LA DAMA DE BAZA
Alfonso Fabiano

Si albergas el miedo en el fondo de tu alma, nunca serás feliz....

Los avances tecnológicos han hecho posible que los robots formen parte de la vida cotidiana de las personas.

Su cuerpo antropomorfo permite que se utilicen en muchos trabajos de auxilio, logística y soporte para los humanos, especialmente en aquellos en los que se requiere correr ciertos riesgos, logrando así minimizar los accidentes personales.

Su existencia, la de los robots, se basa en las tres leyes de la robótica; las leyes en las que descansan los algoritmos de su programación.

Nada puede pasar, lo que hemos creado es absolutamente seguro, estable y perfecto.

Biotic & Systems

Las tres leyes.

1.- Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

2.- Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.

3.- Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Isaac Asimov
La dama de baza

El hombre cruzaba la plaza de aquel pueblo Cordobés con lentitud, como si fuera a caerse de un momento a otro. A cada paso, sus botas camperas levantaban un poco polvo ardiente.

Vestía un traje de corto, sin chaqueta, al estilo ranchero del sur de España, y un sombrero cordobés lo protegía del sol. El aire caliente desdibujaba sus contornos dándole un aspecto fantasmal, similar a un espejismo. Sin embargo, finalmente llegó sin dificultad hasta el edificio y se detuvo delante de los tres escalones que subían al rellano elevado de los soportales. Miró cauto a su alrededor, parecía querer asegurarse de algo, luego, subió y se refugió en la fresca sombra.

Sentada en el escalón de la puerta de la taberna La Dama de Baza, la niña había estado observando el tránsito del hombre por la plaza y, ahora, lo tenía justo delante. Levantó la barbilla que tenía apoyada en sus rodillas y saludó al tío Fran con una sonrisa.

Le gustaba mucho su tío y, quizás por su forma de vestir o porque siempre andaba metido con caballos, su joven mente lo había idealizado como un galán de la televisión: alto, delgado y valiente.

Sintió el normal impulso de levantarse de un salto y abrazarlo. Aun así, se quedó quieta, sabía muy bien que no podía tocarle.

—Hola, cariño —se adelanto el hombre.

—Hola, tío Fran, has estado cabalgando —contestó alegre la niña.

—Solo un poco, hace mucho calor, incluso para los caballos. Oye, me encanta tu vestido, estás tan guapa como la flor del naranjo —el fuerte acento andaluz se acoplaba al hombre como una segunda piel.

La niña sonrío entusiasmada por el piropo de su tío y, en efecto, estaba orgullosa de su vestidito.

—¿Vienes a ver a la tía Paula?

—Sí, cariño, ¿sabes si está en la tienda?

La niña bajó la cabeza y una ligera nota de tristeza ensombreció su alegre expresión. El hombre pareció darse cuenta y se agachó delante de ella manteniendo cierta distancia.

—¿Qué te pasa, mi amor? Una flor de naranjo nunca está triste —dijo tratando de consolar a la niña.

—Sí, pero yo no soy una flor de naranjo y las flores de naranjo ni están tristes ni contentas, solo son flores.

—Bueno, ya veo que no puedo engañarte, eres una chica muy lista, perdóname. Tengo una idea, si tú me cuentas lo que te entristece, yo te diré lo que llevo debajo del sombrero —dijo intentando dar un giro a su estrategia.

—Seguro que no llevas nada tío. ¿Por qué alguien llevaría algo debajo del sombrero? —contestó la niña con un claro tono de curiosidad.

Se preguntó si su tío le estaba tomando el pelo. Él era el hombre más divertido de la tierra y solía gastarle muchas bromas, pero siempre cabía la posibilidad de una sorpresa.

—De acuerdo, solo puedo decirte que antes de venir aquí pasé por la tienda de mi viejo amigo Juan. Así que tú verás —dijo poniendo cara de intriga mientras se miraba las uñas de la mano derecha.

—¿Dices la tienda de golosinas de D. Juan? —preguntó ella abriendo mucho los ojos.

—Justo esa tienda de golosinas. Sí.

Entonces, su tío sacó un paquete de papel envuelto en un pañuelo blanco de debajo del sombrero y se lo tendió, pero cuando ella alargó su brazo para cogerlo él lo retiró.

—¿Tenemos trato, señorita? —dijo imitando el acento de vaquero de las películas.

