lleva.
Vasco la miró perplejo. Descubrió de repente que la doctora Lugner le ponía los pelos de punta. La ansiedad estaba transformándose en miedo. Por primera vez en su vida, Adrián Vasco sentía miedo de una mujer.
—Supongo que usted necesita el...
Lugner frunció el ceño levemente.
—Ustedes —corrigió Vasco—. Necesitan el dinero en efectivo.
Lugner, esbozó nuevamente su sonrisa, esa encantadora sonrisa de niña.
—Si. Lo necesitamos.