AHORA QUE PUEDEN VERNOS
Eduardo Delgado Zahino
Irenna Licencia de Pixabay

La Nena 7 irrumpió en el espacio tridimensional normal.

* * *

—Podría describir la belleza de los mundos en continua evolución, mundos que brindan su materia prima, su alma, al Universo, para recibir, a cambio, el pago en divisa...

—Estamos llegando —interrumpió Nena, la computadora de a bordo.

—Ya era hora.

Gaspar dejó su grabadora del siglo XX flotando libre por el camarote y se vistió con su mono de capitán para ir al puente.

—Sigo sin entender por qué te empeñas en grabar en esa antigualla y no usas tu sistema interno —le recriminó Nena en cuanto entró por la puerta.

—No empieces y dime qué tenemos.

—No, en serio, lo de la grabadora me preocupa, sobre todo lo pedante que te vuelves cuando estás con ella.

Gaspar tomó asiento en la única butaca del puente de mando y se encendió un pitillo.

—¿Con ella? Nena, cariño, no me toques los cojones.

En la pantalla que se desplegó ante él apareció la imagen de Altamar, el cuarto planeta de un sistema solar de nombre numérico impronunciable.

—Finalizamos la maniobra de frenado y nos disponemos a entrar en la atmosfera.

—¿Ya has hablado con ellos?

—Sí. Todo está correcto.

—Perfecto. Ya puedes empezar.

Aunque lo referente a la historia de Altamar podía aplicarse de forma inmediata en su neocórtex, Gaspar, como otras veces, prefirió que Nena se lo describiese a viva voz.

—La historia de la colonización es como tantas otras. Un día, una sonda descubrió el planeta y envió los resultados de los análisis preliminares. Dos años después habían arribado más de dos millones de colonos. Algo, como digo, de lo más normal.

Gaspar dio una calada a su cigarrillo.

—Vale, algo de lo más normal. Sigue.

—No hay datos que indiquen que exista algún problema que nos competa, Gaspar.

—¿Entonces qué narices pintamos aquí?

—La información suministrada es escasa, pero insistieron mucho en que viniéramos.

—¿Referencias a alguna especie autóctona?

—No, Gaspar.

—¿Alguna división genética humanoide que ponga en duda su inteligencia?

—No, Gaspar, no hay referencias de ningún tipo.

A Gaspar le gustaban los misterios, pero no soportaba que jugasen con su tiempo. La Grande le había ordenado la inspección de un mundo sin darle más información que las coordenadas espaciales.

Altamar refulgía bajo la potente luz de su sol amarillo cuando la Nena 7 penetró en la densa atmosfera. Era un mundo verde azulado, casi todo océano, donde apenas se divisaban algunos retazos de tierra habitable. De un tamaño parecido al de la Tierra, Altamar era considerado en la escala de valores planetarios como un mundo habitable cero punto tres, siendo el ideal en esta escala el cero punto cero, la medida estándar de la Tierra.

—Solo unas cuantas islas —apreció Gaspar.

—Nos dirigimos a la más grande de todas, justo a la capital.

—Vale, pues si no nos dan información, la sacaremos nosotros mismos de sus bases de datos.

—Eso es ilegal, Gaspar.

—Siempre lo es.

—Claro. ¿Es una orden directa?

—Siempre lo es, Nena.

Un segundo y tres cuartos después los archivos de Nena hervían de información.

—Bien, Gaspar, esto te va a parecer interesante.

—Dale.

—Al parecer, existe una especie autóctona inteligente en el planeta.

En la pantalla apareció la imagen de un ser. Era una especie de poste rojizo con cuatro patas inferiores y dos grandes apéndices manipuladores superiores. No tenía cabeza, pero un par de enormes ojos oscuros, redondos y grandes como bolas de billar, decoraban la parte media del tronco.

—Cosa más fea —dijo Gaspar.

—Lo curioso de la especie no es su aspecto, especies más raras hemos visto, sino su comportamiento con respecto a los colonos.

—Sigue.

—Al parecer, no les ven.

Gaspar dio una calada profunda a su cigarrillo. Nena jugaba bien a presentar misterios y hacerlos interesantes intercalando silencios de esos que necesariamente esperan una interpelación.

—¿Cómo que no les ven? —terminó por preguntar Gaspar con verdadera impaciencia.

—Pues eso mismo, que no les ven. Para los seres, a los que los colonos llaman poetas, los humanos son totalmente invisibles.

—Curioso.

—Por supuesto, tienen una ingente cantidad de literatura al respecto en la que se definen diversas hipótesis. Una de las más famosas consiste en una complicada formulación matemática que indica que las secuencias de vibración dimensional son diferentes y que por eso los poetas no pueden ver a los humanos, pero al final esta idea ha quedado relegada a la mitología pseudocientífica colonial, siendo una respuesta más aceptada por la ciencia la de que los poetas no pueden verlos porque sus cerebros no están preparados para ello.

Gaspar se frotó las sienes. Este iba a ser uno de esos casos.

—Maldita sea, déjalo ya, ¿quieres? Lo que sea que ocurra en este lugar, será mejor que lo averigüe in situ.

—Claro, Gaspar. Si jugamos a esto de relatar el caso es porque tú lo quieres así.

—Y sabes que es por eso por lo que tanto te quiero, porque siempre te esfuerzas en complacerme.

La inteligencia que gobernaba la nave hizo un ruidito curioso, algo parecido a una risita adolescente, algo que Gaspar no sabía si estaba hecho a propósito a modo de adorable respuesta o se producía por algún misterioso efecto involuntario ante los piropos. Ni lo sabía ni le interesaba saberlo. Nena era su piloto y su amiga, no necesitaba estudiarla.

* * *

La Nena 7 aposentó su masa con elegancia sobre la pista de aterrizaje asignada, situada en lo alto de un gigantesco edificio, una especie de rascacielos de color marrón que no parecía estar construido con metal ni áridos y daba la impresión de ser muy antiguo. Al lado de los pequeños helicópteros, únicos residentes del aeropuerto, resaltaba la Nena 7 por su enorme tamaño y esbelta forma triangular. El tipo que vino a recibirlos le dedicó una amplia sonrisa. Era alto, rubio y bastante flaco. Vestía con un traje a la, supuso Gaspar, moda del lugar.

—Inspector Gaspar, supongo.

—El mismo. ¿Usted es?

—Amigó Gutiérrez, para servirle. Me han asignado la enorme responsabilidad de su protección y comodidad mientras esté en el planeta.

Gaspar miró de arriba abajo al sujeto. Sonreía como si estuviera dispuesto a carcajearse ante el siguiente comentario que fuera a soltar. Se lo pensó un segundo antes de preguntar:

—¿Protección?

Amigó amplió la sonrisa un poco más.

—Eso es.

—¿Y de qué se supone que debe usted protegerme? —insistió Gaspar.

Parecía imposible, pero la sonrisa creció otro medio milímetro.

Las constantes de ese hombre están muy aceleradas, Gaspar —dijo Nena en su cabeza.

El tipo movía la cabeza negativamente, sonriendo como si fuera lo único capaz de hacer. Una lágrima brotó de su ojo derecho.

Gaspar, está al borde del colapso.

—Ya, ya lo veo. ¿Qué sugieres que haga?.

—Creo que deberías darle una bofetada.

—No....

— ¡Dale una bofetada o sufrirá un ataque!.

Gaspar se adelantó y propinó al sujeto un sonoro sopapo. Este, ante semejante reacción, dejó de sonreír y retrocedió un paso. Entonces algo explotó unas decenas de metros detrás del tipo y una enorme trampilla metálica salió volando. De la salida que acababa de estallar surgió un humo denso y negro. Varios tipos armados salieron deallí, disparando al interior del edificio.

—Bien, inspector Gaspar —dijo Amigó, que volvía a sonreír—, creo que en las actuales circunstancias deberíamos subir a su nave y salir de este lugar.

Nena ya se había activado y flotaba a dos metros de altura.

—¡¿Pero qué pasa?! —gritó Gaspar.

—Oh, nada, nada...

Una nueva explosión y otra trampilla, situada más lejos, saltó por los aires.

—¡¿Nada?!

—¡Todo es normal! —chilló el sujeto para hacerse oír— ¡Vayámonos!

Gaspar se dio la vuelta para salir corriendo en dirección a la Nena 7, pero esta se había situado demasiado cerca, con una compuerta abierta de par en par, y tropezó cayendo dentro de la nave con una espinilla dolorida. Amigó entró y tiró de Gaspar al interior. La Nena 7 comenzó a elevarse.

—¡Nena! —exclamó Gaspar a viva voz para que Amigó pudiera escucharlo— ¡Regresa y recoge a esos hombres!

