SI NO FUERA POR LA COMEZÓN
Felipe Bochatay
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Cuando Tiberius Moliere despertó de su largo e inquieto sueño, en el que nadaba desnudo por un río de cauce corrientoso que lo abrasaba con suavidad, ya eran más de las diez de la mañana. Pronto los placeres oníricos comenzaron a desvanecerse como un film que se quema y donde las aureolas se hacen cada vez más grandes hasta ocupar la totalidad de la cinta que se retuerce a sí misma. Los sueños recurrentes de nadar a la deriva en un río que se le hace cada día más familiar lo vienen acompañando, con asiduidad, desde el día que puso un pie en su nuevo trabajo.

Como ya es habitual en él, se estiró en la cama extendiendo sus extremidades, tensando brazos y piernas hasta que el dolor en los músculos tensos se hace intolerable. Esa práctica es la única eficiente para que Tiberuis rompa con los embrujos del sueño. En ese momento del día, y de todos los días de su vida actual, al salir del sueño es embestido por los sordos golpes del viento y la arenisca que arrastra, y que pugnan por ingresar en su diminuta unidad habitacional del bloque de viviendas de los trabajadores extractores de minerales.

Al llegar a su nuevo lugar de trabajo, hace un largo tiempo, esas violentas embestidas de viento y arenisca lo sacaban de quicio con facilidad, ahora, ya más curtido, forman parte del escenario con el que todos los días debe ser testigo involuntario.

Los violentos golpes contra el doble vidrio reforzado lo terminan de traer a su cama y a los dolores en todo el cuerpo, que comienzan a activarse como circuitos o luces de un antiguo computador al que le dan arranque.

Tras la tormenta exterior puede divisarse el cielo teñido de un naranja corriente de media mañana, todo normal piensa. Siente deseos de volver a nadar desnudo por ese ancho río que lo lleva sin rumbo, sin embargo se incorpora sin la prisa que lo gobierna todos los días, pues su turno de trabajo no comienza sino hasta dentro de cuatro horas.

Desnudo preparó el desayuno en su cafetera automática. Caminó dando círculos por la diminuta habitación que era todo su reino mientras comenzaba a rascarse la cabeza, y desde ahí, el cuello, los brazos y el tronco y a medida que descendía por su cuerpo se rasca más y más frenéticamente. Es incontenible la picazón una vez que uno comienza a rascarse y eso lo vuelve loco, un perro irracional lleno de pulgas que penetran su carne y circulan zigzagueantes por dentro.

El acto de rascarse es prácticamente democrático para los habitantes de a pie. Primero es una fricción con la yema de los dedos, como le enseñaron al llegar, sin embargo su concentración es por momentos débil y, como un gato que extiende sus uñas para atacar una fuerza incontenible, con pasión alocada ataca la piel en todo el cuerpo, frenéticamente, como un poseso. Pese a llevarlas escrupulosamente cortas y cuidadas no evita lastimarse, una fina línea roja comienza a surcar su espalda, caliente y húmeda.

Esos primeros minutos del día eran los peores, luego ese malestar que le provoca el ambiente se hace presente en todo el cuerpo como una culebra que avanza por dentro, pero, como si fuera un simple dolor en la espalda, una lumbalgia, puede seguir viviendo y realizando sus quehaceres con relativa normalidad.

La ducha es todo lo refrescante que se permite por la escasez de agua, el sistema de reciclaje funciona a la perfección pero sin embargo sabe a orines y a aceite de motor, y a tierra y minerales, en el mejor de los casos. La picazón le corroe, pero el agua es un bálsamo caro pero necesario para su piel, sus músculos, tendones y venas. Todo lo invade ese maldito aire viciado de arenisca que se cuela por todos lados arruinando máquinas y carnes.

Se seca con sumo cuidado de no volver a abrir viejas heridas. El café sabe a mil demonios, pero es todo lo que llega a esa maldita colonia. El azúcar es algo que brilla por su ausencia, por lo tanto a la fuerza se ha acostumbrado al más amargo de los sabores.

La ropa que le provee la empresa, un mameluco con colchones de aire que sirven para aliviar la comezón y mantener la presión interna a niveles aceptables, es lo único bueno y bien fabricado si no fuera por los espantosos colores opacos. Los guantes le hacen recordar a los que usa el ratón Mickey y el casco, de un blanco absoluto y con el logo de la empresa rematando en los parietales es la vestimenta típica para salir al exterior. Algunos, los que llevan ya algunos años en este marchito lugar ya están habituados a la diferencia de presión y a la arenisca, que es ignorada quien sabe con qué mecanismo mental.

