ENTRELAZAMIENTO
Roberto Rosaleny Aguado
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Mark Offenbach pensaba que, si comparecer ante cualquier tribunal siempre impone cierto temor, hacerlo ante uno de la jurisdicción militar y con carácter de excepción era para no tomarlo a broma. Además, de su declaración en calidad de testigo principal podía depender la libertad e incluso la vida de una persona. Una persona a la que estuvo unido, años atrás, por una estrecha amistad: el profesor Herman Müller. Por primera vez en mucho tiempo acudieron a su conciencia cuestiones morales. Por un lado, deseaba ayudar a Herman en justo pago por cuanto le debía —Mark tenía la firme creencia de que sin sus enseñanzas y el impulso que en su momento le dio Herman a su carrera en la universidad jamás hubiera pasado de ser un simple y anónimo profesor auxiliar—. Por otro lado, una defensa a ultranza de Müller sin conocer los cargos que se le imputaban podía incriminarle como colaborador. Tendría que saber moverse en esa disyuntiva y navegar al ritmo que marcara el juicio, tratando de parecerlo más neutral posible, aunque sin dejar de tomar partido por Müller cuando el ambiente lo permitiera.

En los días precedentes, otros amigos y colegas de profesión habían ocupado la misma silla para contar al juez sus respectivas versiones de los hechos. Para su desgracia, desconocía por completo lo que cada uno de ellos había contado. Las normas disciplinarias por las que se regía el juicio eran igual de severas que los avinagrados rostros de los abogados y del juez.

Llevaba incomunicado varios días, sin más relación con el mundo que los sobrios saludos que intercambiaba a las horas de las comidas con los soldados que custodiaban la celda donde se hallaba recluido, situada en un pequeño campo de concentración. El campo había sido construido precipitadamente en algún lugar de Alemania alejado de las ciudades para albergar a un grupo de prisioneros civiles de alta cualificación científica. No se permitía el contacto entre los reclusos, así que la única información de la que disponían la deducían ellos mismos observando el ir y venir de los mandos militares, unido a alguna que otra frase suelta que atrapaban de boca de los carceleros.

El juicio se había reanudado esa mañana. Mark esperaba acompañado por dos robustos policías militares norteamericanos en un lúgubre pasillo, al otro lado de la puerta se celebraba la vista. Intentó concentrar sus pensamientos en la estrategia a seguir, dejando de lado las indicaciones recibidas durante las breves visitas del supuesto abogado defensor del inculpado —un oficial francés apellidado Renoir—, que no sirvieron para gran cosa más que informarle del procedimiento a seguir en el momento de su declaración. Era consciente de que iba a ser objeto de un interrogatorio muy duro y con pocas consideraciones. Un desliz, una frase inadecuada, y su condición de testigo podría devenir en la de reo. De hecho, el trato que estaba recibiendo ya se acercaba más a la condición del segundo que a la del primero. Prisionero e incomunicado, solo faltaba una acusación formal de colaboración con el extinto régimen nazi.

Debía haber transcurrido media hora desde que le habían trasladado allí, según sus cálculos, cuando la puerta se abrió. Un joven capitán con el uniforme de las Fuerzas Aéreas Británicas le llamó a voz en grito, a pesar de que no era necesario tal estruendo porque no había en la estancia otra persona a la que buscar. Mark, en un intento de disimular su nerviosismo, se secó el sudor de la frente con un pañuelo.

En la sala, de dimensiones muy reducidas, se respiraba un aire viciado. La atmósfera corrompida por el humo de muchos cigarrillos fue lo primero que le llamó la atención. Luego, mientras recorría los escasos metros del pasillo hasta sentarse a la izquierda del juez como le indicó el capitán inglés, pudo advertir que los miembros tanto del tribunal como del escaso público que ocupaba los bancos pertenecían exclusivamente al estamento militar. Unos iban de uniforme y otros vestían de civiles, pero todos eran militares, se les notaba a la legua. Si bien fue informado del carácter secreto del acto, la estética con la que revistieron la escena rebosaba elementos intimidatorios. Podría decirse que las medidas de seguridad adoptadas por los aliados resultaban exageradas para mantener prisioneros a un grupo de civiles. Ni al más audaz y rebelde de ellos se le hubiera pasado por la cabeza un intento de fuga. Por todos lados había multitud de soldados pertrechados con pistolas y fusiles que vigilaban a los detenidos noche y día. Las paredes de la sala estaban cubiertas con enormes banderas que ocultaban la madera del barracón, acompañadas de grandes retratos de los generales y políticos vencedores en la contienda.