—Gaspar, tu seguridad es lo único importante...

—¡Es una orden directa!

—Sí, Gaspar.

Los tipos armados intentaban acercarse a los helicópteros, pero no le daban la espalda a la horda humana que surgía de los agujeros disparando y agitando los puños. La Nena 7 evolucionó en el aire y se acercó lo suficiente como para que los primeros pudieran entender lo que pretendía.

Gaspar, me están disparando —dijo Nena.

Y a mí me duele la pierna —respondió Gaspar mientras ayudaba a uno de los hombres a subir a bordo.

La Nena 7 se elevó una vez estuvieron todos dentro y se alejó lo suficiente como para que las balas de aquellos energúmenos no pudieran alcanzarla.

Quejica —dijo Gaspar mentalmente—. Esos disparos no pueden hacerte daño.

—Algunos estaban armados con bazookas —replicó Nena.

Gaspar se puso en pie y agitó en el aire la pierna como para comprobar que estaba entera. La nanotecnología había comenzado el proceso de curación. Entonces se giró hasta donde estaba el sujeto sonriente. Quedaron uno frente al otro, mirándose.

—¿Y bien? —preguntó Gaspar.

El sujeto amplió de nuevo su sonrisa y se dispuso a contestar:

—Como primera actividad del día, le enseñaré la forma en que se recolecta el plancton...

Gaspar le propinó una nueva bofetada, esta vez por propia voluntad.

—¿Y bien? —repitió.

Amigó se llevó la mano a la cara y comenzó a sollozar.

* * *

El dictador era un tipejo de aspecto despreciable. Uno de esos seres que hacen que uno se pregunte cómo narices consiguen que la masa los respete. Era bajo, redondito y calvo, con el rostro sombrío, como si sonreír fuera una meta inalcanzable. Aún así, lo hizo. Levantó la cabeza y abrió con desgana la boca mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos. A Gaspar le pareció una sonrisa insultante.

—Señor inspector, sea bienvenido a Altamar, la piedra preciosa del sistema, mi patria.

—Encantado, señor...

—Arnoldo I de Altamar, pero si lo desea puede llamarme excelencia. O majestad.

—Le llamaré señor Arnoldo.

El dictador pareció conformarse con el trato, aunque Gaspar no pudo evitar fijarse en el ligero tic que se le agarró durante un segundo al ojo derecho. Acto seguido, el señor Arnoldo fijó su mirada en el tipo sonriente.

—¡Informe! —gritó, sobresaltando a Gaspar.

—Excelencia... —balbuceó Amigó—. Le aseguro que intenté en todo momento mantener una actitud de normalidad, pero esos rebeldes habían tomado el edificio y no pude...

El dictador sacó una pistola de la cartuchera y, con toda naturalidad, apuntó a la cara de Amigó Gutiérrez, el tipo sonriente encargado de la protección de Gaspar y disparó, como si tal cosa.

El pobre desgraciado cayó al suelo. Muerto.

—¡¿Pero se puede saber qué hace?! —exclamó Gaspar.

La pistola lo apuntó a él por un segundo antes de que Arnoldo se diera cuenta de con quién estaba tratando.

—Oh, no se preocupe —dijo, con el gesto de los que despiertan de un sueño—. Al parecer no nos va a ser posible mantener la apariencia de normalidad estando usted en el planeta, así que tendré que ponerle al tanto yo mismo. Después se irá.

Gaspar, creo que deberías venir a mí lo antes posible —dijo Nena en su cabeza.

Creo que razón no te falta, pero no puedo irme todavía —respondió Gaspar.

El Dictador guardó su arma.

—Pues bien, su excelencia —dijo Gaspar, sin darse cuenta de que acababa de llamar al tipejo como no quería llamarle—, mejor será que me vaya informando antes de que suceda ninguna otra cosa... y me largaré con viento fresco de aquí.

—No, no, no, no —dijo el dictador abriendo los brazos—, si usted se va a ahora, sin comprender lo que ocurre mi mundo, probablemente enviará algún tipo de fuerza disuasoria. Y eso no puedo aceptarlo. Estoy seguro de que, en cuanto le explique la situación, usted entenderá mi proceder y no insistirá en investigar algo que no debe ser investigado.

La presencia de un pequeño contingente de soldados armados disuadió a Gaspar de rechazar la oferta.

—Las comidas de palacio son míticas —dijo Arnoldo—, famosas en todo el planeta.

Una mesa larguísima atestada de alimentos diversos los recibió. Las sillas de los comensales eran muchas y en cada una de ellas se apoyaba el trasero de un personaje vestido como en una película de Sissi Emperatriz, algo que hubiera agradado a Gaspar, gran amante del cine del siglo XX, si no hubiera estado tan asustado.

Gaspar —dijo Nena en su cabeza —, estoy flotando fuera del palacio y apuntando con un láser a la cabeza de ese sujeto.

De momento no hagas nada, Nena.

Podría fulminarlos a todos en menos de dos segundos.

No... hagas... nada.

A través de un enorme ventanal vio a Nena, con el morro orientado al interior del edificio. Un grupo de helicópteros la rodeaba.

—Su nave parece dura, señor inspector, pero no creo que pudiera repeler a toda la Fuerza Real.

—Ya. Mejor será que no tengamos que comprobarlo.

—No es la idea, inspector, pero creo que debería usted ordenarle que se retire a lo alto del edificio. Allí podrá... descansar.

Nena, haz lo que dice.

Esta situación es de lo más irregular....

¿Me lo dices o me lo cuentas? ¡Orden directa, Nena!.

La Nena 7 se elevó, perdiéndose de vista.

La comida comenzó. Arnoldo se sentó en un extremo de la larga mesa mientras que Gaspar se dejó colocar en el otro. La distancia entre ambos era inmensa.

—Aunque no lo crea, inspector, este ambiente de rebeldía no es nuevo en Altamar. Podría decirse que es cíclico y que, fatalmente, usted ha llegado justo en el momento álgido del último de ellos.

Gaspar se esforzaba por comer. Escuchar al dictador no le resultaba difícil, su sistema interno se encargaba de amplificar el sonido.

—Creo, su majestad, que debería empezar a ponerme al corriente de la situación en su mundo. No creo que me hayan llamado solo para mostrarme lo desastroso de su sistema político.

Arnoldo dejó de masticar y el tic de su ojo derecho fluctuó un segundo.

—Lo que ocurra en mi mundo no es de su incumbencia, ni de la incumbencia de La Grande. Según las leyes, cada mundo es libre de elegir su sistema político.

Gaspar no había utilizado un tono demasiado alto para hacerse escuchar, así que dedujo que Arnoldo debía de tener también un sistema de nanitos en su interior.

—Siempre y cuando se respete la única cuestión a tener en cuenta —continuó Gaspar.

El Dictador alzó las manos como invocando al cielo.

—¡Ah, Claro! ¡La inviolable, bajo pena de subyugación, ley de respeto a la inteligencia nativa!

—Por supuesto. Sepa que estoy al corriente de la existencia de los poetas.

—¡Los poetas, inspector, fueron considerados legalmente ininteligibles hace más de cincuenta años!

—No tengo datos al respecto.

—¿No tiene datos? ¿Y cómo es posible? ¿No le puso La Grande al corriente?

Gaspar realizó un barrido interno usando el buscador. La idea era repasar la información e intentar encontrar algo que se le hubiera pasado por alto. No encontró nada.

—No, la Grande no me ha proporcionado datos. De hecho, lo poco que sé de los poetas lo he tenido que sacar de algunas bases de datos del planeta.

—¿Está admitiendo que se ha introducido en nuestra red de datos ilegalmente, inspector?

Gaspar perdió la paciencia. Realizó unos ajustes en su sistema interno para poder aliviar su miedo y se impregnó de adrenalina a propósito. La suficiente para poder echarle narices al asunto sin saltarle al tipejo a la yugular.

—Escuche lo que voy a decirle, porque no lo voy a repetir —dijo, al tiempo que se ponía en pie y clavaba los puños en la mesa—: ustedes me han llamado usando a La Grande como intermediario. Estoy aquí y quiero saber qué demonios pasa en su maldito mundo.

Arnoldo se puso también en pie y, aunque en otras circunstancias hubiera resultado cómico debido a su frágil y ridículo aspecto, se hinchó como un pavo clavando también los puños en la mesa.

—¡Yo no lo he llamado!

Gaspar redujo el flujo de adrenalina.

—¡Entonces...! —cerró los ojos y esperó un par de segundos a tranquilizarse— Entonces, ¿por qué estoy aquí?

—¡Porque esos malditos rebeldes consiguieron hacerse con el control del satélite de comunicaciones hiperespaciales! ¡Ellos son los que le han llamado, maldita sea!

