EL ROBBITH
Antonio Santos
EL ROBBITH

una historia de la frontera.

—¡No quiero jugar con muñecas! —el Chaval.

—¡Debes! ¿O quieres que te consideren machista? —el Padre.

—¡No quiero las muñecas!

—¡Pues no cogerás los Action Warriors de tu hermana! ¡Tampoco sus camiones o naves! ¡Tienes tus muñecas! —la Madre.

—¡No las quiero! ¡Son asquerosas!

—¿Dónde vas? ¡Regresa!

Siguió el topetazo de madera y metal de la cancela que, del patio ajardinado, daba a la calle tras cruzar un corto callejón pavimentado, haciendo la división entre casas.

Dama de Picas me miró con el ojo que le quedaba. Durante un momento se replanteó su plan. Mas la conocía lo bastante como para saber que no lo cambiaría.

—Ve tras él.

—¿Por qué? ¿Para reclutarlo? —ironicé.

—Enséñale que hay más opciones en el espectro —propuso tras denostar mi sarcasmo—. Algo que ni sus progreprogenitores le consienten, por mucho que falabalen sobre la tolerancia, el respeto, la diversidad, blablablá.

—Vale vale vale —me levanté de mi butaca de jardín—. Corta el mitin por tu causa; hace años lo asimilé.

—No tienes más causa que tú mismo, chico. —¡Cómo se resistía a llamarme por mi nick!—. En cierto modo, me enorgulleces. —Era sincera. Ajá. Sí.

—¿Por haber hecho mi elección, quieres decir?

—Vete y evita al chaval meterse en un lío. En el fondo —enfocó la bianca vivienda de nuestros eventuales vecinos—, me da lástima. ¿A ti no?

Alcé los hombros. Me costaba concretar mis emociones al respecto.

Sólo sentía: que jodía mi lectura de Shaolin Cowboy (gran clásico) en el jardín de nuestra casa alquilada.

Imité al chaval. Salí sin estruendo al senderillo que, aparte de separar nuestros pensiles, daba a la calle de esta anodina urbanización, antaño modesta/burguesa, aunque proletarizada hoy día. El PragmaSoc había convertido un apacible lugar en otro infierno del progrecolectivismo, con la máxima meta de esclavizar al ciudadano que decía empero liberar.

* * *

Noviembre. Mi mes favorito.

El Sol calienta lo justo. Permite llevar guerreras de enmascaramiento de FRENTE, o de Blindados, destacando con descarado desentonamiento de los Junkers adoctrinados que hacían sus mierdas políticoparitarias en sus respectivos jardines.

Niños jugaban a las Casitas de las Trabajadoras Trini, con sus Trinis ProgrePlusNatural, llegando a ser gerentas de Corporaciones IG o ZB, o Directoras de Bancos de Abortos Anticonceptivos.

Niñas jugaban con balones Veckman IG Reglamentados, o con muñecos de Peter Sanchkowitz, el Magnánimo Indultator, combatiendo con propuestas de diálogo las Oscuras Voxes de la Reacción Machista.

[ Léase: a Dama de Picas y a mí ].

Bajaba la suave pendiente. Llevaba los hombros curvados en la clásica rúbrica del enojo del dibujo animado, la furia contenida que amenazaba estallar con violencia.

Apresuré el paso. Lo pillé pronto. Detestaba esta misión, aunque el chaval fuera cayéndome bien. Tenía un instinto, inclinaciones hacia lo natural, que los abortos capullos PragmaSoc de sus padres (no, progenitores) reprimían, machacaban, pretendían emascularle.

Le sobresaltó descubrirme a su lado. Tensaba su rostro: el asomo del llanto. Víctima de la rabia y el miedo. Reconocerme le tranquilizó.

Le alegró verme. Era su camarada.

Aunque tenía año y medio más que él, la conexión cósmica era factible todavía a varios niveles. Moderó su paso. Lo situamos en modo paseo entre amigos.

[Cosa que, gato aparte, nunca tendría: amigos].

[Todavía me ardían las tripas, causando culpa e insomnio, por mor del inútil sacrificio de Crepúsculo].

[También extrañaba a Bujías, en Montreal muerto].

—Ah. Hola —débil sonrisa.

—Hey, Joe. ¿De paseo?

—No. Sí. Bueno. No sé. —Enfurruñado Nivel MED. Hasta quizás avergonzado. Por algo. Intuí de qué: de sí mismo. El adoctrinamiento escolar le punzaba, creándole bárbaros complejos. Originándole este abrumador trastorno actual. Ojeó mi guerrera. La envidiaba. Llevaba su mierda de insignia Junker Adicto a las Tonterías y fajín morado, sigul del Compromiso. Con frecuencia: le pesqué echándole esa mirada a mis guerreras de guerrero de la carretera—. Envidio tu suerte, Gabriel.

—¿Por?

—Vistes como quieres. Haces lo que quieres. No te obligan a jugar con muñecas —¡cómo le escocía!—. Porque, de no hacerlo, te considerarán machista.

—No creas. Mi prima —eso fingíamos Dama de Picas y yo ser: primos— también sabe apretar el dogal.

—¡Pero NO te obliga a jugar con muñecas!

—No. —Me alentaba a jugar con armas de fuego o programas de computadora de destrucción masiva. Preguntadle al PragmaSoc, sino. En ese momento llevaba mi calibre Colt Commander. Listo para matar. Como la pequeña navaja—. Es cierto. Sólo digo que tiene sus reglas disciplinarias —que una vez me aplicó, en forma de fusta— que no conviene desobedecer.

—Me parece guay, tu prima. ¿Cómo va su ojo?

—Mejora.

—¿No pueden regenerárselo?

—Los marginados como nosotros —mi gesto nos señaló— lo tenemos prohibido. Ya sabes. Esa ingenética de los Probetas se reserva para los Capitostes del Partido.

