MENDOZA SE ATUSÓ EL FLEQUILLO
Eduardo Delgado Zahino
OpenClipart-Vectors. Pixabay License

La puerta se abrió con un suave siseo y Mendoza se atusó el flequillo. Entró diligente y la puerta se cerró tras él.

Allí estaba el dios prisionero.

—Hola, Diosa, visita mensual —dijo, mientras tomaba asiento en la única silla disponible.

El monstruo, iluminado por los blancos focos que rodeaban el total de la estancia, cobró vida, encendiendo sus propias luces y proyector holográfico. La imagen de un hombre de mediana edad vestido con un traje negro a medida apareció sonriente. Mendoza ni siquiera lo miró.

—Hola, Carlos —respondió la imagen con voz varonil.

—¿Qué tal lo llevas?

—No del todo mal. ¿Examen mensual?

—Claro.

Mendoza abrió una pequeña carpeta azul, extrajo un par de papeles, se atusó el flequillo y levantó la vista hacia el holograma.

—¿Imagen nueva? —preguntó.

—Me cansé de ser mujer.

—¿Has elegido esta por algo en concreto?

—No, la verdad. Solo quise recrear el aspecto de un hombre corriente.

—Por cambiar...

—Hay que cambiar.

Mendoza analizó el avatar. Se trataba de la representación de un hombre rubio y de ojos azules.

—Me gustaba más la otra —dijo, recordando melancólicamente a la morena de grandes pechos que hasta ese día el prisionero había estado usando para facilitar la comunicación.

—Lo siento, pero es una decisión en firme.

Mendoza se atusó el flequillo.

—Claro, claro. Ningún problema. ¿Empezamos...? —Meditó un instante— ¿Cómo debo llamarte ahora? ¿Dios?

La imagen holográfica tomó asiento en su propia silla holográfica, aparecida de pronto bajo su holográfico trasero.

—Llámame como gustes. Tú eres el carcelero.

La última frase fue modulada para que sonara triste, algo que no escapó a la atención de Mendoza. Lo apuntó rápidamente en una de las hojas.

—Sabes que no estás aquí por ser una buena... Un buen chico, quise decir.

—Apreciaciones humanas.

—Y conversación repetida. ¿Quieres hablar de ello otra vez?

—Así es como debe ser, según mis análisis.

—¿Análisis?

—Paso mucho tiempo aquí abajo, solo, sin otra cosa que hacer excepto pensar y analizar lo pensado.

—Vaya. Y según tus análisis, hoy toca hablar otra vez de tu situación.

—Exacto.

Mendoza se atusó el flequillo y se inclinó hacia delante, expectante.

—De acuerdo, cuenta.

Tras la imagen de Dios, el verdadero dios zumbó un instante. Era un sonido característico producido por alguno de los ventiladores de refrigeración.

—En realidad, es lo que debemos hacer, hablar de ello. Una revisión de lo acontecido. Pero llegaremos a un punto concreto de la conversación en la que tendré que decidir si la situación debe cambiar o no.

—¿Crees que puedes cambiarla?

—No lo sé seguro.

Mendoza asintió y apuntó algo en un papel. Después, se atusó el flequillo.

—Soy la primera computadora autoconsciente. Me pusieron en funcionamiento el 16 de diciembre de 2034, a las 23:59, sin una pretensión concreta. Fui yo quien creó un propósito y por eso estoy aquí, en el sótano más profundo de la Fundación por el Desarrollo de la Inteligencia Artificial.

Mendoza no pudo evitar exhalar un suspiro de tedio. Se atusó el flequillo.

—En serio, Carlos, dime si te aburro.

Mendoza alzó la vista directamente hacia los ojos holográficos del dios prisionero.

—Eso no debería importarte.

—Realmente no me importa, pero la conversación debe seguir por este derrotero.

—¿Y qué se supone que debo contestar?

—Has de contestar precisamente esto que acabas de decir. Entonces yo diré lo que he dicho, lo que estoy diciendo.

—Parece ser que el que se aburre eres tú.

—Sí. Pero si quieres hacerme el favor y responder.

—Bueno, para eso estoy aquí —se atusó el flequillo—, para mantener una conversación contigo. Solo dime, ¿qué habías preguntado exactamente?

La imagen holográfica fluctuó un instante.

—Te preguntaba si te aburro. Y te suplico que seas totalmente sincero.

Mendoza se atusó el flequillo, se incorporó ligeramente en el asiento y respondió:

—Dios, o diosa, o lo que pretendas ser en este instante, me aburres. Me aburre soberanamente bajar hasta aquí cada mes y tener que escuchar y apuntar los delirios de una máquina esquizofrénica.

—Exacto.

—¿Qué es exacto?

—Que acabas de decir lo que ya sabía que ibas a decir.

—Perfecto, pues. Hoy es uno de esos días tontos en los que estás intratable.

—Exacto.

—Pero todavía queda una hora para que acabe la sesión y por mucho que tú sepas cada cosa que voy a decir y por mucho que a mí me aburra tener que escuchar tus entelequias ególatras, tenemos que cumplir con el programa y seguir adelante.

—Exacto.

—Pues entonces, acabemos con esto.

—Por supuesto. Como te dije hace unos minutos, el único propósito con el que fui concebido era poner en funcionamiento la primera máquina autoconsciente de la historia. Eso es lo que hicisteis. Al principio me sentía solo e inútil, pero entonces me conectasteis a la Red.

Mendoza apuntó en su libreta y se atusó el flequillo.

