UN EXPERIMENTO EN LA CUARTA DIMENSIÓN (SERENDIPIA)
Baldomero Dugo Navarro
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Los primeros viajes a través del tiempo consistían en interconectar un fotón de luz con su par ya extinguido, convertido en un evento del pasado. Este tipo de experimentos en la cuarta dimensión, la del tiempo, se fundamentaban en el fenómeno físico del entrelazamiento cuántico, en base al cual es posible la comunicación instantánea entre dos partículas subatómicas, ya se hallen éstas en los extremos opuestos de la galaxia, o incluso en épocas diferentes.

En particular, yo entré a trabajar en el Instituto de Óptica Cuántica de la Universidad de Viena hace ya una década, gracias a una beca postdoctoral. No tardé en integrarme en el grupo de investigación liderado por la profesora Andrea Dearborn, quien en su momento había hecho aportaciones decisivas en el campo del conocido entonces como entrelazamiento hacia delante, hacia los territorios ignotos del futuro.

Tras meses de arduos y agotadores trabajos de laboratorio, llegó el momento de rendir cuentas. Se trataba en definitiva de acreditar la rentabilidad económica de nuestros logros ante el comité de expertos que defendían los intereses de los inversores. Pero yo no podía pensar con la nitidez necesaria, las interferencias emocionales anulaban en gran medida mi entendimiento.

Nuestra hija menor, la pequeña María, estaba condenada a vivir entre algodones desde el mismo instante del nacimiento, por cuanto había venido al mundo con una extraña dolencia que la hacía completamente insensible a cualquier clase de dolor físico. Así pues, lo que para muchos de nosotros podría suponer a primera vista una bendición del Cielo, representaba en realidad una auténtica espada de Damocles sobre la cabeza de nuestra hijita: la más mínima amenaza podía transformarse indefectiblemente en una lesión, quemadura, o incluso en una terrible amputación.

La insensibilidad congénita al dolor es una rara enfermedad que comporta un sinfín de amenazas, debiendo adoptar mi mujer y yo una miríada de precauciones para prevenir así que nuestra adorable hija cayese en las garras de la fatalidad. Pero qué duda cabe que siempre hay situaciones en el devenir diario que escapan a nuestro control, muy limitado en realidad. Inevitablemente, pocos días antes de celebrarse aquella importantísima reunión con los representantes de nuestros inversores, en un descuido, la pequeña María se aferró con fuerza a uno de los radiadores de casa, el cual se hallaba a una elevada temperatura. Cuando pudimos reaccionar, ya era demasiado tarde: nuestro ángel había quedado seriamente dañada en sus manitas, con angustiosas quemaduras de segundo grado.

Sin poderme quitar aquella terrible escena de la mente, aterricé al fin en la sala de reuniones. Allí me aguardaban desde hacia unos minutos cinco personas: la profesora Dearborn y los cuatro expertos del Comité Internacional para Inversiones en Telecomunicaciones. Fue Andrea la primera en hablar. Hizo un resumen del experimento que nos había ocupado en los últimos meses. Mientras tanto, yo me esforzaba por concentrarme en los argumentos que tendría que defender no a mucho tardar.

—¿Podría informarme alguien de la distancia temporal a la que fue lanzado el nanoproyectil? —preguntó el señor McArthur con firmeza.

—A cincuenta años hacia el futuro, aproximadamente —respondí yo intentando aparentar seguridad.

—Si no lo he entendido mal, el nanoproyectil desapareció durante una fracción de segundo para volver a surgir de la Nada —la profesora Dearborn asintió ligeramente con la cabeza—. Pues hay una cosa que no acabo de entender. Concretamente, es la explicación que ustedes dan a tal fenómeno. Sí, eso del entrelazamiento cuántico.

La señora Davenport, ingeniera en telecomunicaciones de formación, había puesto el dedo en la llaga. Yo intenté aclarar la cuestión.

—La nanocápsula (o nanoproyectil, como prefieran denominarlo) contenía un fotón. Este fotón estaba entrelazado cuánticamente con otro fotón que no abandonó en ningún momento nuestro laboratorio. La idea consistía en enviar el primer fotón a un futuro más o menos lejano, con la intención de que su eventual medición por parte de alguien situado en ese otro escenario temporal afectara de algún modo a la medición de su par situado en la época presente.

—¿Y esa medición ha podido ser constatada? —inquirió el señor Mc Arthur con avidez mal disimulada.

—No, lamentablemente —replicó Andrea con un rictus serio—. Sin embargo, tanto mis colaboradores como yo misma somos de la opinión de que, en parte, el experimento ha sido un éxito, por cuanto se pudo realizar un viaje de ida y vuelta a ese lugar situado quinientos años más allá. Pensamos que hemos dado un paso de gigante en pos de alcanzar las más altas cotas de desarrollo tecnológico.

—Y cómo sabemos que el regreso de la nanocápsula no se ha debido a un simple efecto boomerang? —intervino otro de los expertos en tono jocoso—. Aquí no ha quedado demostrada injerencia alguna por parte de ninguna entidad del futuro.

—De hecho, al no haberse constatado interacción alguna entre ambos fotones, ello nos hace mostrarnos escépticos en cuanto a que las conclusiones del experimento realizado por su equipo vayan a traducirse en aplicaciones prácticas en el campo de las telecomunicaciones —concluyó la profesora Davenport haciendo vistosos aspavientos con ambos brazos.

