Horizonte Cercano, 7
TELARIA, LOS TORENGARS Y LA INMOLACIÓN
Luis Antonio Bolaños de la Cruz
Waldkunst, Pixabay License

Por el cristal de su rostro cruzó la melancolía expresada en imágenes de lugares nunca hollados, cracitó y murmulló, de la palma de su mano brotaron luminosas ecuaciones que proyectados sus resultados trazaban rutas sobre paisajes abrumadores y sugerían vehículos que podríamos usar para desplazarnos, su propio cuerpo se tensó y resonó generando un zumbido que anonadaba y en seguida llenaba de gozo, empujándome a los bordes de la conciencia pero manteniendo acotada la atención ligada al propósito de encontrarla, colocándome de paso en situación de alerta y búsqueda, y esa sensación de expectativa y técnicas me condujo a la esperanza, por fin tras su desaparición retorné a respirar tranquilo y se disolvió el peñasco que me oprimía el pecho... supe (o rememoré) porque existían los igobots, capaces en su diseño de guiar las acciones de los amantes, sobre todo de los abandonados o lesionados, con un alma herida y solitaria, con una decepción lacerante o una ausencia obligada.

Al conjuro de mis deseos el igobot se duplicó, triplicó y dividió con gracilidad, hasta ir asumiendo cada uno de los segmentos alguna de las tareas específicas avizoradas como necesarias, gracias a nuestra economía de la abundancia organizada en patrones fractales que fingen desorden para escudar un caos de organización perfecta —como dicen las canciones de enseñanza inicial— acompañada de transportes casi instantáneos, en un periquete el pseudoequipo tuvo listo un velero de autoempuje alimentado por aire con rotores redondos distribuidos en la periferia de su casco para cambiar de dirección sin disminuir velocidad, multitud de heteropantallas, cómodos divanes hamacables y profusión de cajas chinas que al irlas desplegando entregaban ampollas y burbujas repletas de sabrosos frutos fríos, golosinas proteínicas y tisanas tibias de hierbas.

Se llamaba Can-si-tal y su agilidad era vistosa y efectiva, impulsado desde el cordaje llegó y se irguió en la proa, semejante a las aves tronadoras Querkuet, esas inmensas que ensombrecen cuando pasan y que restallan las alas como un trueno en el momento de atrapar a sus presas o sus víctimas (algunas apoyan a los Seguranzas en la faena de limpiar áreas para desplazamientos turísticos o de deleite y se las recompensa con la carne que atrapan). Lo imité y me encarame por la arboladura hasta la plataforma de popa para deleitarme con el panorama que dejábamos atrás echado en la exquisita tumbona oscilante, me amolde entre sus cojines y almohadas y toque suave mi temporal comprobando que la melodía de acompañamiento continuaba y que lo escuchado no era ilusión, hurgué mi diastema para que se reanudara mi silbido de cacería y estreché mis cuatro manos para acrecentar la alegría del reencuentro.

Nos movimos veloces, más que cualquier otro ser en miles de standares, en dirección a las coordenadas que guardaban el último rastro de Telaria en la red (seguro que le colocaron pesarios distorsionadores de espacio (que instalan datos de ausencia o vacío rompiendo el esquema biológico de ls persona para transmitir ubicación) que arrojan opacidad a su registro, quedando obliterado por los que si emiten con corrección a su alrededor, eso significaba que el grupo debería ser por lo menos de tres para esconder su data. Antes de alcanzarlos el dato coaguló con las características de Teleria.

* * *

¿Qué había ocurrido?: Un experimento me retrasó y Telaria marchó anticipada al parque. Cómo en apareiencia no existía urgencia alguna Can-si-tal y yo nos trasladamos en góndola, casi al fondear el fulgor naranja de pantalla indicó Peligro, en seguida empezó a amarrar. Al arribar al sitio observamos de inmediato que adjunto al embarcadero se encontraba el parque de observación de torengars, esas moles que abren su panza para disparar sus tripas y envolver y paralizar a sus capturas mientras los estómagos móviles las van digiriendo antes de retornar a su cavidad mediante la motilidad gástrica. La conmoción agitaba el entorno y la vigilancia en red de los igobots se mantenía férrea, vomitaban datos que se actualizaban y cada cual ataba lo suyo a sus esquemas de lucha, huida o inmovilidad de ser preciso y según requeriera. Los resplandores anaranjados fluían y cambiaban: Ataque / Desaparición / Rapto / Huida / Telaria. Se me cayó el alma a los pies y trastabillé.

Contactamos a la Seguranza y nos contaron que un episodio marcó el momento de la desaparición, una horda de torengars lanzaron un ataque a la caseta central del restaurante, lo cual obligo a evacuar los visitantes al mirador según el protocolo, pero un grupo marchó por uno de los corredores techados que componen el entrevero de rutas para seguir desde encima de la selva la vida y milagros de los torengars, los acompañaba un igobot, el de Telaria. Los residuos analizados de su vaso indicaban un extracto de planta psicoactiva capaz de bloquear la conciencia y dejarla al garete en una especie de duermevela manteniendo la tonicidad muscular y por ende el movimiento, en apariencia voluntario, esos segundos fueron cruciales, el igobot sin desconfiar permitió que se le acercaran y lo liquidarán con un micromisil, al extremo del corredor se adosó un vehículo que recogió al grupo, cinco aalersquieres y Telaria.

