EL OCASO DEL THORBOD
Antonio Quintana Carrandi

En memoria de Pascual Enguídanos (George H. White), creador de la celebérrima La Saga de los Aznar, la mejor serie de novelas de ciencia-ficción de la literatura española.

Antonio Quintana.

Batalla

El comandante Tugh estaba exultante.

Algunas estaciones de vigilancia del espacio profundo, ubicadas más allá de la órbita de Plutón, informaron de movimientos sospechosos en los confines del Sistema Solar, y el mando de la Armada thorbod había destacado varias flotillas de avanzada en previsión de que aquello significara la vuelta de los humanos.

No se equivocaban.

La patrulla de reconocimiento redentora que Tugh había interceptado cerca de Quaoar estaba compuesta por un centenar de unidades. Habían detectado los buques humanos apenas media hora antes. Tugh sabía que las naves enemigas eran superiores tecnológicamente a las suyas, pero la superioridad numérica que le otorgaban los mil buques que componían su flotilla compensaba ese factor. Estaba seguro de su triunfo, así que ordenó atacar.

El comandante redentor, a pesar de la superioridad técnica de sus aeronaves, debió de pensar lo mismo, porque la patrulla trató de rehuir el combate. Sin embargo, ya era demasiado tarde para eso, así que las naves redentoras se dispusieron a hacer frente a las de la Bestia Gris.

Los buques humanos pertenecían a tres clases bien diferenciadas. Los más pequeños y numerosos tenían forma de agresivos tiburones rojos. Incluso lucían una aserrada dentadura pintada en sus proas. Estos eran los destructores. Los cruceros adoptaban la estilizada silueta de un esturión y estaban pintados de verde. Por último estaban los acorazados, similares a enormes ballenas de color gris. Por el contrario, las naves thorbod eran todas iguales en tamaño, forma y color; unos feos husos de un gris opaco y sucio, que contrastaba notablemente con el perla de los majestuosos acorazados redentores.

Los thorbod iniciaron el ataque lanzando por delante una densa cortina de torpedos. Tugh era consciente de que los proyectiles enemigos eran más avanzados, de modo que su estrategia era muy simple: poner en el espacio el mayor número posible de torpedos, confiando en que la abrumadora cantidad de éstos que podían disparar sus mil buques inclinara la balanza a su favor. El hecho de que los redentores hubieran tratado de evitar el enfrentamiento le hacía sentirse optimista.

—La flotilla redentora abre fuego contra nosotros con torpedos y proyectores de rayos zeta —informó el oficial de armamento, que, como el resto de los miembros de la tripulación del buque comandante thorbod, estaba embutido en una armadura de cristal.

—Sigan disparando torpedos a la máxima velocidad posible —ordenó Tugh, sus fríos ojos de pupilas hendidas fijos en la pantalla de radar, que mostraba las evoluciones de ambas escuadras.

A medio camino entre la formación thorbod y la redentora, miles de kilómetros cúbicos de espacio se iluminaron cuando los torpedos disparados por los buques de Tugh se encontraron con los lanzados por los redentores. Una inmensa hoguera atómica se desató al colisionar unos proyectiles con otros, buscándose de forma suicida. Los torpedos redentores destruyeron la mayor parte de los proyectiles thorbod, pero unos cuantos cientos de éstos lograron superar aquella barrera defensiva y abatirse sobre las aeronaves de los hijos de la Tierra. Algunos torpedos redentores también consiguieron pasar, dirigiéndose en derechura contra las naves thorbod, que maniobraron tratando de esquivarlos. Seis o siete buques thorbod estallaron, consumidos por monstruosas bolas de fuego atómico. Pero a Tugh, tan frío y despiadado como cualquier Hombre Gris, eso no le preocupaba, aunque cayeran cinco naves thorbod por cada una redentora, no había duda de que al final conseguiría imponerse al enemigo y hacerse con la victoria.

Todo parecía indicar que tal iba a ser el desenlace de aquella lucha, porque varios buques enemigos resultaron alcanzados por los torpedos thorbod. Tugh comprendió que tenía el triunfo en sus manos cuando vio cómo las aeronaves humanas, tras lanzar una última cortina de torpedos, empezaban a virar para alejarse de aquella zona. Evidentemente, trataban de huir. Pero Tugh no pensaba darles tregua. Les perseguiría hasta los confines de aquella galaxia, si era preciso. Se disponía a dar órdenes en tal sentido, cuando el oficial de comunicaciones llamó su atención con un gesto. El comandante se aproximó a la consola de radio.