—¿Por qué? —esbozó confusión—. Según dicen, merecemos oportunidades iguales. Igualdad Plena. En todo nivel.

—Bah. Embustera Propaganda PragmaSoc —cítrico critiqué—. Esa ingenética debe aplicarse sólo a los Capitostes porque su inspirador liderazgo forjará el Gloricioso Futuro Maritario. O como sea. Cada semana lo llaman de modo distinto.

Atalayé una patrullera de la pasma, el enemigo.

Ascendía la cuesta en modo tiburón acechante. Al instante, como Martin Fallon, busqué cómo desaparecer del rastreo de sus incisivos escáneres. Propuse:

—Atajemos por aquí —entrando a otro callejón divisorio entre casas más/menos cuidadas/respetables que brindaban sombra y olor a comida.

En un jardín: una Imeldita, a las que Dama de Picas y yo ODIÁBAMOS, falabalaba del derecho universal a abortar preconceptivamente desde los doce años de edad, o antes.

Un puñado de Junker moñas y tusonas como esa cerda la oían embelesados. Sus progenitores: aplaudían.

Cualquier día la marcaríamos con un hierro al rojo, al estilo Último Cowboy.

Dama de Picas había marcado así a varias Femirulas. Líderes o no. Es una gozada, me confesó.

—¿Oyes eso? —el chaval tiró de mi manga. Asentí. De cabeza—. ¿Qué te parece?

—Chuminadas bárbaras —sobresaltó al chaval mi lenguaje. Quería acabar ya este encargo. Pasear un poco más: podría justificarme ante Dama de Picas, sin embargo—. ¿Ya te han puteado con esa mierda de la práctica homoX política?

—No. Mis progenitores quieren que sea mía la decisión. —Lo estremecía pensarlo. Como heteroX, lo enfermaba tener que magrear (o llegar más lejos) a un compañero de clase—. Con mi hermana harán igual. A cambio, debemos jugar con nuestros Juguetes de la Diversidad.

Otros progenitores... bueno... Ya sabes. Fuerzan a sus hijos a... Eso...

—Seguro que miran mal a tus padres por este motivo, ¿verdad? —le eché uno de mis patentados vistazos de soslayo John Connor.

—En las Juntas Mensuales de Progenitores. ¿Cómo lo sabes?

—Intuición. No. Lo he visto antes.

—¿Dónde?

—En comunidades parecidas a ésta, lugares donde mi prima trabajó.

—¿Ibas a escuelas, por tanto?

—Lo intenté. —Cuando tenía seis años e invalidé la Ley de la Relatividad y casi reformulé la Ley de la Gravedad—. Mi prima se ocupa desde entonces de mi educación. —Cierto. Un intenso ajetreo a lomos de deportivos Relámpago Rojo o Truenos Azules de los Barones de la Coca, o en acorazados mercs de Extrema Der.

—Pero —ceño fruncido—, ¿eso es posible? ¿Instruirte un tutor privado? ¿No obligan a TODES a la escuela, para Socialización...?

—Vuelve a usar esa mierda inclusiva de todes y te parto la boca —me salió así. Visceral. Harto de tanta carajotada progre. El chaval se asustó. Vio entonces mi mirada Sith. La que, futuramente, atemorizaría al ancho mundo vía metaNET.

—Perdona. No lo repetiré —prometió, tragando inquieto.

—Vale. Así nos entenderemos mejor —sonreí, restableciendo la camaradería—. ¿Echamos unas partidas?

—¡Por supuesto! —brillaron sus ojos al momento.

Tracé en mi mente el mapa de retorno a nuestras casas por aquellos senderillos, eludiendo a la pasma, el enemigo, o a mercs de HomeCorp IG, que también patrullaban esa comunidad.

Se enfocaban a vigilar la casa del Comisario de Barrio. Era un cabrón con pintas, amante de Peter Sanchkowitz, el sustituto del Gran Igualador, Roderick Shoemaker, por haber demostrado ser más rastrero que nadie con los Capitostes chinos del PragmaSoc.

Tenía un busto de Peter S en su jardín, que le habían desportillado varias veces.

También bombardearon su fachada con pintura roja, color del aborto.

[ Macabramente, Dama de Picas deslizó fetos de cerdos en su buzón. Aunque casi todo el tiempo lo pasaba atiborrada de Pastillas Potentes analgésicas, vegetando en el sofá, viendo Monk , o algo similar, en Canal Reposiciones, doliéndose del ojo arrancado en Montreal ].

El chaval me acompañó dócil por las sombrías zonas de una comunidad progre (por pelotas) que soñaba con los viejos tiempos del país de Dixie, cuando comprar hamburguesas Johnny Bravo para luego asarlas en afables BBQ vecinales no era delito.

El coche pertenecía a un maricón alto y delgado que volvía a su casa de Kansas y llevaba gafas de sol negras y conducía con extremada prudencia; el coche era lo que Dean llamaba un Plymouth marica; carecía de aceleración y de auténtica potencia.

—Un coche afeminado —bautizó Dama de Picas tras echarle el ojo.

Era ofensivo: para nuestra mutua dignidad de Últimos Cowboys.

Mas era el tipo de buga progremierda que estilaban, conviniendo socialmente mostrar. Encajaba en el esquema. Podías pasar inadvertido.

Acostumbrados a Relámpagos Rojos, o Truenos Azules, hasta feroces Pale Rider, esto suponía una vergüenza sideral. Ni Jack Kirby o Stan Lee hallarían suficientes adjetivos como para describir tal denigración. Sin embargo nos ayudó a introducirnos en esta anodina urbanización copiada de una (censurada) cinta de John Hugues.

En Montreal nos dijeron que, incluso a esta distancia, podía verse el fulgor de Ciudad Esmeralda de El mago de Oz que despedían las Arcologías Aurora de los Probetas durante la noche.