Mark ganó unos segundos acomodándose en la silla con parsimonia. Enseguida pudo distinguir lo heterogéneo del grupo. Reunidos en pequeñas camarillas que se observaban con recelo unas a otras, había rusos, americanos, ingleses y franceses. Le había tocado vivir tiempos de infortunio, así que las circunstancias le enseñaron a reconocer con facilidad algunas nacionalidades con solo observar pequeños rasgos. Agradeció que se formara una pequeña asamblea entre el abogado defensor, el que hacía las veces de fiscal y el juez, ayudados por un traductor, antes del comienzo del interrogatorio. Necesitaba situarse, ordenar las ideas y, sobre todo, tranquilizarse. Fijó la vista en los presentes. Frente a él, situado en el centro de la primera fila, se hallaba su amigo Herman Müller. Lo reconoció de inmediato, a pesar de que habían transcurrido más de dos décadas desde la última vez que estuvieron juntos. Aunque estaba esposado y, al parecer, le obligaban a permanecer de pie, su rostro denotaba serenidad. El tiempo y las penurias no habían dejado huellas visibles en su aspecto, excepto ciertos síntomas de cansancio. Mantenía la figura majestuosa que le caracterizaba. Tan solo el negro bigote de su juventud había mudado a un tono blanquecino amarillento producto más de la nicotina que de los años. En el instante que sus miradas se cruzaron, Müller le saludó con una pequeña mueca de simpatía.

A su izquierda, en la esquina más alejada aquel barracón prefabricado, se hallaba la única mujer de la sala: una taquígrafa vestida más sobriamente que una monja, que esperaba la orden de transcribir cuanto se hablara. Llevaba el pelo recogido y estirado hacia atrás con fuerza, portaba unas gafas enormes que le conferían un aspecto repelente, asexuado, como si fuera de un género diferente al masculino y al femenino. Offenbach no recordaba haber visto jamás un semblante tan inexpresivo. A continuación, su mirada reparó en los ocupantes de los bancos más alejados. De inmediato reconoció a tres hombres del ejército soviético. Uno de ellos, el que estaba sentado en el centro, debía ostentar el rango superior en el escalafón de mando, a juzgar por el respeto que mostraban sus compañeros al dirigirle la palabra. Sus facciones rudas y algo mongoloides le daban una pinta un tanto salvaje. Mark respiró aliviado al comprobar que, al parecer, iba a permanecer de oyente. Tenerlo delante como acusador, repleto de medallas y galones, podía infundirle un temor reverencial.

Cesaron los cuchicheos y los abogados se situaron en el lugar que se suponía que debían ocupar. El juez, en un tono de voz imperativo, se dirigió a la sala durante un minuto. Pasados unos instantes, varios intérpretes se encargaron de traducir sus palabras a los distintos grupos en sus idiomas respectivos. Uno de ellos, que se había situado cerca de Mark, le hizo partícipe, en perfecto alemán, de las directrices que regían el juicio. La primera información que debía tener presente el testigo consistía en conocer el carácter de aquel acto. Aunque había adoptado la forma de tribunal, en realidad se trataba de una comisión internacional secreta cuyas decisiones gozaban de carácter ejecutivo y eran inapelables; todo ello debido a que se trataba de un momento histórico excepcional y las circunstancias obligaban a actuar con determinación, bordeando la legalidad cuando fuera necesario. En definitiva, un tribunal de excepción contrario al ordenamiento jurídico de muchos países —y, en concreto, de todos los que lo componían—, pero que, dada la gravedad de los hechos, no se podía constituir de otro modo. El magistrado continuó su alocución invitando al testigo a contar su versión de la forma más amplia posible —porque no le correspondía a él sino a los representantes de los países vencedores presentes en la sala calibrar el valor de los detalles— para finalizar, le instó a mantener un ritmo narrativo acorde con el trabajo de los intérpretes. No fue necesario que nadie le advirtiera de la importancia de ceñirse a la verdad estricta. Con solo captar el ambiente de la sala resultaba fácil deducirlo. La hostilidad que se respiraba era talque parecía condensarse. Mark percibió que la tensión no se dirigía únicamente a Müller y a él, por el contrario, entre los diferentes sectores reinaba una desconfianza patente.

