Imperio decadente, 12
¿DÓNDE SE MARCHARON LAS OLAS?
Luis Antonio Bolaños de la Cruz
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Cuando un organismo, sobre todo cuando es imperial y galáctico, empieza a desmoronarse, por las grietas escapan los peores monstruos, brotan las más abyectas torturas y chorrean las mas crueles trapisondas; la historia las reseña y las explica, pero otro mecanismo, potente y vivencial, se entrelaza con la percepción de que te ocurran a ti, a tu pueblo, a tu planeta; la incredulidad se te aferra y no te deja respirar, sientes como el terror corta cada uno de tus tejidos, te eviscera y te esparce cual tapiz vivo sobre la superficie de la realidad para que reacciones o perezcas. También suceden actos de altruismo, de dedicación a la piedad, y aunque puedan semejar esfuerzos absurdos y desmedulados, son el indicio de que el reemplazo de aquello que devendrá crece y medra a la sombra de las devastaciones y los latrocinios de quienes detentan el armamento y el poder. Ese es la directriz que aflora de los testimonios narrados por los tres veteranos.

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Paisaje maravilloso, una bahía protegida por islas y un par de penínsulas, un macizo montañoso situado ligeramente al norte del ecuador geográfico coronado de nieves perpetuas, que se precipita a través de una serie de escalinatas suaves hacia el mar, en una auténtica avalancha de flora, biodiversidad y verdor con multiplicidad de cascadas, arroyos, lagunas y cadenas de estanques que redistribuyen el agua hasta la proximidad del océano, incrementando los torrentes, acequias y regatos; un masivo peñasco domina una de las ensenadas de la bahía, allí donde se alzan una serie de terrazas de disfrute y contemplación del panorama, puentecillos en cristal y jade los conectan con los hotelitos de maderas duras tropicales que proliferan en la ladera.

Trinos, gañidos, roznidos, bramidos y gorjeos de las bestezuelas de aire y tierra constataban la abundancia de especies de la fauna. Desde la hermosa y cómoda terraza se visualiza como los escalones se difuminan en el azul profundo del mar abierto estableciendo armonía entrelazada océano y cordillera.

En uno de los numerosos solarios se han congregado tres veteranos, quienes recostados en sendas tumbonas ergométricas sombreadas descansan sus cuerpos mixtos, repletos de microsistemas autónomos que se interconectan, implantes expansivos que reemplazan células colapsadas, prótesis biomagnéticas, regeneradores de protoplasma y otros adminículos; reposan los tres veteranos devorando exquisiteces locales y chupando sus cocteles frutados mientras van recordando anécdotas del servicio militar, sus mecanismos de homeostasis digieren y eliminan los probables excesos de sustancias nocivas; ya desapareciendo el esplendor del día y menguando la brillantez solar se infiltra en la tarde una cierta melancolía, que será acribillada luego por las fúnestas resonancias que se evocarán.

Y en concordancia con ese sentimiento los tres humanoides disímiles en caracterísicas físicas pero hermanados por las terribles experiencias bélicas que han vivenciado se disponen a compartir aquella que consideran la peor de sus prácticas perversas.

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Zikixi-Tudu, aún una impresionante mole de más de dos medidas estandar, con la piel erizada de flagelos y ojos protegidos por doble arco superciliar recuerda lo que le ocurrió en Delemestar, cuando fungía de guardaespaldas de funcionarios imperiales, reclutadores de jóvenes, habían logrado sobrepasar la cuota y 105 enrolado( a) s se apiñaban en el centro de la plaza de la localidad; animados por la sedosa interrelación establecida concedieron permiso a las madres o familiares delegadas para abrazarlos y despedirse, los rectangulares antigrav atmosféricos ya preparados flotaban a un lado.