Anunciaban al ancho mundo que su poderío era tan inextinguible como sin igual. Duradero. Cubriría el orbe entero. Por siempre. Y sobrevolándolas, en su centro, estaba la ofensiva construcción estrella de Stefan Roslov: el Monte Olimpo, aún en obras.

Mas fastuoso, incluso a medio terminar. Y plenamente operativo, como la Estrella de la Muerte en órbita de Endor.

Antes de esta urbanización estuve tanteando terrenos donde parar. Aprovecharía esa pausa para que Dama de Picas se recuperara, planificando nuestros siguientes pasos antes de instalarnos en Soguetto además.

Pese al huguesiano entorno, eso tan norteamericano de biancos protestantes barbacoinómanos del 4 de julio, con capullos hijos adolescentes, con su Marty McFly afeando el impecable cuadro ario: tonterías PragmaSoc hasta reventar.

Colores del Compromiso TransX. Hoy es 8 de marzo también (el 14 de octubre). Aborto como Anticonceptivo. Roderick S Observa. Peter S Indulta. Sue Díaz Lidera... Los que vivís bajo el yugo PragmaSoc conocéis el percal, ¿no? ¿Debo extenderse, pues?

Alquilamos una casa. Nos construí, mediante hackeo brutal, una pantalla de respetabilidad aceptable. Luz, gas, vivienda: regularizados. Al corriente en pagos.

Llegamos durante el calor de la noche.

Mientras Junkers e Imelditas tenían progres fantasías húmedas, susurraban en sueños subconscientes: ¡ODIO al Gran Hermano!

Por desgracia:

El ojo tuerto de Dama de Picas destacaba demasiado. Fabricamos un embuste laboral que exigía un traslado a una tranquila zona residencial, distante del lugar de los hechos, para procurar destraumatizarla.

Coló bastante bien. Acabaron aceptándonos... con suspicaz recelo.

Pues procuraban mantenerse lejos de quienes no acudían a la Asamblea Comunal Semanal-Seminario a escuchar a los oradores invitados. Traducido: oír progretonterías que pudrían el cacumen.

—Pronto nos pondrán una letra escarlata —ironicé cierto día.

—Ya la llevamos, chico. Borregos hijos de puta —hosca destacó Dama de Picas. Sacudió el bote de Pastillas Potentes. La maraca de su adicción—. Faltan, chico.

Haz magia, anda.

Léase: falsifica una receta para que siga teniendo Pastillas Potentes. Hackea.

Hackeé, rápido, eficiente. La Fuerza estaba conmigo.

Tampoco, per se, Dama de Picas podía pasar inadvertida. Su donaire dominatrix salía por sus poros (perceptible en cómo andaba, gesticulaba, mantenía la pose, de dueña, hasta retadora) y lo remataba su corteza de adamante de Última Cowgirl.

Faltó un pelo para que cruzase de un fustazo la cara al Comisario de Barrio cuando, fanático ardiente, la afeó nuestra ausencia a las Asambleas Semanales.

—Ese día toca misa —espetó al mameluco, con su hijo caraculo con insignias Junker tamponándole el ojo del culo (roto por su iniciación en la HomoX Política) tras él. El típico rubiales Brad Thompson de Spider-Man, el ario del Mayflower que puteaba a Karate Kid. Menudas miradas de ODIO intercambiamos en el ínterin.

—¿Misa? ¿En mi barrio? ¿Aquí? —increíble rictus erectus de asombro puso el Comisario de Barrio, Cristófobo rabioso—. ¿Dónde?

—En las catacumbas —alanceó mordaz Dama de Picas, derrochando tronío dominatrix. (Está tela de buena; se conserva, y sabe ponerse en TENTADORA cuando conviene. De NORMAL a ERÓTICA en o, 45 décimas)—. Como los Primeros Cristianos. De ahí, ¡saldrá el triunfo de la Fe Verdadera sobre el presente paganismo progre!

De ser religioso:

El Comisario de Barrio se hubiera persignado tanto/tan rápido como un cura loco. Chillando: Vade retro!, huiría del jardín donde nos encuestaba. Blandiendo cruz y Biblia para repelernos.

—¿Paganismo progre el Socialismo Pragmático, declara usted? —logró balbucear.

—Por la Cruz del Valle de los Caídos —firme se mostró Dama de Picas. Resaltó su hermosura entonces—. ¡Lo juro!

—Vámonos, hijo —retrocedió entre alternativas oleadas de indignación y miedo al hereje apóstata el menda—. Informaré de esto. —Ya en la acera, valla de por medio—. De su conducta sospechosa e injurias contra la Correcta Ortodoxia. ¡De las misas!

—Ya apelaré a un Tribunal más alto.

Apelé mediante hackeo. Bloqueé futuras quejas. FUERZA notó la intrusión.

Mas no actuó como debería. Como cuando me alertaba sobre inminentes redadas. Añadió más mórbido/morboso misterio a este trato que la IA me dispensaba. ¿Por qué? Era su enemigo. ¿Por qué me protegía de sus amos? Porque... ¿le distraía? Absurdo.

Tenía billones de opciones de diversión. Como ayudar a tiranizarnos.

Por entonces, empezaron los atentados contra la casa del Comisario del Barrio, con nocturna alevosía.

Cosa curiosa:

Nunca los pasmas, el enemigo, o los mercs de HomeCorp IG, estaban por las inmediaciones. Disturbios eléctricos, o similares causas, les reclamaban en otro lugar.

Algo era cierto, constaté esas noches: el fulgor de las Arcologías Aurora destacaba nítido aun a aquella gran distancia. Retándonos a ir. A derribarlas.

* * *

Horas después de instalados hice un pasmoso descubrimiento. Fue casual. El asomarte a la ventana entonces y descubrir la anomalía:

¡Un Junker invadía nuestro sótano!

Uno de esos by-scouts con insignias de morado sarasa cargando una mochila de Mi Pequeña Polly bastante maltratada, por cierto.

Cuando eres el terrorista fugitivo más buscado del ancho mundo (con fuertes diarreas y estrés asesino que produce insomnio), te pones paranoico al momento.

