
En la tienda de campaña, la bióloga Aldana Guniz, masticando aún la resaca de la fiesta de su vigesimosexto cumpleaños, caminaba de un lado a otro con una hoja en su mano, estudiando los resultados de la prueba radiométrica con ojo crítico. Sus movimientos eran rápidos, como los de un pájaro, y al igual que estos, se balanceaba cómicamente adelante y atrás al caminar.
Desde atrás de una pila de legajos, el prefecto general Andrés Yimaz la miraba deambular en círculos por la tienda. Era un coloso de metro noventa que ya empezaba a echar panza.
—¿Puede dejarse de vueltas? —dijo Yilmaz—. ¿Qué sabe sobre la Anomalía?
—Nunca vi nada igual —dijo Guniz—. No es... de origen terrestre. Eso seguro. Pregúntele a Garibaldi.
—Era justo lo que no quería hacer —dijo Yilmaz, sonriendo con forzada afabilidad.
Beltrán Garibaldi, llamado comadreja Garibaldi era un paleontólogo no mucho mayor que la propia Guniz. Estaba en el rincón opuesto de la tienda, junto a su fiel cafetera eléctrica. En ese momento, la estrecha cara de hurón de Garibaldi era una sonriente máscara de entusiasmo, mientras se servía la séptima taza de café de la última hora y media.
—Las imágenes sísmicas —dijo Garibaldi— confirman que la anomalía es de naturaleza mecánica. Su forma es similar a la de un submarino sin torre y yace hundida casi por completo en la piedra. Parece algún tipo de nave. Mide doscientos metros de largo y treinta en su diámetro más ancho. Es hueca y el esquema por sonido, revela una compleja estructura interna. Su metal tiene características similares al niobio, pero no pertenece a ninguna aleación militar ni comercial conocida.
Garibaldi terminó su café de un solo trago.
—Es lo que sabemos —concluyó.
—¿Y su origen? —preguntó Yilmaz.
—No tiene patente de Entre Ríos.
—¿Pretende que me ría?
—Dudo que sepas como hacerlo —replicó Garibaldi.
Guniz se acercó a Yilmaz y le mostró la hoja:
—Este es el dato más relevante. Es una datación radiométrica de la piedra que rodea la nave.
El renglón inferior de la hoja, marcado con resaltador, rezaba:
11,000,000 (+-) 300,000.
— ¿Qué significa eso? —preguntó Yilmaz.
—La edad de la nave —dijo Guniz— es de once millones de años con un margen de error de trescientos mil años hacia arriba y hacia abajo. Beltrán hizo la prueba seis veces.
—Modestia aparte —agregó Garibaldi—, según la revista Nature, soy el mejor paleontólogo de Latinoamérica. Garantía de que el resultado es correcto.
—¡Pendejo agrandado! —dijo Yilmaz, poniéndose en pie, con su cabeza calva rozando el techo de lona—. Es un error de Garibaldi. La comadreja se equivocó. Tiene que ser... —Yilmaz se quedó en silencio. En el momento no lo comprendió, pero antes de que lo supiera de forma consciente, su mente empezaba a asimilar la idea. Se quedó allí, escuchando el crujido plástico de la lona con el viento y mirándolos a ambos con sus cejas grises en alto y la incredulidad plasmada en su cara de perro salchicha.
—¿Cómo? —dijo después de una larga pausa.
Guniz se cruzó de brazos y miró el techo, adoptando un aire explicativo.
—Sabemos por registros fósiles, que hubo un mar de poca profundidad en Argentina, que se extendía desde el nordeste de la Patagonia hasta el sur de Entre Ríos. Ahora estamos parados sobre lo que antes fue el lecho marino. Esa nave que están desenterrando, proviene de otra civilización. Bajó a la tierra hace once millones de años, cuando Entre Ríos estaba cubierta por mar. Hubo un problema, no se cual... capaz algo falló y fue atraída por el campo magnético de nuestro planeta. Se estrelló en el mar, se hundió hasta el lecho marino por efecto de la inercia y quedó sepultada en sedimentos.
—¿Insinúan que esta nave es más antigua que toda la humanidad?
—Cazó una mosca mi perro —dijo Garibaldi, sirviéndose otra taza de un café tan negro, que parecía tinta de calamar.
—¿Y dicen que están seguros? —dijo Yilmaz.
Guniz asintió y los tres permanecieron unos segundos sumidos en silencio total.
De repente, la radio de Yilmaz crepitó. Todos dieron un saltito como si hubiesen escuchado un disparo.
A continuación, habló una voz metálica.
—Joaquin Bartás por este cambio... —Se escuchó un leve estallido de estática—. El S. A. R está en condiciones para descenso. Esperamos confirmación.