—Vale —ella asintió esbozando una sonrisa—, es que estoy enfadada, porque desde el día en que Angus se volvió loco, mi papá y tú ya no nos abrazáis. Rafael dice que es culpa de las chicas, se lo han contado sus amigos del cole. Le han contado que las chicas odian a los chicos y por eso ha pasado todo.

Soltó el discurso para liberarse del peso que la oprimía, esperando que su tío tuviera la solución para aquel galimatías que le angustiaba tanto.

—Así que es eso —dijo su tío condescendiente.

El hombre apretó los labios, buscaba las palabras adecuadas.

—Cariño, las chicas no tenéis ninguna culpa, ¡sois las mejores personas que el Señor ha puesto sobre este planeta! Tenlo muy claro.

—Pero Rafael dijo...

—Pequeña Ana, él tiene miedo igual que tú, es normal, yo también lo tengo. El miedo, a veces, nos empuja a culpar a los demás de las cosas malas que ocurren. Yo te aseguro, cielo, que las chicas no odian a los chicos. Acaso ¿tú odias a tu hermano Rafael?

—No tío, yo le quiero mucho —contestó sorprendida por la pregunta.

—Lo ves, los chicos y las chicas no se odian, debes creerme. Te prometo que cuando te conviertas en la hermosa mujer que serás, lo entenderás y sabrás la suerte que tenemos los chicos de teneros.

Las palabras de su tío habían sido como un bálsamo y, si lo pensaba bien, no entendía como había podido creer el cuento de su hermano. Además sus padres debían de quererse muchísimo, pues, antes de lo de Angus, se pasaban el día dándose abrazos y besitos. Rafael no paraba de decir que eso era asqueroso.

—Entonces, ¿la tía Paula no te odia? —preguntó ingenua.

—Bueno, de vez en cuando sí, ya sabes cómo se pone cuando llego a casa con barro en las botas.

Los dos se rieron y él se levantó de su posición lanzándole la bolsita de chucherías.

—Toma, te las debo, un trato es un trato —le dijo.

Ana volvía a sentirse bien y, por primera vez en muchos días, notaba de nuevo la sensación de estar protegida. Entonces se atrevió a preguntar:

—¿Cuándo me llevarás otra vez a caballo tío?

—Pronto cariño, muy pronto —contestó su tío mientras pasaba el umbral.

Ana recordó en ese momento lo que le había dicho su papá y exclamó:

—¡Tío Fran! Papá también está dentro.

—Gracias cariño, ¿me avisarás cuando los veas venir?

—Clado que cí —afirmó imitando el saludo militar y con la boca llena de chuches.

—Buena chica, sabía que podía contar contigo.

Apartó las trenzas mosquiteras y se metió dentro del local.

* * *

La reunión se estaba alargando, ya llevaban más de seis horas y el ambiente era tenso. Los miembros discutían sobre que hacer, frente a la peor catástrofe ocurrida en la empresa desde su fundación. Ada Lovelace, la presidenta delegada de Biotics Systems, estaba muy cabreada.

—¡Un error de programación! Claro, ¡estúpida de mí! Cómo no me había dado cuenta —dijo dándose una palmada en la frente—. ¡Me cago en todos vosotros, chupatintas! Quizás me haya perdido algo, pero creo que ahora mismo tengo a mis robots persiguiendo a los hombres que intentan abrazar a sus mujeres e hijas. ¿Y a vosotros, malditos, qué se os ocurre? Pues venir aquí y soltarme una obviedad —dijo contestándose a sí misma—. Manda narices.

Ada se daba cuenta de que aquello podía destruir la empresa. Era una amenaza real que le acarrearía una cascada de pleitos, provocando la defunción de Biotic Systems. Por primera vez en su vida, se encontraba en una situación que la superaba. Se sentía como una leona amenazada de muerte y solo tenía ganas de saltar al cuello de alguien.

Cogió uno de los jarrones de cristal y lo lanzó contra la pared. El agua salpicó por todas partes junto con los pedacitos de vidrio. Por instinto, todo el mundo se agachó y protegió los ojos.

—Maldita sea vuestra estampa —sus palabras estaban cargadas de odio.

Todos enmudecieron al instante; miraban aturdidos al único testimonio que daba fe de aquel suceso casi irreal; las flores caídas, sobre un charco de agua, al pie de la pared.

Ada se había dado la vuelta y oteaba el horizonte lejano que le proporcionaba la vista desde la ventana de piso 48 de la torre Biotic.