Bajé aprisa, calibre empuñado, pensando que el puto Junker pretendía dinamitar la vivienda, pues nos había reconocido, como fuera. Pedí a Dama de Picas silencio.

Saturada o no de Pastillas Potentes, al instante blandía su calibre Millenium, investigando rauda por las ventanas, esperando ver mercs de HomeCorp IG o a la pasma, el enemigo, rodear la casa. Mi gato siamés maulló interrogativo. Este extraño ajetreo agitaba sus instintos, temiendo pasarse otra temporada preso en su caja.

Según huíamos en buga más rápido/potente que el Mariconmobil.

Como pude: evité hacer crujir los escalones. Del sótano brotaba olor combinado a Posesión Infernal y tubérculos podridos. En su penumbra, diluida lo justo por la luz del Sol que penetraba por las polvorientas ventanas: vi al pequeño Robbith Junker.

Algo más joven que yo. Engolfado en la enésima cruzada de Los Vengadores contra Ultrón, o Thanos. O aliados. Algo así. ¡Menudo ardor bélico! Qué hostias les hacía darse. Vaya comentarios expresaba:

—¡Hoy terminará tu tiranía, Shoemaker! —bramaba el desconchado Hombre de Hierro, arreando leña a un muñeco adoratorio de Roderick S—. ¡Los niños juegan con muñecos! ¡Las niñas con muñecas! ¡Como SIEMPRE ha sido, hijoputa!

La Masa se explayó lo suyo con la efigie del Magnánimo Indultator. Lo puso de perro cabrón judío (!) para arriba según lo pisoteaba.

Al menos cinco minutos, a hurtadillas, estuve allí, absorto viendo cómo una ira reprimida hasta la psicopatía salía a candentes borbotones por boca y gestos del Junker.

Dudé durante un momento. Luego, tan sigiloso como descendí, regresé a la sala.

* * *

—¿Y bien? —acometió Dama de Picas, ansiosa. Estresada—. Está despejado ahí afuera. No vi a nada o nadie amenazador. ¿Qué es?

—Tal vez... Una nueva esperanza.

—Explícate —pues perfiló perplejidad.

—Mejor... míralo tú —resolví—. No hagas ruido.

Ceñuda, contrariada por mi hermetismo misterioso, terminó aceptando.

Cometió algún error. Hizo ruido. El suficiente, por bajo que fuese, como para alertarle, poniendo en fuga al Junker. No tardé en ver, zarandeando la bolsa de lona para niños promaricas, su apresurado regreso a casa... La vecina. Empero perdió algo en su estampida. Lo halló Dama de Picas. La figura de la Bruja Escarlata.

—Escuché parte del... diálogo —examinamos en el sótano el juguete. Lo husmeó mi gato—. Ningún hijoputa me obligará a jugar con muñecas. ¿Qué te parece?

—Represión, negación, rebelión. ¿Cuántos más habrá como él? Deberíamos vigilar a ese Junker. —El único ojo de Dama de Picas escudriñó la casa aledaña a través de ventanas festoneadas de telarañas—. Quizás quiera tener un amigo en ti que le comprenda. ¿Qué me dices?

Claro que ODIÉ el encargo. Y busqué cómo zafármelo. Hostias. ¿No estábamos de paso? Lo justo para tomarle la medida a Soguetto y perdernos en él. Para contraatacar, como el Imperio, al PragmaSoc.

Dama de Picas: adujo implacables argumentos persuasivos (de guerrillera experta) que terminaron endosándome la misión.

* * *

Durante unos días estudié al Robbith. Me hice el interesante en el jardín. Exhibí literatura prohibida: Clásicos Marvel. Tendí camisetas de coleccionista de Iron Man del Santo Robert Downing, Jr. El portento pulp de Doc Savage quedaron a su vista.

¡Sacrílegos libros sadomachistas de Gor!

Sabía dónde comprar todo eso. El dinero abundaba; lo robaba portransferencias al Banco Central de la Eurotopía de los Pueblos Mau-mau-mizados. Furgonas de reparto de AmZoom IG llegaban con calculada regularidad.

Llamaban, como Cthulhu, su atención Junker.

Olvidadizo: dejaba la maravilla en el jardín. Fingía descuidos. (O poco; derrocar al PragmaSoc exige horas Horas HORAS de constante dedicación.) Me entretenían tareas encomendadas por mi prima.

Acabó picando, of course. La tentación vivía al lado; no arriba.

Simulamos dar un laaargo paseo. Tardó diez minutos en penetrar en la Cueva de Alí-Babá y los Cuarenta Principales. Como mudos y flipados espectadores: lo vimos dar rienda suelta al ODIO contra la máquina progre. Sobar camisetas. ¡Robar un Gor!

—Tiene madera —manifestó esperanzada Dama de Picas al terminar todo.

—Él nunca matará. Convéncete de eso.

—Depende de cómo se instruya.

—¿Como hace el PragmaSoc para que mariconee, por ejemplo, pese a ir contra sus instintos? Creía que lo nuestro era: Elige. No: Sométete.

—Lo nuestro es el plomo —remedó Dama de Picas al Santo Steve McQueen—. Y sigue siendo elige. Pero primero debes recibir información. Para contrastar y escoger en libertad. Sin prejuicios o coacción, ¿verdad? El PragmaSoc ha hablado. Nos toca.

—Conforme —no la faltaba lógica—. Pero informarle. No ponerle un calibre en la mano —expuse el mío— y decirle: Mata a ese.

Eso hacen con él ahora mismo en su colegio. No cuestiones. No dudes. Obedece.

—Nunca debiste leer ese libro de Walter Tevis —reprochó Dama de Picas.

—No habérmelo dado. Y, Dama: así tú —recalqué— me has educado.

No reprimió qué colosal orgullo sentía por tan aventajado padawan: yo.

