BARUK EL DE LOS MIL ROSTROS
Ricardo Cortés Papé
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Hans, Pixabay License

Hay indicios preocupantes de que la Nube, el bendito cúmulo gris que nos oculta la visión del Sol, está empezando a debilitarse en algunos sitios, empezando por los bordes, donde a veces pueden verse retales de un azul impuro, decididamente letal. De pie en la ladera del vertedero, me he obligado a dejar de mirar hacia occidente, diciéndome: Si sigo mirando contraeré una enfermedad, y he vuelto a agacharme buscando la protección de la basura. Solo entre los desperdicios puedo sentirme seguro.

Poco después, sin duda aún perturbado, he tratado de arrancarme la máscara, y también la cara bajo la máscara. Que por un momento haya tomado en serio semejante idea me dice que estoy bastante peor de lo que pensaba. Paso demasiado tiempo fuera del túnel, supongo, y eso me afecta de un modo que no sospecho. Mientras hurgaba en la escoria en busca de material he ido a encontrarme con un trozo de espejo. No debo mirarme, me he dicho, y no lo he hecho. Lo he arrojado ladera abajo. Pero luego el Sol, maldito sea, se las ha ingeniado para mostrarme lo que quedaba de un retrovisor, y antes de darme cuenta me he descubierto el rostro y me he mirado. Con el filo del espejo, todavía temblando, he intentado acto seguido cortarme la mejilla para seguir luego sajando a lo largo de la línea de la mandíbula. Naturalmente, no he sido capaz. En mi frustración me he clavado la sangrante cuña en la rodilla, de modo que he vuelto cojeando al subterráneo.

Cuando me disponía a bajar la rampa he visto a un No-rostro escondiéndose entre los coches fundidos. Solo el hambre puede haber hecho que se extraviara de ese modo. Me rehuye, he pensado. Luego he visto que no era de mí de quien se ocultaba, sino de Gran Herida, que envuelto, a pesar del calor, en un raído abrigo de pieles, salía en ese momento del túnel seguido de sus mujeres, cubiertas de harapos. Yo, que me había limitado a ignorar al intruso, me he dado la vuelta y he ido hacia él. Temiendo que Gran Herida, cuya mirada podía sentir sobre mí, se hubiera dado cuenta de que había pasado como si nada ante un No-rostro, me he empleado a fondo, golpeando, chillando en un acceso de repugnancia que no he tenido que fingir. Desde luego parecía imposible que mis dedos resistieran semejantes golpes, pero asombrosamente parece que no me he roto nada. El No-rostro ha acabado cubierto de sangre, que era de lo que se trataba. Creo que Gran Herida ha asentido complacido, pero una de las mujeres me ha parecido que recelaba. En lugar de sacar su cuchillo, como las otras, y acercarse al bulto encogido a mis pies, se me ha quedado mirando. Por un momento, he temido que la máscara se me hubiera movido o algo, y me he llevado la mano a la cara para convencerme de que seguía en su sitio.

Mi boca, un corte vacilante tal vez demasiado próximo a la barbilla, se curva en uno de sus lados, asciende horadando la mejilla y termina sumiéndose en la sima del oído. El ojo izquierdo me mira fijo, pero el derecho ha ido a parar a una fosa de la nariz, y es ciego. La ceja derecha descansa sobre el labio superior, como un bigote, mientras que en la mejilla derecha está incrustada la abombada frente, sembrada de cristales. El pelo nace directamente de la ceja izquierda en tirante abanico. Y en la sien derecha se abre una segunda boca, un estrecho orificio lleno de pequeños dientes que parecen trocitos de cáscara de huevo.

Satisfecho, paso los dedos por los rasgos de mi cara, que mantengo ante mí apoyada en el regazo.

Uso máscara desde que tengo memoria. He perdido la cuenta de las que me he hecho, pero son unas cuantas. Dado que se componen básicamente de material perecedero, esto es de carne, y la carne se estropea, tengo que rehacerlas continuamente, o hacerme máscaras nuevas.

