APOROFOBIA Y DESIDERÁTUM
Luis Antonio Bolaños de la Cruz
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Soy Maggiori, un ex-soldado imperial y ahora homeless repleto de prótesis, injertos crecedores y discos de tejidos reparadores, deambulando por los pasadizos que conectan un nivel de la megaciudad de Mogul con otros, empujado cada vez más abajo por los demoledores de las omnipresentes cohortes de seguridad, siempre altaneras, ríspidas y discriminadoras:

Me mezclo en las multitudes de comensales (referidos a aquellos pánfilos dedicados a la degustación y la alimentación pagada o gratuita que se trasladan con lentitud para ir probando cada plato ofrecido), viandantes (congruentes con los pazguatos que pasean y se mueven por el paisaje urbanita sin usar vehículos, aceras móviles, cintas veloces, puentes aéreos con o sin tobogán o discos antigrav), convidadores (babiecas dedicados a mirar como papanatas, siguiendo las indicaciones, anuncios y propagandas que titilan en paredes, cristaleras, semáforos o encrucijadas y que se trasladan según las programaciones e instrumentos de la central metropolitana).

Gracias a los segundos como, a los terceros me siento aún parte de la población y con los cuartos enarbolo un motivo para burlarme y percibir la trascendencia durante un momento, pero eso no dura cuando me tropiezo con los primeros porque empieza a doler y si lo machacan a uno, algo de la fisiología prestada dejará de funcionar, los mecanismos auxiliares se encontrarán entorpecidos por averías y correré riesgos insoslayables porque en el hospital ya me han declarado atiborrado o sea que me suspendieron cualquier intervención por excedente y porque el imperio ya gastó demasiado en recomponerme y no existe posibilidad alguna de que me regenere, cure o transite hacia alguna clase de operatividad bélica.

Me ubico detrás de un vejete delgado y vivaz, pero con la tendencia a quedarse inmóvil durante un rato mientras revisa bolsillos y pakeflots (bandejas antigrav para transporte liviano de objetos y compras) a su alrededor, por un lapso funciona a pesar de lo cual termino tropezando con su sandalia y de inmediato un demoledor me propina un par de collejas aturdidoras y dentro de su comportamiento habitual casi amables, igual se interpone en mi ruta desviándome hacia una larga voluta móvil que desemboca un par de niveles más abajo frente a la pared ciclópea de un bloque residencial temporal, manchada de bermellón, característica de la presencia de garets de Rafalamensioka, felinoides colectivistas o chijuloques de Mogh-Phofma, musteloides cazadores, especies humanoides cuyos orines concentrados disuelven cualquier sistema de evacuación de residuos estampando así su coloreada firma en la urbe.

Por contraste en los niveles superiores existen mecanismos deglutivos-transformadores de restos que desparraman figurillas diminutas que encarnan a los héroes citadinos por alamedas y pérgolas, tosca manera de discriminar segmentos de población mezclando procedimientos de propaganda bélica y reciclaje segmentado.

Son comunes a todos los niveles los Mallepiés (mallas múltiples constituidas por cabezas y brazos y otros artilugios extensibles o desplegables que se multiplican y replican merced a minifactorías robóticas que responden al entorno) de muy versátiles contornos dedicados a limpiar, embellecer, atender plantas y jardines, servicios de comida y los holomonsestáticos (variedad de dioramas que relatan historias cortas de distinto tipo, con frecuencia de exaltación bélica, que se encuentran diseminados por cualquier sitio), son permanentes (cada cual posee un CUF o Código de Ubicación Física al estilo al estilo del posicionamiento global, pero siendo los transmisores) y vociferantes, aunque cercados con muros de ruido blanco, por lo cual pasas de uno a otro sin mezclar lo que oyes ni confundirte, ofrecen juegos de tres en línea, y debes quedarte envidando un rato para lograr hilar tres respuestas seguidas, y así recibir una recompensa que te entregan de inmediato, o sea Panem et circenses,.