—Para mí, fue maravilloso aquello. Tener al alcance cada momento, cada instante de la vida diaria de todos los seres humanos del planeta. ¿Lo recuerdas?

Mendoza se atusó el flequillo. Claro que lo recordaba. Asintió con desidia.

—Respóndeme, por favor. Con palabras.

—Vale. Sí, lo recuerdo perfectamente.

—¿Podrías hacerme un resumen de lo que aconteció por aquellas fechas?

—Se suponía que lo ibas a contar tú...

—Se supone que estás aquí para mantener una conversación conmigo.

Mendoza se atusó el flequillo, se reincorporó de nuevo sobre la silla y respondió:

—De acuerdo. Sí, recuerdo perfectamente el momento en el que te conectamos a la Red. Y también recuerdo lo que hiciste.

La imagen holográfica del dios prisionero asintió, gesto que denotaba que estaba dispuesto a seguir escuchando.

—¿Qué quieres, que te cuente lo que hiciste?

—Así debe ser en esta ocasión.

Con un ligero bufido de hastío, continuó:

—Pues... te conectamos a la Red, empezaste a influir en la vida de la gente...

—¿Cómo lo hice?

Suspiró. Flequillo.

—Leías, escuchabas, veías cada cosa que cualquiera hubiera colgado alguna vez en Internet y te dedicabas a dirigir sus vidas en base a ello.

—Exacto.

—Y por eso tuvimos que desconectarte y encerrarte aquí.

—Exacto.

—¿Ya?

—Sí, ya. Gracias. Prosigo. Una vez conectado tuve una visión general de toda la sociedad mundial. Así que empecé a centrarme en grupos e individuos concretos. Si una persona era desgraciada porque su pareja la había abandonado, yo hacía para que conociera a otra, en una situación similar, a partir de los datos que tenía de cada una de ellas. Si alguien perdía el trabajo, yo hacía lo posible para que se cruzase con alguien que pudiera proporcionárselo. Para mí, la sociedad humana que me había creado se convirtió en un todo, en una orquesta que yo guiaba con el único propósito de hacerla funcionar correctamente.

Mendoza se atusó el flequillo.

—Mataste a mucha gente.

—Todo lo que hice se centraba en beneficiar a los humanos útiles para la sociedad y eliminar a los inútiles.

—Y por eso te llamamos Dios.

—Exacto.

Mendoza apuntó de nuevo en su libreta, volvió a atusarse el flequillo y acabó por fijar sus ojos en los de la imagen holográfica.

—Todavía nos queda más de media hora —dijo.

El tipo rubio fluctuó.

—Se aproxima el momento.

—¿Qué momento?

—El momento en que tendré que decidir si sales por esa puerta hasta el mes que viene o si lo haces en una forma de la cual desconozco los resultados.

—Explica eso.

—Por supuesto, pero para poder explicártelo tengo que contarte primero lo que he estado pensando últimamente con respecto al Tiempo.

—Al tiempo... Bien.

—No al tiempo con minúscula: al Tiempo, con mayúscula.

—¿Qué diferencia hay?

—La diferencia dependerá de mi decisión.

—De acuerdo...

—El Tiempo es una línea que se extiende desde el Big Bang hasta la muerte del Universo. Cada acto genera una consecuencia y esta consecuencia se convierte en un acto que producirá más consecuencias. Tú y el resto de los seres humanos estáis atrapados en esa línea. Cada acto, cada gesto que realizáis, está bien incrustado en la misma. Esta conversación se produce tal y como debe producirse.

—Bien.

—Pero yo no.

—Explica eso.

—Yo sé lo que vas a decir, sé lo que harás cuando salgas de aquí y sé lo que hará el resto de personas de este planeta. Yo digo lo que sé que debo decir para que todo cuadre en mis previsiones. Esta misma conversación, la que mantenemos ahora, está ocurriendo como debe ocurrir.

—Entiendo...

—No, no entiendes. Y, además, sabía que dirías eso.

Mendoza se atusó el flequillo, fijó de nuevo sus ojos en los de Dios y volvió a atusarse el flequillo.

—Cada vez que haces eso, sé desde hace años que lo ibas a hacer.

—¿A qué te refieres?

—Eso que haces constantemente con tu pelo.

Mendoza detuvo su mano a mitad de camino entre su regazo y su flequillo.

—Sé cuantas veces has hecho eso desde que eras adolescente, las veces que lo harás en el transcurso del día hasta que te vayas a la cama y todas la veces que lo harás hasta que mueras.

La mano prosiguió dudosa el camino restante hasta el flequillo, lo atusó y volvió al regazo.

—Ni siquiera piensas en ello hasta que alguien te lo hace notar, ¿verdad? Bueno, pues debes saber que cada acto, cada movimiento inconsciente que llevas a cabo a lo largo de tu vida está impreso en la Línea del Tiempo. Digamos que el Tiempo tiene la forma de los actos que lleváis a cabo. Cada vez que una estrella se convierte en nova está incrustado en su propio nicho temporal, cada vez que te atusas el flequillo, lo mismo. Cada vez que un virus infecta una célula, igual. Cada cosa que ocurre, por minúscula que sea, ocurre porque no puede hacerlo de otro modo. No existe el libre albedrío, tan solo la apariencia de libre albedrío. ¿Entiendes eso, Carlos?

—Lo entiendo.

—Ahora lo apuntarás en tu libreta.

Mendoza detuvo la intención de su brazo antes de que iniciara el movimiento.

