TEMPUS FUGIT
Lorenzo Salgado
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El profesor Fernando Fuentes terminó de dar el último repaso a sus cálculos y a los planos de su máquina y sonrió satisfecho.

—Todo está correcto —se dijo—, no puede haber ningún error. Lo he conseguido, estoy seguro.

Se puso en pie, despejó su mesa de trabajo y se dirigió hacia el armario donde guardaba la máquina. La sacó y la sostuvo ante sus ojos. Solo era un modelo a escala, pero era totalmente funcional, una auténtica maquina del tiempo o como el la llamaba VDT, es decir, Vehículo de Desplazamiento Temporal. Si funcionaba tan bien como él creía, cosa de la que no tenía ninguna duda, pronto construiría una de tamaño real. Una nueva sonrisa afloró a sus labios al observar la maqueta. En un ramalazo de romanticismo decidió darle el mismo aspecto que tenia la máquina del tiempo que pilotaba Rod Taylor en su película favorita, El tiempo en sus manos.

El disco posterior no servía para nada, pero... ¡quedaba tan bonito!

Había llegado el momento de la prueba definitiva. Dejó el modelo sobre la mesa, en el lado izquierdo de la misma y consultó su reloj. Las doce menos cinco, bien. Programó la maquina para que, a las doce en punto, se desplazara tres minutos al pasado y al lado derecho de la mesa, la activó y esperó.

A las doce menos tres minutos la máquina se materializó en el lado derecho de la mesa. Durante tres minutos pudo ver dos VDT sobre la mesa. No había ninguna paradoja en eso, simplemente el VDT se había desplazado en el tiempo para visitar a su contrapartida del pasado. A las doce en punto, la máquina de la izquierda desapareció.

Había sido testigo de uno de los fenómenos del desplazamiento temporal, había observado el efecto (la materialización en el lado derecho de la mesa) antes que la causa (su desaparición en el lado izquierdo).

Sin mover el modelo de sitio lo programó para que, a las doce y cinco, se desplazase otros tres minutos pero esta vez hacia el futuro y al lado izquierdo de la mesa. A las doce y cinco el modelo desapareció para volver a materializarse a las doce y ocho al otro lado de la mesa.

— ¡Funciona! —exclamó—. Lo he conseguido.

Cogió el modelo de VDT y lo guardó nuevamente en el armario, se sentó a la mesa y empezó a anotar los resultados de su experimento en su diario. Entonces sucedió algo que le heló la sangre en las venas, otro modelo de VDT se materializó justo en el centro de la mesa.

Contempló el pequeño modelo sin mover ni un músculo. ¿Como había aparecido el pequeño VDT? ¿Tal vez era el resultado de un futuro experimento? No, no tenía previsto ninguno, su siguiente paso era construir el VDT definitivo, el que le transportaría a él mismo a través del tiempo.

Cogió el modelo y, una vez más, se sorprendió por lo que vio. Un pequeño rollo de papel ocupaba el pequeño sillón de la máquina. Pero eso no era posible, el modelo solo podía transportarse a si mismo. Para que pudiera transportar otro objeto con él, alguien tendría que haber modificado el chip de reconocimiento de masa. Se levantó, abrió el armario y pudo ver en el interior el modelo que acababa de guardar allí. Finalmente se decidió, se acercó al VDT que había aparecido en la mesa, cogió el pequeño rollo de papel y lo extendió. Había algo escrito, reconoció la letra enseguida, era la suya. El mensaje era conciso pero muy claro, aunque no por ello menos extraño.

No la construyas. Si lo haces habrá una catástrofe.

* * *

Un año más tarde el VDT estaba construido. El profesor Fernando Fuentes terminó su última revisión antes de la primera prueba, todo estaba correcto.

Esta vez le había dado una forma más apropiada que la del modelo a escala y la limitó a una simple semiesfera.

Cogió una jaula que contenía un conejillo de indias y la colocó sobre el asiento de pilotaje y programó la máquina para que diera un salto de una hora hacia el futuro. A la hora programada, el VDT desapareció. Ahora solo había que esperar.

Una hora más tarde el VDT reapareció, el profesor entró en la cabina y saco la jaula. El animal parecía en perfectas condiciones, pero tendría que enviarlo al laboratorio de veterinaria para asegurarse de que no había sufrido daño.

Dos semanas más tarde la jaula con el conejillo de indias le fue devuelta por mensajero junto a una nota del laboratorio. El animal se encontraba perfectamente.

—Bien...bien. Solo falta una última prueba antes del viaje definitivo.

Se acercó a otra jaula y observó a su ocupante, un simpático chimpancé.

—Hola Cornelius. ¿Como te va, chico? ¿Te apetece un viaje?

Cornelius, que se llamaba así por uno de los personajes de otra de las películas favoritas del profesor, El planeta de los simios, respondió dando saltos y chillidos de alegría.