—¡¿Y se puede saber porqué no me lo ha dicho antes?! —Gaspar dejó que la adrenalina fluyese otra vez.

Arnoldo dio dos fuertes puñetazos en la mesa, agarró algo parecido a un marisco cocido y se lo arrojó a la dama que tenía justo al lado.

—¡Jooodeeer! ¡Joder, joder! ¡No se lo dije antes porque no quería que usted supiera lo desastroso de la situación de mi puto mundo!

La mujer, que había recibido el impacto en la mejilla, comenzó a sangrar con una ceja partida, pero no movió un músculo.

—¡Mientras no esté relacionado con la inteligencia nativa del planeta, a mí me la resopla la situación política de su puto mundo!

—¡Pero es que lo está! ¡Está relacionada con esos putos cangrejos gigantes!

—¡Pues yo no puedo irme sin saber, ni sin poder elaborar un informe!

—¡Pues falsifíquelo y ponga que todo está correcto! ¡Le daré dinero! ¡Mucho!

—¡Pues no me da la gana!

—¿¡Pero por qué? ¡.

—¡Porque soy un inspector de La Grande y tengo más poder que tú, maldito enano de mieeerda!

Arnoldo estaba colérico, enrojecido hasta la ridiculez. Sacó su arma y apuntó a Gaspar. El hombre que tenía al lado lo agarró de la manga y tiró. Intentó decirle algo al dictador, seguramente que no era buena idea disparar a un inspector de La Grande, pero antes de que pudiera abrir la boca Arnoldo lo apuntó a él y le voló la tapa de los sesos. Algunos se levantaron de sus sillas y Arnoldo les disparó, se apuntó a la sien durante un segundo como si fuera a suicidarse, pero en vez de eso apuntó al techo disparando enloquecido, después apuntó a un criado y disparó. Disparó al marisco, disparó a la ventana y le disparó a la lámpara de araña estilo rococó. La mayoría de los comensales habían escapado del salón, menos Gaspar y la mujer a la que había arrojado el marisco que permanecía en estado de shock con la cara enrojecida por la sangre. Arnoldo pareció tranquilizarse durante un segundo, señal inequívoca de que había reducido el flujo de adrenalina en su sistema, y miró a su alrededor comprobando que todos se habían largado. Entonces se fijó en la dama de la mejilla sangrante y dijo:

—Bah, ya qué más da...

Apuntó y disparó.

* * *

La Nena 7 seguía de cerca al helicóptero donde iban Gaspar y el guía científico. Atardecía.

—Está bien, inspector, quiere información, ¿verdad?

—Verdad.

Nena irrumpió en su cabeza.

Si yo elaborara un informe sobre lo que acabas de hacer en ese palacio, te echarían de La Grande en un segundo.

Me pasé con la adrenalina, cariño. Y no me echarían de La Grande.

—Tendrías que haberme dejado a mí controlar tu estado.

—Deja de sermonearme.

Ese tipo es muy inestable. Podría haberte matado.

—Es un zumbado, pero con los límites bien definidos. Sabe a quién puede matar y a quién no. Y de todos modos tenemos que estrenar la impresora....

—Que tenga a bordo una impresora de clones no te da carta blanca para suicidarte. Además sabes que tú estarías muerto, aunque yo sea capaz de recrear una copia perfecta de ti. La próxima vez ten más cuidado, solo te digo eso.

No habrá próxima vez. Lo único que quiero es saber qué ocurre en este mundo. Después nos iremos.

El científico, sentado al lado de Gaspar, hizo señas indicándole que mirara uno de los enormes edificios.

—Para empezar, apenas existen construcciones humanas en el planeta. Toda la población vive en los edificios de los poetas.

—¿Los poetas han levantado estas ciudades?

—Sí, ellos lo han construido casi todo.

El convoy de helicópteros surcaba los espacios entre edificios. Gaspar miró abajo y pudo ver pequeñas casas y entramados de carreteras de indudable manufactura humana.

—No lo entiendo.

—Ya, por eso se lo estoy explicando.

—Perdone.

—Cuando nuestros antepasados llegaron a Altamar, se encontraron con estas edificaciones y sus constructores habitándolas, tal como han estado haciendo hasta ahora. También se encontraron con una cierta peculiaridad en sus cerebros y forma de concebir el universo.

—Los poetas no pueden verles.

—Eso es. Al principio, por supuesto, se intentó entablar una cierta comunicación con ellos, aunque por aquellos tiempos las leyes de La Grande aún no habían sido conformadas. Los poetas resultaban muy útiles, ¿sabe? No solo construían grandes edificios en lo que podíamos habitar sin tener que construir los nuestros propios, con el consabido gasto, también se dedicaban a sacar del mar alimento suficiente para todos.

—Es decir, que esclavizaron a una especie claramente inteligente...

—¡No! ¡Déjeme explicarle! —Gaspar calló— En ningún momento, señor inspector, se obligó a trabajar a los poetas. No podían vernos, así que empezamos a vivir entre ellos. Trabajaban, así que empezamos a coger nuestra parte.

—Pero no entiendo cómo no notaban que faltaban cosas, o que algo estaba ocurriendo a su alrededor...

—Ni nosotros. Bueno, algunos se dedicaron a estudiar a los poetas. Con los años han llegado a conclusiones.

—¿Cómo la de que los poetas vibran en una dimensión diferente?

—Sí, esa y otras conclusiones un poco más creíbles. En lo particular, mi preferida es la de que los poetas son seres centrados en sí mismos y en su entorno inmediato. Verá, sus cerebros no son capaces de asimilar lo extraño, lo diferente. Este planeta no sufre terremotos ni tiene calor en su interior suficiente para que exista vulcanismo. De hecho, estos edificios tienen miles de años y nunca los hemos visto construir más, a pesar de que hay espacio de sobra. Este mundo no ha cambiado lo más mínimo en millones de años. Si los observa durante un tiempo, comprobará que un poeta nunca hace nada diferente. Siempre la misma rutina. Están divididos en castas especializadas; unos pescan, otros recolectan plancton y otros mantienen los edificios. Pero hay algo que todos hacen siempre, se dediquen a lo que se dediquen...

—¿Qué?

—¡Se lo voy a explicar, diantres!

—Perdone.

—Iba a decirle que son poetas.

—De ahí su nombre.

—Muy listo. Sí, si pasas el tiempo suficiente observándolos descubres que emiten una serie de sonidos rítmicos, siempre iguales, excepto por que cada cierta cantidad de años añaden una estrofa más.

—¿Nunca han intentado descifrar lo que dicen?

—Sí, pero al no poder comunicarnos con ellos no hemos podido entablar similitudes con nada. Se la pasan repitiendo una y otra vez las mismas estrofas, con la única diferencia, como ya le dije, de que a veces añaden un pedazo más. Esto nos ha llevado a sospechar que su civilización, además de antigua, es inmovilista. Sus cerebros solo asimilan lo que lleva ahí cierto tiempo, el suficiente para que pueda entrar a formar parte del Gran Poema.

—¿Qué ocurre cuando se les toca?

—¿Qué quiere decir?

—¿Nunca han intentado interactuar con ellos? Yo que sé, tocarlos, golpearlos...

—Eso ha ocurrido muchas veces, en el pasado. Cuando se les toca o agrede, lo ignoran, si se insiste, lo siguen ignorando. Si, por desgracia, se les llega a hacer verdadero daño, siguen a lo suyo. Actualmente está prohibido tocarlos y la mayoría de la gente siente un gran afecto por los poetas.

Gaspar meditó un momento.

—¿Afecto suficiente como para rebelarse contra el gobierno?

El científico lo miró, carraspeó y se pasó la mano por la frente. Gaspar entendió, por su gesto, que se encontraba en la misma tesitura que el difunto Amigó Gutiérrez. No insistió.

El helicóptero descendió entre dos inmensos edificios. Personas alegremente ataviadas caminaban por las zonas ajardinadas. Algunos se dedicaban a practicar sexo en grupo, jugar al ajedrez o al pimpón y esas cosas.

—Ya veo que aquí no se trabaja mucho —dijo Gaspar, asombrándose de su propio deseo de pinchar al científico.

—Ya le dije que el trabajo lo llevan a cabo los poetas. Verá, hace algo más de cincuenta estándar, La Grande apareció por aquí. Estuvieron bastante tiempo intentando interactuar con los poetas, sin éxito. Al final se decidió que, aunque inteligentes, no era posible comunicarse intelectivamente con ellos, por lo que su conocimiento de la humanidad, el Universo o La Grande era inexistente. Por lo tanto, no solo nos prohibieron hacerles ningún tipo de daño, cosa que no era necesario prohibir, también se permitió la explotación de los recursos planetarios a través de los poetas.