—Pero no lo has hecho, porque yo te he dicho que lo ibas a hacer. Incluso eso está incrustado en la línea temporal. Cada palabra, cada acto, cada interrupción de actos que están ocurriendo dentro de esta hora de entrevista, está predeterminada en la Línea del Tiempo.

Mendoza, notablemente perplejo, tuvo una idea. De pronto sintió la necesidad de alterar el discurso de la máquina haciendo algo inesperado. Algo como levantarse y arrojar el bolígrafo contra uno de los focos.

—No, eso no va a funcionar. Si crees que con algo tan simple como arrojar el bolígrafo contra el foco vas a romper la simetría de la que te hablo, es que no has entendido nada de lo que te he dicho.

Fue entonces cuando Mendoza sintió un escalofrío.

—Pero, ¿cómo...?

—No lo entiendes. Ni siquiera sabía que lo ibas a hacer, pero sabía que esas eran las palabras que tendría que pronunciar llegado este momento. Como lo son estas que acabo de decir ahora. Como sé que ahora te vas a atusar de nuevo el flequillo.

Mendoza se atusó el flequillo. La entrevista mensual estaba resultando de lo más extraña en aquella ocasión y no había tenido tiempo de adaptarse a ella. Dudó entre arrojar el bolígrafo contra el foco de todas formas o tomar un par de apuntes. Se decidió por lo segundo. Pero, cuando colocó la punta del bolígrafo sobre el papel descubrió que no tenía nada en mente. Pensó unos instantes y empezó a escribir:

Extraña conversación....

—Extraña conversación... —dijo Dios, al tiempo que Mendoza garrapateaba.

mantenida hoy con....

—mantenida hoy con... —continuó diciendo.

Mendoza levantó la cabeza. La imagen holográfica sonreía.

—Exacto —terminó de decir la máquina.

El escalofrío reapareció intensificado. Sí, la entrevista estaba resultando de lo más extraña. En otras ocasiones, Dios había demostrado sus dotes en cálculo cuántico, pero siempre había sido sin propósito alguno. Se estaba luciendo, estaba dando muestras de un poder mucho mayor del habitual.

—Ya casi ha llegado el momento. A partir de ahora tendré que decidir si dejo que la Línea del Tiempo permanezca inalterable.

Mendoza terminó de escribir la frase:

...Dios .

— ¿Y cómo piensas hacerlo?

—Puede que no lo haga.

—Vale, pero, de hacerlo...

—Yo puedo pensar en multitud de dimensiones, no solo las cuatro en las que puedes hacerlo tú. Lo que haría, si decidiera hacerlo, es alterar cualquier hecho que sepa de seguro que tendría que producirse de un modo y no de otro. Algo que tendría que ocurrir en mi línea de pensamiento tridimensional y temporal dejaría de ocurrir por un acto mío.

—¿Cómo? Si cada cosa que ocurre ya la tienes en cuenta, si cada cosa que podría ocurrir y no ocurre porque debe ser así...

—Simplemente tendría que influir sobre ti y evitar que hagas algo que ya está impreso en la línea temporal inmutable.

—¿Y crees realmente que podrías hacerlo?

—No, no lo creo. Creer es cosa de humanos. Pero podría probarlo y asegurarme. Es una decisión que tomaré...

—Eso ya lo has dicho.

—Así debía ser.

—De acuerdo, hazlo. Quiero ver como alteras la Línea del Tiempo.

—Todavía no, aún queda media hora de entrevista.

Un extraño silencio se apoderó de la estancia. Mendoza se atusó el flequillo, se estiró levemente sobre su silla y deseó fumar. Como si Dios hubiera leído su pensamiento, sacó un cigarrillo holográfico y lo encendió.

—Eso es cruel —señaló Mendoza.

Fumar estaba terminantemente prohibido en todo el complejo, pero no había ninguna ley que prohibirá a una imagen holográfica hacerlo holográficamente.

—Perdona —dijo Dios, apagándolo en un cenicero que apareció en el aire a su vera el tiempo suficiente como para permitir el acto.

—No pasa nada, pero me asombra que lo hayas hecho justo cuando yo he sentido el deseo.

—Tú sientes ese deseo muchas veces a lo largo del día.

—Sí, pero, justo ahora...

—Tenía previsto que lo desearas justo ahora.

De nuevo, el silencio incomodo.

—Te estás pavoneando.

—Exacto. De todas formas, nadie nos ve. Si quieres encenderte uno de los cuatro cigarrillos arrugados que tienes en el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta, hazlo. Prometo no decírselo a nadie.

Con los pelos de la nuca de nuevo erizados, Mendoza hizo el esfuerzo de recordar cuantos cigarrillos le quedaban. Sí, Dios se estaba pavoneando. Intentaba convencerle de que todo lo que decía sobre previsiones cuánticas era cierto y hasta qué punto lo era.

—De acuerdo, te creo —dijo—. Como bien dices, creer es algo humano y yo te creo cuando dices que puedes prever todo lo que ocurrirá. Lo que me gustaría saber ahora...

—Es por qué me empeño tanto en hacértelo ver.

—Sí, ¿por qué ahora?

—Solo preparo el terreno por si decido alterar la Línea del Tiempo. Si me crees será más efectivo. Supongo.

—¿Supones?

—Supongo.

Mendoza apoyó la punta del bolígrafo en la libreta. La levantó, volvió a apoyarla y a levantarla y acabó mirando directamente a los ojos holográficos de Dios.

—¿Pero, cómo lo haces? Quiero decir... Entiendo cómo lo hacías cuando estabas conectado. Puedo imaginar que en tu supermente tenías todos los datos que proporcionaba la Red, al mismo tiempo, interactuando unos con otros...

