NUESTROS QUERIDOS CUCOS
Eduardo Delgado Zahino
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EL FAMOSO ESCRITO ENCONTRADO

Escrito por PepeluiX el sábado, 5 de mayo. 2035

Últimamente se habla mucho del texto encontrado en un blog perdido que supuestamente fue escrito por uno de nuestros antepasados. Lejos de pretender opinar sin que lo hayáis leído antes, os lo expongo a continuación para que podamos mantener un debate sobre ello.

J. L. P.


NUESTROS QUERIDOS CUCOS

Escribo esto en un momento de la historia humana en la que los cucos son la especie predominante, total e indiscutible, del planeta Tierra. Es el fin, pero no escribo para los cucos, sino para vosotros, niños, donde quiera que estéis.

He tomado la determinación (ya que según parece soy capaz de hacerlo) de relatar lo que ha acontecido hasta ahora con relación a los cucos, desde el momento en que llegaron hasta el presente. Hago esto porque necesito saber que al menos existe una voz humana en la red, aunque solo sea la mía.

No soy un gran escritor, ni lo pretendo. Tampoco un gran observador. Me limitaré a explicar mis apreciaciones a lo largo del tiempo, lo que pienso y siento al respecto.

Antes de la llegada ocurrieron cosas en el mundo. Cosas a las que no di la importancia que tal vez merecían.

Las noticias de ovnis siempre me han parecido tonterías y negocio de sinvergüenzas, aprovechados y oportunistas. Por eso cuando, mirando la televisión en el bar a la hora de comer, vimos aquella grabación borrosa de un objeto redondo pasando por encima de una granja en, creo recordar, algún lugar de Ecuador, esbocé una sonrisa. Recuerdo que hice un comentario jocoso al compañero que tenia al lado, que meneó la cabeza en señal de piedad, no sé si por mí o por aquellos locos de los ovnis.

Antes de eso no recuerdo nada que tenga que ver con los cucos.

Días después llegué a escuchar algunas noticias más sobre estos objetos y en algún chat leí a alguien diciendo que las extrañas esferas habían capturado gente y les habían hecho pruebas, o algo así. Nada serio. Según parece esas personas abducidas cobraban buenos dineros contando su aventura por televisión. Al poco las abducciones cesaron y la humanidad volvió a su rutina de guerras televisadas, hambre televisada y consumo televisado.

Entonces, aquella cosa salió de la nada y casi choca con la Tierra.

Un objeto de enormes proporciones se acercaba a la Tierra a gran velocidad, aunque parecía estar modificando su trayectoria. No iba a chocar contra nosotros, más bien parecía que iba a realizar un acercamiento rasante. Eso decían. Al parecer, los astrónomos y gobiernos de muchos países sabían que se acercaba desde hacía tiempo, pero habían esperado hasta el último momento para dar la noticia, sabiendo como sabían, o creían saber, que no representaba una amenaza directa para nuestro mundo.

En realidad ocurrió que no pudieron evitar la filtración a los medios, además de no poder evitar que los astrónomos aficionados del mundo comenzasen a encontrarse con el brillante objeto cuando miraban al cielo con sus telescopios.

Pasaron varios meses en los que la increíble noticia ocupó casi la totalidad de las primeras planas y, un día, decidí que ya iba siendo hora de verlo con mis propios ojos.

Se había difundido la noticia de que el objeto iba a pasar por delante de la luna y por tanto iba a ser visible a simple vista en estas latitudes. SERÁ COMO UNA PEQUEÑA MOTA NEGRA QUE LE HUBIESE SALIDO A LA LUNA rezaban los titulares en los periódicos.

Esa noche, yo y unos amigos, subimos al monte con unos litros de cerveza para verlo y, entre risas, esperamos a que a la luna le saliese esa mota negra.

Nos unimos a un astrónomo aficionado y su hijita de 5 años que habían subido a contemplar el suceso y que amablemente, y con gran paciencia por su parte a causa de nuestro estado, nos explicó algunas cosas.