—Es curioso que no tenga conocimiento de eso.

—Eso es problema suyo y de La Grande.

Sí, pero no deja de ser curioso ¿Verdad, Nena?.

—Ciertamente, Gaspar.

— Acompáñeme al interior de un edificio.

Caminaron por zonas ajardinadas y cruzaron calles por las que circulaban coches eléctricos de fabricación extranjera.

—Ustedes no fabrican nada.

—No. Lo importamos.

—Supongo que el trabajo de los poetas genera grandes beneficios.

—Supone bien.

Gaspar entendió entonces todo el misterio. Aquellas gentes exportaban grandísimas cantidades de materias primas sin apenas mover un músculo. Todo lo hacían aprovechándose de la ceguera de los poetas, cosa que a La Grande le venía muy bien en lo económico. Lo único que había que ocultar, así, tontamente, era el pequeño detalle de que se estaba explotando a una especie inteligente sin su consentimiento.

Llegaron a uno de los edificios y entraron. La puerta principal estaba horadada en la pared. Gaspar la tocó.

—¿De qué está hecho?

—Creemos que de algo parecido al hormigón, mezclado con la mucosa de una criatura que habita en el océano. Por dentro hay un armazón de hueso de otra criatura del océano, enorme, muy grande.

—¿Cómo se puede hacer algo tan grande y alto con esos materiales?

—¿Verdad que es increíble? Sígame.

La pared debía de tener unos veinte metros de grosor. Los humanos habían aprovechado para excavar en los laterales del túnel y hacer tiendas. Vendían artículos de lujo como perfumes, ropa y joyas.

Entonces apareció un poeta.

Gaspar quedó paralizado. Era mucho más grande de lo que había imaginado viendo la foto que Nena le mostró al llegar. Debía medir unos seis metros y no era rojo, sino de un color anaranjado fortísimo y muy incomodo de mirar. Sus cuatro patas, de tipo cangrejoide, golpeaban el suelo con energía a medida que se acercaba a ellos. Tenía recogidos sus dos miembros superiores y sus ojos entraban y salían nerviosamente del tronco, que era su cuerpo, a modo de, creyó Gaspar, pestañeo.

—¡No se quede ahí como un pasmarote, carajo, apártese! —gritó el científico.

Gaspar corrió a su lado justo en el momento en el que el poeta pasaba. Muchas personas a su alrededor se apartaron también y alguno incluso hizo gala de una gran habilidad al esquivar al ser sin apenas moverse ni hacer gran aprecio a la cuestión, como si sortear patas cangrejoides de dos metros fuera tan habitual como dejar pasar a una anciana.

—¡La madre que me ha parido! —exclamó Gaspar.

Gaspar, está misión se está volviendo demasiado peligrosa para mi gusto.

—Caramba, Nena, no te preocupes tanto que empiezas a parecerte a mi madre.

—No conociste a tu madre.

—Es una frase hecha.

— ¿Qué le pasa? —preguntó el científico.

—Eeeh, nada, nada, hablaba con mi nave.

—Bueno. Desde este momento le prevengo de que tiene que estar más atento.

Gaspar asintió dándole la razón. Terminaron de recorrer el pasillo y entraron en el edificio. Era una inmensa y altísima torre hueca, cuyo final en las alturas no se distinguía. Gaspar silbó.

—¿Por qué hace eso?

—¿Qué?

—Eso que ha hecho con la boca...

—¿Silbar?

—Sí.

—Es una forma de decir, ¡la hostia puta, que pedazo de edificio hueco!

—Vaya, costumbres extranjeras.

—Sí. Ahora hábleme de las costumbres de ustedes.

—Claro. Bien, si mira hacia arriba, a las paredes, comprobará que hay agujeros practicados en las mismas.

—Veo.

—Vayamos a uno de ellos.

Subieron a una plataforma que ascendía enganchada a unos raíles magnéticos. Llegados a una buena altura, el ascensor se detuvo. Salieron y caminaron por una pasarela de metal muy estrecha hasta uno de los agujeros. Era redondo y se introducía en la pared interna. Cuando Gaspar pudo adaptar su vista a la tenue luz se llevó un susto de muerte. Del techo colgaban extrañas bolsas, que parecían estar llenas de algún líquido. Y algo se movía con violencia en su interior.

—Y ahora me dirá que esta es la casa de alguien...

—De hecho, es mi casa.

Gaspar miró a su alrededor. Además de la sustancia mucosa que cubría las paredes, pudo observar, en un rincón, una sección en la que se encontraban elementos propios de un hogar humano. Un sofá, una cómoda, una cocina microondas completa y varios objetos más.

—Bien, le explico —dijo el científico, al tiempo que indicaba a Gaspar que le siguiera—: desde el principio intentamos construir nuestras casas en el exterior, lejos de los edificios de los poetas. Esta idea no duró mucho, pues los poetas las terminaban tirando abajo. No las veían y sus costumbres les dictan que deben acudir en masa al océano, cada día. Era muy molesto tener que estar buscando el lugar adecuado mediante observación para saber cuál era el mejor... El caso es que vivir en sus propios cubículos se implantó como moda por parte de algunos que pretendían llegar a entenderles estando entre ellos. Al final, la solución se impuso. En cada hogar hay un rincón en el que los poetas no se mueven debido a su tamaño. Esos son los lugares que usamos como vivienda.

En ese momento entró un poeta al cubículo. Avanzó hasta una de las bolsas y le dio unos toquecitos.

—¿Qué son esas bolsas?

—Su progenie. Está familia de poetas lleva esperando a que nazcan sus hijos algo más de veinte años. Calculo que en menos de cinco habrá por aquí correteando un buen numero de pequeñuelos. Entonces tendré que irme a otro lugar. Los pequeños poetas...

—¿Sí?

—Bueno, ellos sí que pueden vernos.

Gaspar sintió que la cosa se aclaraba por momentos.

—Y eso sí que es un problema, ¿verdad? —dijo.

—En principio, sí. Pero piense que los poetas tardan muchísimo en reproducirse con éxito, así que el problema en realidad es anecdótico para nosotros. Después su crecimiento... Bueno, el crecimiento de los pequeños que sobreviven, es bastante rápido.

—¿Los que sobreviven?

—La vida de los poetas está determinada por una difícil consecución de costumbres en las que, al final, solo quedan aquellos que mejor se adaptan a ellas.

—Y ustedes no influyen en esas costumbres ¿verdad?

—Mire, inspector, aquí tenemos que hacer las cosas de cierto modo para mantener nuestro modo de vida.

—¿Su modo de vida? Yo diría que lo que mantienen es su estatus...

—¡No!

—¡Sí!

—Verá...

La melodía que comenzó a entonar el poeta se amplificó dentro del edificio.

Enfrascado como estaba en la discusión no lo había visto salir a la entrada y colocarse, al mismo tiempo que otros tantos miles de sus congéneres en sus respectivos habitáculos, en una posición curiosa; agarrados con sus miembros inferiores, uno en cada extremo del agujero de entrada, de manera que proyectaban al exterior las partes superiores del tronco que conformaban sus cuerpos. Ahí debían de tener la abertura a modo de boca que conectaba con el órgano, u órganos, que producían el sonido.

Era un sonido vibrante, agudo y dulce, unido al de los demás poetas y amplificado por el efecto tubo que proporcionaba el edificio. Imaginó que en el exterior, la música de aquel edificio concreto debía de unirse al de los demás por toda la isla.

Era hermoso. Subyugante. Los minutos pasaron en un estado de embriaguez difícil de evitar, mientras el científico, acostumbrado a esta situación, esperaba a que Gaspar saliese de su ensimismamiento, cosa que aún tardó un par de minutos en ocurrir.

—Vaya... —comenzó a decir Gaspar sin saber cómo continuar.

—Es muy relajante, ¿verdad?

El Poema continuaba.

—¿Y dura mucho?

—Durante toda la noche.

En una consulta rápida Gaspar aprendió que el día completo de Altamar duraba 34 horas estándar y que en esa época del año las noches eran de unas 14.

—¿Y los poetas no duermen?

—Siempre hemos supuesto que esta es su forma de dormir.

Analizando sus cerebros desde aquí, detecto ondas REM, o eso parecen. Creo que puedo decir que están soñando —dijo Nena en su cabeza.

Gaspar analizó aquello durante unos segundos. Las implicaciones eran curiosas, pero no podía pararse a considerarlas. No en ese momento.

Supongo que lo estás grabando todo.

—No.

— ¿Cómo que no?.

—Yo suponía que lo estarías haciendo tú con tu grabadora del siglo XX.

La risa de Gaspar sobresaltó al científico.