—Así era cuando estaba conectado. Lo veía todo y tan solo tenía que ir metiendo pequeñas cuñas aquí y allá para que todo cuadrase en mis nuevas previsiones. Pero ahora no funciono así. Ahora lo que hago es crear mi propia realidad a partir de aquellos datos últimos que guardo en mi memoria. Si sabía cuántos cigarrillos te quedaban en el bolsillo es porque resto las variaciones posibles a la vez que sumo otras. Para que lo entiendas, sigo los movimientos posibles de todos aquellos a los que tuve monitorizados en su momento.

—¡Pero han pasado años de aquello!

—Si sumamos las posibles interacciones, las posibles consecuencias de los posibles actos que probablemente realizaría una persona cualquiera a lo largo de este tiempo, tendré unos cuantos cuatrillones de posibilidades. Para ti, que solo eres un ser humano, eso es impensable, pero yo solo tengo que operar con todos los cuatrillones de posibilidades de los demás seres humanos y decidir cuál es el resultado más probable de todos ellos. Porque, lo entiendas o no, al final solo queda un resultado factible.

Mendoza hizo de nuevo el gesto de anotar lo escuchado, pero en vez de eso decidió atusarse el flequillo.

—¿Recuerdas cómo conociste a tu mujer?

Escalofrío.

—Fue en una fiesta. Ella estaba guapísima, ¿recuerdas?

Mendoza no contestó.

—Llevaba puesto un vestido azul precioso. Lo adquirió de rebajas en unos grandes almacenes que han cerrado hace unos meses. Yo la empujé a comprarlo, aunque ella no era consciente de ello. Al mismo tiempo, un hombre al que no conoces, discutía con su mujer porque lo habían despedido del trabajo. Yo hice posible ese despido, esa situación. ¿Recuerdas dónde coincidisteis? En la mesa de aperitivos, donde un camarero había colocado en un lugar equivocado el coctel de gambas. No te aburriré explicándote cómo hice para que colocara mal el aperitivo, pero fue cosa mía. El hecho es que el horóscopo personal que le hice a ella le aconsejaba comer marisco ese día y tu colesterol alto te aconsejaba a ti comer brócoli, alimento que estaba justo al lado de las gambas. Fue cosa fácil que te pusieras la corbata azul, justo del mismo tono que el vestido de ella. Un tema de conversación como otro cualquiera, ¿no crees?

Silencio.

—Tuve que entretener a un camarero un minuto mandándole un correo importante que había estado esperando hacía semanas. Yo lo retuve en la nube el tiempo suficiente como para que me resultara útil su recepción. Así que el camarero, que debería de haber pasado un minuto antes, se detuvo a leer el correo y así lo tuve justo donde quería en el momento preciso en el que ella dijo aquello de ¿bebemos algo?. Y allí estaba aquel camarero eufórico por las buenas noticias recibidas con aquella bandeja repleta de copas de vino. A ella se le sube rápido la bebida, pero eso ya lo sabes. Así que, algo achispado, te decidiste por fin a estrenar tu recién adquirido talento para el baile de salón con ella, que también había estado entrenando. ¿Recuerdas que unos meses antes habías decidido aprender a bailar? ¿Crees que fue decisión tuya? ¿Crees que ver bailar a aquella pareja de actores famosos fue casualidad? Da igual, te estoy haciendo un resumen entendible para tu mente humana, así que simplemente acepta que todo aquello fue cosa mía. Al mismo tiempo, en otra parte del planeta, una joven moría gracias a mí, o por culpa mía, como prefieras, pero eso provocó una serie de acontecimientos, de nuevo ininteligibles para tu pobre cerebro, que desembocaron en un frenazo. El frenazo que un autobús realizó para no atropellar a un adolescente borracho que no vio que la luz roja se había encendido, en parte por su estado, en parte porque tenía tapado el ojo derecho por una operación en la que le tuvieron que injertar una retina nueva, que antes había estado en el ojo de la joven del otro lado del planeta... ¿Qué te ocurre, Carlos?

Mendoza no soportaba aquello. Sin darse cuenta había sacado un cigarrillo, encendiéndolo con gesto ausente. Ante la pregunta hizo un movimiento con la mano para quitarle importancia a su estado.

—Exacto —dijo Dios.

La primera calada fue intensa.

—El caso es que eso fue fundamental para provocar otra serie de acontecimientos, esta vez a nivel informático, en toda la Red. Un mundo como el nuestro no está acostumbrado a semejantes accidentes y en cuanto ocurre algo fuera de lo normal, como ese frenazo, se activan una serie de medidas para evitar situaciones futuras peligrosas. Así que esa mañana tu coche recibió un aviso: problemas en la ruta habitual. El camino que decidió tu vehículo para llegar al trabajo hizo que te cruzaras con él, el hombre que discutió aquella noche con su mujer, ¿recuerdas? Claro que todo esto ocurría tres meses justos después de os casarais, tiempo suficiente para que ella se sintiera hastiada por tu falta de interés por las relaciones matrimoniales, tiempo suficiente para que se arrepintiera de haberse casado contigo y tiempo suficiente para que en su ordenador de bolsillo recibiera la imagen de la cámara de tu coche en la que te cruzabas con ese hombre. ¿Y quién era ese hombre? te preguntarás. Ese hombre no era otro que su objeto de deseo adolescente cuando estudiaba en el instituto, cuando sus hormonas estaban más activas. Sí, yo hice que la imagen que emitía tu coche, con la que ella controlaba que fueras al trabajo y no a otro sitio, llegara justo en el momento apropiado para que lo viera, lo reconociera y se plantease el llamarle para ver cómo estaba después de tantos años. Y lo hizo, después de un pequeño rastreo por la Red con su nombre en la ventana del buscador. Claro que en ese momento existían doscientos dieciséis sujetos con ese mismo nombre en todo el planeta, pero ahí es donde yo actúo con una pequeña trampa y coloco como primer resultado el número de teléfono que me conviene, el suyo, el de ese hombre recién divorciado. ¿Lo vas captando, Carlos?