Por otro lado la empresa ha fabricado unas drogas que endurecen la piel y hacen totalmente soportable la comezón, algunos individuos las usan, y muy ocasionalmente suele verse alguno por ahí, en particular forman parte de un ejército privado, una seguridad propia de la empresa que no ve con buenos ojos que sean vistos por la comunidad, por lo que tienen su propio lugar dentro de los edificios de sus jefes.

Lo cierto es que son repulsivos, hasta el punto de considerarlos no humanos. Tiberius siempre se pregunta si esos individuos no serán otra cosa distinta al humano original, al que quedó en la Tierra. Estos transhumanos, así les llaman entre sus compañeros de trabajo, hasta manifiestan una animalidad distinta a todo lo conocido pero al ser todavía tan ocasionales el tema pasa desapercibido.

¿Qué los hace diferentes y a la vez horrorosos? ¿Lo siniestro de la similitud? ¿La certeza que tras ese rostro con dos ojos, boca y nariz algo no cuadra? Prefiero pensar, dice para sus adentros Tiberius, que la diferencia está en cómo piensan y a quiénes obedecen más que en lo tenebroso de la semejanza.

Con esos pensamientos llega caminando, arrastrando los pies contra el polvo que golpea todo su cuerpo, hasta el subte-metro que desde su departamento está a unos quinientos metros. Sin embargo desandar esa corta distancia es tan cansador como escalar una montaña en la Tierra. Podría hacerlo con una moto-vehículo de alquiler, pero hacer esos mil pasos diarios le dan la templanza necesaria para no subir al próximo orbitador espacial y largarse de ese inmundo planetoide a tres años luz de su casa.

Los escaparates de los negocios de la gran avenida que surca el suelo arcilloso y yerto poseen la extraña virtud de adherir a su vidrio templado todo el polvo posible, lo que hace casi imposible ver hacia su interior. Para colmo de males por las noches se encienden esas luces de neón estridentes que, combinadas con la arenisca suspendida en el aire, a modo de lluvia que pende eterna en el aire, tienden a desdibujar los productos que exhiben, la poca gente que transita esas calles o los deshilachados vehículos que pueden haber quedado a la intemperie.

Todavía recuerda Tiberius los primeros días que le siguieron a su arribo la deprimente imagen nocturna como una postal de unos siglos pasados en la Tierra, como un film de ciencia-ficción con gente caminando bajo la lluvia bañada por las luces de neón.

Finalmente despierta de sus ensoñaciones y cavila, piensa automáticamente, tiene dos opciones para llegar a un mismo destino. En definitiva se decide por el que sale a la superficie en un pequeño trecho de su trayecto. Eso le permite recordar dónde se encuentra, lo que está haciendo, y cuánto tiempo le queda en ese inmundo lugar para acabar su tarea.

Pensativo y con un momentáneo alivio, una tregua que le da la comezón, comienza a departir con una joven que, absorta, no desvía los ojos de su viejo libro de papel. Cuánto tiempo hace que no veo un libro de papel, piensa Tiberius, uno de esos que hay que coger con los dedos sus páginas para poder pasar a la siguiente.

Desciende del subte-metro y camina unos metros hasta la cinta transportadora que lo lleva hasta la boca de la mina. Como en todas las minas de este lugar el polvo vuela a sus anchas y se pega a cualquier parte del cuerpo, cubierto o no, inclusive en lo profundo de los pozos, aunque en menor medida. Toma el ascensor que lo lleva hasta la parte más profunda en la que se encuentra haciendo prospecciones geológicas desde que llegó.

Se coloca el traje protector en solitario, los compañeros del turno anterior ya están manejando las máquinas extractoras. Toma su equipo y se dispone a trabajar aunque a su pesar sin saludar o detenerse a conversar con sus compañeros. Es la actividad preferida de Tiberius al comenzar la jornada laboral pues considera que tantear el humor de los compañeros es de suma importancia para conocer el estado de las cosas.

En lo que va del día sospecha que no será uno memorable, aunque así lo desee. El trabajo de extracción de minerales es duro y el ambiente viciado puede ser desesperante. En el momento del descanso, ya entre sus compañeros, se desploma en uno de los sillones dispuestos en una sala para tal fin, aunque a más de mil metros de profundidad.

Mira la negrura de su café y ahí se queda hipnotizado. Frente a él se encuentra Alphonsus Moebius, que llegó hace poco menos de un año y la picazón lo tiene a maltraer, se ha dejado en carne viva partes de la cara y la nariz ya es una bola de sangre y carne al rojo furioso que no deja de supurar un líquido viscoso y no logra cicatrizar. Parece un rostro mal dibujado. Su gordura, su tez blanca y la prominente papada solo agravan el hormigueo que siente por todo el cuerpo.