Lo cual no se aplicaba a los glocois, burbujas flotantes de rumbo aleatoria que cumplían similar función de exaltar los valores imperiales con lemas, imágenes, cifras, deslizándose fluidos y continuos por su superficie esferoidal, que se desperdigaban por doquier, aunque es más difícil que capten la atención de la gente —ya que no usan sonido—, convencida que vigilan y filman para pescar disidentes sospechosos.

* * *

Maggiori recuerda Pelgoba, su planeta de origen, de enormes praderas y llanuras cultivables, donde los cereales crecían repletos de espigas y granos, el cielo brillaba magenta y las faenas eran fáciles y las jornadas no llegaban a agotarlos; y una tarde, aún adolescente, cuando se acercó a un circo de diversiones gipsie antiquísima manera de presentar espectáculos extraños que de alguna manera quedaron colgados de anzuelos culturales o extraviados en resquicios étnicos o provenientes de especies apenas humanoides que provocaban sensomociones e intensas pulsiones que intersectadas con intereses múltiples de los aburridos granjeros que visitaban les consentían a los gipsies llenar sus baúles de medios de cambio para adquirir combustibles y bastimentos que les permitían mantenerse en éxodo permanente.

Investigue: Durante su uso los resultados que arrojaba la aplicación de la app-red —que nuestro CEPI o Centro de Estudios Planetarios Interconectados sustentaba— se fueron apiñando en un gráfico de rango alto, podía aceptar la manera como la app-red local lograba que un problema matemático de búsqueda de pareja, en apariencia complicado, se resolviera involucrando recursos de ecuanimidad mientras se recurría con equilibrio a las reglas de probabilidad más sofisticadas sin reticencias, además con ciertas derivaciones fácticas (los datos de la troupe), podía ser resuelto de forma semi-intuitiva si el problema se iba desplegando por palabras claves y se presentaban los avances mediante respuestas simples, con rangos que incluían formas y medidas, temperamento y preferencias sexuales y abrigado por un contexto casi tan natural como resultaba ser el circo de diversiones gipsie expandido en una pampa cerealera exótica, lo cual concedía fuerte concreción a mi fantasía.

Es cierto que las nociones de probabilidad, aunque intuitivas, son muy difíciles de cuantificar y usar rigurosamente, y no obstante manifestarse al inicio en contra de mis apetencias remonté el adverso barrunto y acudí con la esperanza velada de conocer a alguna de las gipsies, famosas por sus volcánicos orgasmos, que formaban parte del elenco y enredarme con ella.

Al ingresar a la carpesfera un tropel de sonrientes malabaristas ocupaban la pista-espejo que permitía dos escenarios y abundancia de hileras de butacas, futones y tabladillos, uno no sabía cuál era la real y cuál la reflejada, al funcionar en ambas direcciones las confusiones eran frecuentes, por un momento se podía contemplar en contrapicado la entrepierna depilada de las malabaristas y en seguida un plano panorámico de sus sonrisas beatíficas ocupaba la pantalla, lo esencial: la diversión voyerista y erótica estaba garantizada.

El espectáculo consistía en una serie de suertes ejecutadas con diversas partes del cuerpo, en especial las nalgas, los muslos, las glándulas mamarias, el pubis, los hombros, los codos, las rodillas, las cabezas, pero nunca las manos (cuyos dedos atrapados en un guante indicaban la dificultad de las suertes efectuadas), paradas sobre pelotas que impulsaban a pie descalzo iban esquivando juguetes o sorteando muebles y esculturas mientras se devolvían una a otras los diversos objetos a que recurrían para los intercambios, que según su índole sexual y el lugar con el que lo reimpulsaban hacia el próximo receptor despertaban la hilaridad del público.

Un trío de las funambulistas en especial me atrajo. Para mí lo impactante fue la sonrisa que plasmada por los labios con gracia sublime se convertía en la convergencia de mi desiderátum; en esa copa quería verter mi lefa, firmar con las gotas de mi descarga el abandono de la adolescencia y el ingreso a la adultez.

En el receptor óptico se acumulaban diologramas de flujo (por un momento holos, luego dioramas) que amigaban las y los artistas con el público, y conmigo como si adivinasen mis pensamiento eran mis tres preferidas y la puntuación de las malabaristas sonrientes subía como la espuma de las bebidas artesanales enervantes extraídas de la fermentación de nuestras mieses.

