ALF
Ricardo Cortés Papé
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El hombre que responde al nombre de Alf se deja caer a mi lado, de cualquier manera, despreciando una silla que se encuentra a un metro de él. Mira al frente, hacia la puerta abierta por la que acaba de entrar, al tiempo que expulsa ruidosamente cierta cantidad de aire. Sin volverse, despatarrado, coge mi mano y se la pone sobre el pecho.

—Me duele —dice.

Su voz es baja pero firme. El latido, regular. Me abstengo por lo demás de explorarle. Sé por experiencia que le desagrada. Digo:

—No percibo ningún daño. El corazón funciona correctamente, si te refieres a eso.

—Me duele —repite flexionando ahora una pierna.

—Describe la sensación.

—Dolor agudo que nace en el pecho y se extiende a todo el planeta. Dolor de alma. ¿Eres capaz de comprender eso, Art? pregunta apartando bruscamente mi mano como si solo ahora se hubiera dado cuenta de que ha estado sosteniendo una pinza de metal.

Callo. Con Art, abreviatura de artefacto, Alf se refiere a mí. También me llama de otras formas: Arti (con tono cálido), Arturito (ambiguo, seguramente burlón y despectivo).

—¿Por qué la dejaste morir?

Entiendo que se refiere a la mujer que encontramos agonizando en el sector 3. Declaro:

—Había caído bajo una montaña de escombros. Sus órganos principales fallaron sin remedio.

—¿Por qué la dejaste morir? —repite como un autómata—. Estoy solo, ¿no lo entiendes?

Su voz se rompe. Sin duda está ofuscado porque en el caso de esa hembra se trataba de un organismo defectuoso, caduco, estéril.

Se lo recuerdo.

No me escucha. El llanto sacude su torso desnudo. Ni reproduciendo las más armoniosas secuencias de sonidos soy capaz de calmarle.

Le inyecto un tranquilizante.

Alf...

Alf ha recostado la cabeza en mi regazo, lo cual es la primera vez que ocurre: por lo general Alf procura no tocarme siquiera. Es un hecho, por mucho tiempo que hayamos pasado juntos Alf nunca se encontrará cómodo conmigo. Puedo reducir el timbre metálico de mi voz, puedo suavizar la rigidez de mis movimientos y de mis respuestas, tratar de hablar, incluso pensar, como él, aunque sea impropio de una máquina, pero no puedo hacer nada por cambiar mi aspecto, todo lo más, como ahora, volver la cabeza y esconder a sus ojos mi mirada fija.

Alf, he notado que repetir su nombre produce en él un efecto positivo, ¿te he contado ya la historia del primer hombre que se aventuró fuera del sistema solar?

«Siempre temió el momento del regreso, el momento en que bajara de la nave y el público congregado bombardeara a preguntas al primer hombre que había ido más allá del último planeta. Después de años de mudez, él tendría que contestar Se imaginaba rodeado de micrófonos, hostigado sin descanso por los periodistas: Descríbanos la nada en dos palabras. Descríbanos brevemente a Dios. Necesitaba una respuesta, no se conformarían con ver sus retinas quemadas.

»Se puso en comunicación con sus hijos en la Tierra, pensando que siendo niños tendrían la verdad, pero en la pantalla sus hijos se mostraron distantes y obtusos. Buscó en la reducida biblioteca de la nave, lamentando el escaso criterio del responsable de la selección: ni un ejemplar de La Odisea había. Buscó en el superordenador, repasando las más antiguas literaturas, los textos más oscuros. Se valía de potentes focos de luz, pues había perdido la vista en remotos mundos.

»Durante mil días buscó la frase. La metáfora brillante, la palabra que tendría el efecto de un puñetazo en la cabeza.

»Los tres años del regreso se le hicieron relativamente cortos.

»Tenía la frase.

»Un hombre encorvado y casi calvo, un poco huérfano con el casco bajo el brazo, se asomó a la puertezuela de la nave, mirando abajo la pista desierta. No había acudido nadie a recibirle. Su radiante mujer, los envarados hijos, un operario curioso que se había acercado a echar un pitillo, eso era todo. Es de lamentar pero su llegada había coincidido con un importante derby de fútbol.

»—Sin público, no hay frase —masculló el hombre y perdió pie.

»Acuciados por la madre, los hijos acudieron a regañadientes a socorrer al anciano astronauta que se había caído por la escalerilla»

Hoy, como ayer, hemos seguido explorando sectores en ruinas, yo tendiendo al aire mis antenas temblorosas, Alf guardando un silencio concentrado que solo ha roto para decir:

—No reconozco nada. ¿Dónde estamos?

Le doy las coordenadas.

—Habla en cristiano. Dime el nombre de la calle, la plaza o lo que quiera que se encontrase aquí.

Tampoco los nombres le dicen nada. Durante un rato se queda mirando el conjunto de bloques de piedra y vigas retorcidas.