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Mazengue, forma parte de una tropilla de siete planetas con similares características, iluminados por tres estrellas no conocen la noche, empero si el crepúsculo, y justo lo estábamos vivenciando; la ola de colores rojizos que inundaba el cielo era de una belleza sobrecogedora y aunque los nativos de Aalersquiere raptaran a mi lampi (compañera de fatigas y placeres), no podrían asesinarla porque a los moradores de los siete planetas nos condicionan desde el inicio en el parvulario con canciones y poemas para enseñarnos a respetar la vida (no matamos y somos vegetarianos integrales) pero si podían abandonarla en medio de una zona habitada por torengars y aplicar trucos terapéuticos para borrar el significado de lo perpetrado, a ella preservando el sentimiento de pavor sin detalles, y a ellos con reminiscencia cíclica, para no olvidar lo acontecido y devanarlo en los encuentros mensuales del grupo y gozar con lo sucedido.

¿De que acontecimiento nacía la inquina?: Aún me costaba creer que se debía al concurso de poemas escenificados que una vez al año reunía a los declamadores y sus grupos de danzarines de los siete planetas, que la derrota del Trío DoLuc, fedele seguace de los instrumentos de percusión generara tal odio, algo poco usual, pero ese resultado sería el acicate que generaría la inquina suficiente para que se despojaran de la cáscara de troquelamiento e incurrir en delito, se exponían a duro castigo pero aceptaron sufrirlo para perpetrarlo.

El grupo era de cinco pero siempre convergían tres en el escenario bailando y tocando diversos tamboriles en rauda mezcolanza. En nuestro caso Dúo Gratnis, yo me ocupaba del Mantheny, una especie de guitarra con múltiples cuellos, más de medio centenar de cuerdas y cuatro bocas huecas y Telaria ejecutaba una acrobática performance ataviada sólo con una lámina trimolecular que se autogeneraba mientras se desgastaba de manera desigual originando franjas, manchas, destellos y ocelos sobre su piel con un efecto semihipnótico.

Los jueces atribuyeron un mayor valor a mis punteos a cuatro manos y la frenética pero dulce entrega de Telaria que a sus vertiginosos y enredados recorridos sobre el proscenio a pesar de su coordinación colectiva. No soy juez de la decisión. Me acogí a ella y recogimos premios y diplomas. Uno de los regalos consistía en una cita con los torengars, fue fácil siguiendo las redes averiguar cuando acudiríamos al parque. Era verídico que nuestra interpretación del poema venía acompañada de una letrilla jocosa y hasta burlona que alguien paranoico podría adjudicar al Trío DoLuc y sus ritmos, pero no era para tanto, por lo menos así lo creímos.

Coincidieron supuestamente por azar en la tasca, narcotizaron su bebida mientras la nave que los recogería lanzaba restos de animales para incitar el ataque de los torengars, por ser parque los sistemas de seguridad no contemplaban defenderse de una lluvia de carne y así pudieron pasar a la sustracción de persona, ensogamiento, traslado y abordaje de bajel infractor para luego trasladarla al interior de la selva de los torengars, los cuales aunque voraces poseen un cierto discernimiento y capacidad de proyección semitelepática, por eso al captar inteligencia en la probable comida ralentizaron su acción y permanecieron en estado de preparación con las tripas desenvueltas e iban en simultánea emitiendo constante una pregunta durante el proceso que llegaba a la red de la Seguranza ¿podemos despedazar y tragarnos la ofrenda? ya que están acostumbrados a los regalos de los visitantes, pero no al pensamiento complejo que envolvía cual cápsula a Telaria; por el momento a salvo, requería extracción y a esa acción con la aquiescencia de Induzat, el líder de la Seguranza nos dedicamos Can-si-tal y yo, en el cristal de su rostro no me reconocí y por un momento un estremecimiento me sacudió.

* * *

Ralentizar no es igual a detener, y menos aún a abandonar la etapa de preparación, pero si nos permitía ese resquicio necesario de esperanza para comparecer a tiempo y rescatarla, entretanto pensaba en la venganza y en exigir a las autoridades de Aalersquier reprogramar el encuentro mensual incluyendo en el sentir de sus cuerpos el atroz dolor, las punzantes quemaduras y el depedazamiento que pudo ser infligido a Telaria, y ampliarlo por varios ciclos (intermitente o permanente) para que se arrepintieran, rozaron el delito grave pero no cometieron daño físico; no obstante, su trapisonda demandaba castigo.

Planeamos sobre el claro y anclamos. Nos dedicamos a embadurnarnos de heces de torengar, sugerencia de Induzat para evitar que se acercaran por el rechazo visceral que le tienen, y nos deslizamos por las cuerdas que colgaban del casco, quizás en mi ansiedad realicé muy rápido la bajada y un torengar se animo a explorarnos, pero el rechazo a su propia mierda provocó un movimiento convulsivo de su tripa que rompió la cápsula de aislamiento de Telaria y de inmediato los totengars congregados lanzaron sus apéndices intestinales, la sonrisa que ya veía se convirtió en mueca de horror y un estallido rojizo fue lo que quedó de ella, mientas los estómagos móviles se tragaban hasta la última gota de lo que fue Telaria. Debo haberme desmayado, me encontré atendido por Can-si-tal que ya me había aseado. Lo miré y le dije, aunque sabía que la locura rondaba en todas las opciones a elegir:

—¿Podemos alcanzarlos?

—Calcularé.

Tres miniunidades standard de tiempo después insistí:

—Siento que todo mi resplandor vital ha desaparecido y no tengo donde regresar, cuéntame como van los cálculos.

—Están entrando a la última órbita de despegue, pero si subimos directamente, sin pausas de aclimatación, lo lograremos—, y pareció suspirar al declararlo.

—Ejecútalo.

—Persiste siempre una traba: tendremos que chocar con su nave y pereceremos.

—¿Me garantizas que morirán?

—Si.

—Entonces que así sea.

© Luis Antonio Bolaños de la Cruz, (1.794 palabras) Créditos