—No se sorprenda, no me rio de usted. La nave y yo estamos bromeando.

—Está bien... —empezó a decir el científico sin saber cómo continuar—De todos modos le estaba diciendo que las cosas no son como usted insinúa —concluyó.

—Perdone, pero no recuerdo de qué estábamos hablando.

Era mentira, lo recordaba a la perfección.

—Me pareció que daba a entender que nosotros teníamos esclavizados a los poetas.

—¿Eso di a entender?

—Sí. Y yo me disponía a explicarle...

—Pues no me explique más, me imagino lo que hacen ustedes para conseguir que los pequeños que sobrevivan sean aquellos que al crecer se comporten más ciegamente con respecto a ustedes.

El científico calló. Miraba a Gaspar con esos ojos que se le quedan a uno cuando le han descubierto en una mentira.

—Lo normal, inspector, es que tan solo uno o dos de una camada de veinte salga adelante. Eso ocurre de modo natural. Y así ocurre también bajo nuestra influencia.

—Ya. A eso, cuando se trata de animales, se le llama selección artificial. Es una práctica muy antigua y respetable, pero los poetas no son animales. Para esto en concreto hay otra denominación. ¿Le suena la palabra eugenesia?

El científico sudaba. La imagen de Amigó, aterrorizado y sonriendo mientras luchaba por aparentar normalidad en medio de un tiroteo, asaltó a Gaspar.

—Mire —dijo al científico, esta vez más calmo—, yo no soy nadie para juzgar la razón por la que mantienen ustedes a ese tipejo como a su rey, o lo que narices pretenda ser. La Grande no va a meterse en su modo de gobierno. Pero entienda que estamos hablando de una especie inteligente, que está en su mundo. Si existe la posibilidad de entenderse con los poetas, están ustedes obligados a llevarla a cabo.

—Los poetas jamás entenderán concepciones como alienígena, espacio exterior, otros mundos... Y mucho menos el concepto de La Grande. Sencillamente, nunca podrán negociar con nadie. Para ellos solo existen ellos y en ellos están centrados.

—Eso dice usted. Ahora me va a decir por qué se han rebelado esos tipos.

—¿Qué tipos?

Gaspar suspiró.

—Debe tomarme por un completo imbécil...

—¡Ah! Se refiere a los rebeldes...

—Sí, me refiero a esos rebeldes que se han rebelado y que van por ahí haciendo saltar cosas por los aires con mucha, mucha rebeldía.

El científico se puso aún más pálido.

—Gaspar, ese hombre sufre el mismo colapso que el difunto Amigó.

—¿Y qué hago? ¿Le doy una bofetada?

Gaspar levantó la mano.

—¡Existe...! —comenzó a decir el científico— Existe un grupo de personas, no muchas, pero sí muy ruidosas, que sostienen que los poetas pueden llegar a vernos.

El inspector bajó la mano.

—Bien.

—Está usted en lo cierto cuando supone que nuestras costumbres incluyen la selección artificial de los pequeños poetas.

—¿Sí?

—Esperamos algunos años, en los que se valora cuáles de ellos dejan de vernos y cuales siguen haciéndolo...

La palidez empezó a tornarse azulada.

—Por favor, señor, respire —dijo Gaspar. Acto seguido lo agarró por los hombros y lo agitó.

Ante el apremio, el científico expulsó algo de aire, inspiró una porción mayor y la palidez volvió a su estado normal. Entonces tomó las muñecas de Gaspar, mirándole a los ojos.

—Inspector, necesito asilo político. En su nave. Para mí, mi familia y la familia del poeta que está cantando ahí fuera.

Gaspar comprendió que ya podía hacer algo en aquel mundo. Ganarse el sueldo.

—Estaba a punto de proponérselo. Prosiga.

El científico pareció calmarse un poco, aunque le temblaba mucho la voz.

—Bien. Estos rebeldes se dedican a dejar vivir a los pequeños poetas que continúan con su manía de vernos. Interactúan con ellos. Dicen que los comprenden, que entienden sus poemas. Incluso afirman que en el Poema General, el que todos repiten a diario, están empezando a incluirnos. Los poetas que no pueden vernos deben de tomar a estos por locos, pero es cuestión de tiempo el que a base de repetir la estrofa en la que aparecemos, terminen por darse cuenta también de nuestra existencia. De momento, dicen, la estrofa es pequeña, pero poco a poco, a medida que vayan naciendo y sobreviviendo más poetas conscientes de nosotros, irá adquiriendo consistencia. Afirman que, en un momento dado, ocurrirá una singularidad y todos los poetas podrán vernos.

Entonces el científico se separó de Gaspar, avanzando hasta una puerta de algo parecido a la madera que ocultaba un habitáculo. La abrió y de dentro salieron una mujer y tres niñas.

—¿Lo del asilo iba en serio? —preguntó la mujer mirando a los ojos de Gaspar.

—Claro.

—Gracias. Creo que es un buen momento para ir hasta su nave y subir a bordo —dijo la mujer.

Gaspar quedó petrificado.

—Ahora —prosiguió el científico—. Si no es mucha molestia. En cualquier momento podrían entrar los guardias y llevarnos ante Arnoldo. O matarnos aquí mismo...

—Nena, ¿podemos hacer eso? — preguntó mentalmente Gaspar mientras el hombre hablaba.

—...sin contemplaciones. Ellos hacen esas cosas —concluyó el científico.

—No —respondió Nena.

—Inspector, ¿qué le ocurre?

—Pero puedes aceptarlos como invitados hasta que tengamos que irnos.

Gaspar esbozó la menos sincera de sus sonrisas.

—Bien, bajemos. Les invito a visitar mi nave.

La mujer sonrió también. Era una mujer grande que le sacaba una cabeza a su marido.

—Gracias —dijo.

Las niñas parecían asustadas. Cada una portaba una pequeña mochila. La mujer regresó un instante al habitáculo y extrajo una gran maleta. Al sacarla, de detrás surgieron cuatro pequeños poetas semi transparentes que corrieron hasta situarse al lado de las hijas del científico.

—Oh... ¿Ellos también vienen? —preguntó Gaspar.

—Es lo que le decía mi marido, estos pequeños han superado la edad reglamentaria y siguen viéndonos —explicó la mujer mientras abría la maleta.

Ante un curioso ruidito apremiante que una de las niñas produjo usando la boca y los dedos, los cuatro pequeños poetas corrieron y se introdujeron dentro.

Salieron pasando por debajo del poeta soñador. Gaspar no pudo evitar fijarse en que el científico daba un par de toquecitos en una de las patas el poeta.

Nena, colócate lo más cerca que puedas de la puerta.

—Eso he hecho. Llevo dos minutos dando explicaciones a estos idiotas, pero se están poniendo nerviosos. No creo que os vayan a permitir subir... Espera, les he dicho que voy a despegar y se lo han tragado. Están subiendo a los helicópteros. Si corréis podréis entrar antes de que se den cuenta.

Así hicieron. Mientras Nena representaba un aparatoso teatro de expulsión de gases y aumentos de sonoridad con los motores, el grupo corrió desde la puerta del edificio y recorrió la distancia que les separaba de la seguridad de la nave.

* * *

En la pantalla, la cara del dictadorzuelo resultaba atemorizante. Gaspar supuso que utilizaban algún truco holográfico para conseguir ese efecto.

—¡Inspector! ¡Devuelva a los traidores!

El inspector de La Grande permanecía sentado, fumando y mirando a la pantalla.

—¡No haga como que no me oye!

La Nena 7 evolucionaba en círculos a gran altura, la suficiente como para que los helicópteros no pudieran alcanzarla.

—Supongo que imaginará que esos helicópteros no son la única fuerza aérea de la que dispongo —amenazó el hombrecillo.

A Gaspar no le resultaba fácil aquello. Sabía lo que le ocurriría a aquella familia de entregarla y no estaba dispuesto. Pero tampoco podía llevárselos. En otras ocasiones lo había hecho, pero siempre en lugares donde el sistema político no estaba aún conformado o con permiso directo del gobierno planetario.

El mal ya estaba hecho y Gaspar no era un hombre que siguiera las normas al pie de la letra. Así que le dio una profunda calada a su cigarrillo y empezó a jugar.

—Enano de mierda —dijo.

El rostro de Arnoldo se congestionó.

—No puedo creer que haya dicho eso... ¡Otra vez!

—Déjame acabar, aún no he terminado.

Gaspar —dijo Nena en su cabeza—, mide tus palabras.

El rostro permanecía atento en la pantalla a lo que el inspector tuviera que decir. Y lo dijo.

—Declaro la guerra al gobierno corrupto de Altamar y a su líder, el enano de mierda, desde este mismo instante...