* * *

Dama de Picas sondeó a los padres. So pretexto de la concordia, la vecindad, y tal.

Eran capullos integrales. Aunque capullos estragados por el miedo a que los etiquetasen de algo (fascistas, machistas, marianistas, senderistas), terminando en donde mataron a mis padres: Las Barricadas. Descartados. Desahuciados. Deshumanizados.

O, peor: en un campo de Reorientación Política de Corea Unificada.

Recitaban íntegro el Catecismo Antifascista 02050 y más mierdas de la Literatura Ortodoxa PragmaSoc según la servían té de soja, que feminizaba los cojones, volviendo más sensible al hombre a las necesidades, de realización, de la mujer. Inhibía su ego viril.

Dama de Picas, fingiendo estar in albis de tanto dislate:

– ¿No es una contradicción? —planteó—. ¿Por qué las mujeres debemos tomar un té que emascula químicamente a los hombres? Para fortalecer nuestros ovarios, ¿no deberíamos empinar un buen trago de whisky Wild Wallace?

Estos Ned Flanders quedaron planchados. Mudos. Balbuceando. Intercambiando miradas. Profunda confusión. Quizás pensando: ¿la echamos? Violaban sus palabras preceptos de la Correcta Ortodoxia. Por tanto: convenía no frecuentar su compañía.

Por Impura Política.

Así se fundó nuestra leyenda urbana negra, que provocó la vehemente visita del Comisario de Barrio.

* * *

Un sábado, onomástica de la Bendita Bianca Beauchamp, descubrí al Robbith en su jardín. Entonces lo vi tal cual era (buen tipo en mal mundo) sintiendo simpatía por él.

Le devolví la figura que había perdido.

Claro que primero fingió vehemente negar le perteneciese. Qué carajo.

Los Junkers no juegan con esas muñecas. Sólo con las aprobadas; las Trini de la marca Mi Pequeña Polla, ideadas por un Protocolo Trinidad del Superministerio de (Des) Igualdad TransX.

Muñecas marimachos/camioneras que hacían parecer prerrafaelista a La Masa.

Feas como el pecado, de paso.

—Tu secreto está a salvo conmigo —afirmé.

—¿Por qué?

—Porque los tíos NO juegan con muñecas. Se apoyan, además.

—La ley dice que sí. Debemos jugar.

—A la mierda la ley, dice mi tatuaje.

—¿Tienes un tatuaje? —ojos de plato, puso.

—No. Pero sí un gato siamés. ¿Lo ves? Allí. —Tomaba el Sol plácido sobre una silla de jardín, mirándonos indolente. El epítome de la indiferencia.

—También —el chaval precisó, tras superar un avergonzado recelo— veo unos TBOs chulísimos. Como tu flipante camiseta de The Flash.

—Mejor que tus insignias Junker —las señalé—, ¿verdad?

—Las ODIO. Son una puta mierda.

—Total, tío. Puta mierda total.

—No dirás a nadie que... —elevó la figura que le devolví, renovados sus temores.

—A nadie. Lo juro por Arioco.

Compartimos la sonrisa que consolidaba nuestra camaradería, si no amistad.

Requerido para almorzar (alguna porquería vegana castramachos), se despidió. Hasta mañana. Con sentimiento nuevo bailándole en el corazón, sin duda.

—Por aquí andaré —prometí.

Lo animó saberlo.

* * *

—No entiendo muy bien el sentido del experimento —durante nuestro almuerzo—. No nos mezclamos con ellos, Dama. Los eludimos. Son el enemigo, como la pasma.

—¿Cuántos de ellos podríamos pescar, a tiempo, para la causa, chico? —su severo ojo castaño me taladró. Entorné los párpados. Intuyéndolos, intenté anticiparme a sus argumentos—. Necesitamos... extender la palabra, por emplear cierta analogía. Contrasto cuántos moran en las catacumbas, capaces de ayudarnos. Que ODIAN de veras al PragmaSoc.

Nuestra gente ha caído casi toda. Ya no hay más mundo al cual escapar. Estamos al final de la Vereda de Santa Fe —argot Último Cowboy para expresar el fin del trayecto—. Nuestro GTT es ese Soguetto tuyo —la desagradaba mi plan. Creo que por eso: era mío.

Si falla: no hay a dónde huir.

—A Australia.

—Tú y tu fijación con Mad Max —empezó a revolver su comida con avinagrado semblante—. Muy lejos. Demasiado océano. Demasiados imponderables. Sin terreno por el cual escapar, si nos descubrieran de camino allí.

—No pienso manipular al chaval —seco. Terminante. Adulto—. Te lo previne.

—Sólo quiero información. Algo sociológico.

—Sus padres son cretinos que malviven acojonados en un entorno PragmaSoc estandarizado. De ellos sólo obtendrás un chivatazo. Como de sus amistades —mi gesto abarcó la urbanización extramuros—. Creo que sabes todo cuanto necesitas. Aquí NADIE cooperará. Nos venderán. Pronto. Además, nuestra sangre vagabunda está ya chillando en las venas. Debemos IRNOS —planteé—. Enseguida.

—Déjame recuperarme durante un poco más —la sorprendía la dureza de mi carácter. Seguí, cortante:

—No dejaré hagas con él lo que con Crepúsculo —la llamé por su nombre real—. No lo sacrificarás como a ganado. —Palideció, herida.

Lo de Crepúsculo: seguía siendo materia ULTRASENSIBLE entrambos (mi rencoroso encono exigía siempre sangre). Obligaba a uno de los dos a abandonar el cuarto donde estuviéramos con cara de mala hostia.

Volví a ser yo. Quedando en ayunas. El gato me siguió al momento.

Dama de Picas quedó sentada a la mesa de esa cocina extraña, iluminada por fluorescentes que daban aspecto de tanatorio a toda la pieza.

* * *

Fue anunciado vecinalmente:

Quema de libros para el viernes noche. La del mes anterior fue contra Stephen King. De nuevo tocaba Barrie, por Peter Pan. El clásico del ODIO literario PragmaSoc.

