EL PARTIDO
Dixon Acosta Medellín
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Hay un rumor lejano de lluvia. El estadio aparece cubierto e iluminado, sin gente en las tribunas, sólo rodeado por las cámaras de televisión y los parlantes amplificadores de los gritos de los aficionados quienes han pagado desde sus hogares el derecho a ser escuchados en la gramilla, con sus insultos o vivas. Siempre fui un aficionado al fútbol, pero jamás pensé dedicarme a esta actividad con el único fin de asegurarme la existencia.

El otro equipo se ejercita en el pasto artificial, antes del encuentro. Son once individuos silenciosos, enormes, con la mirada clavada en el balón situado en el centro del campo de juego. Hay rumores que algunos son clones futbolísticos, seres genéticamente perfectos y diseñados en laboratorio para este deporte. El árbitro electrónico, recubierto con decenas de visores especiales, ilumina su bombillo rojo. Para iniciar el partido, sólo esperamos que terminen las apuestas de los aficionados, la verdad, no nos favorecen. Somos los únicos equipos sobrevivientes en el campeonato y hoy se define todo, en la gran final.

Nos acomodamos la ropa especial de color celeste, ceñida por completo al cuerpo y revestida de sensores, los cuales marcan automáticamente cualquier contacto personal, auxiliando al árbitro en el momento de las faltas. Escucho, casi detrás de la oreja, la impaciencia de las barras de fanáticos pidiendo el inicio del partido. La luz amarilla del bombillo se ilumina y tomamos nuestras posiciones en el campo.

Verde. Se inicia el juego. Al comienzo predomina el respeto mutuo, pero el esquema defensivo de los oncenos impacienta al público ausente. Los insultos no se hacen esperar, ordenan mayores acciones de ataque y riesgo. Con el paso de los minutos, es evidente que el otro equipo tiene mejor resistencia física. Mientras nosotros sudamos copiosamente y el cansancio empieza a hacer mella en los cuerpos y espíritus, ellos no se inmutan, por el contrario, parecen inyectarse de renovado vigor. El gol en esos términos no se hace esperar, llega por un error de nuestra defensa, al intentar dejar en fuera de lugar al número nueve rival, quien aprovecha la duda y perfora la red electrónica. El grito resuena en nuestro cerebro, nubla la vista y vulnera el ánimo. Un fuerte timbre y el bombillo en rojo anuncian el descanso del medio tiempo.

Nuestro director técnico, presa de la desesperación intenta en vano explicar diferentes estrategias para empatar. Sin embargo, el llanto interrumpe su instrucción. Al ver esta situación, no soporto más y en un arrebato de liderazgo, exhorto a mis compañeros gritando una frase de ánimo, respondida por los otros sin demasiada convicción.

Las gotas siguen rebotando sobre el techo del estadio. Se inicia el segundo tiempo. Mi posición en el terreno es volante de marca, lo cual significa que no soy protagonista, porque no defiendo ni ataco, ni atajo en el arco, suelo pasar desapercibido, ya que mi función es entorpecer el juego contrario. Es una posición cómoda cuando no se tiene vocación de figura. Es obvio que el otro equipo no ataca como en el primer tiempo, dosifican sus fuerzas y dejan que la iniciativa la tomemos nosotros, pero en medio de nuestra confusión, eso parece algo imposible.

No obstante, hay algo en el fútbol, alimento de la pasión y atención de los aficionados: la capacidad de sorpresa e ilógica en el juego; cualquier cosa puede pasar en un partido. Incluso, un momento de súbita inspiración, cuando el volante de marca roba el balón, elude a los contrarios, se atreve a disparar al arco y empata el partido. Así ocurre, la felicidad inunda nuestros rostros y parece revestirnos de nueva energía. Siento por vez primera la emoción de celebrar un gol propio. Nuestro director técnico parece salir del estupor inicial. Imparte órdenes en los microreceptores instalados en los oídos, diseñando tácticas y estrategias, aprovechando la inocultable sorpresa de nuestros oponentes. El público distante en su mayoría calla, los pocos que apostaron al empate celebran ruidosamente. El partido termina en su período reglamentario y se dictamina la manera de definir el campeón, mediante tiros libres desde el punto penal. Ahora todo queda en manos del arquero y en las piernas de los especialistas. Yo respiro tranquilo porque siento que mi labor ha terminado.

