INCOMODIDADES DE LA MUERTE
Juan Luis Monedero Rodrigo
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Antranias, CC0 Creative Commons

No es muy razonable pensar que cualquier pueblo que ha desarrollado una cierta tecnología ha de ser civilizado. No lo eran los pwarkj, por mucho que lo hubieran engañado en un principio con su amabilidad y buenas maneras.

Jonás Fresasconnata no podía aceptar como cosa lógica en un pueblo civilizado el que se tratase a los moribundos con el desprecio que había observado entre aquella gente insensible.

Jonás, primeramente, había creído que los pwarkj eran seres de elevada moralidad, ejemplos de perfecta civilización, de armoniosa conjunción de racionalidad y afectuosidad. Un pueblo que cuida con mimo a sus escasos infantes, que se preocupa por el medio ambiente y que lucha por la conservación de todas las especies del universo conocido, ha de ser bueno y civilizado.

Tal era la idea que tenía Jonás del pueblo pwarkj durante las primeras semanas de contacto con ellos. Pero esa imagen benéfica se deshizo de repente cuando el viajero pudo conocer algunos detalles íntimos de aquella raza de malvados.

Como en otras ocasiones, Jonás Fresasconnata había aprovechado su oficio de transportista espacial para satisfacer su inmensa curiosidad por las civilizaciones exóticas. Jonás había oído hablar en muy buenos términos acerca de lo elevado de la cultura pwarkj. Pero nunca había tenido ocasión de conocer a aquella etnia más allá de la escasa información que se podía obtener a partir de los manuales de viaje. Por eso, y porque los beneficios del negocio eran interesantes, Jonás no tuvo ningún reparo en aceptar el encargo de transportar un cargamento de plomo hasta aquel planeta tan deficiente en metales pesados. El viaje, como otros que ya había llevado a cabo el transportista, lo conducía casi hasta el límite del universo conocido. Muy lejos de las principales rutas comerciales. Pero el sociólogo aficionado no podía resistirse a la tentación de conocer a aquel pueblo tan interesante. Aunque ello le supusiera un viaje largo y dejar de lado otros negocios, los beneficios de este trabajo eran suficientes como para compensar el tiempo perdido en el espacio. De todos modos, la mayor compensación provenía de la posibilidad de permanecer entre los pwarkjos unos cuantos meses para poder conocer de primera mano sus costumbres y su vida social, más allá de la ridícula información de las guías de viaje. Jonás se llegó a plantear la posibilidad de redactar él mismo una guía de los pwarkj y sacarse un dinero iluminando a los curiosos con su sabiduría. Como idea sonaba bien, pero Jonás sabía de sobra que aquel tipo de guías no solían constituir éxitos editoriales. La curiosidad de la gente no acostumbraba ir más allá de conocer las noticias de su propio pueblo o el vecino. Además, aunque a Jonás no le gustara reconocerlo, estaba claro que las musas literarias no eran las principales inspiradoras del intrépido aventurero.

En realidad Jonás no necesitaba ninguna excusa para realizar aquel viaje durante tanto tiempo soñado. No arruinarse con él era motivo más que suficiente para llevarlo a la práctica. Así que Jonás cargó a su Betsie con toneladas y toneladas de plomo en lingotes, una mercancía por la que su cliente había pagado un buen dinero. Al parecer, entre los pwarkj se hacían con aquel material valiosos adornos que en otro mundo pasarían por baratijas. De aquel suculento negocio Jonás se llevaba, por los portes, una jugosa tajada.

El viaje le llevó seis semanas. De salto en salto, de mundo en mundo, Jonás se aburrió sobremanera. Aunque todo lo compensó la llegada a Envelés, el tercer planeta de Blujk, el sol local, la patria de los pwarkj.

Era aquél un mundo muy hermoso. Un vergel de islotes cubiertos de una exuberante vegetación azulada y de un proceloso mar de aguas saladas. A Jonás, pese al color de aquellos vegetales que más parecían globos que árboles, el mundo, con su sol anaranjado, su mar y sus nubes, le recordó bastante a la Tierra. Si a esto unimos la impresión que los pwarkj causaron en el espíritu del viajero, se comprenderá que el transportista se sintiera feliz.

No conocía a nadie en Balbalik, la capital de Envelés, aparte de su cliente. Este último era un personaje muy ocupado que no sentía ninguna curiosidad por el terrícola. Pero su presencia no fue necesaria para que Jonás pudiera relacionarse con otros pwarkj y conociera su avanzada civilización.

