PREDESTINACIÓN DE LAS NARANJAS
Guillermo Galli

El hacedor de estrellas podía hacer universos con todo tipo de leyes físicas o atributos mentales, pero no podía hacer que, por ejemplo, dos más dos fueran cinco.

Olaf Stapledon, HACEDOR DE ESTRELLAS
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Hans, Pixabay License

Sentado tras el mostrador del almacén, Alfredo vio caer una naranja sobre la vereda. No lo pensó: como si hubiese estando esperando el evento miró su reloj de cuarzo: 14:25:07. Entonces recordó que en su infancia había soñado con ser jugador de voley y no almacenero.

Detrás de la naranja caída, cruzando la calle, una cerca de tablones desvencijados hacían de ataúd a un viejo edificio cubierto de malezas. Tres tablones caídos dejaban ver los huesos de lo que fue el Bar Azucena.

Sesenta y cinco años antes, dos discutían en la única mesa del bar que daba a la calle Anchorena. Uno sacó una moneda y preguntó:

— ¿Cara o ceca?

Sin esperar la respuesta, lanzó la moneda que dibujó una parábola entre los vahos de café.

—Ceca —apostó el otro.

Un muchachito que aún no superaba los pantalones cortos entró al bar cargando un paquete de azúcar de quince kilos. Tenía los cordones sueltos de su zapato izquierdo.

La moneda cayó en la palma de la mano.

—Cara.

—Pero podría haber salido ceca, no me lo niegue.

—Se lo niego.

—Mire, le acepto que de ninguna manera podría haber salido un as de espadas o el seis de un dado, pero las alternativas eran dos, cara o...

—No podría haber salido otra cosa que cara, señor.

—Podría haber salido ceca. Las alternativas eran dos. La moneda tiene dos caras.

— ¿Qué más sabe sobre esta moneda? Dígame ¿Cuánto pesa en gramos? ¿Cuál es su circunferencia? ¿Cual es el porcentaje de cobre y cuál el de níquel en la aleación?

El muchacho apoyó el paquete de azúcar sobre el mostrador del bar y esperó.

—... ¿Conoce la fuerza con la que lancé la moneda al vacío, el ángulo en que apuntaban mis dedos, sabía usted que me torcí la muñeca a los quince años y no puedo hacer bien este movimiento? ¿Sabe porqué me torcí la muñeca? ¿Cuál era la velocidad de esa brisa apenas imperceptible que entró al bar acompañando al pibe que ahora está frente al mostrador?

—Yo no sé todo eso.

—Usted no sabe. Yo tampoco.

— ¿Y eso qué prueba?

—Que el azar no existe, que las alternativas no existen, sí los hombres ignorantes.

En el mostrador, el dueño del bar entregó cinco monedas que el muchacho llevó a su bolsillo: la de menor valor resbaló entre sus dedos, repiqueteó en el piso y rodando se dirigió a los pies de los dos que discutían. Uno la detuvo con el pie. El muchacho dio un giro brusco y pisándose el cordón suelto terminó de boca en el piso.

—Mire. Esta monedita acaba de caer al piso, digo, usted nunca hubiese apostado a que caería al techo.

—No. Conozco la ley de gravedad.

—Exacto. Usted se sabe la ley de gravedad. Usted sabe. Eso lo alejó de sus alternativas fantasiosas y lo acercó un poco a la verdad. Aunque sólo un poco.

— ¿Un poco?

—Esa moneda estaba predestinada a caer al suelo. Estaba escrito que terminara en el piso y no en el techo. ¿Cree que sólo por la ley de gravedad?

—No veo otro motivo.

—Le doy un motivo, sólo uno: esa moneda cayó al piso porque el electroimán que hay en la planta alta no fue encendido por accidente y justo a tiempo por el científico que trabaja escaleras arriba. De ser así, la moneda hubiese terminado en el techo, y su ley de gravedad no le hubiese servido para pronosticar nada.

— ¿Arriba? ¿Arriba hay un electroimán? ¿Hay un científico?

—Yo no sé. Usted tampoco.

—No, no sé. ¿Qué debería saber para acertar cien por ciento que una moneda va a caer al piso y no quedar pegada al techo?

—Todo señor, usted debería saberlo todo. Si usted supiera todo podría afirmar que dentro de sesenta y cinco años una naranja caerá frente a este bar siendo las 14:25:07. Usted sabría que no será azar, sino el producto de miles de millones de años de circunstancias y acontecimientos que desembocaron en la naranja sobre la vereda a las 14:25:07. Y lo más importante: sabría con certeza que no habría posibilidad de que la naranja caiga un segundo más tarde.

Dicho esto, apartó el zapato y la moneda que había rodado hasta él quedó al descubierto. En el suelo, el muchacho se arrastró debajo de la mesa y ensayó un tímido gracias. Tomó la moneda e intentó reincorporarse. Una de sus piernas le hizo rechinar los dientes de dolor.

—Muy bien. Le concedo la predestinación en los elementos de la naturaleza. Pero yo soy un hombre y las circunstancias no condicionan mi libre albedrío. Yo tengo alternativas. Yo hago las alternativas. Yo elijo.

—Sí y no.

El muchacho se llevó la mano a su mejilla. En la comisura izquierda del labio un corte en forma de equis lo hizo sangrar.

— ¡Tengo alternativas, señor! Mire a este pibe. Mire, se levanta, sólo tiene un tajo junto al labio, si en el futuro quiere ser maratonista, no será este accidente lo que lo haga cambiar de opinión. No niegue el libre albedrío.

—No lo niego. Y sin embargo está escrito. Lo que el pibe decida está escrito, aunque no haya quien pueda leer. Dos más dos siempre serán cuatro.

El muchacho se puso de pie pensando en que él no quería maratonista, sino jugador de voley. Salió del bar y cruzó la calle rengueando, hacia el almacén de su papá.

Sesenta y cinco años después, ya viejo y sentado detrás del mostrador, Alfredo vio otra naranja colgada del árbol, un poco más verde que la que había caído segundos atrás. Conjeturó que seguramente esa naranja duraría al menos dos días más colgando del árbol. Dos días. Entonces la miró fijo y decidió que no. Como una vieja raíz arrancada de un suelo seco, así se levantó Alfredo de la silla tras del mostrador, abrió la puerta de vidrio del almacén y salió a la vereda, rengueando, tan anciano como efervescente.

Junto al árbol de naranjas pegó un salto que habría de costarle seis noches de una fuerte molestia en su pierna mala. Suspendido en el aire como un jugador de voley, lanzó un manotazo y con la palma acertó de lleno en la naranja un poco verde que se desprendió del tallo para caer en un ángulo de cuarenta y siete grados hacia la calle. La naranja rebotó contra el asfalto. Pasó un Renault 4 blanco que no la esquivó. La fruta gimió aplastada y escupió una semilla que dio en la comisura izquierda del labio de Alfredo, junto a la cicatriz en forma de equis.

Alfredo elevó el brazo, se limpió como pudo el jugo de naranja que lo salpicó y la semilla cayó a la vereda calcinante, frente al Bar Azucena en su ataúd desvencijado.

—Esto también está escrito —se dijo, pero no le importó.

© Guillermo Galli, (1.177 palabras) Créditos