—Mi padre me dejó al cargo de esta empresa levantada por mi abuelo hace 60 años —empezó diciendo—. La mayor parte de vosotros, ni habíais nacido —su tono era ahora calmado, casi parecía una súplica—. En aquellos tiempos trabajaban con cerebros cibernéticos de diez terabytes. Ya podéis imaginaros las limitaciones que imponían esas circunstancias. Pero hoy... hoy disponemos de cerebros positrónicos que multiplican por cinco esa cifra, eso es casi la mitad de la capacidad de un cerebro humano. Nos codeamos con la antimateria; incluso, hemos dado pasos de gigante en el diseño de algoritmos que controlan las mentes de los robots. Lo dotamos de un armazón antropomorfo y conseguimos su estabilidad física.

Algunos de nosotros, los más veteranos, conocemos los obstáculos que hemos tenido que sortear para llegar hasta aquí —Ada hizo una pausa. Se dio la vuelta y comprobó cómo todo el mundo asentía levemente mostrando la culpa en sus miradas. Había vuelto a tomar el control de sí misma—. Ahora, señores, hay que encontrar una solución y hay que hacerlo rápido si no queremos destruir lo que queda de la confianza que los ciudadanos han depositado en nosotros. Eso significaría el fin de esta empresa ¡y de todos los puestos de trabajo!

Javier Venturi, el jefe del departamento de marketing tomó la palabra.

—Desde nuestro departamento, estamos frenando, en la medida de lo posible, las consecuencias de la información que se está difundiendo por todo el país a través de las redes sociales. Lo hacemos aplicando técnicas de desinformación y distracción. Por ahora creemos haber contenido los daños a un nivel aceptable. Ahora bien, este artificio no durará mucho tiempo. En algún momento ya no servirá y caeremos en picado. Necesitamos inmediatamente, si no una solución, al menos un avance concluyente —terminó diciendo.

—El problema está precisamente en la alta tecnología de los equipos, Javier —le contestó uno de los presentes que no se había atrevido a hablarle directamente a Ada.

Era un hombre joven, trajeado, pero sin corbata y de aspecto cuidadosamente desaliñado; llevaba gafas de pasta negra, barba sin recortar y el pelo rizado, algo largo, que evidentemente se peinaba con las manos; era el asistente de Luis Barcáiztegui, el jefe de proyectos cibernéticos.

Ada miró directamente a Luis, ignorando al joven, y este le correspondió también con una mirada por encima de las gafas.

Era el único que se había quedado impasible frente al desenfrenado episodio de ira de su jefa. Ya tenía la edad en la que uno lo ha visto casi todo y estaba muy acostumbrado a los desmanes de su jefa. Durante casi cuarenta años, Luis Barcáiztegui había sido el encargado de llevar a la práctica las ideas del departamento de ingeniería aplicada, lidiando, muchas veces, con proyectos de lo más absurdos y estrafalarios. De una forma u otra, siempre había cumplido con su trabajo, por lo menos hasta ese momento.

—Bien —empezó diciendo con tranquilidad—. Lo que mi ayudante quiere decirles es que hemos puesto un Ferrari Testa Rossa en las manos de un niño de diez años.

—Déjese de metáforas Barcáiztegui, si sabe algo que no sepamos los demás, dígalo sin más —escupió Ada.

El hombre se levantó despacio y, sin perder un ápice de su seguridad, contestó:

—De acuerdo jefa, lo explicaré para que todos ustedes lo puedan entender. Verán, desde el inicio de la cibernética hemos estado soñando con un cerebro como el que tienen nuestras máquinas —él siempre llamaba así a los robots—. Era una meta tan atractiva..., tan de dioses que en cuanto conseguimos fabricar el primero lo incorporamos sin más ni más a las maquinas.

—¿Quiere decir que el cerebro está mal diseñado? —le interrumpió un hombre regordete sentado al lado de Ada.

—Tranquilícese señor abogado, el cerebro está en perfecto estado, el problema somos nosotros.

—¿Nosotros estamos mal diseñados?

—¡Cállese, Ramírez, joder! —le cortó Ada, dejando mudo al hombrecillo.

—El cerebro es lo mejor que ha sido capaz de crear esta empresa —siguió Luis, ignorando el comentario de Ramírez—. Es un artilugio de gran calidad, tan avanzado que resulta increíble que hayamos podido crearlo. De hecho, al menos en parte, esto ha sido gracias a afortunadas circunstancias.