—¿Qué ocurre, teniente Iftg?

—Transmisión del mando de la Armada, señor. Quieren hablar con usted. Es el almirante Isobor.

Tugh cogió el cable que le tendía Ifgt y enchufó la clavija a una conexión del pecho de su armadura de cristal, mientras el oficial conectaba la clavija del otro extremo a la consola de comunicaciones. Ahora sólo Tugh podía escuchar al almirante.

—Aquí el comandante Tugh, al mando de la flotilla doscientos cuarenta y seis. Hemos establecido contacto con una formación enemiga y estamos inmersos en un combate sideral.

—Soy el almirante Isobor, comandante. Describa las características de las aeronaves enemigas.

—No comprendo...

—No hay tiempo para explicaciones, Tugh. Descríbame esos buques.

La disciplina entre los Hombres Grises era espartana. Tugh podía sentirse extrañado ante la insólita petición del almirante, pero no cometió el error de volver a titubear. Describió a su superior, con el mayor detalle posible, los aparatos enemigos. Apenas hubo acabado, el almirante Isobor le dio una orden que Tugh jamás hubiera esperado recibir.

—Suspenda el ataque y regrese a su base inmediatamente.

Aquello era demasiado incluso para un disciplinado oficial de la Armada Imperial.

—¡Almirante! ¿Qué significa...?

—Lo sabrá a su debido tiempo, comandante Tugh —le cortó Isobor con una modulación extrañamente contenida, pero se rehizo y añadió, con el característico tono gutural propio de los Hombres Grises—: Acabo de darle una orden directa. ¡Obedézcala!

La comunicación fue cortada en origen. Tugh permaneció en silencio y pensativo durante un minuto. No entendía nada. El almirante Isobor ni siquiera le había dejado explicar cómo se estaba desarrollando la batalla. Estaban a punto de aniquilar a una formación redentora cuando, de pronto, el Alto Mando le ordenaba cesar el ataque y, en consecuencia, permitir que aquellos sucios humanos huyeran ¿A qué venía todo aquello?

Tugh desenchufó el cable y se lo devolvió al teniente Iftg. Luego, volviéndose hacia el oficial de armamento, ordenó:

—Alto el fuego.

Todos los que estaban en el puente de mando le miraron, sorprendidos.

—Si... Señor...—musitó el oficial de armamento.

—Alto el fuego—repitió Tugh—. Dejen de disparar. Acabo de recibir la orden de regresar a la base.

Los oficiales thorbod intercambiaron miradas de estupor. Sin embargo, ninguno osó preguntar o comentar nada.

—Oficial de derrota, ordene a todos los buques que inviertan rumbo y se dirijan de vuelta a la base. Fin del zafarrancho de combate. Estaré en mi camarote.

Mientras recorría los corredores del buque sideral, camino de su alojamiento, una sensación de furia e impotencia se adueñaba del comandante Tugh, mientras se preguntaba por qué el almirante Isobor le había dado una orden semejante.

Conferencia

Los asistentes a la reunión de emergencia del alto mando fueron tomando asiento ante la mirada contrita del Almirante Supremo. Los rostros de los generales y almirantes revelaban la inquietud que sentían ante los recientes acontecimientos. Una amenazadora sombra parecía planear sobre la sala.

Cuando todos los asistentes tomaron asiento, el Almirante Supremo los observó un instante. Luego, conteniendo un suspiro, se sentó a su vez y empezó a hablar sin más preámbulos.

—He recibido órdenes de la superioridad de informarles de lo ocurrido en el incidente de Quaoar y sus implicaciones, y no me andaré con rodeos, aunque imagino que muchos ya saben lo que ha pasado, o al menos parte de ello —dijo—. Nuestros antiguos enemigos han llegado.

Guardó silencio durante un instante, para que sus palabras calaran bien hondo en los reunidos y, al mismo tiempo, para observar sus reacciones. Vio la preocupación en todos los rostros, leyó el temor en todos los ojos; pero, aparte de eso, los allí convocados mantenían una actitud fría y expectante. El Almirante Supremo se sintió orgulloso de su raza. Continuó:

—No me extenderé innecesariamente. Baste decir que nuestros enemigos ancestrales, nahumitas y redentores han venido cada uno de ellos con una armada impresionante, muy superior técnicamente a la nuestra, y que su propósito no puede ser más que el de aniquilarnos, aunque para ello hayan de destruir todos los mundos habitados de esta galaxia.