Apenas tenía quince años cuando me vi obligado a fabricarme la primera. Me la hice con lo que más quería, después de haberla perdido: el rostro de mi madre. Hasta entonces había sido ella la que se había encargado de hacérmelas, justamente desde el día en que nací y mi madre se dio cuenta de que había alumbrado un monstruo. Sin embargo, pronto aprendí que servirme de la cara de los míos era tentador pero no muy recomendable; el procedimiento me dio más de un disgusto y corrí un gran riesgo de ser descubierto.

He repetido el proceso tantas veces que sería capaz de hacerlo con los ojos cerrados. Y cuando, como es inevitable, vaya perdiendo la vista, y aun cuando me quede ciego, espero, por mi bien, poder seguir haciéndolo. Siempre es igual, sobre una base de goma flexible pego con cola una gruesa tajada de carne que obtengo seccionando la espalda, preferentemente, de un cuerpo aún caliente. Después practico en el filete un buen número de agujeros y cortes que a continuación coloreo con pintura, y si no dispongo de ella, porque a veces el vertedero se muestra avaro y no me suministra todo lo que quiero, con mi sangre e incluso mis propias heces. Luego de coser con grapas las heridas, aplico en la superficie pegamento de barra y echo encima una capa de ceniza, que nunca falta. Según esté de humor, puedo añadir trozos de vidrio, de plástico, gasas, incluso hojas y ramas. Por último, lo cubro todo con un barniz mate. Cuando se ha secado, ya puedo ponerme la cara, sujeta a la cabeza con alambre, oculto este bajo las greñas y la capucha del impermeable, y salir sin avergonzarme al encuentro de los demás.

Es tal la práctica que he adquirido con el tiempo, que no tardo nada en hacerme una máscara. Siempre hay disponible materia prima, los muertos abundan más que los vivos, y cada vez son más. No paramos de morirnos, es así. Por otra parte, estoy tan acostumbrado a llevar máscara que apenas noto que la llevo, y eso que mis rostros llegan a pesar lo suyo.

Uno de los ancianos se arrastra saliendo del túnel, hermoso en su decrepitud, cubierto de llagas. El esfuerzo es terrible, la luz hiere sus ojos, que se contraen, ciegos. Pero el anciano hará todo lo posible por llegar al vertedero y subir por su pendiente vacilante. Yo, que sé esto, le sigo y observo el húmedo rastro que deja tras de sí en el asfalto rajado. El viejo puede sentir que le queda poco tiempo, y para cuando llegue el momento de abandonar este mundo quiere estar lo más cerca posible de la Nube. Ha pasado su vida en la oscuridad, encerrado en el subterráneo, evitando incluso la débil claridad de la boca del túnel, pero ahora el exterior ya no le da miedo. Solo quiere subir y subir. Se arrastra sobre los codos. Mueve los labios, una herida que se abre y se cierra. Aunque no se le oye, yo sé lo que murmura. Dice:

Gran Nube,
Grande como el túnel,
Gris como la rata,
No nos dejes nunca
Ver el Sol que mata
.

Mientras examino el botín de la mañana, desechando un botecito seco de esmalte de uñas, acompaño al anciano un trecho, animándole de algún modo, aunque no pueda sentirme. Pero luego le dejo solo, respetuoso. Sé que en esos momentos uno no quiere compañía. Ya iré más tarde a buscarlo. Pronto necesitaré una nueva máscara.

No sé por qué Gran Herida me ha hecho llamar, sentarme a su lado después de ahuyentar a las mujeres. Estoy intranquilo. Cuando he ido a tomar asiento algo ha cedido debajo de mí con un crujido de carroña seca, y esto me ha impresionado de algún modo. Supongo que sigo alterado por el encuentro con el No-rostro.