De los pwarkj no se podía decir que fueran agradables para la vista de un ser humano. La tendencia de la mente humana a encontrar símiles y semejanzas para lo que desconoce es tal que Jonás no pudo evitar buscar algún parecido a los pwarkj. Y, salvando las distancias, decidió que se asemejaban a un cangrejo o una cucaracha de ojos pedunculados y saltones. Eran los pwarkj seres más bien rechonchos. Ninguno pasaba del metro veinte. Chaparros y macizos. Su cuerpo, por llamarlo de algún modo, estaba cubierto por un tegumento de color castaño cuya textura recordaba a la cáscara de una nuez, aunque su color era el de la bellota. No tenían cabeza ni pies. Sobre su cuerpo cilíndrico sólo había una especie de casco, a modo de tapadera de olla, bajo el cual se movían los largos ojos ovoides unidos a sus correspondientes pedúnculos. Eran dos, los mínimos necesarios para lograr la visión estereoscópica. Y la misma cavidad que portaba los órganos de la visión servía de boca y respiradero. Aquel cuerpo cilíndrico e indiferenciado exteriormente era, sin embargo, de una flexibilidad pasmosa. No tenía piernas ni pies. Un millón de diminutos apéndices, a modo de ridículas patitas de insecto, servían a aquellos seres para desplazarse con asombrosa agilidad. Sí que tenían dos brazos o, por decirlo más correctamente, tentáculos digitados, recubiertos por el mismo exoesqueleto coriáceo que el resto del cuerpo. Ciertamente un humano no los podía ver guapos. Aunque Jonás, como viajero curtido que era, estaba acostumbrado a todo. Había visto tantos seres extraños, que en éstos encontraba su punto de elegancia y belleza. No se puede decir lo mismo a la inversa. Para los pwarkj aquel alienígena blando y viscoso que rezumaba secreciones asquerosas resultaba sumamente repugnante y nada llamaba más la atención que las pequeñas hebras de su pelo, sin utilidad en la motilidad, o el extraño apéndice nasal que rugía al respirar.

No obstante las diferencias, Jonás fue capaz bien pronto de vencer cualquier escrúpulo por parte de los pwarkj. Si al principio no conocía a nadie y permanecía en su nave, alimentándose de los productos que Betsie le suministraba, enseguida estableció contacto con algunos de los empleados del espaciopuerto y, por su mediación, pudo conocer algunos lugares y personas interesantes.

Al cabo de tres días de aburrimiento, todo cambió para Jonás. Al quinto día conoció a los investigadores del Centro de Estudios Exobióticos de la capital y, desde entonces, tuvo acceso a todo tipo de información a cambio de la que él proporcionaba a aquellos científicos.

Entre sus nuevos amigos, bien pronto destacó uno especialmente amable: Blajsky. Este personaje, cultivado, inteligente, atento y con insaciable curiosidad, resultó tan afín para nuestro héroe, que se convirtió en su socio de confianza. pwarkj y humano terminaron por hacerse compañeros inseparables y amigos del alma. Por este Blajsky pudo Jonás abandonar a su Betsie e instalarse en un barrio residencial, rodeado de hermosos globos azules, en un pequeño apartamento hipogeo justo al lado de la propia cueva del aborigen. En realidad no era sólo la cueva de Blajsky. Con él convivían parte de su familia genética y cinco o seis reproductores afines a ellos. Los pwarkj, como comprendió rápidamente Jonás, conformaban unidades familiares un tanto extrañas, con grupos reproductivos comunales. Por Blajsky pudo Jonás visitar los lugares más encantadores de la ciudad y probar algunos alimentos locales, curiosamente compatibles con la bioquímica terrestre, aunque un tanto indigestos y poco nutritivos. Por Blajsky pudo Jonás hacerse una idea, que a la postre resultó equivocada, de los usos y costumbres de aquella gente maravillosa. Con él pudo Jonás viajar a los lugares más famosos de la provincia. Admiró las Torres Blancas de cuarzo que se elevaban, gemelas, hacia el cielo. Visitó el bosque de los Plavs, los grandes árboles-globo que cambiaban de color y emitían tenues silbidos. Visitó las ruinas de la vieja Balbalik y asistió a una representación de fugsy, el teatro cantado de los pwarkj. Entre aquellas maravillas y gozando de tan amable compañía, Jonás comenzó a fascinarse por aquel mundo y sus pobladores.