—Tenemos cuatro millones de naves —dijo un almirante—. Durante dos mil años nos hemos estado armando en espera de este momento. Aún contamos con fuerzas muy numerosas y potentes. Podemos hacer frente a nahumitas y redentores con posibilidades de éxito.

Hubo gestos y murmullos de asentimiento entre los asistentes.

—Opino igual —dijo un general—. Les vencimos una vez y podremos vencerlos otra.

—Tengo que discrepar muy a mi pesar —replicó el presidente de la conferencia—. Contábamos con que la armada que reunimos a lo largo de estos siglos sería determinante para enfrentarnos a los nahumitas, si alguna vez llegaban a esta galaxia. Pero debo insistir en que ellos son muy superiores a nosotros en el aspecto técnico. La dedona de sus buques es mejor que la de los nuestros, y aunque cuatro millones de unidades son una fuerza considerable, cada una de sus naves vale por dos de las nuestras.

—Además, es casi seguro que los nahumitas habrán hecho causa común con los redentores —intervino otro almirante—. La potencia combinada de ambas fuerzas bastará para borrarnos del espacio.

—En eso se equivoca —respondió el Almirante Supremo—. Los nahumitas han atacado a los redentores. No está claro lo que ha ocurrido. Posiblemente creyeron que eran buques nuestros. En todo caso, nahumitas y redentores se han enfrentado entre ellos, y eso puede significar la supervivencia de nuestra raza.

Uno de los asistentes, el almirante más joven, alzó la mano pidiendo la palabra. El presidente respondió con un gesto de asentimiento.

—Redentores y nahumitas son de la misma naturaleza física. Aunque se hayan enfrentado por error, es muy posible que acaben aliándose contra nosotros. ¿Qué probabilidades tendríamos en tal caso?

—Ninguna —respondió tajantemente el Almirante Supremo—. Pero no se unirán. Todos hemos oído historias sobre los hijos de Nahum, sabemos cómo son y cómo actúan. Aunque los redentores también sean humanos, los nahumitas los verán como un estorbo, no como posibles aliados. Quieren destruirnos y no se pararán a considerar que tenemos millones de esclavos terrícolas en estos mundos. En cuanto tengan la oportunidad, largarán unas cuantas bombas W sobre estos planetas y desintegrarán sus atmósferas, condenándonos a la extinción.

—Algo habremos de hacer para preservar nuestra especie —alegó otro de los reunidos.

—No vamos a quedarnos de brazos cruzados —aseguró el Almirante Supremo—. Podríamos enfrentarnos a los redentores o a los nahumitas, pero no librar una guerra en dos frentes y contra dos enemigos tan poderosos, que además poseen una tecnología superior a la nuestra. —Hizo una pausa durante la cual miró a los ojos a todos y cada uno de los asistentes a la reunión. Luego prosiguió—: No podemos vencer a enemigos tan formidables. Pero el hecho de que nahumitas y redentores estén enfrentados entre ellos juega a nuestro favor. Todavía podemos salvar a nuestra raza.

—¿Cómo? —inquirió un general.

—Apelando a los redentores.

Hubo un murmullo de sorpresa entre los asistentes. El Almirante Supremo aguardó un instante a que cesaran las murmuraciones y luego continuó.

—Los redentores pretenden liberar estos mundos y a sus hermanos de raza. Los nahumitas tan sólo aspiran a destruirnos y nada les importan las vidas de los terrícolas que retenemos como esclavos. Por lo que sabemos, los redentores practican unas creencias un tanto... especiales, que les inducen a ser compasivos con sus enemigos. La superioridad ha valorado esta característica de los terrícolas, y ha llegado a la conclusión de que debemos explotarla en nuestro favor, pues representa nuestra única oportunidad de escapar a la aniquilación total.

Los reunidos cambiaron miradas de sorpresa e interrogación entre ellos. Luego miraron al Almirante Supremo, expectantes.

—La única solución, a juicio de la superioridad, es pedir un armisticio a los redentores —prosiguió el presidente de la reunión—. No podemos vencer de ninguna manera, así que sólo podemos intentar sobrevivir. Con los nahumitas no hay negociación posible. Quizá los redentores se avengan a escuchar nuestra propuesta.

—¿Y cuál es esa propuesta? —pregunto uno de los asistentes.

El Almirante Supremo guardó silencio durante medio minuto. Estaba claro que le costaba un gran esfuerzo explicar a sus subordinados la decisión de la superioridad.

