LOS MIEDOS DE ALMENDRA
Felipe Bochatay
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—Suéltame hijo de puta —gruñe Almendra—. Suéltame así te corto las pelotas —vuelve a gemir entre dientes soltando un soplo de furia, odio y miedo, todo mezclado y servido con desesperación creciente.

Los cuatro hombres que batallan contra ella no tienen la fuerza suficiente para doblegarla, están débiles por su enfermedad endémica y Almendra, que nunca contrajo la enfermedad, aún se mantiene en forma como para presentar batalla.

¿Te gusta así? ¿Te gusta cómo te toco? No entiendo nada de esto, masculla, se retuerce entre jirones de sábanas raídas. No veo nada, dice el boxeador. Córtame la ceja. En alguna película vi estas escenas. Despierta. Detesta despertar así. Ese mundo ya no existe. Y no regresará. Siente el estómago hinchado, como a punto de parir o por explotar. Deja de lado sus devaneos por algo más mundano como es ir de cuerpo. Vacía sus tripas en una vasija. La habitación está a oscuras, su vela artesanal se consumió hace horas. Ha comenzado un nuevo día.

Una patada azarosa en el pecho de uno de sus captores la libera de sus extremidades inferiores, haciendo que junto a los otros que la apresan por atrás trastabillen. Galopa el corazón por el peligro, cielo y nubes grises frente a sus ojos, está boca arriba. Los que la sostienen por los brazos luchan por desnudarse y sacar sus penes ansiosos, es más un acto reflejo de ejercicio de poder que un deseo primitivo verdadero, eso es su perdición. Almendra se zafa con uno de sus brazos y toma el cuchillo hábilmente escondido en la cintura de su pantalón camuflado militar.

Una densa neblina cubre las calles todo el año, las copas de los árboles apenas se divisan. Los rayos del sol son muy tenues en todas las estaciones del año. Se comenta que en algún lugar remoto del Ártico esa neblina es casi imperceptible. Algunos pájaros se oyen a lo lejos, es todo lo que oigo desde hace tiempo, piensa Almendra.

La peste fue letal para casi toda la población mundial. Los grandes laboratorios y farmacéuticas sólo lograron contener una barrera que como un embalse agrietado se sabía que era sólo cuestión de tiempo que estalle. Finalmente la pequeña grita dejó paso a un enorme agujero de control y ya al otro día todo estaba perdido.

Los primero optimistas a fines de 2028 vaticinaron que el triunfo se avizoraba cercano para la sociedad, como una cuestión imposible de torcer, pero en 2030 una nueva cepa o peste fue indefendible dentro de los cuerpos humanos y animales. La grita se manifestó y sólo doscientos millones de personas alrededor del mundo superaron la prueba de la muerte. Algunos inmunes otros inmunizados tardíamente. Así todo cayó.

Epsilon fue nuestro Abbadon, el primer golpe mortal al sistema y estilo de vida. A fin de cuentas las pestes del medioevo diezmaban las poblaciones de Europa y sin embargo el sistema de vida medieval no se veía afectado. Todo era muy lento. Sin contactos. Sólo las pestes adquirían algún rasgo de globalización. El mercado del siglo xxi resultó mucho más frágil que el sistema medieval, los medios de transporte dispersaron las cepas mortales pese a los controles draconianos..

Una estocada certera en el cuello de uno de los chacales apasionados ciega su vida. Luego todo ya es tarea sencilla. Coser y unir, tajear e hincar. La sangre ajena se confunde con la suya, se ha cortado a ella misma al dar tantos mandoblazos al aire. Los hombres se cubren con sus brazos que, a esta altura del combate, apenas pueden mantenerse en pie. Finalmente caen como moscas.

Cuando todo se viene abajo el miedo es peor que los males reales y tangibles. Todos los males no se comparan con el miedo a esos males. Se puso de moda el pesimismo, el nihilismo. Todo estaba perdido. No comprendo porque, si a fin de cuentas el 3% de la población mundial debe ser más o menos a 300 millones de personas, deberíamos ser suficientes para garantizar el sistema capitalista de vida, piensa.

Pero el sistema médico colapsó. Las fronteras se cerraron. Bueno, eso es mentira, las fronteras son siempre permeables, tanto para los de arriba como para los de abajo. Los de arriba por la fuerza del dinero. Los de abajo porque en definitiva nunca fueron visibles. Eso fue en gran medida un gran problema, la invisibilización de nuestros dramas y pasiones. La pasión de la fiebre, la pasión de desmoronarte mientras todos siguen por ahí luchando contra el mismo rival. Un rival que te derrota con golpes invisibles. Como cuando un boxeador arreglado se tira a la lona en un round determinado. El guante golpea el aire, roza el rostro rival y hombre al piso. Luego el teatro, el revoleo de ojos y alguna patada al aire como reacción inconsciente, aunque en nuestro mundo esos estertores fueron reales.