—Todo pasa, nada queda —oigo—. Solo la Nube permanece. El resto fluye como el agua de las alcantarillas, se pierde, desaparece. Incluso es posible, no te escandalices, que la Gran Nube se disipe algún día. En tiempos de nuestros mayores, de los mayores de nuestros mayores, la Nube no estaba. Eso dicen. Rumores. Sí, seguro que solo son rumores. Nuestro mundo, dicen, no era el mundo crepuscular de túneles y vertederos que es ahora; la Gran Ciudad no estaba habitada por una legión de sombras, y el Sol, pásmate, reinaba en el cielo ejerciendo su funesto dominio. Los delirios de una imaginación enferma, sin duda.

No sé por qué Gran Herida, al que en la penumbra apenas puedo ver, me cuenta esto a mí. Pero tal vez estoy pensando en voz alta porque ahora oigo:

—Te lo cuento a ti porque sé que sabrás comprenderme.

Qué habrá querido decir, pienso mientras siento surgir antiguas dudas y temores.

—Dime, ¿cuántos quedamos? Dos docenas, sin contar a los ancianos. Y nuestros hijos nacen enfermos y tenemos que matarlos porque somos incapaces de soportar la vista de sus caritas aberrantes. La Nube, nuestra Gran Madre, está engendrando monstruos. ¿Qué será de nosotros? Dicen que en la Ciudad vivió gente. ¿Tú te lo crees? Yo no me lo creo. Es imposible vivir ahí arriba, tan cerca del Sol. Pero imagina que fuera así. Es descabellado, es absurdo, es una locura, pero imagínatelo. ¿Qué ha sido de ellos? ¿Quién los recuerda? Pronto habremos desaparecido. ¿Quién se acuerda de Cabeza Hendida? ¿De Montaña de Carne? ¿De Tosco Dos Bocas? Pronto habremos desaparecido y no quedarán ni nuestros nombres. Yo mismo estoy enfermo, Baruk. Mi cuerpo se consume. Temo convertirme en lo que odio.

Pero qué está diciendo. ¿Es que Gran Herida ha perdido el juicio? Cuando quiero darme cuenta, ha cogido mi mano y se la ha llevado al mentón. Me estremezco, ahogando un grito. Menguado, liso. No hay rostro.

Bien temprano me despiertan gritos en el exterior. Tras comprobar que Gran Herida no está, me apresuro a la salida del túnel. Nada, se ha ido. Sus mujeres me rodean ahora, parpadeando.

—Haznos tuyas, Baruk.

Una de ellas ha sacado una mama flácida, no precisamente para alimentar a su bebé, que se agarra a ella con uñas y dientes, como una araña, agitando las extremidades pobladas de vello dorado.

—Haznos tuyas, Baruk el que no teme la luz —gruñen arrancándose jirones de ropa, ofreciéndome insinuantes sus labios partidos, sus pieles desgarradas, las caras cubiertas de bultos y de llagas.

—Ven a mí, Baruk el de los mil rostros —jalea otra, dándome un nuevo nombre que luego consideraré con calma, aunque en principio me gusta, al tiempo que alarga una mano hacia mis genitales. La miro. Es hermosa, su belleza resaltada por el gran mordisco de rata que muestra en la barbilla. La deseo.

Un instante después, la he echado en el suelo y la cabalgo. En el momento en que mi virilidad se derrama, la mujer me quita la máscara. Yo grito y le clavo las uñas detrás de la oreja. Ella tuerce la cabeza. Demasiado tarde. Su rostro arrancado cuelga de mi mano como un trapo húmedo.

Pero las otras han dado la alarma. De pronto se percibe movimiento en el túnel. Debo huir. Entonces veo el rostro de Gran Herida, pisoteado en el suelo, una máscara. El gran tajo, siempre abierto, cruzándole la mejilla. Enfilo la rampa. Detrás de mí, las mujeres gritan:

—¡Aberración! ¡Aberración! ¡Aberración!

Adónde ir, pienso mientras corro ocultándome la cara. Frente a mí, el vertedero; arriba, la ciudad poblada de fantasmas, y al fondo, una delgada línea de azul nefasto.

© Ricardo Cortés Papé, (1.927 palabras) Créditos