Por Dios, Gaspar....

—...sin el consentimiento expreso de La Grande, organización a la que sirvo y que me ha concedido plenos poderes.

Arnoldo estalló.

—¿Pero qué dice?

—O, como segunda opción, exijo que se me permita elaborar mi informe sin cortapisas.

La pantalla se apagó. Nena habló a viva voz:

—¿Te has vuelto loco? ¿Te has vuelto rematadamente loco?

—Nena, lanza un mensaje a La Grande.

—¿Qué?

—Diles que envíen un contingente de asalto planetario. Y asegúrate de que la transmisión es captada por los receptores del enano.

Silencio.

—¡Hazlo, Nena, es una...!

—¡Orden directa! ¡Ya! ¡Mensaje enviado!

—Bien. Gracias.

—Entre que reciban el mensaje y respondan pidiendo confirmación pueden pasar un par de meses, ¿lo sabes, no?

—Sí.

—Y luego otro par de meses para que lo confirmes, y luego seis meses más hasta que lleguen las naves de asalto...

—Ya. Deja de hablar de números y atiende a la familia. Tendrán hambre.

—Están comiendo, por eso no te preocupes. Lo que me tienes que decir es qué vamos a hacer ahora.

—Ahora, esperaremos a que el enano emita su siguiente mensaje.

El mensaje esperado tardó todavía unos minutos en producirse. Al hacerlo, Gaspar notó cierta humanización en el rostro de la pantalla. Más holografía, pensó.

—Bien, señor inspector, ya veo que va en serio. Admito que me sorprende su proceder. Esa entereza... Está claro que va a por todas.

Silencio.

—De acuerdo, hablaré yo —dijo Arnoldo—. Dígame qué es lo que quiere. Lo tendrá.

Gaspar se inclino hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—Eso, Arnoldo, es lo que tendrías que haber dicho cuando nos vimos por primera vez, en vez de matar a toda esa gente.

Silencio.

—Bueno, pues lo digo ahora. ¿Qué quieres, Gaspar?

—Quiero que me digas por qué estás ahí.

—No entiendo...

—Sí entiendes.

A pesar de todo el maquillaje holográfico, Arnoldo no pudo evitar que el tic de su ojo derecho aflorase.

—Estoy hablando contigo... No sé, intento razonar...

—En el poder, Arnoldo, quiero saber por qué, cómo llegaste a ser el jefe de toda esta gente a la que asesinas.

La comunicación se cortó.

—Gaspar —dijo Nena—, no entiendo a donde pretendes llegar.

—Yo sí lo entiendo. Nena, cariño. Estoy trabajando. Para esto me pagan.

—Y supongo que no confías en mí como para decirme qué tramas. Ya. Tal vez se lo hayas contado a tu grabadora del siglo XX y tenga que hablar con ella para enterarme.

Gaspar no rió.

—Mi Nena, ¿ya te estás poniendo celosa? —dijo en un tono muy serio.

—Sí.

—Vale, te lo contaré. Pero me asombra que tu procesador cuántico no lo haya intuido ya.

—Como tú sueles decir, cuéntamelo a viva voz, que quiero sentirme humana.

Esta vez Gaspar se concedió una pequeña sonrisa. Esa máquina era su amiga, el único ser en todo el Universo capaz de enternecerle el corazón de aquella manera.

—De acuerdo. Cuando miramos en las bases de datos del planeta, ¿de dónde venía esa información?

—La mayoría de servidores particulares.

—Exacto. El vistazo a los servidores gubernamentales no nos indicó nada y tuviste que mirar en los privados. Aparte de la información personal de millones de humanos que desechaste por intranscendente, ¿qué más vimos?

—Vimos lo referente a los poetas. Y no era mucho.

—Eso es. Nada de la historia del planeta, nada de sus antiguos líderes, nada del actual dirigente.

—Claro, Gaspar, es una dictadura. Todo lo que pueda dar pistas a posibles enemigos ha sido eliminado o se encuentra en dispositivos sin conexión al exterior...

—O, tal vez, esa información nunca estuvo ahí.

Nena era una computadora cuántica de antepenúltima generación, lo que la convertía en un ser muy inteligente. Por desgracia para ella, la imaginación, la fantasía o la paranoia escapaban a sus capacidades.

—Te escucho.

—¿Y si todo fuera teatro? Mira de nuevo las bases de datos, a ver qué encuentras.

—Sabes que para eso tienes que volver a decir las palabras mágicas.

—Orden directa.

—Vale.

* * *

El científico observó la pantalla. En su expresión, la perplejidad.

—¿Qué me dice de esto? —preguntó Gaspar mientras se guardaba el paquete de tabaco en el bolsillo y se encendía un cigarrillo.

—Qué quiere que le diga... Es una chapuza.

—Supongo que no esperaban que un inspector de la Grande violase el santuario de los servidores del planeta, por eso ni se molestaron en introducir información en ellos.

—Creo que eso es lo que pasó.

En la pantalla desfilaban cientos de fotografías, seguramente falsas, de coronaciones antiguas, desfiles de ejércitos, cenas de aspecto monárquico.

—De momento solo hay fotos. Nena me dice que ya están empezando a introducirse vídeos y sensoramas de eventos pasados.

El científico miró a Gaspar. Parecía sentirse más tranquilo a bordo de la Nena 7.

—Dice usted bien.

—Bien, ahora siéntese y no pare de hablar hasta que Nena se aburra.

Del suelo surgió una butaca, justo enfrente de la suya.

—¿Seguro que no quiere un cigarrillo? Tranquiliza mucho.

El científico se sentó.

—No he fumado en mi vida, pero creo que le aceptaré uno —dijo, alargando la mano.

—Nena, ¿estás grabando?

—Claro.

—Bien, empiece a hablar.

El científico contuvo un acceso de tos y comenzó a hablar.

—Me llamo Gustavo Ujier y soy esclavo de segunda categoría del gobierno de los poetas.

* * *

Para los menesteres de inspector en un universo peligroso, siempre venía bien tener cierta ventaja tecnológica. La Nena era una nave de antepenúltima generación que no podía ser superada por casi ninguna nave conocida. Por eso pudo posarse en lo alto del edificio. Por eso los helicópteros no se atrevían a acercarse.

El jefe de los rebeldes era un tipo fornido, calvo y serio. Vestía con recias ropas de lana y llevaba una cartuchera en el cinto. Gaspar se sintió impresionado.

—No sé si decirle que es un placer o pegarle un tiro aquí mismo —dijo el tipo.

—Mejor lo primero —respondió Gaspar—. Soy alérgico a las balas.

Ambos rieron. Gaspar solía utilizar frases como esa cuando trataba con humanos que desconocían el cine negro del siglo XX. Siempre les hacía gracia.

—Además —continuó el tipo—, su nave estará apuntando a todos los presentes.

—A todos menos a mí.

—Bien. Solo le diré que ya no es necesario.

—Vale, pero no me cuesta nada ser precavido.

—Por supuesto. Entonces, tenía usted una pregunta que hacerme...

—En realidad, varias, señor...

—Llámeme Triple Jota. Así me llaman todos.

—Bien, Triple Jota. Cuando llegué a este mundo me hicieron un recibimiento de lo más sonoro. ¿Por qué?

—Esa es fácil. Nosotros le llamamos y Arnoldo no iba a permitir que le recibiéramos como es debido. Teníamos que dejarnos ver. Teníamos que llamar su atención.

—Y lo consiguieron. ¿Por qué luchan ustedes?

—Esa no lo es tanto. Tan solo puedo decirle que por orden de los poetas rebeldes, los que quieren la independencia.

—Lo imaginaba. Entonces, son los poetas los que gobiernan este mundo.

—Siempre lo fueron.

—Y todo ese asunto de su ceguera es mentira.

—No, no lo es. Ellos no pueden vernos. Sus cerebros no toleran lo diferente.

—¿Y cómo pueden ser ellos los que mandan?

—Ah, inspector. La palabra mandar no explica bien lo que los poetas hacen en este mundo.

—Soy todo oídos.

—Verá, hasta cierto momento de nuestra historia las cosas son como se las habrán contado. Los poetas no pueden vernos, pero sí intuirnos. Cuando los tocamos o golpeamos, cuando movemos cosas ante sus ojos. Eso sí pueden verlo. Durante mucho tiempo su civilización estuvo a punto de irse al traste por nuestra culpa, así que decidimos ser más discretos y dejar que se recuperasen. Vivíamos entre ellos y nos aprovechábamos de su trabajo. Pero eso también lo notaban. ¿Sabe que los poetas cantan?

—Sí, de ahí su nombre.

—Pues en su canción empezamos a aparecer cada año. ¿Sabe lo que es un fantasma?