Acto seguido, se levantó un espigado coronel americano y se acercó a la posición que ocupaba Mark. De estatura notable, tenía una abundante cabellera canosa y una piel arrugada que le adjudicaba más años de los que contaba, pero lo que llamó la atención de Mark fue su extrema delgadez. De carnes magras, parecía un manojo de nervios diseminados encima de un esqueleto. Le miró fijamente a los ojos y luego empezó a hablar. Le instó a que narrara, desde el principio, la relación que había tenido con Müller, si colaboraron en algún proyecto, e incidió varias veces en las actividades científicas y políticas llevabas a cabo por Müller. Así mismo, con pocas contemplaciones, le exigió que no abusara del argot científico y que empleara términos fácilmente comprensibles para facilitar el trabajo fluido de los intérpretes.

Offenbach, que desde los tiempos de la universidad hablaba y escribía el inglés perfectamente, entendió la pregunta sin necesidad de traductor, pero las normas obligaban a que los intérpretes tradujeran hasta la última sílaba de cualquier palabra que allí se dijera. Mark pensó que si la sesión, ya de entrada, prometía ser agotadora, las continuas paradas a causa de las traducciones la convertirían en un suplicio. Cuando vio que reinaba de nuevo el silencio en la asamblea y captó algunos gestos casi imperceptibles de asentimiento, entendió que había llegado su momento y comenzó la narración. Por un instante, dudó si hacerlo directamente en inglés para ganarse cierta simpatía entre británicos y americanos, pero el temor a ofender a rusos y franceses le aconsejó hablar en su idioma natal y dejar que el interrogatorio se convirtiera en una pequeña Torre de Babel.

—Conocí al profesor Müller —Mark, a su pesar, carraspeó antes de poder continuar con un tono de voz sereno— en la Universidad de Gotinga, allá por el año 1920. Müller tenía ganada una merecida fama de genio, de hombre extraordinario, así que muchos recién doctorados considerábamos un honor trabajar a su lado. Eran tiempos de efervescencia intelectual y científica sin parangón y la Universidad de Gotinga destacaba como uno de los centros neurálgicos donde bullían ideas novedosas.

»Recuerdo —continuó después de tragar saliva— el día que me lo presentó un colega suyo conocido de mi familia de Múnich, el cual me sirvió, por así decirlo, de padrino. Esperaba encontrar un personaje distante con una actitud despectiva hacia alguien como yo, un ser insignificante a su lado. En los ámbitos académicos de la Alemania de aquellos días corrían leyendas que convertían a Müller en un superhombre, un ser inigualable, para algunos superior incluso al propio Einstein. Sin embargo, en honor a la verdad, el trato que me dispensó el profesor fue muy cálido. En pocos días nació una simpatía mutua que nos llevó a compartir largas horas de tertulia en los cafés tratando los temas más diversos. En el aspecto profesional, pronto me encomendó la tarea de desarrollar una serie de trabajos que consistían en revisar algunos de sus cálculos. Labor que en otras condiciones resultaría tediosa, pero el entusiasmo que anidaba en mi espíritu por el privilegio de ayudarle me impedía ver lo aburrida que era.

Offenbach tuvo que detener su relato. El mandamás delos soviéticos requirió algo con voz atronadora. De pronto, uno de los traductores —con una prisa que a Mark le pareció de un servilismo extremo—, tradujo con un rugido lo que había dicho el ruso.

—El coronel Antonov le ruega que especifique en qué campo o campos, si había más de uno, trabajaba el doctor Müller.

—El profesor Müller era físico. He obviado mencionarlo antes porque lo que sigue enlaza con la pregunta del coronel —Se vio a sí mismo tan servil como el traductor. Cayó en la cuenta de que no debía excusarse tan pronto. Seguro que la vista le daría magnificas ocasiones para ello—. A medida que fui conociendo el entorno del profesor me situé más cerca de la realidad. La grandeza y el prestigio de Müller (considerado un dios a muchos kilómetros de allí) se ponían en tela de juicio en su propia universidad. De hecho, gran parte de sus colegas cuestionaban sus ideas o, mejor dicho, la aplicación que pretendía hacer de las mismas. Yo mismo comencé a discrepar y así se lo hice ver en multitud de ocasiones. No es que nadie dudara del enorme talento del profesor, sino que se criticaba abiertamente la forma en que Müller enfocaba los avances. Para muchos, aquella manera suya de entender la ciencia le inhabilitaba por completo para ser tomado en serio. Traicionaba el espíritu científico, según nuestro modo de entenderlo. Además, la conducta privada (un tanto disoluta) del doctor y su afición a los cafés y la vida nocturna no le ayudaron a mejorar las cosas, sino a ir ganando detractores, por no llamarlos enemigos.