—De acuerdo Barcáiztegui, tiene toda nuestra atención, escúpalo de una vez, ¿Qué narices ha pasado? —dijo Ada mientras Luis asentía.

—El origen de nuestro problema es precisamente el gran potencial de procesamiento y almacenamiento de datos que posee el cerebro. Sus conexiones positrónicas tienen la capacidad de moldearse... es decir: Que cambian a medida que interactúan con el medio. En otras palabras, la máquina está aprendiendo de su entorno en un continuo experimento de ensayo y error. Con semejante potencia, asimilan datos de las acciones y reacciones que se suceden a su alrededor. Por supuesto, tanto si estas le afectan como si no lo hacen.

—Bien, tenemos un robot antropomorfo con ganas de estudiar, ¿y qué? —intervino el jefe del departamento de ingeniería.

—Señor Barcáiztegui, si está sugiriendo que el robot puede de alguna manera actuar arbitrariamente se equivoca. Recuerde que todos nuestros algoritmos están construidos sobre las tres leyes; bueno, en realidad, cuatro. Como bien sabrá usted, hemos incorporado la ley cero.

—No se preocupe señorita Llobret, el departamento de software aplicado no tiene culpas más allá de las que todos tenemos —precisó reticente Barcáiztegui—. Las leyes que usted menciona, ya sean tres o cuatro, están bien, pero, como ya les he explicado, estos cerebros están en constante aprendizaje y eso significa procesar una gran cantidad de información. El asunto está en la contrapartida de esta habilidad.

—¿Está usted hablando de libre albedrío? —Se adelantó Ada incrédula— ¿Insinúa que tenemos a casi doscientos mil robots en la calle que, por algún endiablado razonamiento, creen que los hombres son una amenaza para las mujeres? Vaya, si no fuera porque es malo para el negocio, diría que no lo hemos hecho tan mal —razonó retorciendo cínicamente el argumento.

Luis la miró un instante y haciendo un gesto de resignación contesto:

—Me temo que así es, Ada.

—Eso es inverosímil, los robots pueden aprender, pero no hacer lo que les da la gana —objetó la señorita Llobret—. Nosotros los controlamos, ¡no ellos! Tiene límites establecidos.

—En realidad no es así —respondió Barcáiztegui—. El cerebro positrónico les proporciona una inteligencia que no hemos podido intuir. Hay robot policía, judiciales; robots agentes de prisión, caza recompensas, guardias personales y muchos más. Todos ellos se enfrentan a diario con situaciones conflictivas y en cada operación aprenden y ajustan sus parámetros de cara a la siguiente. Muchos de ellos han intervenido en casos de maltratos a mujeres y, aplicando las leyes que usted ha mencionado, defendieron a las víctimas y aprendieron un poco más. En algún momento debieron descubrir que si eliminaban el factor riesgo, acabarían con el hecho delictivo. Y ahí lo tiene.

—Su argumento parece sólido, pero ¿cómo explica que se hayan saltado los derechos individuales de las personas? Las leyes tendrían que haberlo impedido —preguntó Ada.

—Ya, las leyes. En realidad las maquinas no se han saltado las leyes, simplemente las han interpretado al igual que lo haría usted. Pero, en estas circunstancias, ellos han ponderado las posibles opciones con la experiencia de un niño. Y no solo eso, en ese momento, todas las unidades se actualizaron por medio de la conexión satelital, ajustando sus parámetros a la nueva situación. Después, movilizaron al pueblo a través de las redes sociales para conseguir los apoyos suficientes y bloquear las iniciativas de las cámaras de representación popular, alargando en años cualquier posible reacción por parte del estado.

—Según sus palabras, entiendo que usted cree que los cerebros deberían haber pasado un periodo de maduración, por llamarlo de alguna manera, antes de su implantación. ¿No es así?

—Exactamente, Señorita Llobret, exactamente.

La sala quedó congelada bajo el peso del silencio sepulcral, nadie se atrevía a hablar. Ada volvió a mirar a través del cristal sin ver nada. Entonces preguntó:

—¿Qué podemos hacer?

Luis se levantó y se colocó a su al lado. Durante un rato los dos estuvieron callados. Ella seguía con la vista perdida en el horizonte, pero él miraba las calles; la tierra que se extendía a los pies de la torre.