Quizá Jonás, después de sus últimos viajes, debería estar escarmentado de lo erróneo de aquellas primeras impresiones. En muchas ocasiones ya había comprobado que sus huéspedes no eran tan maravillosos como él sospechaba y casi siempre ocultaban oscuros secretos. Pero el viajero, tan dado a las ensoñaciones y el apasionamiento, no podía evitar entusiasmarse por las civilizaciones que estudiaba y, a la vez, enamorarse un poco de su modo de vida. No fue diferente con los pwarkj y, tras sólo dos semanas de convivencia, Jonás había decidido que sus nuevos amigos eran los seres más maravillosos del universo y, como un niño, se emocionaba ante cada nuevo descubrimiento.

Le fascinaba la enorme capacidad intelectual de los pwarkj. De vez en cuando, se desarrollaban entre ellos conversaciones tan profundas que la máquina traductora apenas era capaz de verterlas al idioma de Jonás, y la mente de este último lo era aún menos de comprender el sentido de aquellas frases. Jonás admiraba su pacifismo a ultranza, su solidaridad. Y le fascinaba, sobre todo, su elevada moralidad que les hacía, al modo de los jainitas terrestres, respetar cualquier forma de vida, por miserable que fuese, con un amor que iba más allá del simple ecologismo.

Pero claro, la imagen idílica que Jonás se formara de los pwarkj poco tenía que ver con la realidad. O, cuando menos, fue eso lo que pensó el viajero acerca de sus anfitriones cuando pudo ver el trato que dispensaban a su querido Blajsky desde el momento en que las cosas se pusieron mal para él, de un modo repentino, y el científico vio peligrar su vida. Blajsky se asustó. Sintió un breve malestar y, de repente, ya no se pudo mover. Quizá Jonás no era quién para juzgar las costumbres de un pueblo extraño. Menos aún cuando el propio Blajsky se tomaba el asunto con la entereza y humildad con que lo hizo. Pero un humano no puede escapar a su forma de ver el mundo y Jonás no pudo dejar de juzgar como cruel y bárbara la respuesta de los pwarkj de su propia familia ante la repentina y grave enfermedad de su amigo Blajsky.

Y es que toda la familia abandonó a Blajsky a su suerte. Y no de una forma alegórica, sino literal. Su amigo, consciente de la gravedad de la situación, anunció a todos que iba a morirse. Incluso se disculpó, como si aquello fuera responsabilidad suya, como si pidiera perdón por las incomodidades que iba a causar.

Ni sus familiares, ni los reproductores con los que convivía, se inmutaron en absoluto. Como si aquello fuera lo más normal del mundo, se dispusieron a marcharse de la casa. Debía de ser ésa la costumbre. Pero no dejaba de constituir una costumbre bárbara y salvaje. Los compañeros de Blajsky parecían molestos, como si la muerte fuera un contratiempo indeseado que trastocaba sus planes, como si les ofendiera la inoportunidad del caso. Y, en vez de cuidarlo, como habría hecho cualquier humano con un ser querido, lo abandonaron. Al menos no lo echaron a la calle ni lo llevaron a un asilo. Aunque quizá esta última opción habría sido la menos mala. Fueron los demás los que se fueron y a Jonás, que contempló la escena con sus propios ojos, casi se le saltaban las lágrimas cuando oía a su amigo Blajsky disculparse ante los que eran sus hermanos y compañeros:

—No sabéis cuánto lo siento. Sé que soy muy inoportuno. Debí haberlo previsto. Haberme marchado lejos. Pero uno nunca sabe cuándo le va a tocar morirse.

A Jonás le emocionaba aquella entereza y se le revolvía el estómago ante el egoísmo de los demás pwarkj. Por eso, y porque se consideraba un verdadero amigo de Blajsky, decidió permanecer a su lado hasta el final. Aunque nada sabía de las costumbres pwarkj, ni nada conocía de su anatomía. Aunque no sabía cómo podría ayudar a su amigo o si le molestaría su compañía, decidió permanecer junto a él tratando de aliviarle en su dolor y servirle en lo que necesitara.

—Oh, mi querido Jonás. De verdad te aseguro que no hace falta. Te agradezco mucho lo que haces por mí —le decía el pwarkj moribundo—, pero no sabes lo desagradable que será mi final. No tengo derecho a hacerte sufrir de este modo.

Jonás insistió con tal vehemencia que el pwarkj o terminó por aceptarlo a su lado, aunque no le parecía lo más correcto ni menos aún adecuado. Pero, tal como Jonás lo veía, no podía abandonarle ahora que la enfermedad comenzaba a causar estragos en su cuerpo: la coraza de nuez se ablandaba, sus ojos perdían el brillo, sus patitas diminutas se desprendían muertas. Se formaba un nudo en la garganta del humano al contemplar la ruina progresiva del amigo.