Al escuchar este último comentario algunas sonrisas burlonas se dibujaron en la sala.

El juez le ordenó que se detuviera y llamó a deliberar a los que llevaban la voz cantante de cada grupo. Se reunieron en un instante cuatro militares, el juez y dos traductores. Mark tuvo la tentación de afinar el oído para desentrañar lo que pudiera de la conversación. Pronto desechó la idea. Entender algunas frases sueltas tenía más de inconveniente que de ventaja. No podía arriesgarse a una mala interpretación. Fue repasando con la vista al resto de personas que permanecían sentadas. Müller observaba el suelo distraídamente, no parecía preocupado, si bien Mark reconoció enseguida esa pose de su mentor en que, a pesar de la aparente lejanía que mostraba, no dejaba escapar detalle de lo que se decía a su alrededor. Quizás entiende que su suerte está echada y prefiere no torturarse con pensamientos negativos, pensó.

Tras recorrer todos los rostros (que le parecieron amenazadores sin excepción), se fijó de nuevo en la taquígrafa. Ahora su expresión había cambiado un poco. Ya fuera a causa de la actividad frenética que ejecutaba en la máquina o porque era la única persona presente que no le infundía temor, encontró algo diferente en su semblante. Vista con mayor detenimiento, Mark concluyó que tal vez no fuera tan neutra sexualmente como le pareció en un principio. Sobre todo, si se soltaba el pelo, cambiaba de vestimenta y se despojaba de las horribles gafas. A Mark le pareció detectar un casi imperceptible gesto de compasión en la cara de la mujer.

La voz autoritaria del fiscal, un hombrecillo de aspecto pusilánime, le devolvió a la realidad. En su ensoñación le había pasado desapercibido que todo el mundo ocupaba ya su lugar.

—Debe usted clarificar a este tribunal a qué se debían esas diferencias —Mark era consciente de que en ningún momento se le reconocía su rango de doctor en Física. El menosprecio de que era objeto comenzaba por no nombrar siquiera su título.

—El profesor Müller tenía unas ideas extrañas. Mejor dicho, una manera peculiar de aplicar los conocimientos de los que disponía. Es uno de los pioneros de la mayor revolución científica del siglo y posiblemente de la historia: la mecánica cuántica, hoy todavía en pleno desarrollo. Captó como nadie las fascinantes consecuencias que los descubrimientos sobre el átomo iban a tener para la humanidad. Sin embargo, y esto es lo que soliviantaba al resto de la comunidad científica, su interés se centraba en extrapolar algunas de esas consecuencias de la Física a otros dominios. Cuando llegaba a un punto que consideraba suficiente, abandonaba las ecuaciones para perder el tiempo en disciplinas alejadas de la suya. En concreto, era un hombre obsesionado con fenómenos como la histeria colectiva, que pertenece al campo de las ciencias sociales. Muchos días, al término del trabajo, nos reuníamos grupos de académicos en los cafés colindantes a la universidad donde iniciábamos tertulias que se alargaban hasta la madrugada. Müller siempre era la estrella de esas charlas. Primero nos deslumbraba con su facilidad para formular sistemas de ecuaciones, luego, poco a poco, iba entusiasmándose con la influencia social de las abstracciones matemáticas, para terminar hablando de autos de fe medievales, alucinaciones colectivas y otras cosas que a nadie interesaban. Se preguntaba una y otra vez a través de qué medio se producían esas conexiones misteriosas que llevaban a diferentes individuos a actuar de manera unitaria. Eso sí, por muy disparatadas que nos parecieran en parte sus opiniones, era tanta su erudición y se expresaba con tal brillantez que constituía una delicia escucharle.

Por primera vez, Mark tuvo la sensación de estar captando el interés de la audiencia. Esperaba alguna interrupción que, al no producirse, le obligó a continuar.