Cada vez más animado por la data que se reflejaba en mis visores decidí internarme en la zona prohibida de los instalaciones, dormitorios, almacenes, factorías... no fue difícil, consistía en eludir personas o seres vivientes (colosales arañas carnosas, cicadas blandas cuyo aroma perturbaba, gasterópodos arponeros (quizás con neurotoxinas), correr por un breve lapso, reptar en los lugares estrechos que terminaban en espacios abiertos o desplazarse adosado a las lonas o paredes de armazones y entramados; guiado por las láminas vibrantes y hologramas destellantes que indicaban el hogar de cada artista u operario descubrí el de mis equilibristas; como aprendiz de granjeros llevaba suficientes instrumentos para soslayar la laxa seguridad de los habitáculos. Raudo me sumergí al fondo de un bargueño vertical y ya expedito para que acomodado al fondo pudiera observarlas sin ser descubierto.

No transcurrió un intervalo considerable antes de que ingresaran y empezaran a desnudarse arrojándose primero las leves telas de sus atavíos como ovillos y pelotillas, en jolgorio y tensión en alza paulatina luego, arribando a un nivel creciente de hostilidad expresado en leves agresiones como darse palmadas que dejaban marca, azotarse con los trapos enrollados como cuerdas que provocaban moretones, una leve capa de sudor cual patina embellecedora de su piel exponía que su edad era muy superior a su aspecto juvenil y manifestaba secretos quizás siniestros.

La aventura prefigurada jocosa y placentera se desvanecía, el temor se instaló en mis neuronas y empecé a jadear, con el ruido fue imposible que lo oyeran pero las tres giraron al unísono, y en fluido y coordinado gesto sus dedos se aproximaron a sus bocas donde ostentaban inalterables las sonrisas congeladas de su regodeo, se hundieron en las comisuras y descuajaron los labios, no vi lo que hicieron con ellos, mi mente quedo obturada por el horror que broto: una masa de filamentos traslúcidos que se agitaban y alargaban cambiando de matices y restallando; lo extraño cuando ocurre en determinadas circunstancias es un hito, aunque empavorecido mi pene se mantuvo enhiesto temprando imbatible en buena predisposición sexual ante un evento un tanto oscuro y de posible peligro que me seguía atrayendo hacía las gipsies.

Se lanzaron contra mi refugio, arrancaron las ropas de sus soportes y quedé listo frente a ellas, el trío se arracimaró entre mis pernas y envolvieron mi glande y mi pene con sus suaves hebras, mi respuesta fue rápido, no fue en una copa el derrame, sin embargo ni una salpicadura se extravío, todas fueron absorbidas por esas fibras, un escozor cimbreante que excitaba al máximo me condujo tembloroso y agitado a la mayor descarga –hasta ese momento— de mi vida— ya que las tres gipsies seguirían provocándolas hasta el agotamiento, me anunciaron que me reclutarían y sólo cuando me rendí y firmé mi adscripción y compromiso a servir al imperio como soldado abandonaron la succión, al principio aliviado y después entristecido comprendí que ellas se hicieron de algún dinerillo y que yo sería entregado al reclutador de quien dependían, como era de esperarse me quedé dormido.

Rato después sigilosas y amables me vistieron, me la sacudieron un poco pero mantuvieron sus turgentes labios ahogando sus hilillos traslucientes, lo cual fue acertado porque los cuerpos cavernosos me dolían al máximo y no creo con honestidad que habría reaccionado con potencia. Con cierto airecillo misterioso las tres me musitaron al unísono: el amor suele recorrer caminos incógnitos.

Luego me dejaron con un mal encarado sargento, quien me esperaba sentado a una mesilla diminuta donde brillaba el polidúctil (cada uno es único por el sello en sus fibras y por la coloración única que se condensa al firmar y que no lo posee ningún otro documento imperial) con mi firma para que la ratificara, último cambio antes de que se precipiten los geles y quede estampado cual momificada firma, se dice que dicha placa está, por medio de resonancias cuánticas, conectada a nuestro cuerpo y desaparece si morimos dando por finalizado el contrato con el imperio, aunque nunca encontré corroboración alguna: lo que si realizo el sargento fue una especie de ceremonia donde lo sumergió en una caja rectangular muy delgada conteniendo un líquido aceitoso de desplazamiento lento que acogió al polidúctil y lo cubrió hasta desvanecerlo, resopló bisbiseando una cifra, 222 y comprendí que de ninguna manera podrían convivir tantos en espacio tan reducido, así que se trataba de un mecanismo de transmisión mediante agujero negro lubricado con carbonillas espaciales extendidas en botellas de Leyden planas.