—Hasta la luz parece otra, —comenta—, blanca como tiza.

Creo que de alguna manera el hombre relaciona la luz solar con la desaparición de sus semejantes, como si considerase posible que la luz los hubiese fundido.

—No es eso lo que dijiste ayer.

—Qué dije.

—Exactamente: Hasta la luz parece otra, afiebrada, provista de una nueva cualidad belicosa, como si hubiese mutado en avispa.

—Y eso dónde fue.

—Nuevas coordenadas.

Alf se crispa brevemente.

—Claro, la luz me obsesiona. Soy, era, pintor. Pintor del natural, con caballete, ¿te imaginas?

Alf se encoge de hombros mientras con el pie separa los restos de un letrero pulverizado.

Yo observo con algo parecido a la lástima a ese hombre que a pesar de mis advertencias se empeña en ir por ahí semidesnudo.

—Olvidas que yo era tu secretario, aparte de médico personal y otras muchas cosas. Por cierto, veo que has dejado de hacer tu tabla diaria de gimnasia.

Después de mirarme atentamente, y mientras se toca la tripa:

—Tu dineral me costaste, bribón.

—No había entre los robots domésticos, —observo—, media docena como yo.

—¿Eso que detecto en tu voz es orgullo? —pregunta divertido. No espera respuesta a semejante disparate y añade—: Tampoco tú eres el que eras.

Sigue un silencio en el que los dos nos ponemos a rememorar los días, no tan lejanos, en que él era el artista mimado de la élite que podía permitirse adquirir su obra y en que incluso a mí no me faltaban cuidados. Había que ver a Alf surcar las avenidas de la gran ciudad, envuelto en un lienzo espléndido, brillante en su nimbo de aire depurado. Entonces yo aún tenía acceso al control del clima local, y podía traerle, según sus apetencias, el sol y la lluvia. Y ¿ahora? ni una pequeña tormenta soy capaz de convocar. Si al modo de Alf pudiera reír con amargura, este sería el momento de hacerlo.

Unos gemidos nos sacan de la evocación. Proceden de un perro enterrado hasta el cuello en un yermo removido. Después de liberarlo me apresuro a acabar con él; no tenía un hueso entero. Alf, de cuyos ojos la dicha momentánea ha huido, yace ahora junto al animal, abrazado a sus costillas aplastadas.

—¿Te he contado ya la historia del primer hombre que estableció contacto con los venusinos?

«—¿Cómo son?

»—¿Qué aspecto tienen?

»—¿Son en verdad perros?

»—¿Es verdad que son verdes?

»—¿Tienen dos cabezas?

»—¿Tres pies?

»La gente atosigaba a preguntas al primer hombre que había establecido contacto con los venusinos, pero el viajero, recién retornado del espacio, tenía un bloque de silencio en la garganta. Ni una palabra salió de los labios resecos que habían bebido de las claras fuentes de Venus. Su sonrisa se heló, traspasada como libélula por un alfiler.

»Se cansaron de hacer preguntas.

»—Vámonos —animó uno—, aquí estamos perdiendo el tiempo»

—Le dieron de lado porque era idiota. Porque no supo estar a la altura de su gesta y contar lo que había visto, le dieron la espalda y dejaron que se ahogara en su propio balbuceo.

Me preocupa Alf, siempre abatido, meneando la cabeza bajo el fardo de la pesadumbre. Con cuentos le entretengo solo un poco; después de escucharlos —a veces me pregunto si lo hace—, vuelve a entregarse a sus funestas cavilaciones. Las pocas veces que se decide a hacer algo no es que sea lo que se dice sensato. No me refiero a las columnas de piedras y cascotes que levanta de vez en cuando como la burda señalización de un itinerario o incluso en un intento de proveer al caos de un ápice de orden; por un momento, afanado, es capaz de olvidar, hasta que el silencio del mundo, vasto anfiteatro, vuelve y lo aplasta. Menos sentido tiene tratar de reparar un sistema de riego cuando no hay nada que precise riego; si es por el placer de volver a ver algo en funcionamiento, yo puedo hacerlo mejor y en menos tiempo.

Desde esta mañana Alf se muestra esquivo, marcada en la cara una mueca de dolor y determinación.

Me mantengo vigilante.

—¿Qué pensabas? —grita Alf, vuelto en sí, mientras se arranca el somnífero clavado en la corva—. ¿Que iba a atentar contra mi vida? ¿Con una piedra?

—La dirigiste contra ti, —repongo.

—Solo para sacarme un diente podrido. Es un poco difícil matarse a pedradas, ¿no te parece?

—Hay otras formas de extraer una muela.

—Y tuviste que lanzarme un dardo.

En efecto, pensé que te haría desistir de tu acción, como así fue.

Alf menea la cabeza, se aparta.

Desconsolado.