Dama de Picas agradeció el aviso, prometiendo acudir al infame aquelarre que, en comunista, igualaba los esplendores del Nazismo. Superándolo, a veces.

—¿Iremos? —perplejidad Nivel MAX.

—Para probar algo.

—¿Qué?

Aun adusta, vaciló brevemente. Recordó esta intrépida antianira el valor que tuvo en combate, durante la Guerra de las Dunas, para detallarme su plan.

De nuevo, la división. La reluctancia a involucrar al chaval. Aunque el proyecto merecía, DEBÍA, probarse. Por mera curiosidad.

Le di mi V. B. Lo pulimos, pues.

* * *

El chaval, comprendí, tenía un apetito específico: quería un hermano mayor. Una imagen masculina definida que le comprendiese. Simpatizase con.

(el Diablo).

él. Alguien a quien admirar. Aun emular. A quien confesar pecadillos pornográficos.

Era yo tal imagen, habiendo desertado el progrevegano de su progenitor (casi nunca le llamaban papá ambos hermanos) del cometido.

Verás: el chaval quería ese padre norteamericano que lleva al chico a pescar, o se lanzan en el patio la pelota de béisbol. Le ayudase con la bicicleta. Lo sacralizado en teleseries o filmes. Cosas.

(de casa).

a hacer también con un hermano mayor.

Según clandestinos jugábamos a videojuegos archiprohibidos por la Ortodoxia y tal, fui fortaleciendo esa imagen fraterna. Suplía su carencia. La saciaba.

Dama de Picas, sospeché, la intuyó enseguida. Cosas de mujeres, imagino.

Por eso espoleaba nuestra amistad. A ver dónde acababa. Cómo. Para los dos.

Aquél glorioso crepúsculo nos aglutinamos con la masa quasi anónima que veía, aplaudiendo (a tanto, no llegamos) a la uniformada tropa que, con su ejemplar en la mano, desfilaba ante la hoguera, alimentada de libros malditos para el PragmaSoc.

Así creaban huella de carbono. Cojonudo, capullos. Me susurró Dama de Picas:

—Hijos de puta. No atormentan con lo del Cambio Cli y la desforestación. Pero ¿cuántos árboles talaron para sacar el papel necesario para imprimir tantos libros, que aquí queman? ¡Ni siquiera los reciclan! ¡Arden! ¿Lo has pensado?

—Siempre que veo esta atrocidad —a la libertad y la cultura.

Divisamos al chaval. Estaba espléndido con su uniforme de by-scout moteado de morado sarasa e insignias del Compromiso TransX-Femirulo centelleando al fulgor de las llamas.

Pronto veríamos si sería un chaval, u otro Robbith más. Obediente robot Junker. Sentí cierta expectación (aun esperanza) atenazar mi corazón. Disparando mi pulso.

El histérico director de su cole, desde el estrado improvisado, altavoz en mano, falabalaba la Perorata Oficial Adoctrinadora: Blablablá del Orgullo HomoX. Blablablá del Compromiso de la Juventud Paritaria. Blablablá de prejuicios machistas. Blablablá de cómo el intolerante supremacista colonial Barrie ardería hoy para desaparecer para siempre de la Historia. Su oscurantista enseñanza negacionista-retrógrada se evaporaría.

Dama de Picas me oprimió el hombro. ¡Llegaba el momento de la verdad!

Hombre, o Robbith-Junker. ¿Qué iba a ser?

—Veremos —susurró Dama de Picas.

El chaval cumplió con la Ortodoxia.

Arrojó su ejemplar al fuego. Con cara del Santo Buster Keaton: siguió hasta donde debían formar sus compañeros para esperar el orgasmo de tantas tonterías.

—Ha fallado —Dama de Picas sonó triunfal (curioso, pues le veía como adepto).

—Lo esperábamos, ¿no? —Falso. Aguardaba lo opuesto.

—Es inútil. No pierdas más tiempo con él.

—No. No lo merece.

Por extraña razón, este fracaso me hizo sentir sucio como nunca antes estuve.

Sospeché que Dama de Picas compartía conmigo esta desamable impresión.

Nos desligamos silentes de la masa adoctrinada que seguía aplaudiendo.

Sus palmadas ribeteaban las desvariadas chuminadas que el director escupía como una ametralladora vía altavoz. Falabalabaría hasta fallecer.

* * *

Camino a casa:

—Está fuera de control —comenté—. El PragmaSoc está desbocado. Los discursos y sus órdenes son cada vez más delirantes. Opresivas.

—Procuran saber hasta dónde pueden humillar al populux antes de que estalle, para luego aplastar la revuelta y matar a los cabecillas, ejerciendo después su absoluta dictadura sobre el mundo —razonó Dama de Picas.

¿Quién quedará para liderar una oposición? Nadie.

Volví durante un instante la mirada hacia donde aún falabalaban Propaganda. Su eco: débil, mas nos alcanzaba. Sospeché: Eso debía ser.

Qué triste porvenir.

* * *

Esa noche. Más tarde.

El chaval cumplió lo pactado. Este, al menos. Llegó aun adelantado. Hacía frío, lo cual desteñía su tez. Tampoco las ecofarolas de LED proporcionaban cálido ambiente.

El chaval (¿o debía considerarlo Robbith?) me miró acojonado. Me tendió algo su trémula mano. Sólo se atrevió a buscar mis ojos esa vez.

—No pude. Lo siento.

—Lo esperaba.

No quería dar entonación fustigante a mi voz. Mas sonó así. Lo que no tomé fue el tarugo con forma de libro que le dije arrojase al fuego, guardándose el ejemplar. Que luego, a escondidas, podría leer. Así ampliaría su visión del mundo gracias a esta pizca de cultura. Luego, la sometiese a su examen. No al del PragmaSoc.

Pero, que primero, le diese una oportunidad. Era lo justo.