Abrió la jaula y sacó al chimpancé, que parecía muy contento de salir de ella, lo llevó hasta el VDT y lo sentó en la cabina. Le dio un plátano para que estuviera quieto mientras lo sujetaba a la silla con el arnés de seguridad. Cuando hubo acabado de sujetarlo, Cornelius le tendió la cáscara de la fruta e hizo un gesto con la mano, en el lenguaje de gestos que utilizaba el inteligente animal significaba: otro.

— ¿Quieres otro, eh? —dijo el profesor mientras tiraba la piel de plátano a la basura.

Saco otro plátano de la nevera y se lo mostró a Cornelius.

—Aquí lo tienes —dijo—. Pero te lo daré después de nuestro experimento. Primero tienes que quedarte quietecito un rato y luego te lo daré. ¿Lo has entendido?

Un nuevo gesto con la mano: Vale.

Esta vez, el profesor decidió realizar una prueba más arriesgada y programó el VDT para que realizara un salto de treinta días hacia el futuro. Pulsó el botón de arranque y un minuto más tarde el VDT desapareció. Ahora solo tenía que esperar un mes para ver los resultados. Aprovecharía esos días para repasar, una vez más, todos sus planos y anotaciones sobre el proyecto.

* * *

Fueron los treinta días más largos de la vida del profesor.

—El tiempo es relativo —se dijo mirando una foto de Einstein que tenia colgada en la pared de su laboratorio. Seguidamente sus ojos se desviaron hacia el marco que había al lado de Einstein, era de pequeño tamaño y no contenía ninguna fotografía, sino el pequeño papel que llegó con el modelo que alguien le había enviado, sin duda, desde el futuro. Una vez más leyó el mensaje.

No la construyas. Si lo haces habrá una catástrofe.

Sin duda era su letra, había consultado con un grafólogo y se lo había confirmado. ¿A que podía referirse su contrapartida del futuro? Cuando recibió el mensaje estuvo pensando en ello varios días y llegó a la conclusión de que no podía referirse al VDT, porque si había algún peligro en su uso, ¿por qué había usado el modelo para enviar el mensaje?

De cualquier forma, el VDT era el proyecto de su vida. Llevaba doce años trabajando en él y ahora no podía (no quería) volverse atrás.

Consultó su reloj y comprobó que solo faltaban tres minutos para la llegada del VDT. Fue a la nevera, sacó un plátano y esperó.

El VDT se materializó en el momento previsto. Accedió a la cabina y vio a Cornelius sentado tranquilamente en el asiento de pilotaje. Para él había pasado apenas unos segundos. Le dio el plátano al mono y lo liberó de los correajes.

—Bien —le dijo al animal—. Ahora tenemos que comprobar si tu viaje te ha afectado en algo.

* * *

Cornelius no resultó afectado por su viaje temporal, aun así, el profesor decidió esperar otro mes para asegurarse de que no había efectos a largo plazo. Aprovechó ese tiempo para revisar, una vez más, el VDT. Pasados treinta días, Cornelius estaba más sano que una pera, al igual que el conejillo de indias, así que decidió no retrasarlo más.

Entró en el VDT, se puso ante los mandos y lo programó para un salto de una hora hacia el futuro, más valía ir poco a poco. Pulsó el botón de arranque, sintió una rara sensación, como un parpadeo, duró un instante... y nada más.

No hubo sensación de movimiento. Sin embargo, los indicadores decían que el viaje había concluido.

Salió del VDT y observó el laboratorio. Todo parecía igual. Claro que pensándolo bien, ¿qué podría haber cambiado en una hora?

¡¡El reloj!!

Observó el reloj de pared que siempre estaba sincronizado con el de pulsera. Estaba una hora exacta adelantado con respecto a su hermano pequeño, que había viajado con él.

Satisfecho con el resultado se introdujo nuevamente en la cabina y la programó para una semana. La misma sensación de parpadeo, no le pareció que el viaje hubiera durado más que el otro. Salió de nuevo al laboratorio y comprobó la fecha en la pantalla de su ordenador. Había pasado una semana.

Una vez más, volvió a los mandos y decidió que debía de someter a su invento a una prueba definitiva. Esta vez el salto debía ser significativo. Cincuenta años parecía una cantidad de tiempo bastante importante sin ser excesiva.

Programó el VDT para el salto y pulsó el botón de arranque.

Esta vez si tuvo una pequeña sensación de movimiento, algo parecido a lo que se siente cuando uno se para de repente después de haber estado dando vueltas sobre si mismo, duró solo un segundo. Miro los indicadores y estos confirmaban que había llegado a su destino.

Salió de la cabina y observó el laboratorio. Esta vez si que lo encontró muy cambiado. Primero le pareció que estaba abandonado pero desechó esa idea al percatarse de la pulcritud del lugar. Sin embargo, estaba prácticamente vacío, todos sus aparatos habían desaparecido, solo su mesa de trabajo estaba en el lugar de siempre. ¿Qué diablos había pasado allí?

En ese momento se abrió la puerta del laboratorio y un anciano entró en la estancia. El anciano se lo quedó mirando unos segundos sin decir nada y finalmente sonrió.