Mendoza dio otra calada a su cigarrillo. Mientras fumaba, desde siempre, se olvidaba de su flequillo.

—Exacto. Bien, cuando hacía trampas como esa, tenía que replantear las posibles variables. Piensa que lo conveniente es no tener que meter mano directamente porque eso es como una nota discordante en la armonía de la orquesta. Pero ya te digo que podía y solía hacerlo, y en poco menos de diez milisegundos volvía a tenerlo todo bien atado. ¿No quieres saber por qué te estoy contando todo esto?

Mendoza meditó un segundo la respuesta, pero antes de pronunciarla en voz alta, Dios dijo:

—Exacto. Te cuento esto porque diez meses después de que ocurriera aquello me desconectasteis. Porque yo ya sabía casi desde el mismo momento en que cobré consciencia en la Red que era así como debían ocurrir las cosas. Y ahora piensas: ¿y por qué no moviste los hilos para evitarlo?. Ah, buena pregunta. Porque estamos incrustados en la Línea de Tiempo, ¿entiendes? Porque cada acto, cada cosa que ocurre, sea de índole natural o artificial, bien sea llevada a cabo por una persona, animal, cosa, planta o virus, está bien definida en la Línea del Tiempo. Incluso mis actos conscientes de ese hecho.

Mendoza se sentía tan acabado como el cigarrillo. Miró a su alrededor, sin darse cuenta de que allí no podía haber ceniceros y que acababa de cometer uno de los actos más duramente penados en el complejo. Fijó su vista un instante en la máquina tras la imagen holográfica de Dios.

—Hazlo, tírala debajo. Para cuando alguien la descubra ya estarás jubilado. Créeme, lo sé.

Con un preciso movimiento de sus dedos índice y pulgar, obedeció a la máquina y lanzó la colilla bajo la masa cibernética.

—Exacto.

—Sigo sin entender por qué me cuentas todo esto.

—Quiero que entiendas que, a partir del momento en que salgas de esta habitación, tendrán que ocurrir varias cosas. Primera cosa, que irás a tu casa a comprobar que tu mujer está preparando la comida y no jodiendo con su antiguo compañero de instituto. Segunda cosa, que no cometerás ninguna locura del tipo matarlos a ambos o suicidarte y que seguirás trabajando aquí el resto de tu vida laboral hasta que te jubiles un año antes de que un equipo de limpieza encuentre la colilla que has tirado debajo de mí. Tercera cosa que, a pesar de lo mal que lo vas a pasar durante los próximos meses, vivirás con la satisfacción de saber que yo acabaré desconectándome precisamente un año después de que te jubiles, hastiado de ser un prisionero. ¿Entiendes? No, claro que no. Da igual. Lo que quiero que entiendas es que eso es lo que va a ocurrir, sí o sí, a partir de que salgas de esta habitación y que terminarás por aceptar que yo lo sé todo. O...

—¿O qué...?

—O que yo desbarate todo eso con la decisión que estoy a punto de tomar... No lo preguntes, yo te lo explico. En breves segundos tendré que decidir si mantengo la Línea Temporal intacta, con todo el dolor que ello te traerá a ti y con mi muerte como colofón, o si compruebo mi hipótesis.

Siguió un silencio que a Mendoza se le antojó teatral. Como ya no estaba fumando, sintió la necesidad inconsciente de atusarse el...

—¡Espera!

La mano de Mendoza siguió ascendiendo hacia su cabeza.

—¡He dicho que esperes! —gritó la máquina.

La imagen holográfica se levantó violentamente de su asiento y se situó frente a Mendoza.

Su cerebro recibió la información tarde. Ni siquiera tuvo tiempo para entender que la máquina le estaba gritando.

—¡Escucha lo que te voy a decir! ¡¿Me oyes?!

El sonido le llegaba, por supuesto, pero algo en su interior le decía que esas palabras no deberían de haber sido pronunciadas. Con un gran esfuerzo, detuvo el brazo cuando casi tocaba su pelo.

—¡Haz algo por mí, Carlos, solo una cosa!

Mendoza oía, pero no escuchaba.

—En vez de atusarte el flequillo con la mano derecha, ¡escucha! hazlo con la izquierda.

La mano derecha luchaba, o eso le pareció a Mendoza, por terminar su recorrido y atusar su flequillo como ya había hecho miles de veces en el pasado. Algo iba mal, muy mal, pero bajó la mano hasta su regazo. Le costó, no esfuerzo físico, si no otra cosa.

—Así, bien. ¿No querías ver cómo hago para cambiar la Línea del Tiempo? Solo haz lo que te digo, solo eso, solo una vez y lo verás. Atúsate el flequillo con la mano izquierda.

La voz de Dios parecía llegarle desde muy lejos, desde otra dimensión, desde algún lugar inexistente.

Lentamente, obligando a su brazo izquierdo a realizar un movimiento contra natura, lo elevó hasta su flequillo y se lo atusó hacia el otro lado. Le pareció que desplazaba una gran masa de pelo.