Ya cuando le propuse dar el cambiazo, como (le aseguré) solía hacer yo para así ampliar mi biblioteca, se puso de tono tiñoso, cagadito vivo.

Entonces recitó todo lo citable en argumentadas sanciones PragmaSoc para obedecer la orden de quemar libros paganos.

—¿Qué clase de tío piensas ser? —desafié cortante, helador—. ¿Uno que acate cuanto le manden, sin más, o desarrolle un sentido crítico independiente?

Vale. El Partido tiene un puesto para ti: lavar bragas de femirulas castramachos. —Amagué abandonarle.

—¡No! ¡Espera! —¡Cuán desesperadamente necesitado sonó!—. Espera.

—Si lo haces bien —regresé—, el riesgo es mínimo-nimio. Y ganarás algo que otros no tendrán —tenté—. Nunca.

Esto pulsó cierto resorte en su interior. Creo fue lo que lo persuadió a colaborar: tener algo único. Aunque ahora estaba allí, cadavérico, asustado, apenado por haberme defraudado. Eludiendo mirarme. Explicó, con vocecita pajaril:

—Había monitores cacheándonos. ¿Los vistes?

—Sí. Y entre los padres. Ese cabrón del Comisario del Barrio, con sus voluntarios. Vestidos con chalecos naranjas. Por si alguien hacía lo que tú y sus padres recibían el premio de un libro prohibido por una idiota descerebrada siempre mal follada.

—Entenderás que, así, no se puede...

—Un tío con iniciativa SABRÍA ingeniárselas, como Indy Jones. —Mas me compadecí. Creo que, porque como sabía, nos iríamos pronto. Puse, como comprensivo hermano mayor, una mano sobre su hombro derecho—. Tranqui, tío. Mañana veremos otra vez En busca del Arca Perdida.

Pero estaba tope azarado como para celebrarlo. Se sentía demasiado culpable.

Como un auténtico fracasado lavabragas sáficas.

Cociéndose en ese sentimiento: le dejé.

Sentenciosa, en el porche trasero, aguardaba Dama de Picas. Adusta, como Palas Atenea. Inflexible, como Hela.

—¿Y bien?

—Lo sospechado.

—Que le cachearían y tal. —Asentí de cabeza—. Seguro que ni llevó al colegio el trozo de madera que le dimos para sustituirlo por el libro.

—Seguro. —Pausa—. Somos los últimos, Dama. Nadie nos reemplazará.

—Puede que en Soguetto encontremos algo.

—Aquí —indiqué la urbanización— no, desde luego. Impera el miedo.

Lo atisbé en su rictus erectus facial. Tocaba empaquetar. Saciar las ansias Jack Kerouac de carretera. Impulsaba nuestra sangre vagabunda.

* * *

Movimientos policiales por la ruta que elegimos tomar: demoró dos días el viaje. Algo que ya ansiábamos. La urbanización no nos quería (por antisociales, no participativos, por criterio propio/no adoctrinado, por católicos) y prodigaba mohines en manifestarlo. Tampoco nosotros les ahorrábamos muestras de desprecio.

Matábamos el tiempo al sol en el jardín. Día de tormenta inminente.

El gato husmeaba sus partículas, cargadas de electricidad, impregnar el aire.

Los gritos nos alertaron. Sobre el mismo tema. En el mismo lugar. Parecía un ritual de obligatorio cumplimiento semanal hacerlo allí. Así.

—¿Por qué me los has tirado?

—El chaval. Cada vez grita más fuerte. Más airado.

—¿Aún sigues pensando que será de los nuestros, Dama?

—Dale tiempo. —Adquirió su semblante oscura sabiduría enigmática. Resaltó su parecido con la Santa Julie Strain. Me puso caviloso.

—¡Tienes tus muñecas! ¡MUÑECAS! ¿Quieres que te discriminen por machista?

—¡Eres un PUTO lavabragas de bolleras, PAPÁ!

Nos miramos como si un duende hubiese estallado ante nosotros.

El silencio que siguió: tangible. Asfixiante.

Prestamos atención al difuso diseño de figuras que atalayábamos entre las rejas y sarmientos encogidos por el frío. El Sol desapareció tras tupidas nubes gris Grey.

—¿Qué-has-dicho?.

—Eso, MAMÁ. ¡Lavabragas! ¡Bolleras! ¡PAPÁ!

—Ese lenguaje...

—¡El que usan los hombres, PAPÁ! ¡Compórtate como uno por una vez en TU vida, POR DIOS!

—Progenitora, ¿está enfermo mi hermano?

—¡Baja la voz! Si los vecinos te oyen, pueden solicitar que mediquen tu ego...

—A la mierda esos moñas de los vecinos, ¡PAPÁ! ¡Eran MIS figuras de acción! ¡No teníais derecho a registrar MI cuarto! ¡Es MI intimidad! ¡Debisteis RESPETARLA!

—No pienso tolerar que a mi hijo lo llamen machista, cuando se está educando...

Fueron debilitándose las voces. Comprendimos que la bronca derivaba al interior. Dama de Picas profundizó su adusta expresión. Se levantó. Dictaminó:

—Son los gritos del pánico silencioso. El miedo al qué dirán los tiene encogidos. Enloquecidos. Vámonos, chico.

—¿Ahora? —desconcertado—. Pero...

—Daremos un rodeo mayor —señaló la casa aledaña—. Nos culparán. Somos los malditos y hemos corrompido al chaval. Por proximidad. Puede haber jaleo vecinal.

No quiero huir de una batalla en el Mariconmobil, falto de potencia o reprise, ¿entiendes? Nos atraparían en un monopatín.

Pensativo, acepté su aclaración. Cierto. Vendrían a por nosotros. Y estábamos tan encallecidos que sacar la navaja, o el Arma: nos parecería un modo natural de zanjar toda disputa. Mal asunto proceder así. Aquí.