Los disparos se turnan, prefiero no mirar directamente y esperar el resultado en las expresiones de mis compañeros. De repente, el técnico me mira diciendo: Prepárate, vas a cobrar el último tiro. Intento protestar, pero comprendo que cualquier duda de mi parte, puede derrumbar moralmente al equipo. Debo aceptar el reto. Además es mi día, tal vez me convierta en la figura del partido. Hasta ahora el encuentro sigue empatado, falta un solo disparo, el mío, del cual depende la suerte de los 22 hombres sobre el campo de juego. Me dirijo hacia el punto blanco que soporta el esférico. Lo sopeso, intentando hacer compatible la patada futura con aquella masa inflada. No quiero ver al portero, pero sé que es desproporcionado en todas sus dimensiones corporales. No lo observo, pero con la mirada periférica, percibo su figura cubriendo todo el espacio del arco. Vienen a mi mente los ejercicios de física en el colegio, cuando el profesor nos demostraba que un tiro penal bien cobrado, imprimiéndole la fuerza y aceleración necesarias, era imposible atajarlo. Igualmente es importante tener en cuenta el lugar, el sitio infalible es el rincón superior izquierdo, nunca un arquero tiene en cuenta ese sitio, así sea zurdo. La otra posibilidad era enviarlo al centro del arco, las estadísticas revelan que en un 80% los porteros se lanzan a cualquiera de los costados. Pero en ese momento, recuerdo las viejas leyendas del fútbol que han errado en ese crucial instante. Clavo la mirada en la zona escogida del pórtico, él imaginará que busco despistarlo al señalarle por anticipado la dirección de la pelota, pero también él puede predecir esta intención y hacerme creer que ha sido engañado, aunque acto seguido supone que yo he adivinado su pensamiento, lo cual nos lleva a una cadena infinita de posibilidades y dudas.

La caravana de pensamientos frena de improviso, ante el pitazo electrónico. El temblor en los muslos parece aumentar. Estoy consciente de haber tomado la distancia justa. Dos pasos cortos, rápida carrera y golpeo el balón. Alcanzo a ver que las apuestas han aumentado dramáticamente a nuestro favor en las paredes del gigantesco tablero. Como está previsto, el arquero se lanza al costado derecho, su mirada desesperada se pega al balón que se estrella en el punto preciso donde se une el horizontal con el vertical.

No siento nada, ni siquiera lástima por todo el equipo. Los compañeros y cuerpo técnico que celebraron hace un rato, no expresan palabra, alguien toca mi espalda intentando dar ánimo. La mezcla de ruidos, con las diferentes reacciones terminan por llenar el estadio y mis oídos. Nuestros antagonistas parecen fundirse en un monstruo mitológico, lleno de cabezas, piernas y brazos en festín tenebroso.

Falta esperar la ceremonia de premiación, el podio se levanta automáticamente para que el equipo ganador obtenga la medalla de platino y el trofeo correspondiente. Luego, una de las puertas los deja salir como ciudadanos libres a la calle, donde se convertirán en fanáticos y apostadores, celebrando eternamente. Ahora nos corresponde el turno, el tablero ennegrecido es el manto perfecto para los murmullos, las votaciones y el posterior escrutinio. No pasa mucho tiempo, una mano tridimensional aparece sobre nuestras cabezas, en forma de puño con el dedo pulgar levantado, girando aleatoria y caprichosamente. De repente se estaciona de manera que apunta hacia abajo, sentenciando nuestro destino.

El nuevo juego se inicia, nuestros trajes cambian automáticamente de color azul a rojo, mientras el verde follaje desaparece para dar paso a la arena sintética. Las puertas se abren, dejando entrar a los salvajes toros, genéticamente transformados en criaturas carnívoras, ya no quedan fuerzas para correr o luchar, por mi parte sólo espero que la embestida no sea dolorosa. Un ole retumba en nuestros tímpanos. Por fin escampó.


Notas

Este cuento titulado EL PARTIDO aparece en el libro RELATOS EXTEMPORÁNEOS. CUENTOS DE CIENCIA-FICCIÓN, publicado en el año 2016. Espero que hayan disfrutado de este particular juego, con mis mejores deseos para el 2024 y que tengan buenas lecturas.

© Dixon Acosta Medellín,
(1.366 palabras) Créditos
Llevo un blog en el periódico colombiano El Espectador en el cual escribo de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/ En lo que antes se llamaba Twitter aparezco a la hora del recreo como @dixonmedellin.