El Electrobardo me observa, aunque no tiene ojos. Espera algo de mí. Una historia. Me ha estado instruyendo en el arte de transmitir los delirios propios con palabras para procurar que a los demás les resulten, al menos, divertidos.
Sus circuitos de incandescencia se ponen incandescentes, sus válvulas de vacío silban y un chorro de vapor surge de a saber dónde antes justo de expulsar un pedazo de papel fino con letras impresas.
Lo recojo y lo leo...
Estás en la estación de Charing Cross, o en la de Humanes, o en la que prefieras. Te encuentras una maleta llena de pegatinas de viaje y algo usada. No quieres abrirla, pero eres tan curioso/a y cotilla/o por naturaleza que no lo puedes evitar: la abres. Dentro hay un astrolabio, una máscara de carnaval, una brújula, un lápiz romo y un martillo de goma. También una trampa para ratones cerrada, unas hojas dobladas que resultan ser dibujos de un gran edificio (como una biblioteca o un banco), un libro vetusto y polvoriento que cuando lo abres enseña sus páginas en blanco. La cosa no acaba aquí: cuando te has cansado de mirar la maleta escuchas a un individuo alto y pálido gritar a los guardias de la estación que le han robado la maleta y la cierras de golpe. ¿Qué haces? Puedes hacer tres cosas: A) Te quedas la maleta y te inventas la historia del personaje que la ha perdido. B) Devuelves la maleta, pero tendrás que dar una buena excusa de por qué estaba en tu poder y por qué la devuelves con la cremallera medio abierta. C) Eres el señor que ha perdido la maleta y el joven o la joven que la ha encontrado te acusa ante los guardias de ser un ladrón.
Venga, explica ahora por qué tienes esas cosas en la maleta, listillo.
Suelto la hoja, me crujo los dedos, tomo asiento ante el artilugio de imprimir palabras y me lío un cigarrín. Todo en treinta segundos. Me lo enciendo.
Empiezo a escribir...

La maleta contenía un objeto de latón viejo parecido a un reloj, una máscara con cristales de colores, una brújula cuya aguja daba vueltas sin parar, un lápiz, una trampa para ratones cerrada y un martillo de goma. Me fijé en que debajo de todo esto había también un libro. Lo tomé y lo abrí. Estaba en blanco, aunque entre sus páginas había unas hojas dobladas con dibujos de un gran edificio que me recordó a una biblioteca... o un banco... no sé, un edificio antiguo, algo así como un museo, tal vez. Lo dejé y entonces lo vi. El objeto más curioso de todos, o eso pensé. Un oso Silverio tejido a ganchillo.
La verdad es que soy un tipo bastante violento, sobre todo cuando bebo, y cuando vi a aquel imbécil señalarme acusador sentí que la sangre se me acumulaba en las orejas. Hice el esfuerzo y mantuve la calma. Sonreí.
—No hay problema —dije.
Pero el tipejo ya venía hacia mí con pasos decididos y largos. Era alto y pálido, parecía un vampiro en blanco y negro, feo, muy feo. Los guardias avanzaban junto a él como abatidos. Ya me conocían.
—¡Suelta la maleta...! —comenzó a gritar el vampiro sin saber cómo acabar la frase.
Mi primer impulso fue el de arrojársela a la cara y romperle hasta el último de sus dientes, pero volví a contenerme. La dejé en el suelo y levante las manos mostrando las palmas. Además de todas esas muestras de evitación de pelea di un par de pasos atrás.
—¡... imbécil! —terminó de gritar.
Se abalanzó sobre la maleta y tanteó la cremallera.
—No he cogido nada —expliqué.
—¿Por qué está abierta? —preguntó el tipejo, mirándome.
Noté en sus ojos algo que no era ira.
—¿Has visto lo que hay dentro?
Si no miedo.
Hubiera mentido, en serio, pero supe, muy dentro de mí, que el no hacerlo era importante.
—Sí —respondí—, lo he visto todo.