Al parecer, y a pesar de su tamaño, más o menos el de Ceres, un planetoide del Sistema Solar, el objeto había sorprendido a los astrónomos apareciendo desde la nada. En las fotografías de una determinada zona del cielo, que realizó un astrónomo profesional de las Islas Canarias que estaba buscando asteroides, no aparecía el objeto, pero en la siguiente fotografía de la misma zona del cielo, de pronto, allí estaba.

Después nos habló de posibilidades teóricas, de pliegues en el espacio tiempo y algunas cosas que no recuerdo, pero que nos hicieron sonreír y menear la cabeza. El pobre hombre se avergonzó y no siguió contándonos nada sobre esos temas.

Entonces apareció el objeto delante de la luna llena. Era exactamente eso que pregonaban los titulares de los periódicos, una mota, pero nos dejó a todos sin aliento y sin ganas de reírnos más.

El astrónomo nos había explicado que, en ese momento, el objeto se encontraba a medio camino entre la Tierra y la Luna, unos ciento cincuenta mil kilómetros y que, a la velocidad que llevaba, seguramente, nos rebasaría de camino hacia el Sol al día siguiente. Mirando a través de su telescopio podían observarse tres objetos luminosos orbitándolo, que ya habían determinado que podían ser soles artificiales y que, posiblemente, mantenían la vida en el planetoide.

Esa noche brindamos por el extraño objeto y por la vida en otros mundos.

Las noticias hablaron de pequeños océanos sobre la superficie del objeto y una atmosfera densa que se mantenía a pesar de la aparente escasa masa del planetoide. Se hablaba de los tres soles que lo orbitaban obviamente artificiales puesto que más que bolas luminosas parecían focos orientados hacia el pequeño mundo.

La noche siguiente no vimos el objeto porque se encontraba al otro lado de la Tierra. Al otro lado del mundo se podía ver a simple vista siendo de día y se estaban tomando millones de imágenes, fotografías, lecturas radio métricas y demás cosas científicas. Hubo intentos de comunicación y lamentaciones de autoridades por no poder mandar allí algún emisario en trasbordador a pesar de hallarse tan cerca, por no tener preparado ninguno en esos momentos, decían. Las mareas fueron algo más intensas y los físicos calcularon en qué podía perjudicarnos el paso tan cercano de semejante masa cuando, de pronto, en el momento en que empezaba a alejarse hacia el Sol, el objeto desapareció. Lo filmaron y pudimos verlo a través de nuestros televisores en todo el mundo. Estaba allí y, un segundo después, ya no estaba.

Ventana dimensional, tal vez. No importa. Fue esa mañana cuando empezaron a caer los cucos.

Eran unas esferas muy ligeras. Tenían el tamaño y aspecto de balones de playa grandes y debían pesar más o menos igual. Por eso, explicaron los científicos, no constituían un peligro para la población ya que aunque entraban en el planeta a gran velocidad, su considerable tamaño y pequeña masa eran frenados por la atmósfera. Además lo hacían oblicuamente y eso, según parece, también minimizaba el riesgo. Aun así, se oyeron noticias de personas muertas por caerles encima algunas de estas cosas, pero resultaba obvio que tras aquel fenómeno había una inteligencia que lo provocaba de ese modo, a propósito.

Esto lo vimos a través de la televisión. En España ya había amanecido y aún teníamos que completar una vuelta para que nos alcanzase la curiosa lluvia de balones de playa extraterrestres.

Durante su acercamiento a la Tierra el objeto había expelido una nube de esferas que se habían estado aproximando junto con el planetoide sin que nadie se percatara de ello. Como siempre y enseguida, los televisores mostraron gráficos digitalizados que explicaban el cómo de aquel fenómeno. Veíamos una representación del objeto acercándose a la Tierra y dejando atrás una nube de esferas a modo de cola cometaria, decían, que alcanzaba varias decenas de miles de kilómetros y que, ahora, después de desaparecer el planetoide, nos alcanzaban repartiéndose por el globo a medida que este giraba.

Ya teníamos otro acontecimiento extraño que esperar.