—Müller entendía la ciencia como un todo. Al menos era lo que respondía con obstinación al escuchar las críticas que, cada vez más continuamente, le lanzaban otros científicos. Los que teníamos una relación estrecha con él y nos atribuíamos el derecho a ser escuchados manteníamos similar postura. Tratamos de convencerle mil veces de que dispersar su talento entre varias áreas que poco o nada tienen que ver entre sí suponía un desperdicio que no podíamos consentir. La ciencia, le repetíamos, debe estratificarse para poder ser dominada. Su alcance es tan extenso que lo más racional consiste en dejar que cada campo sea tratado por un grupo diferente de profesionales que, llegado el caso, intercambiarán información. Pero, obcecado como él solo, Müller me abordaba de continuo con un problema que le tenía intrigado. Las matemáticas de la física cuántica predicen un extraño comportamiento en ciertas partículas que han tenido alguna vinculación, pues la misma se mantiene independientemente de la distancia que las separe después (sea de unos pocos centímetros o del Universo entero); es decir, si una tiene un comportamiento, la otra actuará igual; por ejemplo, si un fotón atraviesa un cristal, su compañero gemelo hará lo mismo, mientras que si el primero decide rebotar en el cristal el otro también rebotará. Lo maravilloso del fenómeno es que, en caso de ser cierto, la distancia es indiferente. El propio Einstein se sintió incómodo con ese postulado, dado que ninguna información puede viajar más deprisa que la luz, de ahí que la llamara acción fantasmal. Müller entendía la cuestión desde un ángulo distinto, pensaba que ambas partículas seguían siendo la misma cosa. El caso es que me avasallaba continuamente con ese tema y la influencia que ejercía sobre las sociedades.

»Todos los colectivos —decía—, d esde los más simples hasta los más complejos, se hallan entrelazados. Desvelar los vínculos ocultos que los mantienen unidos es una tarea gigantesca. Pero tengo el firme convencimiento de que respecto de los grupos humanos la cuestión se puede simplificar. Las distintas poblaciones tienen en común aspectos culturales, económicos, geográficos y de otra índole; eso dicen erróneamente los antropólogos. Piensan que esos rasgos definen a las poblaciones. Yo sostengo que no dejan de ser tesis equivocadas, pues, si bien es cierto que existen tales rasgos, nos inducen a confusión. Algo mucho más profundo y sutil forma el entretejido último de la sociedad humana. Una fuerza por ahora desconocida que algunos llaman conciencia colectiva. Esta fuerza está por encima de la familia, la cultura, la raza o los intereses económicos. Si conseguimos crear el estímulo adecuado en algunos de los miembros de este mosaico social, repercutirá en el grupo entero y podremos analizar a cuántos de sus miembros afecta, es decir, hallaremos el hilo definitivo que mantiene la red que imagino oculta. Ello derivará en descubrir a través de qué canales se mueve el entrelazamiento y, en definitiva, la naturaleza última de la conexión.

»Yo trataba de oponerme y hacerle ver que no disponíamos en aquel tiempo (ni hoy en día disponemos) del instrumental preciso y los medios necesarios para verificar experimentalmente dicho problema, ni siquiera para abordarlo con tan solo dos partículas. Y, si en el campo de la Física Teórica resultaba imposible de comprobar, trasladarlo a otras áreas suponía un absurdo tan grande como la vieja pregunta de cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler. La sociología, la psicología y las materias sociales tienen una infinidad de variables que no podemos considerar en una fórmula. Por eso no son ciencias exactas. Además, es una locura perder el tiempo extendiendo algo que se verifica en el mundo subatómico al mundo real o, mejor dicho, al macroscópico. ¿Por qué preocuparse de problemas filosóficos irresolubles cuando la ciencia ha puesto en nuestras manos un instrumento poderoso para fines mucho más prácticos como son las matemáticas?

»Al final, la frase que empleaba a modo de réplica contra las objeciones que le formulábamos siempre era la misma: Caballeros —repetía con una elegancia fuera de lo común y pasando por alto alguna que otra crítica demasiado áspera—, las Leyes de la Naturaleza son muy pocas, por muchas caras que presenten. El mejor científico es aquel que consigue reducirlas y unificarlas. Ese es el desafío que tenemos delante y debemos atacar.

—Señor Offenbach, el carácter y modo de vida del profesor Müller no interesan demasiado al tribunal. Debe ceñirse a hechos más concretos. Al principio le hemos conminado a que nos hable de las tendencias y actividades políticas del acusado. Dígame, ¿le consta si estaba afiliado al Partido Nacional Socialista o perteneció en algún momento a la Sociedad Thule? —bramó el esquelético fiscal, en cuyo cuello resaltaban unas venas a punto de explotar.

Mark trató de no mostrarse amedrentado.