—Mira Ada, el problema es grave y solo un milagro puede cambiarlo. Todas las unidades ya se actualizaron, lo he estado investigando. Solo algo extraordinario puede reconducir la situación.

—¿Y a qué milagro te refieres Luis?

Como ya he dicho, los robots se actualizan constantemente. Son como niños aprendiendo. Si en algún momento aprenden lo mal que lo están haciendo, si sucede algo que genere una contradicción en su código, entonces, quizás cambien su forma de interactuar. Es cuestión de suerte.

Esas palabras cayeron como la lama de una guillotina sobre el cuello de Ada.

—¿Suerte? ¿Me estás diciendo que confíe a la suerte la empresa que recogí de manos de mi padre? —dijo queda.

—La otra posibilidad es que desconectemos todas las maquinas. Lo siento, pero no veo otra salida, Ada —sentenció Luis.

—Dejadme a solas por favor —dijo ella sin darse la vuelta—. ¡Salir de aquí, joder! Fuera, fuera da aquí —espetó presa de otro ataque de ira.

La gente abandonó apresuradamente la sala de reuniones, empujándose para salir de allí lo antes posible. Luis suspiró, le dio un golpecito en el hombro y también se fue.

* * *

Ana asomó la cabeza entre las trenzas de la mosquitera y vio como su tío Fran se acercaba al mostrador dejando caer el sombrero sobre su espalda, sujeto por el barbiquejo. Decidió entonces que se quedaría mirando hasta que realmente hubiera peligro de la llegada de los robots policía, pues creía que si sus padres y su tío mantenían las distancias, eso no se produciría.

El padre de Ana estaba apoyado en la barra, con el pie doblado hacia atrás. Su madre y su tía, detrás del banco, hablaban con él de algo que parecía serio a juzgar por el tono.

—Joder Antonio ¿qué haces aquí? Hoy me tocaba a mí —dijo nervioso su tío.

Su padre se giró y lo miró, no parecía sorprendido, pero no dijo nada y justo cuando su tío iba a perder la paciencia se le acercó, le puso una mano en el hombro y otra alrededor del cuello y le miró a los ojos con media sonrisa. Después lo abrazo y le pidió perdón. El tío se deshizo del abrazo y lo empujó levemente hacia atrás. Parecía enfadado y su tía Paula se aprestó a calmar los ánimos. Su madre empezó a llorar.

—Ya claro —dijo su tío—, pero eso no lo arregla. Tú sabes cuál es la situación y ahora tendremos que irnos los dos.

—Pues, lo siento Fran, pero yo no me voy... me quedo aquí, en mi casa. Estoy harto de esta mierda —contestó su padre.

Ana se asustó, nunca había oído a su padre hablar de esa forma. No obstante su talla (le sacaba media cabeza incluso al tío) y la buena musculatura que le daban un aspecto temible, en el fondo era una buena persona y se llevaba bien con la mayor parte de sus vecinos. Ese día, sin embargo, vestido con una camiseta blanca de tirantes, unos vaqueros y su negra barba, a Ana, sin saber porqué, le parecía peligroso.

—No seas tonto Antonio, vámonos antes de que nos pillen —dijo su tío Fran cogiéndolo de brazo.

—¡Déjame! —le gritó su padre soltándose.

—Estás como un cencerro, joder. Te he dicho que nos vayamos, no quiero ir a la cárcel por tu culpa.

Ana no entendía nada de lo que decía su tío, ¿a la cárcel? se preguntaba. Su abuela siempre le decía que a la cárcel van los malos, no los buenos. Entonces su padre grito aún más fuerte:

—¡Y yo te he dicho que me quedo y punto! María, sirve unos botellines de los del fondo que están más fríos. Vamos a brindar, coño.

La madre de Ana se movió como impulsada por un resorte y cogió dos botellines de la nevera. Seguía llorando. Dejó los botellines en la barra y miro al tío que estaba con las manos en jarra y negaba una y otra vez con la cabeza.

—Tu cuñado ha perdido la cordura, Fran, he intentado quitarle de la cabeza sus locuras, pero no quiere hacerme caso. Se divierte viéndome sufrir —dijo su madre.

—Si es que tiene razón. Nos han privado de libertades fundamentales, tenemos derecho a resistirnos. Si nos callamos, ¿cuál será la próxima que nos hagan?