El malestar es generalizado entre los maquinistas. La comezón hunde en la locura hasta la persona con más auto control del planeta. Nadie habla, cada uno se limita a observar su bebida, el exceso de ozono y polvillo, que no puede ser filtrado por las máquinas, destruye todo atisbo de cordura. Todo lo invade ese maldito aire viciado, ese ozono para gente de segunda, esa arenisca que democratiza más las espantosas condiciones de trabajo de los menos aventajados.

La pantalla del televisor transmite la música de moda pero Alphonsus, sin mediar consulta de sus compañeros, se incorpora y cambia el canal enganchando un programa de noticias. En la pantalla, como siempre, la Resistencia Limpia sigue colocando bombas en sitios estratégicos reclamando un cambio climático inmediato y rotundo antes que sea el fin de todos. El famoso volantazo antes del punto sin retorno. Los decrecionistas y sus posturas a medias tintas han sido borrados del mapa o cooptados por los más radicales que se están colando en los distintos estratos de la empresa.

En la tele los policías reparten palos y lanzan bombas sónicas contra los manifestantes, pero a duras penas logran dispersarlos dado que estos corren como hormigas, desarmando y volviendo a armar filas, resistiendo las embestidas de esas armas que aturden y afectan el equilibrio, mientras uno que otro de cada bando se rasca frenéticamente pese a portar los trajes de presión. Todo parece bastante normal desde los mil metros de profundidad en que se encuentran y el televisor en modo silencio, son como muñequitos dirigidos por un niño caprichoso que gusta de romper por ambos bandos.

Los dos soles, que giran atrayéndose uno a otro en elipsis medianamente predecibles y con ello afectando constantemente la precaria atmósfera del planetoide, comienzan a ponerse en el horizonte y el viento toma renovadas fuerzas como ciclón que amenaza golpear la tierra desde el mar. Entre las escaramuzas bélicas y la puesta de los soles todos corren desordenadamente, algunos a refugiarse y otros a retomar posiciones de combate.

—La situación está cada vez peor parece, debemos hacer algo —dice Alphosus, sin comprender bien porqué lo dice—. Esto es un infierno, nosotros muriendo acá y Los Jefes dándose la gran vida, con su aire puro y todos esos putos filtros que sólo ellos se permiten —grita hacia nadie en definitiva, tal vez un tanto porque no tiene perfecta convicción de lo que manifiesta.

—Es cierto —tercia Leopoldo que, desparramado en el sofá, sorbe la última gota de café aguado—. No aguanto más este cuadro, ya no soporto más este ozono del demonio... —no termina de hablar dado que rompe en un llanto histérico mientras se rasca la nuca como un niño con piojos dentro del cuero cabelludo.

Tiberius se incorpora y abraza maternalmente a Leopoldo. Le toma las manos entre las suyas para que deje de rascarse pero ello solo sirve para que su cuerpo comience a convulsionar en cámara lenta. Los casi dos metros de altura y el ancho de las espaldas de Tiberius conceden un aspecto extraño a la situación. Todos miran impávidos, con vergüenza.

—Usemos las máquinas en favor de Resistencia Limpia —dice Tiberius, que se endereza y gira el rostro dirigiendo una mirada de fuego hacia el resto de los compañeros—. No podemos seguir impasibles, este es nuestro lugar ahora, nuestro maldito hogar de mierda, miren como se están matando en la tele, hace un año que no llega leche ni frutas ni carne— dice mientras pone los brazos en jarra para inmediatamente alzar la mano hacia el televisor.

—En mi caso, y debe ser el de todos los presentes, hace dos meses que no tengo comunicación con mi familia, el sistema de comunicación civil, esa antena comprada a precio de chatarra supuestamente está rota y no pueden repararla —Alphonsus se toma la cabeza con las dos manos mientras se desploma en el sillón.

—Me retiro, concluyó mi turno —dice Tiberius—. Pero algo hay que hacer —y sin tiempo a que sus compañeros devuelvan alguna palabra abandona la sala en silencio y con la mirada a la nada, tal vez un poco teatralmente, tal vez porque no sabe si esta es su casa o si esta es su guerra.

De regreso a su hogar, a su habitación, por el túnel protector transparente de la superficie, camina con la cabeza gacha, mientras afuera los vientos se intensifican, como de costumbre. Casi sin una pizca de asombro, ya son una parte del paisaje, ve correr en sentido contrario, fuera de la manga, a cuatro adolescentes con armas cortas láser en sus manos. Uno de ellos no debe tener más de quince años, flaco y esmirriado enfrenta las fuerzas del orden y de la naturaleza. En la entrada al subte-metro un grupo de personas que ronda los setenta años y a punto de jubilarse portan pancartas y carteles holográficos 3D. Los mensajes son muy duros contra el gobierno de Los Jefes.