—Me consta que tenía amigos dentro de ese grupo, pero en ningún momento me reconoció su pertenencia. Me hubiera extrañado su integración en ese círculo porque Müller nunca se inclinó por ninguna ideología política, al menos en público. Tampoco la estética y los ideales de supremacía de la raza aria que impregnaban el Grupo Thule y otras sociedades extrañas le cautivaron lo suficiente como para adscribirse a esos ideales infames. Al contrario, más de una vez, con su habitual sentido del humor, ironizó sobre las cortas miras de aquellos que soñaban con el regreso de caballeros negros a la conquista del mundo para que prevaleciera el dominio ario. Igualmente reía de buen gusto al escuchar las fantasías de quienes se proclamaban descendientes de continentes fantásticos desaparecidos como la Atlántida o Hiperbórea, adoradores de dioses nórdicos y personajes legendarios. Se vanagloriaba del sopor que sentía al asistir a alguna ópera de Wagner. Por su peculiar carisma tenía amigos desde el Partido Comunista al Nazi pasando por todas las tendencias intermedias. Creo que le resultaba indiferente el sistema social en el que tenía que vivir, lo veía como un elemento a analizar desde una óptica lejana. Sobre sus ideales políticos nunca se pronunció.

De nuevo intervino el militar ruso, esta vez para interesarse por la colaboración de Müller en un proyecto alemán para fabricar una bomba atómica.

—Tengo entendido —respondió Mark con calma— que dicho proyecto ni siquiera existió. Perdí la pista al profesor Müller en 1922 cuando regresé a Múnich para trabajar en una empresa privada como jefe de ingenieros. La década siguiente fue de una convulsión tremenda, como ustedes de sobra conocen. A veces no resultaba fácil contactar con una persona, y con el tiempo iba siendo peligroso mantener correspondencia. A través de amigos comunes tuve noticias de que el profesor durante la guerra había trabajado junto a otros físicos en la fabricación de un reactor nuclear, pero no en la construcción de un arma como la bomba atómica.

»Centrándome en lo que al tribunal más parece interesarle y sin ánimo de adelantarme a futuras preguntas, les aseguro de forma categórica que el profesor Müller no prestó colaboración alguna a los nazis de forma voluntaria, y mucho menos por iniciativa propia. Sus inquietudes estaban muy lejos de la política. Si tuvo que trabajar en algún momento en la industria de la guerra sería porque las circunstancias le obligaron, y puedo garantizar que lo haría con poco entusiasmo.

Tras semejante alegato a favor de Müller, Mark pensó que tal vez se había precipitado en su defensa. Luego, mientras esperaba la traducción completa de su relato, reparó en el escaso protagonismo que tenían las representaciones británica y francesa en comparación con la rusa y la estadounidense. Me temo que, a partir de ahora, este será el denominador común del mundo entero, pensó.

Antonov escuchaba con una sonrisa sarcástica la versión de Mark de boca del intérprete. Al finalizar este, se levantó y comenzó a andar hacia el testigo con teatralidad. La sonrisa que esgrimía le pareció a Offenbach una mueca del diablo. Sus movimientos le causaban un pavor infinito. Cuando se halló a un metro escaso de Mark desenfundó la pistola. Con un inglés más que correcto y apartando al traductor con un gesto brutal de desprecio, dijo:

—Señor Offenbach, mañana mismo le ejecutaré con esta pistola con el permiso de mis aliados o sin él. Está usted ocultando una entrevista que, me consta, tuvo con Müller, la cual, según testimonios incontrovertibles, le mantuvo consternado largo tiempo. Dispone de esta noche para reconsiderar cuál es la opción que más le conviene. Le advierto de que un detalle, una sola palabra que guarde para sí y yo considere relevante, implicará la pena de muerte. Por hoy, doy por terminada la sesión.

El irascible fiscal americano, tan o más impresionado que el resto de congregados, balbuceó unas palabras de apoyo a Antonov. Acto seguido, hizo una tímida señal a los soldados para que se llevaran al preso y se retiró callado y cabizbajo.