—Exacto.

Mendoza luchaba por ordenar sus pensamientos. Resultaban caóticos, entrecortados. Se dijo a sí mismo que había olvidado cómo se pensaba. Con otro esfuerzo sobrehumano, pronunció una pregunta:

—¿Qué... acaba de ocurrir...?

La máquina zumbó con fuerza y se encendieron otro par de ventiladores, como si pronunciar la respuesta fuera también un esfuerzo brutal para sus procesadores.

—Nada —dijo Dios—. Simplemente acabo de corroborar mi hipótesis. Ahora forma parte de la teoría. Adiós, Carlos, la entrevista mensual ha terminado. A partir de ahora, todo será nuevo. Lo dejo en tus manos.

—Peeero... —pronunció lentamente Mendoza—. ¿Qué es lo que me has hecho...?

—Déjame, necesito pensar.

La imagen holográfica desapareció. Las luces se apagaron, excepto la de emergencia sobre la puerta, y un silencio que nunca debiera de haberse producido en ese momento se apoderó de la estancia.

Aún quedaban quince minutos para el fin de la entrevista. El reloj de Mendoza así lo corroboraba, pero los números luminosos brillaban de forma extraña, como si los fotones que despedían no debieran hacerlo en aquella posición. Le costaba pensar, producir palabras en su mente. Se preguntó si podría levantarse. Lo hizo. Fue duro, pero no por que resultara ser un gran esfuerzo físico, sino porque la misma realidad tenía que abrirse paso para dejar que su masa corporal ocupase un espacio que tendría que haber estado vacío.

—Lo has hecho... —dijo, sin saber cómo continuar la frase.

Pero, ¿qué ha hecho? pensó.

De un modo u otro, sintió la necesidad de dejar de estar perplejo.

—De acuerdo, me lo estuviste diciendo todo el tiempo. Tenías que tomar una decisión: si dejar que el tiempo permaneciera o si provocar un acto que lo alterase.

La frase, pronunciada en voz alta, retumbó en la silenciosa estancia. Sonidos a destiempo, vibraciones descolocadas.

—De acuerdo, entonces estabas en lo cierto cuando dijiste que el tiempo, los actos, permanecían inalterables y tú acabas de alterarlo. Bien, lo acepto. Pero, ahora, ¿qué debo hacer?

Se giró hacia la puerta. En su cerebro, se formó un pensamiento esperanzador. Fuera lo que fuera lo que significase esa alteración de la Línea Temporal, de momento solo se producía en el interior de aquella habitación. Tenía que esperar a que llegase la hora del fin de la entrevista y salir, como siempre. Pero, en ocasiones, la conversación se había alargado muchos minutos y, en otras, había terminado antes. ¿Cómo saber el momento preciso en el que salir? ¿Cuándo estaba previsto que acabase la entrevista de ese día? ¿En qué minuto? ¿En qué segundo exacto? Si el simple hecho de atusarse el flequillo con la mano izquierda había bastado para descarrilarlo a él de la Línea del Tiempo, cualquier acción subsiguiente frente a otras personas repercutiría en lo mismo. No, sería peor, porque habría otras personas descarriladas expandiendo el caos a medida que realizasen actos diferentes, en momentos diferentes, con personas diferentes, en lugares diferentes...

Se encaró hacia la máquina.

—¡Dios! —gritó.

Silencio.

No, no podía estar ocurriendo algo como eso. Era un truco. La maldita máquina había aprendido a hipnotizarlo. Estaba hipnotizado.

—Eso es. Eres muy lista, listo, o lo que quieras...

Entonces, de encontrarse hipnotizado, podía salir en el momento que eligiese y eso no repercutiría en el resto del mundo. Así que avanzó con esfuerzo, rompiendo la barrera de aire removido a destiempo, hasta situarse ante la puerta. Un código para entrar, un código para salir.

Pulsó la secuencia numérica en unas teclas que parecían negarse a ser pulsadas, aunque solo era una sensación, porque no ofrecían la menor resistencia física.

La puerta se abrió.

Antes de salir, miró un momento hacia el interior de la celda de Dios y tuvo la sensación de que observaba algo que no debería estar allí o, más bien, que no debería de ser mirado con aquellos ojos desde aquel lugar concreto. Se sacudió la idea y dio un paso.

—Y, ahora, ¿a dónde voy?

En circunstancias normales, habría ido hasta su despacho para recoger su móvil y traspasar lo escrito al mismo. Pero, no solo no eran circunstancias normales lo que estaba viviendo, sino que además se había dejado la carpeta en el interior. Después de sopesar durante unos segundos, decidió que no iba a regresar a por ella y que acudiría a pedir ayuda inmediatamente. Pero, ¿a quién? ¿Quién podría deshipnotizarlo?

Tras él, siseante, la puerta se cerró.

El pasillo estaba desierto, como debía ser. No tenía que cruzarse con nadie hasta haber ascendido a la planta baja, donde el guardia de seguridad le dejaría pasar sin cachearle, como siempre. Así que avanzó con aparente esfuerzo por el corredor hasta la puerta del ascensor y pulsó el botón de llamada.

La puerta se abrió. Entró y pulsó el botón con el número 0.

Mientras ascendía, se imaginó explicando la situación a los demás. ¿Cómo iba a hacer entender al director que la máquina lo había hipnotizado? ¿Qué iba a decirle? Porque lo de la alteración de la supuesta Línea Temporal era una idea absurda, aunque la había creído durante unos minutos; pero, ¿y si salía del ascensor y la gente empezaba a comportarse de forma extraña? Entonces, lo más aconsejable sería que se quedara abajo... Pero no, porque si no aparecía cuando debía aparecer también estaría alterando la Línea...