Si el día ha sido malo, lo que le sigue es peor. Esta noche, para Alf, es larga, afilada, insomne. A intervalos dejo oír mi voz mientras el hombre llora cristales de dolor, añoranza, frustración.

Viajaron por primera vez al espacio en el interior de un ejemplar carcomido de Dilvish, el maldito, en la reducida biblioteca de un cosmonauta aficionado a la literatura fantástica; por eso en la galaxia se les conoció por el nombre de dilvishes o malditos. La explicación es fabulosa, pero lo cierto es que estos animalillos exportados resultaron ser más poderosos que cualquier arma tecnológica. Al poco se habían extendido por racimos de mundos. Después de un siglo de lento trabajo habían acabado con toda la obra en papel del universo. Los conocimientos se perdieron, y con ellos los imperios. La colonización humana apenas encontró resistencia por parte de poblaciones aisladas y analfabetas..

Después de un bufido, el aspersor se pone en movimiento, se atraganta, continúa, lanza al aire un abanico de agua, tejido delicado que la luz toca con los dedos. A mi lado percibo un sonido que al principio no identifico; es Alf que ríe como un niño. Ahora chilla, corre a empaparse. Como preveo, no tarda en acudir el llanto.

Inconsolable.

He hecho sonar una música mansa, convocado el fantasma de una multitud de pájaros.

En vano.

Los años de vuelo en solitario habían vuelto al viajero orgulloso y taciturno, y cuando, arribado por casualidad a aquel planeta, detectó en su superficie abundantes evidencias de vida inteligente, no trató siquiera de establecer contacto, y después de aprovisionarse de agua, retornó a la nave y siguió de largo. Los joviales nativos, que habían visto descender al extranjero, llegaron a tiempo para verle partir. Tras inspeccionar el terreno, concluyeron que solo había bajado a orinar..

En un punto del extrarradio azotado por cortinas de polvo Alf graba una fecha —equivocada— en el costado de un muro sobre el que pesa un silencio de fábricas detenidas; antes probó a inscribir su nombre en el tronco de un árbol pero este sencillamente se derrumbó como ceniza.

Después, aún frente a la pared, Alf vuelve la cabeza. Ha percibido un ruido confuso; la piel de su cuello se estremece como la de un venado. Una muchedumbre se acerca. Por un instante le engañan sus voces. ¡Gente! Cuando por fin identifica su origen, se da la vuelta; la mirada que me dirige es torva. En dos zancadas se planta a mi lado.

—Alf.

Me rodea. Hago cesar de inmediato el vacuo parloteo.

—Alf.

—¿Por qué tuviste que alzar la pantalla? —me acusa—, yo tendría que haber muerto al mismo tiempo que mis semejantes; ahora quiero, como ellos, ser pasto de la luz.

Agachado a mi espalda, sus dedos recorren el panel dorsal; no me desconecta, solo me priva del movimiento, me convierte en un observador pasivo, incapaz de actuar.

—¡Alf!

Alf ríe fúnebre, vuelve a enfrentarse a la pared. Esta vez se encarama a ella; sentado en el borde, saluda con las dos manos, de las que empieza a brotar la sangre. El lomo del muro está erizado de cristales, de cascos rotos; Alf los golpea sin pausa con palmas y muñecas.

—Alf.

Sobre el muro, Alf es un bulto vencido. La luz, como un gato, se complace en lamer los cortes, los vidrios.

El soldado cayó mientras perseguía una forma ilusoria, muy lejos de la Tierra. Cayó de espaldas entre estrechas paredes de tierra bajo un cielo alto y desconocido. Su equipo era tan pesado que ya no se pudo levantar y quedó ahí tumbado agitando los componentes de metal como un carro blindado dado la vuelta. Sus ojos (manipulados) podían perforar la oscuridad y ver más allá que cualquier mortal. Disponía de un terrorífico arsenal, podía tal vez, si se lo proponía, derribar un astro cercano, pero iba a morir ahí sin poder plantar batalla, por dar un mal paso corriendo tras un holograma. Ni siquiera estaba dañado. ¿O sí? Muy cerca la guerra continuaba, tal vez concluía (para empezar en otra parte). ¿Quién ganaba, quién perdía? ¿Qué podía importarle a él? Tan cerca y tan lejos del combate. Pero ¿De qué parte había estado? ¿Por qué causa había luchado? ¿A favor, contra qué general de las galaxias? Cuando se dispuso a ordenar los recuerdos de una vida, comprobó que ya no los tenía. En el fondo de la zanja, la memoria del soldado, hecha de vaguedad, había sido la primera en morir. Mientras el pensamiento huía de él como un planeta desorbitado, su capacidad de visión quedó súbitamente anulada, pero sus sensores detectaron una forma de calor agachada junto a él en el borde. Le fue dado sentir a su oponente, luego fue expulsado del universo..

© Ricardo Cortés Papé, (2.336 palabras) Créditos