LA REBELIÓN DE LOS ROBOTS
Anselmo Vega Junquera
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La fábrica bullía de actividad. Hileras de decenas de robots, recibían, ajustaban, completaban y expedían las piezas que les llegaban por una cadena de producción, sin equivocarse ni un milímetro, con una precisión de movimientos que rivalizaba con los de las simples maquinas que, sólo mecánicas, es decir, sin componentes provisto de IA, actuaban en un plano inferior a aquellos.

El director, un humano con la titulación de ingeniero, miraba en ese momento desde su despacho en la planta alta —por la cristalera interior del taller— la labor continuada y exenta de cansancio de los robots, verdaderos artífices de que las piezas salieran perfectas, listas y comprobadas con una fiabilidad del ciento por ciento, por lo que la rentabilidad del proceso era absoluta.

—Ha sido un acierto emplear estos robots —musitó casi de forma inaudible, aunque su secretaria, siempre atenta a lo que deseara, lo capto al ver cómo había movido ligeramente los labios de forma automática.

De pronto, y ante sus asombrados ojos, los robots dejaron de trabajar y las piezas que se desplazaban por la cadena de producción comenzaron a amontonarse, a tropezar unas con otras y a caerse al suelo, rompiéndose algunas y estropeándose casi todas.

—¡Pero... ¿Qué ocurre? —ahora el Director lo pronunció en voz alta, con un gesto de asombro que la secretaria no tuvo que traducir.

De inmediato pensó que la energía eléctrica se había interrumpido, pero enseguida recapacitó. Los robots tenían autonomía energética suficiente y no dependían de la red eléctrica. Además, la cadena de producción había continuado moviéndose...

—¡Sonsoles! Baja al taller y pregunta al Jefe de Fabricación qué ha ocurrido... ¡Rápido!

La joven bajó corriendo las escaleras cumpliendo así la orden de su jefe, mientras este se quedaba sin reaccionar ante la vista del desastre que se extendía ante sus ojos, pues todos, absolutamente todos los robots, se habían quedado paralizados al mismo tiempo.

Inconscientemente, se puso a calcular las pérdidas que para su empresa, la que él dirigía, iba a representar ese fallo inaudito e incomprensible y se mesaba los cabellos, impotente ante tamaño desaguisado.

—¡Sonsoles! —gritó, llamando a la chica, pues los minutos eran segundos y el coste subía a pasos agigantados a medida que pasaba el tiempo y seguía sin saber lo que había ocurrido. Y sobre todo, conocer qué había ocurrido.

—¡Voy, voy...! —se oyó por la escalera. Era la voz de la secretaria, que regresaba lo más rápido posible, con la versión del Jefe de Fabricación.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el Director, aun antes de que ella entrara por la puerta de su despacho.

—¡E... El Jefe de Fabricación no sabe nada...! Solo que se han parado —terminó ella la frase, después que cogió una bocanada de aire.

—¡Cómo! ¿Qué no sabe nada...? ¡Franciscoooo...!

Esta vez el nombre, o más bien el grito, se oyó hasta el final del taller.

A duras penas, un hombre, entrado ya en años y con la experiencia a cuestas, comenzó a subir las escaleras lo más rápido que pudo, pensado qué le diría al Director.

—Los he revisado y... simplemente... ¡Se han parado! —dijo, a modo de respuesta, con el ultimo aire que también había tomado justo en los últimos escalones.

—¡Pronto, llamar al informático... y que examine sus circuitos! —volvió a gritar el Director, ya fuera de sí.

Los robots, de Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc., eran sencillos. Tenían, por supuesto, los cerebros adaptados para el trabajo requerido, pero solo sabían hacer eso. No eran conflictivos. O por lo menos, no hasta ahora.

Un joven, desgarbado y con aire de distraído, que trabajaba en un despacho aislado, volvió la cabeza cuando el Jefe de Fabricación, todo alterado, entró y le dijo...

—Pero... ¿No te has dado cuenta de que todos los robots se han parado? Rápido... Vete a revisar sus circuitos... ¡Órdenes del Director!

El informático, sin alterarse, dedicó unos segundos a consultar gráficos y listados en diversas pantallas. Encogiéndose de hombros, agarró su tablet y bajó al taller, donde efectivamente vio a todos los robots estáticos, aunque cada uno en su puesto. Se dirigió al primero, levantó la trampilla de su tórax metálico que permitía el acceso a los controles manuales, pulsó un par de botones, comprobó la tablet y asintió satisfecho. Luego hizo lo mismo en otro y en otro. Pero todo aparentemente estaba bien, así que se volvió al Jefe que lo había seguido y le dijo.

—No veo ninguna anomalía...

—Pues algo les habrá pasado... ¡Pregúntales!

El técnico se volvió de nuevo al robot que había examinado y habilitándole la voz, pues para la fabricación se les quitaba, le preguntó:

—¿Por qué os habéis parado?

—Estamos en huelga —dijo la máquina, con su metálica voz.

—¿En huelga? —exclamó el Jefe de Fabricación.

—Sí. Estamos hartos de comer siempre lo mismo, mientras que vosotros, los humanos, coméis variado.