Yilmaz descolgó la radio de su cinturón y la llevó frente a su cara.
—Ok, Delta, Andrés Yilmaz por este cambio. Espere a mi llegada.
Yilmaz se calzó la radio nuevamente en el cinturón y miró a los científicos.
—Tenemos que bajar.
Afuera, el campo estaba en penumbra absoluta. Yilmaz guió a Garibaldi y Guniz por un sendero de tierra delimitado por tiras amarillas. Colina abajo, varias lámparas de xenón iluminaban una enorme tienda de un naranja detonante, rodeada de camiones de carga.
—Los cadetes cavaron una zanja exploratoria e instalaron la tienda junto a ella —dijo Ylmaz—. Desde ayer a las mil seiscientas tres están preparando el descenso.
—¿Encontraron una escotilla en el primer intento? —preguntó Guniz.
Yilmaz asintió.
—En realidad, es un punto de acceso a la estructura. No sabemos si es una escotilla como tal porque desconocemos las dinámicas de la nave. Ese hallazgo se lo debemos por completo a Garibaldi. El lo llama la puerta de calle.
Para Guniz, que había crecido en el campo y estaba acostumbrada a él, era un alivio divorciarse por unos segundos de las lámparas amarillas de la tienda de campaña. Le dolían los ojos, el cuello y los glúteos por haber estado tanto tiempo sentada. Alzó la vista y vio que el cielo nocturno estaba completamente estrellado. Caminó el último tramo con lentitud, mirando las estrellas, con la boca semiabierta, como cuando el dentista se pasa de novocaína.
Al ver esto, Garibaldi le dedicó una sonrisa.
—Aprécialas bien. Nuca las volveremos a ver igual.
Por dentro, la tienda principal parecía un gigantesco galpón naranja abovedado, con una estructura de tensores negros. A la derecha de la entrada, se había montado algo similar a cubículos de oficina improvisados. Bajo el resplandor fluorescente de las luces, una media docena de técnicos se amontonaba en cada cubículo sobre computadoras portátiles. Más adelante, tres cadetes resguardaban un perímetro de improvisadas barandas de metal y cintas amarillas que rezaban No traspasar
. Detrás se extendía el casco de la nave: Montículos de tierra excavada, rodeaban una formidable lámina de metal de color peltre con un hueco negro en medio. La escotilla era de bordes redondeados, tenía el tamaño aproximando de un desagüe de tormenta y dejaba entrever el espesor del metal del casco, que era de un metro. Sobre la aeronave se inclinaba una grúa con un brazo mecánico amarillo que sujetaba un pequeño robot en el aire. La máquina tenía el aspecto de un explorador lunar.
—Dios... —dijo Guniz.
El primer pensamiento de la bióloga era que resultaría imposible que un objeto semejante levantara vuelo. Se necesitaba una increíble cantidad de energía para poner hacer despegar un transbordador de treinta y siete metros. Garibaldi había dicho que esta nave media doscientos.
—¡Buen Dios! —dijo Guniz otra vez.
—Como un puto edificio —dijo Garibaldi. El paleontólogo tenía la boca abierta y sonreía—. Un armatoste con todas las letras. Sería como hacer volar al Burj Al Arab.
—Eso —dijo Yilmaz, señalando el robot que colgaba de la grúa— es la unidad S. A. R.
—¿S. A. R? —preguntó Guniz.
—Search and rescue —dijo Garibaldi—. O búsqueda y rescate, para los amigos.
Yilmaz asintió.
—Ese modelo es un MHI-Hércules, generalmente se usa para búsqueda de víctimas en desastres naturales y para exploraciones arqueológicas.
El grupo intentó no tropezar con una compleja red de cables que descendían de una batería portátil para perderse bajo un improvisado escritorio de melamina. En éste, Guniz vio un joven encorvado sobre una enorme pantalla LED.
—Cadete —dijo Yilmaz.
El joven se puso de pie. Era gigante, un poco más alto que el propio Yilmaz, tenía mentón cuadrado, ojos pequeños y cabeza rapada.
—¿Cuál es el estado del S. A. R? —preguntó Yilmaz.
—Está preparado para el primer descenso —dijo el muchacho.
Yilmaz señaló al joven.
—Este es Joaquín Bartás, nuestro ingeniero aeronáutico. Que no los intimide. Es un gigante amable.
Bartás saludó a Guniz con un leve movimiento de su cabeza cuadrada, luego le mostró una furtiva mueca de disgusto a Garibaldi. Guniz imaginó que a alguien como Bartás, que no había visto otra cosa que baños químicos y literas durante meses, no debía agradarle esa pinta de nene rico del sur.