La noche más triste en la vida de Mark la pasó en vela, sin poder dormir ni descansar. Tampoco tuvo ánimos para probar un bocado de la austera cena que le trajo el cabo de guardia americano. Los fundados temores que tenía desde el día de su detención de que las cosas se complicaran se habían confirmado con toda la gravedad posible. No quedaba margen para la duda. Debía contar toda la verdad, aunque ello significara enviar directamente al patíbulo a Müller. La elección era sobrecogedora. Lo que provocaba mayor desasosiego en Mark era desconocer hasta qué punto conocía el tribunal la información de que él disponía. Müller le había contado un secreto terrible, un experimento diabólico, pero cuando lo hizo no se hallaba presente nadie más que él. No sería impensable que Müller, en otra ocasión, a causa de la vanidad que siempre lo acompañaba o llevado por los vapores del alcohol, lo hubiera revelado a más personas.

Quizás Antonov ha jugado fuerte y no tiene ninguna información importante, solo vagas referencias —conjeturaba Mark en su celda—; sin embargo, continuar con evasivas me puede costar el pellejo. Mejor contar lo que sé, ya he tentado demasiado a la suerte en la sesión de hoy.

La decisión no tranquilizó a Mark ni consiguió que conciliara el sueño. A ratos se decía que los aliados tendrían en consideración la ausencia de intención por parte de Müller (las consecuencias de cuyo experimento fueron mucho más allá de lo que hubiera podido imaginar) y le condenarían a una pena menor; en otros momentos, la angustia se apoderaba de su espíritu al imaginarlo siendo arrastrado por los soldados camino de enfrentarse al pelotón de fusilamiento. Mark dudaba de que un grupo de militares donde no había —o al menos no se había dejado ver— ningún científico interpretara correctamente el sentido del experimento de Müller.

Lo más aterrador es que en el fondo no entienden una palabra de lo que trato de decirles. Están ansiosos de sangre se repetía una y otra vez.

A través de los cuatro gruesos barrotes de acero de la diminuta ventana se colaron las primeras luces del amanecer. Era una fría y lluviosa mañana de noviembre. La climatología tampoco ayudaba a disipar la congoja del alma de Mark. Al contrario, el ambiente opresivo que desprendían las gruesas nubes que cubrían el cielo le inundó de un pesar profundo. Un centinela armado hasta los dientes depositó en el suelo una bandeja con un frugal desayuno, comunicándole por señas que disponía de quince minutos antes de tener que comparecer de nuevo en la sala.

Los guardias cumplieron su tarea con puntualidad. Un cuarto de hora después, cuatro soldados fueron en busca de Mark. Al salir al patio exterior, formaron un rombo situando al prisionero en el centro. Recorrieron la corta distancia entre el barracón habilitado como cárcel y el que hacía las veces de sala de vistas en apenas dos minutos, lo que no impidió que el testigo llegara calado hasta los huesos, aunque estaba tan absorto en sus lúgubres pensamientos que pareció no darse cuenta.

Esta vez no se molestó en observar a la audiencia. Cuando se sentó, todo el mundo ocupaba ya las mismas posiciones que el día anterior. El fiscal quiso recuperar algo de la autoridad perdida y rompió el silencio adoptando una pose chulesca.

—Señor Offenbach, mientras el mundo tiene los ojos puestos a tan solo unos kilómetros de aquí, en Nuremberg, donde se juzgan las consecuencias, aquí queremos averiguar y, llegado el caso, castigar las causas de una guerra que ha costado la vida a sesenta millones de personas. Entenderá que la responsabilidad de su declaración es enorme. Ayer fue usted puesto sobre aviso por nuestro camarada Antonov. Es innecesario recordarle que debe contar a este tribunal íntegramente la conversación privada que mantuvo con Müller una tarde de septiembre de 1922 en el restaurante Parsifal de Gotinga.

—El profesor —comenzó Mark tratando de no perder la dignidad— me invitó a comer como detalle por mi inminente marcha de la universidad. Recuerdo que ese día lo encontré exultante. Al principio lo atribuí a que, mientras me esperaba, había dado cuenta de una botella de excelente vino en compañía de un grupo de señoritas que rondaban por el local, quedando citado con alguna de ellas para la noche. Después nos quedamos solos aplicándonos con devoción a los deliciosos manjares que nos sirvieron. La velada fue inolvidable porque, a la par de disfrutar con la comida, entablamos una conversación interesante y apasionada en la que tratamos mil temas. Casi sin darnos cuenta, transcurrió la tarde entera. Me percaté de que debía marcharme a preparar el equipaje porque al día siguiente tenía previsto mi viaje a Múnich. Para no dar muestra de descortesía hacia alguien que tan buen trato me había prestado, aparte del sincero aprecio que sentía por Müller, quise rendirle mi particular homenaje y saqué a colación lo que más le apasionaba: el problema del entrelazamiento. Müller, por cuyas venas corría en ese momento más alcohol que sangre, se quedó unos instantes pensativo con una sonrisa enigmática en la boca. En sus ojos leí que sentía la necesidad de contarme algo. No me equivoqué. En cuanto consiguió arrancarme el juramento de que nunca revelaría lo que iba a contarme, soltó algo que me sacudió como un latigazo.