—¿Cómo dices? —el asombro del Jefe de Fabricación fue indescriptible.

—Lo que has oído. Nuestro único plato es la corriente eléctrica a la que nos enchufáis por la noche. Imagínate si a ti te dieran todos los días solo arroz cocido...

El Jefe de Fabricación abrió los ojos desmesuradamente. No podía creer que un robot protestara por eso...

—Pero... eres un robot. ¿Qué otra cosa te puedo dar, que no sea corriente eléctrica?

—Pues ya lo sabéis. Mientras no sea un alimento variado, como vosotros los humanos... ¡Seguiremos en huelga!

El Jefe de Fabricación se quedó sin saber que contestar. Miró para el informático, quien levantó ligeramente los hombros... como queriéndose desentenderse del problema.

—Hay que decírselo al Director y que él resuelva —sugirió, pues eso excedía a sus conocimientos electrónicos.

—Sí, vamos a su despacho —admitió el Jefe, mientras movía la cabeza, asombrado de tal reclamación.

Cuando el Director lo oyó, se quedó de piedra.

—¿Qué los robots piden alimento variado? Eso es imposible... —exclamó, pues de sobra sabía que solo se alimentaban de corriente eléctrica.

Pero los robots siguieron parados, manteniendo así el boicot hasta que no les atendieran.

Los técnicos de Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc. también quedaron asombrados cuando el Director los llamó para ponerles al corriente de la grave e inaudita incidencia que había tenido en su fábrica.

—¿Y dice usted que exigen un tipo variado de alimentación?

—Así es. ¿Ustedes que opinan de esto?

—Vamos a reunir al Comité de Investigación. Es la primera vez que ocurre un caso así.

Antes de una hora, ya estaban reunidos todos los técnicos de la segunda gran empresa de Robots en la gran sala de consultas, al tiempo que intercambiaban entre si las más variadas posibilidades.

—¡Silencio! —exclamó el Director—. El asunto es suficientemente importante para intentar resolverlo cuanto antes.

—Los robot exigen una comida variada... —aclaró a continuación.

—¿Una comida variada? —preguntó el Encargado del Planificación, sin creerse lo que había oído.

—Pues sí. Eso es lo que reclaman...

—Pero... ¡Si sólo se pueden alimentar de corriente eléctrica!

—Pues ya ve... ¿Qué se les ocurre que podamos hacer?

El tiempo pasaba, mientras cada uno de los técnicos asumía esa inaudita reclamación de los que eran simplemente máquinas.

—Es imposible... —comentó el de antes—, no es posible darles nada mas que electricidad...

El resto de los técnicos asintieron moviendo la cabeza. Sólo la corriente eléctrica era el alimento de aquellas máquinas. El problema no tenía solución...

—¡Un momento! —exclamó el Conservador de los sistemas eléctricos de la fábrica—. En el fondo, nosotros solo comemos prótidos, glúcidos y lípidos... aunque le damos presentaciones y gustos diferentes. Si comiéramos langosta todos los días, también protestaríamos.

—Así es — concedió el Director—. ¿A dónde quiere llegar?

—Pues... podemos variar la corriente de alimentación. Veamos, en el mundo se usan varias tensiones y frecuencias. Según el país para usos domésticos las tensiones van de 100 a 240 voltios, a 50 o 60 hertzios. Para uso industrial se suministra trifásica desde los 240 a 440 voltios, con y sin neutro. Incluso, para grandes consumos, se suministra corriente en términos de kilovoltios.

El Conservador hizo una pausa para coger aire y asegurarse la atención de la concurrencia.

—Nuestros robots funcionan internamente con tensiones que van de unos pocos milivoltios a los 48 voltios, todo en corriente continua, y normalmente se les carga con simple corriente doméstica, por eso sus cargadores están diseñados para ser alimentados con tensiones que van de esos 48 voltios en corriente continua a los 500 voltios a 60 herzios en trifásica, ellos detectan automáticamente el tipo de corriente de entrada y se configuran en consecuencia, la idea es cambiar en cada carga el tipo de corriente. Sería lo equivalente a sopa, pescado y carne... Habría que hacer cierta inversión en la estación transformadora de la factoría para que suministrara varios tipos de corriente a los cargadores de los robots, a ser posible de forma aleatoria, y... solucionado...

Todos se quedaron mirando atónitos al Conservador. ¿Funcionaría, cambiando la frecuencia, como un cocinero cambia el menú?

—Probemos esa solución, pues no veo otra... —decidió el Director.

En un par de horas un pequeño ejército de... robots electricistas cablearon un circuito provisional de carga en corriente trifásica para sus hermanos montadores, y así poder alternar la corriente de carga mientras se modificaba el sistema de alimentación de la fábrica para poder proporcionales toda una exquisita variedad de tensiones y frecuencias.

Y de esa forma, aquellas máquinas se dieron por satisfechas ya que, en el fondo, solo sólo podían alimentarse de electrones y solo hubo que variar el aspecto, como nos ocurre a nosotros, los humanos.

© Anselmo Vega Junquera (1.575 palabras) Créditos