Bartás se inclinó de nuevo sobre el monitor y tecleó una combinación de botones. A continuación, la pantalla mostró una nítida imagen de la escotilla debajo de la grúa.
—Perdonen la ignorancia —dijo Guniz—. ¿Eso sería la vista del robot?
—Exacto —dijo Bartás—. Estamos en la sección sur de la nave. Lo que llamamos el casco
. Aunque desconocemos cual fue su forma de vuelo.
Bartás acercó su cara al micrófono de la computadora.
—Iniciamos filmación y descenso. Fecha: Dos mil veintidós Marzo doce. Hora: Dos mil cincuenta y uno.
La grúa soltó un cable y dejó descender el S. A. R por la abertura de la aeronave. En el monitor la imagen de la escotilla se hizo cada vez más cercana, luego la pantalla se fue a negro cuando el S. A. R descendió lentamente por la escotilla que daba al vacío y desapareció dentro de la nave.
—Tenemos un descenso de ochenta y cinco metros —indicó Bartás—. Va a tardar unos tres minutos en hacer contacto con la cara interna.
Mientras esperaban, Yilmaz notó que Guniz parecía cabizbaja y se acercó a ella para hablarle.
—Debería estar reivindicada con respecto a este descubrimiento —dijo, usando un tono tan comprensivo que rozaba lo paternal—. Siempre nos hemos preguntado si estamos solos en el universo, ahora la respuesta está frente a nosotros y usted fue una parte clave...
—En realidad —interrumpió Guniz— se podría decir que este hallazgo es un golpe bajo para la biología.
—¿Por qué?
—¿Conoce la teoría de la probabilidad?
Yilmaz negó con la cabeza.
—La teoría de la probabilidad estudia dos fenómenos principales, los deterministas y los aleatorios —Guniz alzó los dedos como para enumerar—: Si caliento agua a cien grados, hierve, si tiro una piedra al aire eventualmente caerá al piso, si elijo una persona al azar esta tendrá menos de 150 años. Esos son fenómenos deterministas. De ahí que los físicos tienden a defender la posibilidad de vida inteligente en otros planetas, porque suponen que el desarrollo de los fenómenos naturales depende totalmente de las condiciones iniciales. Cabría esperar que, si existen las condiciones para la vida, solo sería cuestión de tiempo para que esta evolucione en una forma superior.
Yilmaz alzó las cejas.
—¿Los biólogos no lo ven así?
—Tenemos otra forma de ver las cosas. Algo tan simple como lanzar un dado o una moneda al aire, hasta algo tan complejo como el clima son ejemplos de fenómenos aleatorios. Porque leves diferencias en las condiciones iniciales afectan profundamente el resultado final. Si lanzo un dado y el resultado es dos, cabría esperar que la próxima vez el resultado fuera dos, pero no, porque dependerá de la fuerza con la que lo lance la cual su vez dependerá de mi presión sanguínea, pulso y la caída del dado que dependerá del ángulo y de las imperfecciones tanto en la superficie del dado como de la mesa.
—¿Qué tiene que ver la caída de un dado con que los biólogos no crean en la vida fuera de la Tierra? —preguntó Yilmaz.
—Bueno —siguió Guniz—, de no ser porque hubo seis extinciones masivas, no estaríamos acá ustedes y yo. La combinación de sucesos que llevaron a la existencia humana requiere de tantas fases, tantas capas, que algunos biólogos creen que es imposible que pudiera ocurrir en otro planeta.
Yilmaz la miró arrugando la nariz.
—Ya veo...
—Prefecto —interrumpió Bartas—. Tenemos contacto.
El grupo se amontonó cerca de la pantalla negra.
Bartás accionó una palanca frente al monitor. Un chasquido metálico anunció que el arnés se había soltado. Hubo un intenso destello blanco que hizo que todos entrecerraran los ojos. Luego la imagen ganó nitidez poco a poco. Un suelo de gris plomo se extendía en las inmediaciones. Bartás maniobró la palanca para girar la cámara. Allí abajo el aire era denso y la atmósfera parecía estar cubierta con una humedad oleaginosa. El robot comenzó a avanzar. En la oscuridad, las luces no captaban más que una fenomenal lluvia de partículas de polvo frente a la cámara.
—Foco —pidió Yilmaz.
—Estoy trabajando en eso, Prefecto —dijo Bartas.
La imagen se volvió aún más borrosa.
—Está haciendo lo opuesto cadete.
—Un segundo, prefecto. Estoy enfocando ahora mismo.
La imagen cambió lentamente y se resolvió en un enfoque nítido.