—Claro, una leyenda antigua.

—Pues para ellos eso es lo que somos. Fantasmas, fuerzas sobrenaturales que aparecieron un día. No pueden vernos, pero pueden notar nuestras actividades. Para cuando aceptaron nuestra existencia ya dependíamos totalmente de ellos, de su trabajo, de sus infraestructuras. Los humanos somos bastante inútiles en cuanto nos quedamos solos y no tardamos en caer hambrientos bajo los más bajos instintos.

—Así que les dominan.

—Nos controlan, sí.

—¿Cómo?

—Bueno, si quieren que hagamos cosas tan solo tienen que dejar de trabajar. Entonces, al cabo de unos meses estamos listos para hacer lo que sea por comida. Sus organismos pueden estar años enteros sin recibir alimentos, pero los nuestros no. Además han aprendido a defenderse de nosotros. Cuando algo se mueve sin causa aparente agitan sus pinzas en el lugar y acaban con la vida de lo que produce el fenómeno. La verdad, resulta un poco vergonzoso lo sencillo que les resulta hacernos suyos.

—¿Y no hacen nada para imponerse? —preguntó Gaspar— Los humanos dominamos varias galaxias, las que están al alcance de nuestras naves. Hemos aprendido a no sentirnos incómodos con nuestra superioridad, al contrario, la aceptamos y permitimos que las especies inteligentes convivan con nosotros.

—Ya. ¿Qué quiere que le diga? Es nuestra forma de vida y nos parece correcta. En realidad no estamos sometidos, solo hacemos por ellos cosas que ellos no pueden hacer.

—Eso es interesante. ¿Qué cosas?

—Tiene que pensar como un poeta para entenderlo. Verá, para ellos solo existe su mundo. Todo lo demás es etéreo, mágico. Es algo de lo no tuvieron consciencia hasta que llegamos. No pueden entender que existan otros mundos, pero sí que las fuerzas que habitan el suyo puedan traer cosas. Plantas de extracción de plancton, medios de transporte para moverlo al interior de las islas. Para ellos somos una fuerza extraña y mágica que puede facilitar su trabajo. No saben cómo funciona, pero funciona. No lo comprenden, pero lo aceptan.

—Así que ustedes se limitan a vivir de ellos y a facilitar su trabajo mediante la importación de maquinaria.

—Más o menos, sí.

—De acuerdo. Y ahora, ¿me dice por qué se han rebelado ustedes?

—Ah, eso.

—Eso.

—Entre los poetas existen ciertas discrepancias. Por un lado están los que quieren vivir como siempre han hecho, sin fuerzas mágicas que los ayuden. Por otro están los que quieren hacerlo del modo que acabo de explicarle. Los segundos apoyan un gobierno humano dictatorial e inmovilista, los primeros quieren que desaparezcamos. O eso creemos.

—¿Y ustedes luchan por los primeros?

—Es más complicado que eso. Cuando los poetas quieren comunicarse con los humanos, nos invocan. Mediante un complicado sistema que consiste de dejarnos sin comida o premiándonos con ella nos hacen entender lo que quieren. Mi grupo rebelde entiende que debemos luchar contra el gobierno, y pensamos que es por lo que acabo de decirle.

—Es decir, que los poetas rebeldes creen que ustedes deben desaparecer, pero los utilizan para luchar contra los que piensan que deben quedarse.

—Pues sí. Cosas de poetas.

—En realidad es un comportamiento de lo más humano. ¿Fuma? —preguntó Gaspar extendiendo hacia Triple Jota el casi agotado paquete de cigarrillos.

* * *

La Nena 7 abandonó el sistema de nombre numérico impronunciable en un flash, introduciéndose entre pliegues de espacio. El camino hasta el planeta civilizado y amigable más próximo no iba a ser corto. Allí dejaría a la familia del científico donde se les asignaría una nueva nacionalidad planetaria. Eso no sería problema. En ese mundo, como en tantos otros, le debían un favor.

Las niñas jugaban en el puente con una forma de perro recreada por Nena. El falso animal, compuesto por una miríada de nano partículas, correteaba entre ellas, ladrando. Los pequeños poetas participaban activamente y canturreaban mientras observaban. El matrimonio parecía estar encantado con esto. Gaspar se dirigió a la mujer.

—Todavía no sé su nombre.

—Me llamo Jamía.

—Gaspar —Señaló con un gesto rápido a su alrededor—. Ella es Nena.

—Encantada, pero ya nos conocemos la nave y yo.

Gaspar sonrió.

—Bueno, la cosa no ha salido del todo mal. He terminado mi informe y todavía pasará mucho tiempo antes de que la Grande se interese por el asunto. Hasta entonces nos dejarán en paz.

—Solo por curiosidad, ¿podría hacerme un resumen? —pidió Gustavo.

—Claro. ¿Fuma?

—No le diré que no. Jamía, ¿quieres probar esto?

La mujer aceptó con curiosidad por el cigarrillo que Gaspar depositó en su mano. Lo miró y remiró.

—¿Le da uno a las niñas? —preguntó.

Gaspar se sorprendió ante la petición antes de recordar que en un mundo donde se había olvidado el noble arte de fumar, por fuerza tenía que desconocerse lo perjudicial que era.

—Eso no sería del todo correcto... Bueno, estamos entre los pliegues del espacio y aquí no hay ley... ¿Por qué no?

En medio minuto estaban todos fumando. Las niñas se aburrieron de tanto toser a la segunda calada y se fueron al baño, seguidas por los cuatro pequeños poetas que parecían sentir repulsión por el humo.

Aparecieron dos butacas.

—El caso de su mundo no me resulta del todo desconocido —empezó a decir Gaspar—. Hace algunos estándar nos encontramos, Nena y yo, con algo parecido. Se trata del planeta Gnosia, un mundo errante que se desplaza entre dos sistemas solares. Bueno, los pormenores de la historia me los ahorraré, no fueron agradables, pero resumiendo: Gnosia es un mundo que fue expulsado de su sistema solar hace millones de estándar. El caso es que hasta allí llegaron un grupo de convictos, hombres y mujeres, que escapaban de su futura reclusión en algún mundo muerto de a saber dónde. Pero ese mundo estaba habitado. Hoy día los humanos de Gnosia son muchos, viven en túneles y se dedican a cultivar algo parecido a un hongo, vital para la supervivencia de los seres que los esclavizan, una especie de... Bueno, digamos que parecen moluscos no más grandes que un puño humano. Bien, en Gnosia los humanos necesitan a los moluscos, pues generan luz y calor con sus cuerpos y cubren la totalidad de las paredes internas de los túneles, y los moluscos han terminado necesitando a los humanos, más grandes y fuertes que ellos, capaces de cultivar con mejor rendimiento el hongo. Así que los humanos cultivan para los moluscos y para ellos mismos. La cosa es que al final no me quedó claro quiénes eran en realidad los que mandaban en Gnosia, porque los humanos, cuando quieren algo, simplemente dejan de producir el hongo y los moluscos ceden a sus peticiones. Más o menos ocurre eso en Gnosia.

—¿De verdad existe un mundo así? —preguntó Jamía.

—Sí. Y algunos mucho más extraños. El suyo, por ejemplo. Me parece muy curioso cómo han conseguido mantener una vida humana y digna con los poetas sobre ustedes. En Gnosia los humanos apenas recuerdan nada de su pasado y su idioma ha cambiado. En realidad ahora son más animales que humanos y mi informe final tuvo que demostrar que la inteligencia nativa estaba equivocada al no reconocer la inteligencia de los humanos, pero ustedes... Ustedes llevan su mundo, con un dictador, con importaciones y demás, siendo... fantasmas.

Gustavo dio una calada a su cigarrillo, tosió y dio otra.

—Sí, supongo que le resultará extraño. Pero no es tan grave, hasta hace unas semanas no teníamos dictador. Nos fue impuesto debido a su inminente visita, señor inspector y no creo que hubiera durado mucho después de su partida.

Gaspar dio una buena calada a su cigarrillo. Intentaba asimilar aquello a pesar de que entendía.

—Desde luego, montar todo un reinado sin pasado ni historia solo para aparentar normalidad tendría que haber sido menos... violento.

—Sí, la elección de Arnoldo no fue demasiado acertada. Supongo que se basaron en documentales o películas antiguas. Ese hombre en realidad era un matarife, lacayo de los poetas nobles.

—¿Nobles?

—Nobles contra rebeldes, así lo entendemos.

Gaspar sintió la enorme necesidad de comprender la mente de un poeta. Un ser que manejaba fuerzas invisibles para enfrentarse a sus rivales.

—¿Conservadores contra progresistas?

—Si lo quiere ver así...