No nos interesaba ese disturbio ahora.

* * *

—Espera un momento.

—¿Dónde vas? —Dama de Picas conducía. Casi ni esperé parara para bajar del Mariconmobil, corriendo a continuación hacia los cubos de basura de la casa de nuestros vecinos. Maulló el siamés desde su trasportín al verme salir. Tranquilo. Pronto volvería.

—¡Espera! Será un minuto.

Al otro lado de la serena calle: vecinos cotillas criticaban que estuviéramos obstaculizando la vía con nuestro buga mal parido. Salvo por el equipaje habitual de fuga (mi mochila con el portátil, los programas hacker, armas, municiones, un kit sanitario de FRENTE, macuto con ropa y efectos personales de Dama de Picas), dábamos la impresión de marchar a comprar al KMart IG. No que huíamos.

Revolví la basura ecológicamente separada. Estaban en PLÁSTICOS. En la bolsa de Mi Pequeña Polly. Al rescatarlos del olvido sonreí victorioso, como Indy Jones.

Regresé al Mariconmobil. Dama de Picas enseguida ocupó vías rápidas para la evasión. La que nunca terminaba. El Santo Limahl podría readaptar la letra de Neverending Story por La fuga interminable.

—¿Qué piensas hacer con eso?

—Impedir que desaparezcan. Merece tenerlos. —Lo cierto era que hacía aquello por compañerismo con el chaval. Me enorgulleció su estallido de independencia. Aceptó Dama de Picas:

—Sin duda. Debemos quemar este buga. Demasiado visto. Demasiado lento.

Sabía qué significaba aquello. Se encogió mi estómago un poco.

* * *

Esta historia: no podía terminar sin su asesinato.

El menda era un espabilao afiliao al Partido. Tenía una hermana, bollera política, fea como una verruga pilosa, corpulenta como un estibador, aunque bien situada en la jerarquía del PragmaSoc de zona.

Abusaban de los privilegios del carnet y del puesto de la monstrua.

El menda: cruce de Ray Stanz con Tony Manero, adornado con más cadenas que Mr. T. Se movía ofensivo, consciente de su intocabilidad. Como otros rojos del pasado: quemaba dinero público en putas y coca.

Actuando como auténticos nazis, habían incautado a un judío (por seguir con la analogía) al que envidiaban un Sonny Crockett Daytona Spyder LTD contra el cual yo estaba recostado esperándole, iluminado por viejas farolas de sodio, en un callejón anexo a su puticlub habitual. Acariciaba el lomo del gato. Intentaba tranquilizarlo.

Componíamos el cebo. Esa helada madrugada.

–Eh. Pero ¿qué? —profirió en cuanto el encocado menda me vio profanar el reluciente tegumento negro de su buga supersónico.

Buga que, conocido por todos allá, nadie osaba ni mirar. Por miedo a sanciones de HomeCorp IG. O que un familiar acabase en un Pabellón Protocolo Once. Con una inyección letal quitándolo de en medio por indeseable.

Rígido quedó mi siamés mirando a este esperpento andante-parlante.

—¡Quita de...! —El suave roce de la tela frotada entre sí alertó al macarra.

Dama de Picas deformó su cabeza con dos nitroexplosivas de 10mm. FRT. Sesos y trozos de hueso volaron por el callejón. Surgió de las sombras con el elegante garbo de Nuestra Señora de la Muerte Repentina, papel que encarnaba de puta madre magistral.

Rebuscó en los bolsillos del muerto. Un ojo le sobresalía de la cuenca. Empujado por los sesos, desplazados por las potentes nitroexplosivas. Obtuvo sus llaves y cartera.

Siguió empuñando el Eagle de reglamento dotado de silenciador. Por si todavía aparecían testigos que debieran silenciarse.

Miré indiferente al macarra. Encontraba óptimo su exterminio. Era un indeseable vago; denunció en falso a numerosas personas para apropiarse de lo suyo, gastándolo luego en esta miserable vida regalada suya.

Dama de Picas abrió las puertas del Sonny Crockett LTD, instándose con un ademán que ocupara el asiento del copiloto. La propiedad del Sonny Crockett LTD había sido transferida, vía hackeo, a Dama de Picas esa misma tarde. Hacía días le había echado el ojo al buga. Lo quería. Era el adecuado para terminar nuestro viaje a Soguetto, opinó.

En carretera, con los necesarios pases de Desplazamiento (falsificados) a mano, destacamos más allá de la Cúpula del Trueno el fulgor distante de nuestro objetivo: las Arcologías Aurora. Otra larga noche de asfalto y temas de los Inmortales de Década 80 para aligerar el interminable viaje.

* * *

No encontré forma de devolver al chaval su bolsa llena de superhéroes de plástico. Había peligro, para él, de haberla recibido como primero planeé: por VALIJA GEKADOS.

Bajo ese sigul, nadie pretendería abrir la caja. El mismísimo Partido certificaba la inviolabilidad del envío. Nadie, por tanto, en ningún escalafón, querría husmear en el contenido de tal envío. Recibir ese GEKADOS empero cargaría al chaval y su familia de tal número de enojosas inquisiciones que podrían acabar decidiendo eliminarlos.

Plan B:

Le envié una postal con una foto del electo de sus Iniciativas Vengadoras y el escueto texto: TE LOS GUARDO. CONFI, TÍO. Lo entendería.

¡Carajo! Parecía cosa propia de Los Goonies, o algo así, películas prohibidas que le flipaban y vimos en el sótano de mi casa. Camaradería juvenil patentada por Robert Zemeckis con sigul $teven $pielberg.

Fijo que esto pintó una esperanzada sonrisa en su faz.


Notas

En Una historia de la frontera encontrarás este Breve Glosario para clarificar los distintos neologismos presentes en el relato parte de una precuela de mi novela RECALIBRADOS..

Además, esta breve nota ayudará a situar el contexto.

© Antonio Santos, (36 palabras) Créditos