»Mark, la posible confirmación del entrelazamiento social está en marcha desde hace un tiempo. En concreto, unos tres años. Yo mismo activé el mecanismo y estoy esperando los resultados, dijo con una mirada profunda que pretendía ver mi interior como si mi piel fuera de cristal. Estaba ansioso por ver mi reacción. No quise parecer indiferente ni excitado, aunque reconozco que una curiosidad insuperable me invadió. En cualquier caso, no pude ocultar mi enorme extrañeza: ¿Cómo... de qué manera ha podido hacerlo...? balbuceé, puesto que no cabía en mi imaginación un marco en el cual realizar el experimento. Se recostó satisfecho, sorbió un interminable trago de vino de la enésima botella que poblaba la mesa y volvió a sonreír.

»Ya sabes —dijo— que me precio de contar con una extensa gama de amistades. Gracias a algunas de ellas contacté con un voluntario que se prestó gustoso como conejillo de indias, no sin que antes le pusiera al corriente de la finalidad del experimento y de las conclusiones que esperaba y espero sacar. Pues bien, junto con un amigo médico especializado en hipnotismo que se entusiasmó a medida que le fui contando mi proyecto, construí un dispositivo de mi invención que emitía una serie de ondas electromagnéticas en las longitudes que yo le marcaba. Una vez el individuo entró en un profundo sueño provocado y la parte consciente dejó paso al inconsciente, le bombardeé progresivamente con chorros de ondas electromagnéticas con la intención de excitar las que emitía su propio cerebro (alfa, beta, etcétera), hasta conseguir sintonizarlas con las del grupo de individuos que comparten las mismas frecuencias. En realidad, me limité a potenciar estructuras que la propia naturaleza ya había creado. No modifiqué nada, simplemente pretendía sacar a la luz algo preexistente que permanecía oculto a nuestros ojos. Ese es el estímulo que le provoqué y que, estoy convencido, antes o después hará que cuantas personas estén de algún modo entrelazadas con él reaccionen conjuntamente. Desconozco aún en qué ámbitos y la intensidad que alcanzarán esas reacciones, pero no dudes de que se producirán. Eso sí, las frecuencias que utilicé son algo que solo yo conozco y que me llevaré a la tumba.

Un silencio sepulcral reinaba en aquel barracón escondido en algún lugar de Alemania. Mark parecía recordar en voz alta más que narrar unos hechos para una audiencia. Hablaba sin percatarse de nada de lo que ocurría a su alrededor. Prosiguió con su declaración tras una breve pausa.

—Me hallaba tan admirado y estremecido que no sabía si pensar que aquel, llamémoslo así, experimento respondía a la actuación de un farsante de feria o a la de un genio de la ciencia. Literalmente, me quedé sin habla. Para disimular un poco mi turbación delante del profesor, no se me ocurrió mejor idea que interrogarle acerca del voluntario, cuando en realidad no me importaba nada la respuesta. El profesor, con cierto desprecio, exclamó: ¡Ah! es un pobre diablo, un don nadie de los muchos que deambulan por Berlín. No he vuelto a saber de él. Pero su nombre no lo olvidaré jamás: Adolf Hitler, se llamaba. Ya verás como antes o después el tipo alcanza una celebridad más que notable. Veremos en qué área....

Tres días después, una fría mañana de noviembre de 1945, Mark Offenbach, Herman Müller y tres científicos más fueron ejecutados en un campo de concentración sin nombre.

La última frase que salió de los labios de Herman, antes de que varios proyectiles le destrozaran el corazón y los pulmones, se la dedicó a su gran amigo.

—Connotaciones lamentables aparte, no me negarás que el experimento en sí fue un éxito clamoroso. El entrelazamiento social está más que demostrado —susurró.

En un mes, el campo fue desalojado y desmontado por los aliados con la misma facilidad con que lo instalaron. Ni siquiera existe un mapa actual donde se pueda localizar su ubicación.

Fin

© Roberto Rosaleny Aguado, (5.893 palabras) Créditos