Las madres envueltas en sus albornoces y chilabas ejecutaron una auténtica coreografía, tan exacta que sólo podría haberse realizado con la anuencia de lo( a) s jóvenes, extrajeron sus broches, que resultaron ser desplegables de doble aguijón y en un fluido movimiento apuñalaron certeras con uno a sus hijo( a) s y con el otro se autoinflingieron una herida en la carótida a ellas mismas de igual manera, desplomándose los 210 cuerpos casi en simultánea; en un momento una aparente despedida con algún líquido ocular derramado, al siguiente un infortunio catalogado como tragedia imperial, con mucha sangre vertida. Se le denominó las 105 madres suicidadas, como si sus hijos e hijas por no haber cumplido servicio no existieran y las madres fueran enemigas.

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Tro-Ka-Tes, que de la otrora viva estampa del felinoide flexible y poderoso había transitado a la de ruinoso ejemplo de eterno convaleciente, rememoró la atroz marcha de una multitud en Sigdroi a través del desierto, sin comida ni bebida, por sospechosos y/o supuestos familiares de los guerrilleros que acosaban las columnas imperiales y como se desmigajaba y raleaba la muchedumbre, sembrando de cadáveres la ruta; la constante necesidad de postergar el ataque por tácticas bélicas debido al retiro continuo de los rebeldes por senderos ocultos, que sólo emergían en apostaderos extraños (el interior de un cacto, rocas huecas dobladas, trampas de arena con inyecciones de durplacita —plásticos de endurecimiento rápido muy moldeables y de pronta caducidad) que les permitían inflingir bajas y retirarse casi sin costos.

Obligaban con su trajinar a un continuo bombardeo de cualquier posible sitio de interés para los francotiradores, así que los caminantes agregaban al padecimiento físico el sufrimiento psíquico de la contemplación de los ataques, que parecían más efectivos de lo que eran en realidad, pero servían para amedrantar a los penitentes. Llegados a los contrafuertes de la cordillera los partisanos se desvanecieron y el comandante frustrado ordenó ametrallar a los mermados, esqueléticos y estoicos sobrevivientes.

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Sadoni Luzni, que de compacto y energético por provenir de un planeta de alta gravedad y poseer un metabolismo de formidable eficacia había franqueado el paso hacia convertirse en delgado y apacible, atiborrado de tubos y placas de conversión, contó su participación en una comprobación de rutina, cuando ya la opción guerrera de su cosmonave se decantaba por los insurrectos pero se mantenían enlazados a la esfera comunicacional imperial, la misma se realizaría en Pabonis Trodelti, por eso su nave Furor Pedagógico no es embrutecedor recibió la orden de escoltar un biobajel de investigación médica.

Los tripulantes de la Biología es evolución saludable, astronave hospital hasta ese momento sin experiencia de combate, nos recibieron con calidez, se organizó un equipo mixto que recibió la tarea de bajar y analizar in situ los motivos que convirtieron a un mundo —que la base de datos consideraba próspero y verde— en un desierto lúgubre, cuando las lanchas aterrizaron quedamos conmocionados con la catástrofe que hallamos y al presentar nuestro informe de daños y tristezas lo convertimos en nota personal enviada por la locared para que llegara a cada uno los demás miembros de ambas tripulaciones.

Esa misma jornada los navegantes médicos realizaron una asamblea para tomar decisiones, el testimonio crudo y doloroso de lo acontecido a la gente de Bosque de Hechizos producto de la brutalidad policial del imperio, en su misión anterior, los obligó a optar por el sendero del renunciamiento y el sacerdocio laico, comprendieron que guerrear era clave para derrotar al Imperio, pero que existían procesos que requerían de una alternativa que transcurriera signada por la promesa de una esperanza, que incubara misericordia y empuñara la bondad para plasmarla. La orden de reunirse con nosotros y visitar Pabonis Trodelti era un obstáculo a salvar pero se encuadraba en ese norte. Mantendrían su resolución, sin embargo lo marcial nos correspondería, ellos afianzarían información y extraerían inferencias.

La faena era pesada pues no existían interlocutores en un planeta vacío, a medida que leíamos los informes aún legibles de las consolas espantaba lo ocurrido. Una investigación de los habitantes encabezado por sus científicos dilucidaron la combinación de dos experimentos que se llevarían cabo en su mundo como castigo por incorporarse a la rebelión.