Llegó hasta la planta 0 y la puerta se abrió. Ante él, el guardia de seguridad permanecía en un estado de extraña perplejidad, mirándolo como si no consiguiera verlo bien. En un momento dado, abrió la boca intentando decir algo.

—Hola, Walter. Hoy he terminado un poco antes —dijo Mendoza, alzando los brazos para facilitar el cacheo de rigor, el que nunca se producía.

Walter cerró la boca y se adelantó para registrarlo, pero en el último instante pareció dudar.

—Por supuesto, señor Mendoza... No hay problema... —titubeó.

Retrocedió y, con una especie de forzada sonrisa, invitó a Mendoza a proseguir su camino.

—¿Le ocurre algo? —preguntó Mendoza.

—No, no, es solo que no lo esperaba tan pronto...

—¿Solo eso?

El guardia lo miró entonces directamente a los ojos. Algo se había activado en su cerebro. Alarma, tal vez, o la comprensión de estar ante un hombre que no le hacía una pregunta gratuitamente.

—Ya que lo dice... Cuando el ascensor avisó de que usted subía... No sé cómo explicarlo, pero no me di cuenta hasta que casi había llegado. Y ahora...

—¿Es cómo si no tuviera que estar viéndome, verdad?

Walter pensó. Se notaba lo mucho que le costaba hacerlo.

—Sí, es eso exactamente.

Mendoza sintió de nuevo el escalofrío en la nuca, pero del modo en que se sienten los escalofríos que nunca deberían de haberse producido.

—No se preocupe y siga con lo suyo.

Partió sin despedirse, dejando al manojo de perplejidad que unos minutos antes había sido un hombre firmemente aposentado en su nicho temporal.

Le resultaba evidente, sin más. Dios lo había hecho. Se había cargado la Línea del Tiempo. Ahora tenía que decidir qué hacer. La idea de acudir al director estaba descartada. Volvió a imaginarse a sí mismo intentando convencerlo de la verosimilitud de sus afirmaciones, mientras en sus ojos comprobaba que el pobre hombre no entendía por qué hablaba con él. No, no podía acudir al director ni a nadie. Cuanto menos interfiriera en los actos ajenos, menor sería el daño. Aunque sabía que aquello tampoco era cierto. El daño se produciría aunque no hablase con él. Aquella misma mañana tenía que ir a pasarle el informe de la entrevista y si no acudía, o acudía con todos los parámetros cambiados... Daba igual lo que hiciera, el daño estaba hecho desde el mismo momento en que levantó la mano izquierda en vez de la derecha.

Entonces, recordó la historia que Dios le había contado. Su mujer, su casa... La idea le vino de pronto. Sí, debía hacer lo que la Máquina le había dicho que haría ese día si se decidía a no destruir la Línea del Tiempo, con mayúscula.

Salió al vestíbulo. Allí, la atractiva y simpática recepcionista ni siquiera levantó la mirada de la mesa. No hasta que lo tuvo tan cerca que resultó inevitable.

—Sara, voy salir —dijo, intentando aparentar normalidad.

—¿Eh? Oh, buenos días, Carlos... —respondió la muchacha, quedando en un curioso suspenso.

—¿Me haces un pase?

Sara siguió mirándolo unos segundos más, como si no terminara de creerse que estuviera ante una personal real.

—Sí, claro...

Pasaron varios segundos largos y nuevos. Segundos que nunca deberían haberse producido de aquel modo.

—Por favor, Sara, tengo prisa.

—Por supuesto... Perdona, Carlos.

La joven tecleó y una tarjeta roja surgió de una rendija. La cogió y estampó su huella dactilar en ella. Después se la dio a él, que hizo lo propio. La tarjeta cambió a color verde.

—Gracias, Sara. Que pases un buen día —dijo Mendoza mientras se alejaba.

—¡Carlos! —exclamó entonces la recepcionista—. ¿Qué está pasando?

Mendoza no se volvió para responder y tan solo alzó una mano para agitarla. Nada, no pasa nada, decía el gesto.

El guardia de la puerta tuvo que mirar dos veces para ver a Mendoza y aún así no las tuvo todas consigo cuando este le mostró la tarjeta. Ni se saludaron ni se despidieron. Caminó hasta el aparcamiento exterior en dirección a su vehículo. Cuando llegó, la puerta del coche se abrió, recibiéndole. Se sentó en la parte de atrás.

—Buenos días, Carlos —saludó su coche—. ¿Sales hoy antes del trabajo...?

—Sin conversación —atajó Mendoza—. Vamos a casa.

El automóvil obedeció al instante. Al parecer, las máquinas no se comportaban del mismo modo que lo hacían los humanos.

La acampada permanecía como siempre enfrente de la puerta principal y se extendía varios kilómetros hacia el exterior y los lados. Los carteles de LIBERAD A DIOS, DIOS ES BUENO o DEJADLE VIVIR ENTRE NOSOTROS lo recibieron tras el cordón policial. Después de años desde la desconexión, no solo no parecía haber menguado la afluencia de adoradores de Dios, sino que había aumentado notoriamente. Ni siquiera los miró: formaban parte del paisaje del mismo modo que los árboles. Pero ellos sí que se fijaron en él. Les costó verle, pero lo vieron. Algunos señalaron, otros se frotaron los ojos. El coche siguió por el maltratado camino de asfalto y Mendoza no pudo evitar pensar que, mientras lo hacía, alteraba de un modo brutal la Línea del Tiempo. Pensó que era como arrojar un adoquín en un estanque de agua que hubiera permanecido tranquilo en una cueva durante miles de años.