—¡Oh, oh! —dijo Garibaldi, mirando la pantalla con fijeza.
Dos metros por delante, se alzaba una figura alargada y plana en la cima. Como una especie de elevación metálica. A medida que el robot se acercaba, se iluminó otra detrás y otra más, luego aparecieron los contornos de una hilera de figuras idénticas que se perdían más allá, en la oscuridad.
—¿Algún tipo de cápsulas? —aventuró Guniz, retorciendo sus cortos dedos por la ansiedad.
Yilmaz miró a Bartas.
—¿Usted qué opina?
Bartás se encogió de hombros.
—Tengo que posicionarme en frente para intentar deducir que son. En un segundo estaremos ahí.
Con cuidadosa lentitud el robot llegó hasta la estructura y pudieron ver que sus bordes convexos estaban fusionados al piso.
—Debe tener dos metros de alto —dijo Bartás—. No hay uniones, esquinas ni ángulos, Todo es una sola cosa fusionada en sí misma. Parece que alguien la hubiese moldeado en cera... El sueño de la ingeniería moderna...
—No importa —interrumpió Yilmaz—. Suba el brazo hidráulico para ver por encima.
La imagen subió de forma vertical y la pantalla mostró una superficie lisa de color plomo que se extendía más allá del haz de luz. Pasearon la mirada hasta que vieron una forma irregular y alargada.
—¿Los ven? —dijo Garibaldi—. Parecen huesos.
Prestaron atención y entonces lo vieron: Los huesos reflejaban la luz de manera levemente distinta, porque sus bordes redondeados eran más claros que la base metálica. El robot se acercó por un costado y vieron que los huesos eran alargados, estrechos y estaban unidos en los extremos, formando una estructura similar a un paréntesis.
—¿Son ellos? —aventuró Yilmaz con tono temeroso, muy impropio de él.
—¿Podrías acercarlo más? —preguntó Guniz.
—Puedo hacer zoom, aunque la imagen va a perder algo de nitidez.
Con el pulgar, Bartás giró una perilla en un costado de la palanca y la imagen se amplió. La estructura ósea estaba llena da cavidades y sostenía una hilera de lo que parecían dientes afilados.
Bartás descubrió que no podía apartar la vista de la pantalla:
—¿Qué es eso?
—Nada del otro mundo —susurró Guniz—. Es un delfín común.
En la opinión de Guniz, el silencio que siguió a esa afirmación estuvo fuera de lugar. Pero fue lo suficientemente prolongado para que se sintiera diminuta en aquella reunión de hombres altos y eso mismo la animó a romperlo.
—La forma coincide con el cráneo de un delfín —dijo recorriendo la pantalla con los dedos—. Pueden ver la mandíbula superior, justo detrás la cavidad ocular, el oído y por encima, el espiráculo. Podría ser un Eurhinodelphis, un género de delfines primitivos que poseía un hocico largo y estrecho.
Yilmaz torció el ceño.
—No puede hablar en serio.
Garibaldi tenía una sonrisa enigmática y parecía muy satisfecho.
—Esto nos acerca más a mi conclusión.
—Bueno —contestó Yilmaz con impaciencia—. Si está tan seguro de sí mismo, cuéntenos esa teoría suya.
—Una sonda —dijo Garibaldi—. Para recolectar muestras biológicas.
—¿Sonda? —preguntó Yilmaz—. ¿Insinúa que no hubo tripulantes?
—Primero —dijo Garibaldi—. Esto no fue un accidente. Más bien parece una avería. No hay duda de que esa nave llegó a la Tierra en la prehistoria, pero no se estrelló. A altas velocidades el agua adquiere la dureza del concreto. Si hubiera habido un impacto, la nave debería estar destruida, pero esta íntegra. No sabemos por qué, pero no pudo volver a despegar.
—¡Ajá! —dijo Bartás—. ¿Y?
—Tranquilo amor —dijo Garibaldi—. Ya termino... Segundo: La escotilla no es una entrada, es alguna cavidad para succionar los especímenes sin dañarlos. Yo creo que esto fue una expedición zoológica no tripulada. La especie que envió esto debe haberse extinto en el tiempo que lleva enterrada la nave. Nosotros enviamos expediciones no tripuladas al espacio constantemente. No veo por qué otra especie no haría lo mismo. Las expediciones tripuladas requieren muchos más suministros y se incurre en más riesgos.
Yilmaz no quitaba la mirada de la pantalla.
—Recolección de muestras dice usted... ¿Para qué?
Guniz lo miró por encima del marco metálico de los antejos.
—Supongo que buscaban un planeta viable.
Garibaldi sonrió enigmático.
—Supongo que no lo encontraron.