Nos aconsejaron no salir de casa y no pretender ver, ni mucho menos tocar, las esferas. Veíamos las imágenes televisadas de tipos vestidos de plástico analizando con contadores geiger aquellas cosas. También veíamos a gente saltándose las normas, precipitadamente impuestas, que recogían con las manos desnudas esferas y salían corriendo abrazados a ellas. Eso pasaba en México, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, Canadá y demás naciones del continente americano. El Océano Atlántico y después el Pacifico estaban recibiendo casi toda la masa de esferas, que quedaban flotando a la deriva. Comenzaron a caer sobre Asia y Australia, produciéndose en estos lugares las mismas situaciones. Personas de toda índole étnica las recogían sin motivo aparente.

Yo no podía dar crédito a lo que veía en la tele y en Internet. Encarna, mi novia, miraba con los ojos desencajados. Empezamos a sentir verdadero miedo. ¿Por qué no obedecían a las autoridades y se quedaban en casa escondidos?

También recuerdo que en el canal trece les dio por poner a todas horas distintas adaptaciones de La invasión de los ladrones de cuerpos mientras entremedias organizaban debates sobre los peligros del comunismo. Era para volverse loco.

Entonces, por fin, comenzaron a caer sobre España. Primero en Baleares, Cataluña, Valencia y Alicante. Otra vez las mismas imágenes de personas empeñadas en recoger las bolas como si de maravillosos regalos del cielo se tratasen. Pronto caerían sobre Madrid.

Antes de verlas llegar, las oímos. Era como escuchar una bolsa de basura, llena de papeles arrugados, pegar contra el suelo. Al principio una, luego otra, durante unos minutos no cayó ninguna más, pero entonces oímos otra, otra y otra, más seguidas esa vez, y otra, y varias a la vez y, de pronto, ya no escuchábamos otra cosa. Cientos, miles, decenas de miles, chocaban contra el suelo, el tejado, los coches. Las veíamos caer a través de las ventanas y entonces...

Entonces fue cuando entramos en el estado mental en el que ahora nos encontramos todos nosotros, los seres humanos habitantes del planeta Tierra. Bueno, todos menos los niños... Pero me estoy adelantando.

Lo que quiero decir es que aquel recuerdo, de objetos golpeando contra el suelo, es el ultimo que poseo siendo mi antiguo yo. A partir de ahí comencé a ser un hombre nuevo y obsesionado. Sin siquiera hablarlo, Encarna y yo, abrimos la puerta y corrimos a recoger esferas, presos de una alegría, de un alborozo del que aún somos, o mejor dicho, soy, presa, y del que no puedo, ni quiero, librarme.

En el momento de empezar a caer estábamos bastante asustados, pero en cuanto golpearon el suelo y expulsaron aquel aroma el miedo desapareció, dando lugar a una alegría reconfortante y un deseo insoportable de poseer todas aquellas maravillosas esferas que llovían del cielo como maná, como globos en una fiesta de fin de año. Pero fue en el mismo momento en que toqué una de ellas cuando descubrí la verdadera felicidad. Ya no deseaba todas las esferas del mundo, ahora solo deseaba la que tenia en mis manos, ¡esa era la mía! Lo supe y corrí a casa.

Encarna hizo tres cuartos de lo mismo y salió detrás mío con su esfera propia. Hasta que llegamos y cerramos la puerta no nos sentimos tranquilos. La tele seguía hablando del tema, pero ya no nos importaba. Ahora teníamos nuestra bola propia, nuestro propio cuco. Aunque, todavía no los llamábamos así.

Eso sucedió hace seis años.

Recuerdo aquel primer mes de felicidad como en un hermoso sueño hecho realidad. Como si lo hubiéramos esperado toda la vida y por fin lo hubiéramos visto realizado espontáneamente. Algo así habrían sentido, seguramente, los cristianos ante el segundo advenimiento de Jesús. Aunque después de aquello a los cristianos dejo de importarles un carajo Jesús.

Era emocionante cuidar de la bola al principio y duro tener que ir a trabajar. Mi jefe iba a la fábrica con su bola y nos dio permiso para llevar las nuestras. Después, sencillamente, dejó de acudir.

Cuando digo cuidar de la bola tan solo me refiero al continuo sobeteo a la que las sometíamos. En realidad no hacíamos nada con ellas, solo tocarlas. Las tocábamos con las manos y, en la intimidad, con todo el cuerpo.