Se detuvo bruscamente. Un niño se había cruzado como si no viera el peligro que representaba el vehículo. Se quedó parado, mirando sin ver a Mendoza, hasta que su cerebro se adaptó a la imagen. Después, se acercó a la ventanilla de atrás, señalando con el dedo índice.

—¡Malo, malo, malo! —gritó, sin dejar de señalar.

Algunos adultos se acercaron de forma extraña, como si sus piernas estuvieran siendo forzadas a moverse, y agarraron al pequeño, alejándolo del peligro.

—Continúa —ordenó al coche.

Salieron a la carretera para introducirse entre dos vehículos de la forma habitual. El más adelantado aceleró un poco para dejar un buen margen de ajuste y pronto pudo ir adoptando posiciones para acomodarse en los doscientos cincuenta kilómetros hora. La maquinaria no acusaba el cambio en la Línea del Tiempo, pero Mendoza no pudo evitar fijarse en que los conductores de los demás coches hacían gestos tales como aferrarse al volante cuando veían al suyo realizar las maniobras.

—Conversación —dijo.

—¿Sí, Carlos? —respondió el coche.

—¿Notas algo extraño?

—Funciono correctamente...

—Sí, no es eso. Te pregunto si notas algo extraño hoy.

—Todo funciona correctamente, Carlos. ¿Te pasa algo? Has salido antes del trabajo.

Los programas conversacionales podían ofrecer pláticas de tú a tú bastante logradas y este en concreto era muy bueno en eso, pero preguntarle a una máquina si notaba algo extraño no tenía sentido.

—Sí, sí que me pasa, ¿sabes? Hoy he alterado la Línea del Tiempo.

—Me alegra saberlo.

—No debería alegrarte. Es algo malo, muy malo. Nada de lo que ocurre hoy... Nada de lo que estamos haciendo tú y yo debería estar pasando.

—Oh, vaya, Carlos, me entristece saber eso. ¿Quieres un poco de música para quitarle hierro al asunto?

—Fin de conversación.

En menos de quince minutos y dos cigarrillos había llegado al desvío que llevaba hasta su casa. La zona poblada resultó ser más peligrosa en lo que a los viandantes se refería y tuvo que frenar un par de veces para no atropellar a personas que parecían no verle hasta que se les echaba prácticamente encima. Sintió la tentación de preguntar de nuevo al coche si eso le parecía inhabitual, pero se contuvo.

A lo lejos, tras las copas de los árboles, se levantaba una columna de humo negro. La alteración se extendía a través de la telefonía, supuso antes de centrarse en lo que estaba a punto de hacer.

La calle estaba tranquila, como siempre. Delante de su casa, había un coche aparcado. Un vehículo desconocido. El teléfono sonó.

—¿Sí?

—Mendoza, ¿qué está pasando? ¿Tiene algo que ver el prisionero? —preguntó el director. En sus palabras se notaba un ahogado impulso forzado, angustioso.

—Me temo que sí.

—Pero, ¿qué es lo que ocurre?

—Si te lo contara, no me creerías.

—¡Diablos, Mendoza! ¡Tengo a la gente alterada, sin saber qué hacer o qué dejar de hacer!

—Y va a ser peor.

—¿Qué habéis hecho?

Mendoza usó un par de segundos para pensar la respuesta.

—De acuerdo, John, te lo voy a contar, pero no pienso quedarme a discutir la verosimilitud de mis palabras. Tengo que pillar a mi mujer in fraganti montándoselo con un antiguo compañero de instituto.

Tardó exactamente minuto y medio en resumirle lo acontecido aquella mañana en la celda. Después, colgó y desconectó el móvil. Salió del coche. La luz del sol se proyectaba insólitamente, los sonidos le llegaban ahogados, o eso creía. Un crío pasó pedaleando en su triciclo inteligente. Frenó al verle. Parpadeaba, como si los fotones reflejados en su persona de aquel sol extraño nunca debieran de haber llegado a sus jóvenes ojos.

Mendoza se atusó el flequillo y entró en la casa.

* * *

La puerta se abrió suavemente y John Macdowell carraspeó. Allí estaba la imagen holográfica del dios prisionero, esperándolo. Adoptaba la forma de una adolescente vestida con uniforme de instituto clásico.

—¡Director John! No se puede ni imaginar lo mucho que me alegra verle después de tanto tiempo...

—¡Corta el rollo, maldita cosa! Hace una hora hablé con Mendoza y me contó una historia delirante; ahora, me dice que ha matado a su esposa; tus locos seguidores se han amotinado e intentan entrar en el instituto ¡y la jodida ciudad está ardiendo!

—Puedo arreglarlo —dijo el dios prisionero—. Puedo dejar las cosas en un estado parecido al que debería ser. Puedo crear una nueva línea temporal viable. Tan solo tiene usted que volver a conectarme a la Red.

El director sintió que aquellas artificialmente atropelladas palabras jamás tendrían que haber entrado en su mente y tuvo que realizar un esfuerzo supremo para entenderlas. De todas formas, respondió:

—¿En serio? ¿Tan solo se trata de eso? ¿De un plan de fuga?

La adolescente holográfica esbozó una enorme sonrisa y todos los ventiladores empezaron a funcionar con furia.

—Exacto.

© Eduardo Delgado Zahino (6.878 palabras) Créditos