—No entiendo cómo es posible que todos esos seres que decían amarte te puedan abandonar de este modo –le decía Jonás.

—Tú no comprendes. Ellos me quieren. Se van, precisamente, porque no podrían soportar mi muerte. Es algo muy desagradable. Mi muerte es muy inoportuna y, conforme se aproxime, mi compañía se hará insoportable.

Era imposible razonar con Blajsky acerca de aquel asunto. Él justificaba a todos los pwarkj que se alejaban y lo abandonaban a su suerte, desentendiéndose de él como si fuera un zapato viejo que se tira a la basura sin reciclar.

Blajsky cada vez se mostraba más pasivo. Ya no comía ni bebía. Apenas si hablaba. Su cubierta coriácea había perdido el color y la consistencia. Parecía una especie de gelatina. Sus ojos no veían. Su mente estaba confusa. Y un hedor nauseabundo, típico de la muerte y la descomposición en ciernes, rodeaba al moribundo.

—Es el final –dijo Blajsky con un hilo de voz—. Perdóname. Perdonadme todos por morirme de este modo. Yo no quería causaros este problema.

Jonás no podía dejar de llorar. Tanto por la emoción como por el olor que, poco a poco, se tornaba insoportable. Llegó un momento en que el extraterrestre se convirtió en un guiñapo envuelto en su blanda costra. Vaharadas de fetidez indescriptible ascendían de aquellos restos. El humo escapaba en pequeñas nubes pardas acompañado de un ruido ronco y desagradable, como si burbujas de gas estallasen en el destrozado cuerpo de su amigo. Un charco oscuro, formado por innombrables humores, rezumaba en la base de aquello, tan pestilente como todo lo demás. Y Jonás no pudo permanecer por más tiempo a su lado. Entendió que era por aquello por lo que el bueno de Blajsky se disculpaba. Quizá era ésa la razón de la cobarde huida de sus hermanos. Egoístas sin corazón. Jonás, sabiendo que Blajsky había muerto, se marchó de su lado con el alma en un puño y avergonzado por no poder soportar aquel aroma.

Pero no quería que todo terminase así. Llamó a uno de los hermanos de Blajsky, un tal Pufuf con el que el fallecido mantenía una buena relación antes del abandono. Sintió deseos de afearle su conducta, pero se limitó a decir que Blajsky acababa de morir, a lo que el otro respondió, con suma tranquilidad, que era lo normal en estos casos. Y luego, cuando Jonás preguntó qué debía hacerse con el cuerpo, si lo retirarían, si lo enterrarían o lo incinerarían, Pufuf, después de un instante de duda y lo que pareció a Jonás una risa pwarkj, le dijo, con toda naturalidad:

—No sé a qué te refieres. El cadáver se quedará allí como siempre se ha hecho.

Jonás, indignado, cortó la comunicación. Tuvo que morderse la lengua para no soltar cuatro frescas. Eran unos salvajes, de acuerdo. Pero aquél era su mundo y ésas sus costumbres. Él no tenía nada que decir. Simplemente condenó moralmente todo aquello y colocó a los pwarkj en lo más bajo de su escala de civilizaciones.

Como, pese a todo, era un tipo práctico, decidió no abandonar Envelés inmediatamente. Su cliente en Balbalik le iba a proporcionar un cargamento de litio para la poderosa industria de los kaaskas. El negocio era el negocio, así que, después de la frustrante experiencia, bien estaba obtener algún beneficio que compensara la pena y el tiempo perdido.

Por eso permaneció entre aquellos odiosos pwarkj durante un par de semanas más. Pero su relación con ellos era la mínima imprescindible.

Supo por Pufuf que no habría funeral ni nada que se le pareciese. Había indicado, extrañado por su insistencia, que no era la costumbre, como si estuviera proponiendo algo aberrante. Ni siquiera rezaron por él, aunque Jonás sabía que entre ellos existían muchas formas de misticismo. Como sabía que no habían recogido el cadáver, Jonás tuvo los arrestos suficientes como para visitar la casa de su amigo una vez más. Se colocó una máscara antigás y un mono de plástico. La ropa que llevaba mientras lo cuidó había quedado tan impregnada del hedor que ya no se la pudo volver a poner. En esta ocasión comprobó que nadie había visitado a Blajsky. Su cadáver permanecía en el suelo tal y como lo había dejado. La coraza se había ennegrecido y había recuperado su dureza. Ya no brotaban nubes de fetidez ni sonaba ruido alguno. Nada quedaba del charco negro que se había formado en el suelo. Era inútil permanecer allí. Aunque tuvo tentaciones de enterrar aquellos restos, prefirió dejarlo todo como estaba. Al fin y al cabo el propio Blajsky se había plegado a las costumbres de los suyos.