El primero con un grupo de mutados horripilantes preparados para sufrir y persistir (podían ser descritos como agrupamientos de nudos polvorientos cubiertos de pinchos y puyas, constituidos por músculos retorcidos con sensores da alta gama incrustados en cabeza y extremidades para orientarse y comunicarse, se conjeturaba que su negación y ausencia de agua los orientaría hacia la crueldad máxima en sus relaciones con otros seres vivos) y morar los lugares más inhóspitos, sobreviviendo a cualquier régimen o circunstancia.

Un segundo con un virus cuya propósito era consumir el agua hasta desaparecerla, su control estaría en su misma aniquilación que señalaría el fin del virus. Entre tanto, océanos, plantas, seres vivos, perecerían, excepto el grupo mutado que así probaría su capacidad de batalla. Típico pensamiento imperial, piensa algo atroz, que siempre habrá alguien que lo degenere en un peligro colosal.

En cuanto al virus se colocaron los límites biológicos que garantizarían su fulminación sin agua. Los terribles algoritmos de desdicha con que fueron troquelados los mutados los impulsaría a mejorar sus capacidades mientras contemplaban como morían los residentes planetarios.

Sin embargo, no sucedió así, los vivos lucharon hasta el eclipse final; los mutados se ocultaron, algo inesperado ocurría con sus guarismos, sus cifras no trasuntaban lo que se buscaba, parecía que preocupaciones filosóficas y emocionales los asaltaban, pero la falta de comunicación y la ausencia de unos y de otros no provocó postreros destellos cognitivos, el final se precipitó y no surgieron respuestas, más nosotros a salvo del virus recurriríamos a los mutados para dilucidar el misterio.

Los haces de partículas de nuestras dos naves barrieron el seco, polvoriento planeta y en un profundo sistema de cuevas encontraron señales de seres vivientes. A pesar de la separación de actividades el equipo médico solicitó acompañar al equipo castrense, yo fui designado como lugarteniente y partimos en nuestros lanchones antigrav.

Las señales de tránsito y emergencia en las paredes y pasillos nos ayudaron a seleccionar y permitieron raudo acceso a las más profundas cavernas, a medida que descendíamos el terror se apiñaba tras las pupilas y creíamos ver espeluznantes peligros, espantosos olores a putrefacto asaltaban nuestra mucosa olfativa, las papilas gustativas recorrían la gama de desagradables sabores rancios, amargos o purulentos vinculados a eventos luctuosos o desagradables, la piel se erizaba y sus corpúsculos y bulbos (Meissner, Krause, Pacini, Ruffini) emitían síntomas amenazadores, alguien sacudía nuestra pituitaria y turbiones de hormonas inundaban el torrente sanguíneo originando acciones contrarrestadas por nuestras propias defensas activadas desde el inicio del viaje. Era el efecto de la presencia de los mutados aminorado por el conocimiento que ahora tras escrutar la documentación manejábamos.

Arribamos a una última gruta, casi cripta, tan oscura que era indeferenciable en tonos de negror y no obstante, sabíamos que se encontraban allí, uno se levanto para interpelarnos —un rumor, una vibración— exudando una peste, mezcla de turba podrida y limaduras de óxido con carne corrompida, por un instante contemplamos sus aguijones, espirales, púas, espinas y cilios y todos salimos en estampida, vomitando y gritando (en la terraza el cuerpo de Sadoni Luzni sufría convulsiones, emitía vómito, se orinaba y gemía mientras los otros dos veteranos trataban de ayudarlo); una vez relativamente estabilizado, muy pálido continúo: como era principal subalterno me incumbía la seguridad, convertí tripas en corazón y alcance a escuchar al horroroso mutado que balbuceante me preguntaba: Ssssólo querrremos sssaber ¿Dóonde sse han maarchado las ooolas?.

© Luis Antonio Bolaños de la Cruz, (1.827 palabras) Créditos