Así funcionó el mundo durante los primeros meses.

En el océano aún flotaban millones de esferas, que llegaban a las costas en cantidades ingentes cada día. Eran recogidas y llevadas al interior para aquellos que las quisieran. En poco tiempo, cada ser humano de la Tierra, desde las pobladas ciudades hasta la última tribu amazónica, tuvo su propio cuco. Aquellas esferas que no fueron recogidas se secaron y convirtieron en polvo.

Algo se movía dentro de las bolas. Lo notábamos y nos llenaba de felicidad.

Yo faltaba muchos días al trabajo y hacía semanas que era difícil conseguir alimento. Las tiendas estaban cerradas casi siempre y, cuando estaban abiertas, tenían escasez de mercancías. El mundo funcionaba a trompicones por aquellos tiempos, eufóricos como estábamos con nuestros cucos. A veces me sorprendía a mí mismo recordando a la persona que vivía conmigo en la casa. Mi Encarna siempre había sido flaca, pero ahora, cuando me fijaba en ella, me asombraba la extrema delgadez a la que estaba llegando. Después lo olvidaba, centrándome en los cuidados a mi cuco, que retozaba feliz en el interior de la bola.

Algunos científicos se habían preocupado de investigar lo que estaba ocurriendo. Evidentemente estábamos drogados. Algún tipo de efluvio surgía de aquellas esferas y nos obnubilaba la mente. Qué listos, como si no lo hubiéramos notado el total de los mortales que cada día convivíamos con nuestras bolas, conscientes de nuestro estado, pero tan felices que no nos importaba. Es más, nos alegraba y llenaba de una manera que nada en este mundo hubiera conseguido, ni el amor, ni la religión, ni el mismo dinero. Nada era comparable a la felicidad de cuidar de nuestras enormes esferas venidas del espacio. Ahora pesaban más. De alguna manera habían absorbido humedad del aire y se habían vuelto esponjosas. Se las notaba llenas de liquido y dentro nadaba algo.

Pude ver en Internet radiografías del interior de algunas bolas. Me sorprendí. Lo que había dentro solo podía ser definido como una rana. Una ecografía bajada de YouTube mostraba que lo que se movía dentro era eso, una ranita inquieta y adorable. Comencé a imaginar cómo sería el día en que mi ranita surgiera de aquella esfera, que ya parecía, más bien, una bolsa de basura llena de líquido. Pesaba tanto que no podía transportarla a ningún sitio, así que dejé de ir al trabajo definitivamente. De vez en cuando hacia incursiones a las tiendas, pero pocas veces conseguía algo más que bolsas de harina y patatas.

La televisión e Internet seguían funcionando, pero ya no eran las acostumbradas noticias de desastres naturales y guerras las que ocupaban la mayor parte de los espacios, sino los cucos. Fue en un blog de un argentino donde se les empezó a llamar así. El nombre nos pareció a todos el más adecuado, ya que, como digo, éramos plenamente conscientes de nuestro estado. En ningún momento recuerdo haber tenido la menor intención de destruir la bola y librarme de ese modo de aquella sensación.

Y eso era lo que podía verse a lo largo y ancho de todas las cadenas y páginas Web. Personas de todo el mundo cuidando de sus cucos, elaborando teorías planas e insulsas sobre su procedencia y pretensión. Existían todo tipo de explicaciones, desde las científicas más honestas hasta los delirios religiosos más obtusos.

Entonces nació el primero.

Pudimos verlo en YouTube. Un tipo de no sé donde había colocado una cámara grabando las veinticuatro horas del día la esfera. De pronto, esta se rasgaba y de su interior salía un pequeño ser adorable que ya no tenía el aspecto de rana que habíamos podido ver en las ecografías. Era pequeño, de un color verde muy oscuro, pero poseía las características básicas de un ser humano. Quiero decir que tenía dos brazos, con sus correspondientes manos de cinco dedos, dos piernas, con sus correspondientes pies de cinco dedos, boca, una especie de nariz chata con dos orificios y dos enormes y redondos ojos, eso sí, de color rojo, que miraban directamente a su cuidador. A este se le podía ver eufórico, incluso más que los que aún cuidábamos de nuestras esferas. A partir de ahí comenzaron a abrirse el resto en todo el mundo. En unas horas dejó de ser una novedad y en apenas dos días cada ser humano de cada rincón del mundo podía acunar entre sus brazos a su cuco.