—Paula, tú también, ¡joder! Que nos van a pillar y son peligrosos, leches, ¿no os dais cuenta? Me enteré por mi amigo Juanjo, ya sabéis, el que trabaja en Bíotic. Él me dijo que la empresa ha perdido el control de los robots y están intentando salvar la feria.

—¿Y qué, nos escondemos hasta que esos apestosos hijos de perra hayan arreglado el problema? ¿Quizás el resto de nuestras vidas? —replicó Paula, su tía.

—Me cago en todo, Paula, me cago en todo... ¿quieres ayudarme con esto?

El tío parecía muy enfadado y no paraba de apretar los dientes. Ana temía que se les iba a romper de un momento a otro. Su padre se llevó el botellín a la boca y empezó a beber y, después de un buen trago, lo dejó con un gran golpe encima de la barra haciendo que la espuma se saliese como la lava de un volcán.

Con los bigotes todavía húmedos, cogió el otro botellín y se lo tendió a tío.

—Vamos Fran, bebe conmigo —le dijo—. ¡Vamos!

Ana pensó que su tío Fran iba a darle un manotazo al botellín, pero no lo hizo. Algo debió cambiar, porque se le pasó el enfado, empezó a sonreír y dijo:

—Qué... a la mierda, que sea así entonces.

Cogió el botellín y lo vació de una sola tajada, provocando que su padre soltara una carcajada ronca que contagió a todo el mundo menos a su madre que siguió llorando apoyada en el mueble de detrás de la barra. Al verla en esa posición, con una mano cogiéndose el codo y la otra debajo de la barbilla, lloriqueando mientras observaba a los demás, Ana sintió pena por ella, le recordaba un pajarillo asustado.

De pronto su madre miró hacia la puerta y Ana, que un primer instante creyó ser el motivo de la atención, enseguida cayó en la cuenta de que algo no iba bien. Sacó la cabeza de las trenzas mosquiteras y al darse la vuelta soltó un grito; eran dos robots policía acercándose rápidamente, cruzando la plaza. Sus pesados pasos y el ruido silbante que hacían al andar resultaban perturbadores. Ana metió de nuevo la cabeza y gritó lo más fuerte que pudo, pero de poco sirvió.

En menos de un suspiro los robots ya estaban subiendo por los escalones. Eran delgados y ágiles, de color blanco con partes azules. Algunos de sus mecanismos quedaban a la vista, pero en general todo el artilugio quedaba escondido debajo de una especie de armadura. Lo más inquietante eran sus ojos de color azul intenso: te miraban fijamente sin cerrarse nunca.

Uno de ellos se fijó en Ana y, con voz sintética pero afable, le preguntó si estaba bien. Ana no dijo nada, solo pensó si aquel robot había enloquecido cómo Angus.

El robot se quedó un instante parado, pero al final decidió entrar en la tienda. Ana oyó a su madre gritar y como los botellines se rompían al chocar con los cuerpos metálicos de las máquinas.

—Malditos —gritó su padre—. ¿Qué vais a hacer? ¿Arrestarme? Que os den por vuestro metálico culo, ¡yo me quedo aquí, en mi casa!

—Ustedes dos están violando la restricción de distancia y de reunión permitidas. Desalojen ahora mismo el local o nos veremos obligados al uso de la fuerza. Les aviso que desobedecer a un oficial público es un delito penal —comunicó el robot policía más adelantado y en un tono completamente neutro.

Su madre se interpuso entre su marido y el robot. Le pidió a gritos que hiciera caso y se fuera. Estaba histérica, lloraba sin lágrimas y forcejeaba con su marido frente a la mirada atónita del tío Fran y la tía Paula que habían quedado pasmados. En la brega, el vestido de la madre se abrió y una copa del sujetador se quedó al descubierto. Su tía, al darse cuenta, corrió a recolocarlo para taparle el seno y mientras lo hacía le siseaba y le suplicaba que se calmase.

Su padre se había quedado quieto, con los ojos llorosos... como vaciado de todas sus fuerzas. El tío Fran lo agarró del brazo y tiro de él arrastrándolo.

—Venga Antonio, vámonos ¡joder!

Ya sin resistencia alguna, su padre se dejó llevar hasta la parte trasera del local. Ana vio como el tío abría la puerta y empujaba fuera a aquel hombre corpulento que ya no parecía tan peligroso. Aquella imagen le provocó un dolor mudo que no había sentido nunca en su corta vida. Era como si algo se le moría por dentro. Azuzado por aquellos acontecimientos, el resentimiento crecía en su interior. Se levantó y con la energía de su edad entró en el local y se puso delante de las dos maquinas.