Allí en esa carpa de gipsies se inició un período atroz de mi existencia signado por las matanzas, acompañado de masacres y regado por fluidos, en turbamulta apasionada emergen de mi mente chispazos que no alcanzan a consolidarse en recuerdos, era como si siempre estuviera intoxicado o drogado. Cuando por fin fui consciente, me encontraba en un estado físico lamentable que requería intervención médica continua y abandonado en un planeta enterrado en la retaguardia imperial, era la única recompensa que me concedieron, pudrirme con cierta tranquilidad mientras me alcanzaba el latigazo desintegrador de la entropía final.

* * *

Kandaona se estaba enriqueciendo con sus escultivivas artesanales (juguetes sexuales de base biológica, con frecuencia falos remodelados de especies afines a la solicitante o de la propia) logrados mediante una combinación de sales minerales, hidrocarburos saturados, productos químicos, jugos de hierbas, paralizantes e inhibidores de dolor, mejunje que consentía reemplazar cada célula por celdillas rellenas de protoplasma plastificado con propiedades flexibles y elásticas que convertía en una goma pulsante cualquier miembro que fuese sometido a su influjo.

Organizó a un grupo de secuaces, en lo fundamental felatrices y blasonadores, que recorrían los tolderíos (dormitorios improvisados en parques y jardines) buscando víctimas y que gozaban participando, ya fuera por las repetidas succiones que practicarían o propinando amenazadores empujones humillantes, exigían que desenfundaran sus atributos y elegían sobre quienes ejercerían chupada continua y que previamente atemorizados y endulzados por un regalillo se dejaban sorber pensando que sería libación pero terminaba como despojo, ya que aprovechando la erección la bañaban con el potingue y el sujeto quedaba inmóvil, dejaban que actuara un par de minutos para que acaeciera la transmutación y desprendían luego el paquete regando cicatrizante en la zona ahora expuesta... y a encontrar el próximo.

Kandaona armó con el éxito de sus escultivivas una cartera de clientes que hasta revendían el producto, y algunas arribaban en camarilla rodeadas por el tufo de rituales sazonados con venganza u odio, asimismo impulsadas por motivaciones oscuras y difíciles de discernir, con pedidos especiales sobre las características, convirtiendo la actividad en un auténtico entramado de complejidades entrelazadas.

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Maggiori se sintió cansado y esa pared con manchas bermellón le pareció definitiva, que quería decirle algo confuso que se aclararía quizás al dormir al amparo de su colorido; al morigerarse la intensidad e ingresar el período de bajo consumo energético solicitó a un asistente de sector un módulo de sueño y pronto varios peticionarios constituyeron un tolderío.

Se relajó y cayó en un duermevela intermitente hasta que sintió que lo acariciaban y le murmuraban palabra dulces al oído solicitando consentimiento para absorber sus jugos, por un momento recordó su trío especial de volatineras y se dejo llevar, sintió que la estupenda mamada culminaría con un estallido de licor seminal, más al alcanzar ese momento de éxtasis lo untaron con una pócima desconcertante que lo que sumió en un delirio donde los tiempos desaparecían y lo invadió la sensación de un orgasmo interminable que calcaba al de su adolescencia en Pelgoba.

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Kandaona estaba satisfecha, la recolección sobrepasó lo satisfactorio y su advertencia de acudir raudo (a) s a elegir rendía frutos, entre sus numeroso (a) s visitantes destacaban tres esculturales beldades con una perenne y deslumbrante sonrisa que al apenas verlo se arrodillaron ante aquel que rezaba Soldado Maggiori.

© Luis Antonio Bolaños de la Cruz, (2.581 palabras) Créditos