—Ofreceremos a los redentores nuestra ayuda en su lucha contra los nahumitas —prosiguió al fin—. Entregaremos a los redentores nuestros buques, para que los blinden con su dedona y puedan combatir en igualdad de condiciones contra las aeronaves nahumitas. Evacuaremos Venus, comprometiéndonos a concentrarnos en Marte, liberaremos a los terrícolas que mantenemos como esclavos e incluso nos dejaremos desarmar, si acceden a protegernos de la venganza nahumita. Cualquier cosa, antes que la extinción total.

La sorpresa más genuina se reflejaba en todos los rostros, pero nadie dijo nada. Tan sólo el mismo general joven de antes se atrevió a preguntar:

—Pero ¿qué pasará si los redentores no aceptan esas condiciones?

—Entonces, puesto que nuestra raza estará condenada, nos suicidaremos en masa, desintegrando las atmósferas de estos planetas y llevándonos por delante a toda la humanidad terrícola.

Un largo silencio siguió a las palabras que el Almirante Supremo había pronunciado con ominoso acento. Tras unos minutos, que parecieron siglos, el presidente de la conferencia volvió a hablar.

—En estos momentos una delegación se dirige al encuentro de los redentores con nuestra propuesta. Para bien o para mal, la suerte está echada.

Volvieron a mirarse entre sí los altos oficiales thorbod, patentizada en sus rostros la derrota más absoluta.

—El destino se muestra aciago con nuestra especie —dijo al cabo uno de los almirantes—. Aunque los redentores acepten nuestras condiciones, ¿cómo podemos estar seguros de que cumplirán su palabra? Cuando nos concentremos en Marte, les bastará destruir ese planeta para aniquilarnos totalmente.

—Ya hemos estudiado esa posibilidad —contestó el Almirante Supremo—. No podemos fiarnos sólo de la palabra de los redentores. Por tanto, procederemos a evacuar Venus tan pronto como obtengamos una respuesta afirmativa... pero mantendremos allí una pequeña guarnición, con instrucciones de activar un dispositivo nuclear si los redentores atacan Marte. Si optan por traicionarnos, desintegraremos la atmósfera de Venus, que como saben es el mejor planeta de esta galaxia después de la Tierra. Pero, con franqueza, no creo que los redentores quieran eso.

Uno de los generales se puso en pie, mirando con ojos brillantes al Almirante Supremo.

—¿No nos queda otra alternativa? —preguntó.

—Sólo luchar contra dos enemigos formidables, sin ninguna posibilidad de vencer. No. Si queremos escapar al total exterminio, si queremos preservar nuestra raza, no tenemos otra salida que negociar la paz con los redentores.

Un ominoso silencio cayó como una losa sobre la sala de reuniones. A pesar de la frialdad caracterísitca de su especie, en todas las caras se leía el abatimiento.

—La decisión ya ha sido tomada —explicó el Almirante Supremo—. Ésta ha sido sólo una reunión informativa. Ya están ustedes al tanto de la situación. Ahora deben transmitir las órdenes oportunas a sus respectivas unidades... y esperar. Pronto recibiremos respuesta de los redentores, en un sentido u otro. Sea como fuere, el destino de nuestra raza está en sus manos.

No había nada más que decir. Los altos oficiales thorbod fueron levantándose de sus asientos, y tras saludar marcial aunque desganadamente a su superior, abandonaron la sala.

Cuando se quedó solo, el Almirante Supremo dirigió su vista hacia una representación de aquella galaxia que colgaba de una pared. Dos milenios atrás, su pueblo había emprendido una feroz lucha para adueñarse de aquellos planetas. La guerra se había saldado con una aplastante victoria, y durante dos mil años su especie había sido la dueña absoluta de esos mundos, que conformaban un imperio fabuloso. La llegada de los redentores, descendientes de un puñado de humanos que habían huido dos milenios antes a bordo de un autoplaneta, había sido una gran sorpresa para su raza. No obstante, confiaban en poder hacerles frente, y si sólo hubieran llegado ellos, los thorbod habrían luchado con fiereza. Pero la arribada de los nahumitas casi a la vez que los redentores les había obligado a tomar una terrible determinación.

Sí. Aquel era, probablemente, el ocaso del thorbod.

FIN.


Notas

La acción del presente relato se desarrolla durante los acontecimientos narrados en la novela VENIMOS A DESTRUIR EL MUNDO.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.011 palabras) Créditos