—Sois malos, sois malos, sois como Angus... —dijo gritando y golpeando con sus manitas a la máquina.

Su madre, al verla enfrentarse a los robots, corrió hacia ella y la cogió en brazos. El primer robot echó un paso hacia atrás y dijo:

—Según el estatuto de la infancia, los niños no deben presenciar hechos violentos que puedan traumatizar su joven consciencia. ¿Por qué esta niña se encuentra aquí? Su presencia representa una violación de las dos primeras leyes.

Era el robot que poco antes, al entrar a la taberna, había hablado con la niña.

La máquina daba la impresión de estar dudando, pero eso era imposible. Pues, en realidad, lo que estaba pasando era que no podía resolver el conflicto. Entonces las dos máquinas emitieron una corta ráfagas de bips y durante una decena de segundos se quedaron inmóviles, mientras una voz metálica avisaba de que estaban procediendo a un reinicio y que se prohibía tocarlos. Terminado el tiempo, un solo bip largo les devolvió a su funcionamiento normal y el que antes había hablado dijo:

—Se ha evitado un posible caso de maltrato a la mujer, expediente 0003245879145TDC/2134, por favor, respondan a las preguntas siguientes: ¿Han sufrido algún daño por parte de los dos hombres?

Su madre salió del mostrador y empezó a golpear al robot maldiciéndolo a cada puñetazo. El robot no se defendía ni hacía nada, estaba simplemente inmóvil.

—Pero qué demonios farfullas, podrido montón de circuitos —gritó su tía—. Los agresores sois vosotros malditas máquinas.

Su madre dejó de golpearlo y empezó a pegarle fuertes empujones frente a los cuales el robot respondía retrocediendo torpemente para no perder el equilibrio. Durante varios instantes, Ana creyó que su madre conseguiría derribarlo, pero, por más empujones que le daba, el robot no cayó y fue su madre quien terminó de rodillas y exhausta. El robot se estabilizó e intercambió una serie de sonidos con el otro que, hasta el momento, había estado inerte, después dijo:

—El tiempo para formular alegaciones ha terminado. A partir de este momento, disponen de cuarenta y ocho horas para presentarlas o ampliarlas, si quieren. Deben hacerlo en la comisaría del distrito.

Los dos se dieron la vuelta y sin más salieron del local. Ana se soltó de los brazos de su madre y los persiguió hasta el exterior.

—Los chicos y las chicas se quieren, no se odian. Mis padres se necesitan... ¡mis tíos! Se necesitan. La gente dice esas mentiras porque tienen miedo, pero son mentiras. Si no me dejáis abrazar a mi papá, me moriré, lo sé, ¡me moriré! —gritó Ana, con rabia.

Los robots se pararon y uno se dio la vuelta para observar la reacción de la niña. Las dos mujeres al ver aquello se quedaron en el umbral sin hacer nada, sorprendidas por la reacción de Ana frente a las máquinas.

—El hombre representa una posible amenaza para la mujer. Es necesario prevenir las situaciones de peligro evitando los contactos entre ambos géneros —contestó llano, el robot.

—No es verdad, mi padre nunca me ha hecho daño, y nunca se lo ha hecho a mamá. Mi tío es el mejor tío del mundo y, antes de que Angus se volviera loco, me llevaba con él a caballo. Ellos me quieren mucho, mi hermano Rafael me quiere mucho.

—¿Qué significa eso? —pregunto el robot sin énfasis.

—Significa que nunca me harían daño ni dejarían que alguien me lo hiciera, ni aunque tuvieran que morirse. Eso es lo que me dice siempre mi papá —contestó Ana sin saber cuál era el real alcance de sus palabras.

—¿Cómo sabes que no te harán daño? —preguntó el robot.

—Porque con ellos me siento a salvo, en cambio, vosotros me dais miedo —contestó Ana, mientras su madre reprimía un sollozo.

El robot se quedo un instante observando a la niña y al rato intercambió otra una serie de sonidos con su compañero metálico. Después, se quedaron quietos y la voz sintética dijo:

—Actualizando versión del software 01VBN10003/2134... recalibrando, bip... bip... bip.

© Alfonso Fabiano (5.006 palabras) Créditos