El rival los fue volteando a todos. Portadores de la cepa y no, familiares, amigos, jefes o subalternos. Todos fueron afectados..

Espero ser afortunada y que estos malnacidos no me contagien, tanto tiempo evadiendo la peste para que unos mal nacidos lo arruinen, aunque hubiera preferido que fuera así. Terminar con esta soledad de un golpe.

Mucha gente se suicidó. No soportaron dejar de lado a la fuerza, por el avance incontenible de los acontecimientos, a sus antiguas certezas, sus autos, Internet, sexo virtual, drogas, cajeros automáticos, horarios, agenda, sistemas.

El sistema del mercado todo lo hacía y todo lo podía. El dinero era el gran sirviente de nuestra vida, dinero para la comida, para el transporte, los placeres, el dinero para el dinero. Todo ello se fue diluyendo poco a poco, como esas camisetas baratas que van perdiendo su color lavado tras lavado, opacándose, liberando sus componentes impunemente. Forma y consistencia se fueron.

Asestado el primer golpe vino luego lo que se llamó el fallo de los sistemas expertos. Obvio es ahora, qué tontos fuimos, piensa Almendra. Si para hacer el pan hay gente que sabe y la inmensa mayoría no y los que saben hacer el pan no saben cómo se procesa el trigo para hacer harina y así hasta quien sabe dónde.

El otro no puede correr con los pantalones bajos. Siente algo caliente desde atrás hacia delante. Lo último que verá será ese cielo gris que desde hace años es todo lo que hay. Gris muerte. Gris ceniza y esas nubes apelmazadas que cubren casi todo el cielo y forman una película que deforma las estrellas.

Los amantes de las bibliotecas tuvimos que mirar hacia otros estantes. Si antes nos abocábamos a la literatura norteamericana y otros a los clásicos del siglo XIX, ahora los que quedamos nos fuimos a los libros de química, mecánica y esas cosas más domésticas como aprender a hacer fuego, potabilizar el agua y cosas por el estilo.

Una nueva religión se erigió, la del nihilismo. Luego vino la droga de la melancolía. Esa fue la estocada final. Yo no la consumía, demasiado ocupada estaba en huir. Hacia donde, no recuerdo, se repite. Sí, hacia el centro del país, allí donde la lluvia radioactiva no pudo llegar, otro fallo de los sistemas expertos, o eso creo. No lo percibí en su momento.

Quién se iba a encargar de administrar esos sistemas, los aviones, la energía eléctrica y atómica, lentamente todo comenzó a fallar, el gobierno se batió en retirada. Los gobiernos centrales cedieron su autoridad a los municipales y en poco tiempo el brazo de la ley se terminó de romper. Sin recursos no hay Estado. Algunas hordas por aquí y otras por allá surgieron como hongos. Se alzaron en armas y como en tiempos pasados surgieron nuevos patrones de estancia, nuevos reyezuelos feudales, nuevos amos apocalípticos.

Yo huí de todo eso, de mí y del desastre nuclear, de los amos, huí donde supe que algunas poblaciones habían literalmente desaparecido, se habían evaporado, simplemente no estaban más, ahí me instalé.

El cuchillo sale por delante rasgando la raída camisa leñadora. Almendra huye sin darse cuenta que ya no queda nadie que la persiga. Corre Almendra corre, piensa dándose fuerzas. Atrás queda Miguelito, muerto y bañado en sangre propia y ajena. El pobre Miguelito que la acompañó en los últimos dos años. Ella lo sabe muy bien, si algo sabe bien es eso, dos años, tres meses y quince días. Su defensa su vana, cayó en la primera arremetida de los chacales.

En otros tiempos las horas, los días, el tiempo, eran cosa de la gente común pero su conteo había sido relegado a computadores, celulares, otros en definitiva. La primavera era el 21 y no cuando la naturaleza dijera. Pero Almendra supo siempre qué día corría en el mundo. Pudo aprender lo de los años bisiestos, los 29 de febrero y esas cosas. Meses de treinta y un días y otros de treinta. Qué innecesario, pero los había aprendido. Cumpleaños, encuentros, vencimientos, traslados legales, métodos, todo había dejado de existir hace tiempo, pero por alguna razón que no podía explicar bien ella seguía la cuenta, como pensando en que algún día las cosas retomarían su ritmo natural y sería necesario saber en qué día estaban.

Ahora Almendra corre dejando a su compañero tendido en una ignota ruta, sobre el caliente asfalto, bajo un cielo de gris muerte. Corre para llegar a su refugio, esa vieja casa escondida estratégicamente entre los pastizales crecidos, ese lugar reducto de este nuevo y tal vez más peligroso mundo.

© Felipe Bochatay (1.571 palabras) Créditos