—Ya has llegado —dijo—. Recordaba el día, pero no estaba muy seguro de la hora.

El profesor abrió los ojos como platos al reconocer a su interlocutor.

Era él mismo. Cincuenta años más viejo.

* * *

—Ven, siéntate, tengo mucho que contarte —dijo su yo más viejo.

El profesor se sentó en una de las dos sillas que había junto a su mesa de trabajo sin dejar de mirar a su alrededor.

— ¿Qué a pasado aquí? ¿Donde están todos mis...tus...nuestros instrumentos?

—Te lo contaré todo, pero primero, ¿quieres un café? No es muy bueno, últimamente el café, como otras cosas, escasea bastante, pero está caliente y reconforta.

—Si, gracias.

Poco después estaban frente a sendas tazas de café que, como pudo comprobar el profesor, era bastante malo.

—Aun recuerdo cuando estaba en tu lugar. Mi mente bullía de preguntas.

— ¿Me darás las respuestas?

—Te contaré todo lo que pasó desde que estuve donde tú estas ahora.

El anciano tomo un sorbo de café y cerró los ojos, perdiéndose en sus recuerdos.

—Todo empezó tras mi regreso a mi tiempo, a tu tiempo. Unas dos semanas después, se inició la epidemia. Se trataba de una mutación del virus de la gripe y era mortal. Empezaba con los síntomas típicos de una gripe normal: fiebre, mucosidad, dolores musculares... Setenta y dos horas después de los primeros síntomas acaecía la muerte. Dos meses más tarde se había convertido en una pandemia, todo el planeta estaba afectado. Nadie pudo hallar una cura. Cuanto más tiempo pasaba mayor era el número de afectados. Los neonatos morían a las pocas horas, pues ya nacían con la enfermedad. Diez años después, la pandemia había acabado con el 90% de la humanidad. Solo quedaron los que, por alguna misteriosa razón eran inmunes. Llegados a ese punto, ya nada funcionaba. No había electricidad, nadie se ocupaba de las centrales eléctricas, nuestros instrumentos dejaron de funcionar y acabé vendiéndolos como chatarra. El mundo se convirtió en un caos. ¿Recuerdas aquellas películas postapocalípticas, como Mad Max? El mundo ahí fuera es muy parecido a eso.

—Eso es terrible. Pero si estuviste en mi lugar, ¿por qué no dijiste nada a tu regreso? Tal vez hubiéramos podido prepararnos.

—Lo hice, pero al principio nadie me creyó. Solo cuando les mostré el VDT y demostré que funcionaba me creyeron, pero ya era demasiado tarde.

— ¿Qué sucedió con el VDT?

—Lo confiscaron los militares. Ahora estará escondido en algún bunker secreto, perdido para siempre, tal vez desmantelado, quien sabe.

—Debo volver ahora mismo, tal vez yo tenga éxito donde tú fracasaste.

—Debes volver, si...quien sabe lo que puede pasar, el tiempo sigue siendo un misterio.

—Ha sido un placer conocerte. Es un consuelo pensar que, a pesar de todo, pase lo que pase, sobreviviré.

—Un triste consuelo, si.

Se estrecharon las manos y, sin más preámbulos, el profesor se sentó ante los mandos del VDT.

—Adiós.

—Suerte.

Pocos segundos después, el VDT había desaparecido.

* * *

El anciano profesor vio partir el VDT con tristeza. Era una lastima que solo hubiera sitio para uno, le habría gustado partir con su contrapartida más joven. Tal vez su presencia en el pasado les habría ayudado a demostrar la verdad mucho antes. Tal vez habrían podido prepararse mucho mejor.

Aunque pensándolo mejor, tal vez habrían acelerado las cosas, ya que, aunque era inmune, él era portador del virus.

— ¡Dios mio, eso es! ¿Cómo he podido estar tan ciego?

Él era el causante de todo. Su contrapartida más joven se había contagiado al visitar este tiempo y ahora, llevaba el virus hacia el pasado. La enfermedad nunca le afectó porque era uno de los pocos inmunes a ella.

Solo podía hacer una cosa para intentar evitarlo.

Fue hacia el armario donde seguía guardando los dos modelos del VDT y cogió el que tenía el chip de reconocimiento de masa modificado. Había tenido mucho tiempo para estudiarlo. El cambio era mínimo ya que el chip admitía pocas modificaciones. Solo podía enviar un objeto muy pequeño con el modelo.

Cogió una pequeña tira de papel y escribió un corto texto.

Solo nueve palabras.

No la construyas. Si lo haces habrá una catástrofe.

—Quien sabe —se dijo—. Tal vez esta vez de resultado.

Programó el modelo para enviarlo al mismo punto temporal en que lo recibió.

—Vuela, pequeña amiga —dijo mientras el modelo desaparecía—. El tiempo apremia. Tempus fugit.

© Lorenzo Salgado, (2.425 palabras) Créditos