Jonás ya no viajó más por Envelés. Ni asistió a reuniones sociales, ni escuchó tertulias entre pwarkjos. Sólo la víspera de su partida decidió volver a casa de Blajsky. Quizá con la única intención de despedirse de los restos del amigo. Si hubiera tenido flores las habría llevado consigo para depositarlas sobre el cadáver.

Su sorpresa fue mayúscula cuando, a la entrada de la casa, se encontró con Pufuf y un pwarkjo llamado Albst que vivía con él y sus hermanos. Así pues, habían regresado al hogar. Jonás se preguntó qué habría sido de Blajsky.

—Hola, Jonás –le dijo amablemente—. Me alegra mucho que hayas venido antes de irte. Veo que te has enterado.

Jonás no sabía de qué tenía que enterarse. Desde luego poco le importaba que hubieran vuelto por allí. Se limitó a devolver el saludo y entró a la casa. Se fue directo al lugar donde antes reposara el cadáver de Blajsky y se encontró, tan sólo, con la carcasa de su amigo vacía. Debía de ser lo único que quedaba de él una vez que la descomposición había llegado a su término.

—¡Qué alegría, Jonás! –escuchó el transportista a través de su traductora.

Cuando se volvió hacia el origen de aquella voz, se encontró con un pwarkjo diminuto que se arrastraba ante él e intentaba tocarlo con sus tentáculos. Jonás hizo ademán de apartarse, no deseando efusividades con pwarkj extraños.

—¿No me reconoces? Soy yo, tu amigo Blajsky. Ya ha terminado todo. ¡Por fin he vuelto a la vida! Me alegro de que todavía estés por aquí. Así podremos despedirnos como la ocasión se merece.

A Jonás se le puso cara de idiota y su mandíbula inferior descendió varios centímetros desde su posición original. Se sintió torpe, estúpido, confundido. Realmente no sabía cómo se sentía.

—No sabes cuánto lamento que haya sucedido esto durante tu visita –prosiguió el nuevo Blajsky—. ¡Qué inoportuno! Te dejé sin guía y te maltraté con las incomodidades de mi descomposición. ¿Podrás perdonarme?

—Cla... claro, cómo no. Yo también me alegro mucho de verte –articuló Jonás, tratando de responder al abrazo tentacular de su amigo sin parecer demasiado forzado.

Así que los pwarkj no se morían del todo. Su concepto de muerte era distinto al humano. Su muerte era provisional. Un intermedio para regenerarse, para renacer más joven y activo. Por eso sus disculpas, por eso la indolencia de sus hermanos y amigos. Jonás se sintió torpe, tonto y miserable. No se le ocurrió comentar con Blajsky sus pensamientos e impresiones de las últimas semanas posteriores a su momentánea muerte. Tampoco se le ocurrió confesarle que para los humanos la muerte era mucho peor: terrible y definitiva, sinónimo de dejar de existir. Ya no se planteó si la civilización pwarkj era moralmente avanzada. Por su mente sólo pasaba el triste pensamiento de su propia contingencia, de que él moriría un día sin más. Y se puso repentinamente triste. Lloró desconsolado, y mintió explicando que era por la alegría del momento. Se despidió en los mejores términos de su amigo y prometió mantener el contacto en la medida de lo posible.

Jonás montó en su nave con su cargamento y trató de pasar página sobre aquel triste asunto. Pero no pudo. La idea de que los pwarkj eran, en el simple sentido de su permanencia, superiores a los humanos, lo persiguió durante todo el viaje y aun meses después.

El viaje fue rentable. Y la visita instructiva. Demasiado instructiva. Jonás cumplió, por el momento, con su palabra de mantener el contacto con Blajsky. Los mensajes de los dos amigos, comentando vaguedades sin importancia y transmitiendo simple afecto, se sucedieron, aunque cada vez más espaciados. Era por culpa de Jonás. Incluso esos mensajes entristecían al transportista. Porque le hacían recordar que un día moriría. Y sabía, o al menos sospechaba, que en el futuro Blajsky pensaría que su amigo de la Tierra se había olvidado por completo de él porque transcurrían años, muertes y resurrecciones, sin recibir noticias suyas. Él nada tenía que saber acerca de las incomodidades que la muerte causaba a los terrícolas.

© Juan Luis Monedero Rodrigo, (3.651 palabras) Créditos