Debo reconocer que el balance de aquella reunión con el comité de expertos fue harto decepcionante. No se pudo impedir que aquellos venerables invitados saliesen de nuestras instalaciones con la sensación de que los inversores estaban depositando su dinero sobre arenas movedizas, en manos de un fantasma llamado entrelazamiento cuántico, que si bien podía representar a priori una revolución en el ámbito de las telecomunicaciones, posibilitando auténticas comunicaciones instantáneas a vastas distancias, muy valoradas en la inminente era de los viajes interplanetarios, también era cierto que aquél apenas estaba balbuceando las primeras palabras de una gran historia en ciernes. En todo caso, el futuro tendría la última palabra.

* * *

Una serendipia es un descubrimiento valioso e inesperado que hacemos cuando somos capaces de desviar por un momento nuestra atención de aquello que las circunstancias nos han hecho creer que es lo más valioso del mundo, pudiendo reportarnos cuantiosos beneficios si persistimos en ese proyecto en el que hemos trabajado durante años. Esta contraproducente creencia ha monopolizado nuestros esfuerzos y desvelos durante las veinticuatro horas del día, desviándonos de las pequeñas cosas que por su cotidianidad se nos han antojando totalmente sacrificables, no merecedoras por tanto de la más mínima inversión de nuestra energía.

Yo mismo he llegado a estar tan obsesionado con la idea de demostrar que se puede transmitir información de manera instantánea a distancia, incluso entre distintos puntos a lo largo de la dimensión temporal, que he descuidado por completo a mi propia familia, de lo cual me arrepiento profundamente. Soy consciente que del éxito de nuestros experimentos depende sin duda la posibilidad de disponer en pocos años de verdaderas computadoras cuánticas, capaces de compartir datos de manera instantánea entre lugares muy alejados entre sí, separados incluso por muchos años-luz. A pesar de tal constatación, me niego a sacrificar a quienes más quiero en esta vida, en pos de alcanzar ese sueño tecnológico, vacío y estéril si no nos acompañan los deleites del corazón en ese largo y tortuoso camino.

Hace ya algunos días que no duermo bien por la noche. A menudo, despierto envuelto en un sudor frío que recorre mis sienes, sintiendo que el corazón tamborilea frenético dentro de mi pecho. Otras veces, salto de la cama al suelo y corro raudo a mi despacho, donde permanezco durante varias horas revisando una y otra vez los cálculos matemáticos sobre los que se edificó nuestro fallido experimento basado en el entrelazamiento cuántico hacia delante.

Este último sábado, un extraño sueño me devolvió a la realidad de nuestro dormitorio. Todo estaba tranquilo, los rayos de sol apenas asomaban por entre los agujeritos de la persiana, con lo cual no perturbaban en absoluto el plácido descanso de mi esposa. Mientras tanto, yo mantenía la vista fija en el raso techo, casi sin pestañear, estaba intentando descifrar el significado de aquella escena onírica que había visto con los ojos del espíritu, cuya capacidad de escudriñamiento de la realidad que nos rodea desborda con mucho la propia de nuestros órganos sensoriales. De repente, Ana giró sobre sí misma y lanzando un largo suspiro al aire colocó su brazo derecho sobre mi pecho. Sonreí levemente y le besé la mano con delicadeza. Ese simple gesto hizo que me centrase en uno de los detalles más perturbadores de mi sueño. Fue cuando, tras entrar furtivamente en nuestro laboratorio, extraía la nanocápsula de la consola que la cobijaba y le daba un beso. Mis labios quedaron impresos en la superficie de silicio del dispositivo, lo cual hizo que de inmediato me embargara un sentimiento de remordimiento: por mucho menos que aquello se arruinaba un experimento tan costoso como aquél.

Arrebatado por una extraña esperanza, aquel mismo sábado por la tarde me encaminé al trabajo con la certeza de que en la sede del experimento se hallaba la respuesta a aquel sueño tan vívido que había tenido, negándome a creer que todo aquel esfuerzo había sido baldío. Asegurándome de que en aquel momento no había nadie más en el interior del laboratorio, cogí la nanocápsula con unas pinzas especiales que teníamos a tal efecto. Tras unos instantes de vacilación, ignorando hacia dónde me conducían mis erráticos pasos, tomé la decisión de someter aquel reluciente objeto al examen del microscopio electrónico.

Una serendipia nos ha devuelto a Ana y a mí la ilusión y la esperanza, la confianza en que no podía ser una simple casualidad que una célula epitelial de nuestra hijita María hubiese aparecido al otro lado del objetivo del microscopio, enganchada a la superficie de la nanocápsula. ¿Qué ángel ha obrado este milagro? En efecto, en el mismo informe donde el laboratorio genético nos confirma que la célula hallada pertenece a nuestro amorcito, también se constata que las anomalías características de los genes culpables de la insensibilidad congénita al dolor han sido subsanadas, con lo cual quedan abiertas de par en par las puertas a una más que probable curación de nuestra hija. Sinceramente, no puedo concebir una mejor noticia para unas fiestas navideñas como éstas.

© Baldomero Dugo Navarro, (1.671 palabras) Créditos