De inmediato Tiberius gira en redondo retornando por donde venía. Los puños le duelen de tan apretados que los tiene. Sus pasos ligeros lo dirigen hacia su trabajo, hacia la mina de extracción, hacia sus compañeros, una idea se le ha metido en la cabeza y hasta que no la plantee ni la ponga en marcha no cejará. No entiende bien qué es lo que le pasa, nunca fue revoltoso ni contradictor de las normas, pero esa picazón que le recorre el cuerpo no es sólo por la deficiente filtración del oxígeno. Algo más profundo le pica en su cuerpo y es la idea de patear el tablero, dar un giro de ciento ochenta grados a todo y hacerse del control.

El subte-metro está atestado y con demoras, las fuerzas armadas de Los Jefes a duras penas pueden contener con su ejército de humanos no humanos a quienes son más en número pero sin armas en su inmensa mayoría. Decide correr, tiene el viento a favor, hacia su puesto de trabajo. Llega con un paso rápido, jadeando pero con una idea en ciernes que le hace explotar el corazón.

Se coloca su traje de protección y se zambulle en las profundidades del planetoide proveedor de metales de la Tierra. Encuentra a sus compañeros de turno en plena actividad extractora. Los convoca por el radio.

Al cabo de veinte minutos sus compañeros se concentran en torno a él. Son diez hombres y mujeres abatidos por las penurias laborales y el ambiente. Se siente poderoso, un líder nato, habla como nunca lo hizo en su vida, inclusive ha dejado de rascarse.

—Muchachos la revuelta de Resistencia Limpia va a ser apaleada si no cuenta con nuestro apoyo... —mira a los ojos a todos en un giro de casi ciento ochenta grados.

—Vale, vale, pero no olvides que somos empleados de Los Jefes —dice Alphira Noemius, una mujer de finos labios, cabello blanco y turgentes pechos que a pesar de contar con más cincuenta años es la delicia de los compañeros. En sus años mozos debe haber sido despampanante, piensa Tiberius, conserva esa belleza que los años no hacen más que dignificar pese a los mazazos del tiempo y este ambiente.

—No importa, esto va más allá —dice Tiberius.

—Yo voto de darles por el culo a esos mal nacidos —dicen al unísono Alphira y Alphonsus. Se miran asombrados por la sincronía.

—Tomemos las máquinas y llevémoslas a la superficie, seremos invencibles —se adelanta a decir Alphonsus entre lágrimas y mocos.

Al unísono ocho miembros del turno se colocan los exoesqueletos que les sirven de apoyo para manejar las gigantescas máquinas extractoras. En cuestión de minutos una tras otra comienzan a emerger a la superficie del planetoide como gigantescas hormigas que salen de su hormiguero-hogar en son de guerra. Una guerra a tres años luz de casa y sin embargo una guerra por esa nueva casa.

Ocho máquinas, cada una del tamaño de una astronave pequeña, algo así como cinco mil toneladas de metal, con tres patas y cinco brazos, hacen su aparición destrozando calles y estructuras a su paso.

Alphonsus, es quien lleva la delantera al grito de Viva la Revolución Limpia. Arrasa con las motos gravitacionales de los polis. No tuvieron oportunidad ni tiempo para desplegar sus robots manuales. Algunos policías y militares privados transhumanos, ante la nueva disparidad de fuerzas, y un poco por propio convencimiento, bajan sus armas y toman posición junto a los manifestantes.

—No podemos seguir con esta picazón, tienen que darle una solución, merecemos una mejor calidad de vida —dice Tiberius por el altavoz de su máquina.

Como endemoniados toman rumbo hacia el edificio mayor de la única metrópolis del planetoide, donde se encuentran los jefes. Desde la cima, a unos mil metros, algunas naves pequeñas, individuales, ya han tomado vuelo hacia la luna artificial que orbita el planetoide. Muchos jefes no podrán salir, las máquinas comienzan a golpear las bases del edificio provocando destrozos estructurales irreversibles. Detrás los jóvenes y ancianos que vitorean cada uno de los zarpazos que dan los ocho revoltosos como serán recordados.

Otros jóvenes, aún contra el poderoso viento que recorre el planetoide en circunvalaciones eternas, se dedican a saquear las oficinas de Los Jefes. Ahora ya son una tempestad, un paisaje habitual entre las nubes de color sodio y la revuelta por el momento ha triunfado. Sin embargo es el momento de las grandes decisiones, de lo peor, determinar quién será el nuevo jefe, el que gobierne este maldito planetoide que tarde o temprano será asediado por Los Jefes.

Algunas revoluciones comienzan con cabezas rodando, otras con una molesta picazón, en las tierras francesas del siglo XVIII o en un modesto planetoide a poco más de tres años luz de casa.

© Felipe Bochatay, (3.263 palabras) Créditos Créditos Créditos Créditos Créditos Créditos