Estaba claro, intentar comprender la mente de un ser tan distinto como era un poeta mediante parámetros humanos podía valer. Tal vez, al final, las criaturas que poblaban el Universo no eran tan diferentes las unas de las otras.

—En mi informe final he sugerido que se siga la evolución del conflicto entre poetas para ver cómo termina. Si termina. En caso de no solucionarse nada, La Grande podría enviarme de nuevo a valorar la situación. Pero para eso tendrán que pasar muchos años estándar. Por lo que a mí respecta, lo que ocurre en Altamar es única y exclusivamente asunto de Altamar. Mientras sigan exportando materias e importando artículos de consumo no veo qué problema pueden plantear. Lo que a mí me concierne, que la inteligencia de los poetas sea reconocida, ha sido solucionado.

—¿Solucionado? ¿Cómo?

—Poniendo al final del informe la palabra, simbiosis. Este, el caso de Gnosia y algunos más, son un claro ejemplo de simbiosis. No hay más. Cualquier otra cuestión queda fuera de toda posible polémica. Mientras sigan funcionando y beneficiando a La Grande, no es problema mío.

—Pero los poetas seguirán usando a los humanos para guerrear entre ellos...

—Problemas autóctonos. Reconozco que a mí, personalmente, no me agrada, pero mi cometido no es el de entrometerme en los asuntos de gobiernos humanos. La presencia de Arnoldo, ese miserable, se debe a una manipulación de la realidad histórica con la intención de engañar a La Grande en el erróneo suponer de que a La Grande le importan esas cosas. Puedo imaginar a los poetas usando a sus esclavos humanos sin poder verlos, sin saber nada sobre sus costumbres, obligándoles a tomar decisiones con respecto al aspecto que tienen que tomar ante mí.

—Entiendo. ¿Y la llamada a la guerra que usted envió?

Gaspar dio una profunda calada antes de responder.

—Calculo que llegará a su destino en un par de meses estándar, justo unas diez horas antes que mi informe. En el mismo lo explico todo como parte de mi táctica para entender la situación.

—¿Y qué será de mí y mi familia?

—Forman parte de mi táctica y así lo he reflejado en el informe. Doy por hecho que tengo el permiso. Irán a un lugar mejor que su mundo, por eso no se preocupe. Y a partir de ahí serán libres de vivir en él para siempre o abandonarlo. Tiene un buen sistema de transportes a otros lugares y no le ponen peros a los alienígenas extraños.

Al decir esto señaló con el pulgar en un gesto rápido a los pequeños poetas, que los observaban fijamente. Gustavo los miró un momento.

—¿Y sería mucho pedir que nos dejasen en un lugar menos concurrido y con bastante agua?

Gaspar se sorprendió ante la petición.

—¿Cómo dice?

—Sí, le decía que si no le pillará de camino algún sitio menos concurrido que ese al que nos quiere llevar... Bueno, sabemos que hay al menos un par de lugares bastante parecidos a Altamar.

Gaspar sabía que había otros mundos más cercanos que aquel al que se dirigían. Aún así, preguntó a Nena.

—Nena, ¿hay mundos como ese cerca?

—De hecho, sí, Gaspar.

En la pantalla apareció un gráfico en el que se detallaba la proximidad relativa de mundos acuosos.

—Con un desvío mínimo podríamos llegar a Maremágnum, por ejemplo. Es un lugar sin apenas habitantes. Fue descubierto hace poco.

—Pues ese está bien. Sí, sí, a ese queremos ir —exclamó Gustavo.

—Bueno... —dijo Gaspar— Si usted lo desea... ¿Su familia está de acuerdo?

—Claro. No se preocupe, señor inspector, nosotros le agradecemos su gesto.

—Bueno..., es un mundo con apenas colonos que ni siquiera ha registrado su existencia ni generado un gobierno... Cualquiera podría ir allí sin permiso...

—¡Gracias!

—La gravedad es algo más alta y el oxígeno un poco más abundante...

—¡Ese estaría muy bien! ¡Gracias!

—Pues... de acuerdo.

—¡Gracias, gracias!

* * *

Costaba un poco respirar y había tenido que, generosamente, generar cuatro sistemas de nanitos desechables que cambiarían la genética humana lo suficiente como para asumir el exceso de salitre y oxígeno. Una minucia. Por su parte, los cuatro pequeños poetas ya correteaban y entraban en el mar, recogiendo criaturas vivas y consumiéndolas.

—Parece que les va bien —apreció Gaspar.

Gustavo dedicó un segundo a mirar a los pequeños poetas y medio a sus hijas, que ya se llevaban a la boca los pedazos de alimento que lo poetas les ofrecían.

—Al principio costará, pero creo que saldremos adelante.

—Todavía estamos a tiempo de dejaros más cerca de la colonia —insistió Gaspar.

—¡No, de verdad, no es necesario!

—Es un mundo salvaje, pero tarde o temprano ocurrirá un encuentro con los humanos según se empiecen a diversificar. O puede que lleguen más colonos.

—Ocurrirá lo que tenga que ocurrir, pero nosotros aquí estamos bien. Además, las niñas necesitarán maridos en el futuro, pero no ahora, tan pronto... No sé si me entiende...

Gaspar frunció el ceño un segundo antes de comprender. O creer que comprendía.

—Ahm... Bien, bien, la cosa queda así entonces. Espero que prosperen. Lo único... ¿Les importaría que pasase aquí un par de noches con ustedes?

El matrimonio perdió de vista a los pequeños poetas un instante para dedicarse una azorada mirada entre ellos.

En seguida Gustavo recobró la compostura y respondió.

—No, claro, por supuesto que no, pero, ¿está preocupado por nosotros? No hay razón para estarlo...

—No, no es eso, estoy seguro de que les irá bien. Los medios son suficientes para iniciar una vida digna aquí y ya veo que los pequeños poetas se preocupan por ustedes. Es por placer. Simplemente por estar en el momento en que se inicia una civilización simbiótica ante mis ojos.

Con un deje de duda, el matrimonio asintió.

* * *

La Nena 7 se alejaba de Maremágnum, un planeta con una gran isla apenas habitada y un sinfín de otras más pequeñas aún por habitar. Gaspar preguntó a Nena:

—¿Te has dado cuenta?

La computadora había reunido una miríada de partículas nanométricas de tal modo que formaban un cuerpo femenino. Gaspar no le había pedido que lo hiciera.

—Creo que sí.

—Vale, pues explícamelo, a ver si hemos entendido lo mismo.

La forma femenina era esbelta y de un color gris metálico. Aparentaba estar desnuda pero sin ofrecer demasiados detalles físicos. Con un gesto teatral hizo aparecer una butaca al lado de la de Gaspar y tomó asiento.

—Hemos sido manipulados —dijo Nena.

—Sigue —pidió Gaspar. También estaba desnudo.

—Las rutas comerciales que siguen las empresas que intercambian productos con Altamar no pasan por mundos acuosos vírgenes.

—Es normal, esas empresas van y vienen de mundos bastante civilizados que necesitan materias primas y exportan productos manufacturados.

Nena cruzó las piernas y se reclinó de un modo muy insinuante.

—Eso es. Y eso precisamente es lo que no necesita un poeta; mundos civilizados.

—Altamar está lejos de poseer una flota de naves interdim, por lo que no pueden alcanzar otras estrellas.

—Así que montaron un buen circo para conseguir atraer una nave.

Gaspar se reclinó también, recreándose en la artificial belleza de Nena. Extrajo un cigarrillo del paquete y se lo prendió. La primera calada fue profunda.

—Tiene que ser curioso ser un poeta. Imagina, desde su punto de vista es magia.

—Puede que lo entiendan así. Esos cuatro pequeños, que pueden ver a la familia, son verdaderos héroes.

—¿Viste cómo se comportaban?

—Sí. Como amos.

—Como amos ciegos. Creo, Nena, que en realidad estos cuatro tampoco ven a los humanos. No pueden. Eso de que habían superado la edad de la visión es un invento para justificar su extracción del planeta junto con la familia.

—Entiendo lo que dices. Los poetas tan solo manipulan fuerzas que no pueden ver ni entender. Ahora han llegado a otro lugar y han empezado una nueva vida. Y ni siquiera conciben cómo.

—¿Te fijaste cuando cantaban? Han empezado un nuevo Poema. ¿Crees que saldremos en la primera estrofa?

Nena se puso en pie, se aproximó con un etéreo contoneo a Gaspar y se sentó sobre su miembro. Si concentraba suficientes nano partículas en un punto concreto, podía endurecer cualquiera parte del cuerpo simulado. Comenzó a mover la pelvis.

Gaspar la dejó hacer.

© Eduardo Delgado Zahino,
(10.819 palabras) Créditos