—Vamos, Benancio, devuelve lo que hayas cogido y convenceremos a este hombre de que no te denuncie.
Ni yo ni el tipejo hicimos caso. Ni siquiera recuerdo el nombre de esos guardias y eso que me estuvieron levantando durante meses del suelo para echarme a la calle en plena borrachera.
Entonces el tipo se calmó. Del todo. Se incorporó con la maleta en la mano y terminó de cerrar la cremallera. Es curioso, pero fue cuando me di cuenta de que las pegatinas de viaje tenían fechas muy dispares: Córdoba 1035, Venecia 1722... No tenía sentido.
—¿Te llamas Benancio? ¿Benancio, con B?
Su actitud calmada hizo que mis orejas se enfriaran y la pregunta que mi borrachera incipiente desapareciera como por ensalmo.
—Sí, con B. Cosas de mi madre.
—Se equivocó al escribir tu nombre en el registro cuando naciste y el funcionario no se molestó en corregirlo.
—¿Cómo sabes eso...? —empecé a preguntar.
—No importa, señores —dijo entonces el tipo dirigiéndose a los guardias—, les agradezco su atención.
Los guardias bufaron y se largaron, esta vez con un paso algo más vivo. No querían estar allí.
—¿Quién eres? —pregunté.
El tipo sonrió. Poco, muy poco, pero lo hizo.
—El Coleccionista —respondió—. Todavía no me conoces, pero ya me conocerás.
Y como si con eso estuviera todo explicado, dejó la maleta en el suelo, la abrió y extendió la mano con la palma hacia arriba, como esperando a que yo depositase algo en ella.
Pensé en qué podía yo darle, qué podría llevar encima que fuera tan importante como para que el Coleccionista la anhelase de ese modo.
Lo único que tenía en aquel momento era una botella de Don Simón a medio beber. La saqué del bolsillo de mi levita raída y se la di.
—Perfecto —dijo—, la última botella de vino a medio beber del gran Benancio, con B.
Aseguró el corcho y la puso junto al oso de ganchillo.
Sacó de uno de sus bolsillos una pegatina, cerró la maleta, despegó el papel protector y la colocó en uno de los huecos libres que aún quedaban.
En la pegatina ponía: Madrid 2025.
Después se puso en pie, mirándome, se persignó con un símbolo extraño que no era la cruz y desapareció. Sin más. Estaba ahí y un segundo después ya no estaba. El aire rellenó el espacio que había estado ocupando él con su masa corporal y se oyó un curioso ¡PLOP!
Se esfumó en el aire
es la frase que definiría lo que ocurrió con el Coleccionista.
Salí del metro con la convicción de que no volvería a probar el alcohol en toda mi vida y persuadido de que, tomara la decisión que tomara, hiciera lo que hiciera a continuación, me ganaría el derecho a constar en una estantería de un coleccionista de objetos históricos de, posiblemente, un museo del futuro.
El Coleccionista alzó la vista del libreto y sonrió a la concurrencia.
—Esto lo escribió Benancio unos días después de mi encuentro con él.
Una mujer alzó la mano.
—La Gran Paradoja —dijo.
El Coleccionista asintió.
—A razón de esto se me prohibió volver a viajar en el tiempo. El Bucle se había completado.
La mujer se persignó con la Gran B sobre el pecho.
—Y todos se lo agradeceremos siempre, Coleccionista.
—Mi búsqueda de los objetos referentes del glorioso actual estado de las cosas fue lo que provocó el actual estado glorioso de las cosas. Sí, debéis agradecerlo.
Descorrió la cortinilla para que todos pudieran ver la botella de Don Simón avinagrado a medio beber.
Todos se persignaron con la Gran B.
FIN.
El Electrobardo recibe la hoja impresa con un curioso traqueteo. La analiza y expulsa otro papel impreso.
Lo recojo y lo leo:
¿Sabes que cualquier cosa que imagines está ocurriendo en alguna vibración del Multiverso?
No respondo. Para hacerlo tendría que escribirlo y ya no me apetece.