Mi cuco era el mejor de todos. Encarna pensaba lo mismo del suyo. Cada persona a la que le preguntases podía decirte eso y ninguna mentía. Como padres orgullosos salimos a las calles a enseñarnos los unos a los otros nuestras pequeñas adquisiciones del cielo. Todavía recuerdo esos momentos con tanta alegría que no puedo evitar verter una lágrima.

La primera pregunta que surgió fue sobre su alimentación. ¿Qué comerían? Con gran alegría vimos que su nutrición no difería en nada a la de un ser humano, para inmediatamente darnos cuenta, aterrorizados, de que la economía estaba por los suelos. Sencillamente no había suficiente comida. Fue entonces cuando se crearon los planes de reactivación económica. De un día para otro todos los habitantes del mundo nos concienciamos sobre la necesidad de producir alimentos, y no solo eso, también entendimos que el mundo debía volver a ser el que era. Incluso mejor.

Hacía meses que en oriente Medio, por ejemplo, no se disparaba un solo tiro, y eso nos pareció maravilloso. No deseábamos que nuestros cucos vivieran en un mundo en guerra. En todas partes la palabra Paz surgía de los labios de excombatientes de uno y otro signo. No había necesidad de seguir matándose. Tan solo teníamos la premisa de sacar adelante a nuestros bebés espaciales. Por primera vez, en toda la historia de la Humanidad, hubo paz absoluta.

Desapareció el dinero. Ya no trabajábamos por el vil metal, ni para pagar nuestras hipotecas. Lo hacíamos felizmente, tan solo con el convencimiento de que nuestros pequeños cucos debían tener el mejor mundo posible. Reconozco que las primeras semanas fueron duras y que tener que alimentar a mi pobre cuco tan solo con patatas y agua me partía el corazón, pero pronto llegaron alimentos, transportados por maravillosos camioneros y pilotos aéreos desinteresados, de todos los lugares donde se almacenase comida o quedasen cosechas sin recoger. El reparto fue abundante y equitativo. Puedo asegurar, con orgullo, que no trabajábamos tan solo por nuestro cuco particular, sino por todos los cucos del mundo.

Las cosas marchaban muy bien. Había paz, abundancia y prosperidad. Todos trabajábamos por un mundo mejor. No se atisbaban intereses mezquinos por parte de los mandatarios, políticos, empresarios, ni ningún otro tipo de persona importante. Era fantástico. Podíamos criar a nuestros cucos sin miedo a la hambruna. Cierto es que no nos separábamos de ellos en ningún momento. Yo, en mi puesto de trabajo, justo en el lado calentito de la máquina, había colocado una cunita para que mi cuco pudiera estar todo el día conmigo. Por desgracia no fueron pocos los cucos que murieron en aquellas primeras semanas por razones desconocidas y hay que decir también lo que le ocurrió a todas esas personas que perdieron a sus cucos. Como dije antes, todas las esferas sobrantes, que no fueron recogidas por seres humanos, acabaron arrugándose y desintegrándose en pocas semanas, de manera que era imposible conseguir otra si tu cuco moría. La frustración, el dolor, la tristeza inconmensurable que debieron sentir esas personas quedó patente cuando se suicidaron. Todas. Esto nos sirvió al resto para entender que ya no éramos seres individuales, sino la extraña simbiosis entre un ser humano y un ente de las estrellas.

¿Nos habían invadido? Daba igual, estábamos encantados con ello.

Mientras tanto, los cucos crecían y lo hacían rápidamente. Fue en YouTube, otra vez, donde escuchamos los primeros balbuceos de un precioso cuco. Esta vez, para nuestro orgullo patrio, se trataba de un pequeño español. Pudimos escuchar de su boquita la palabra mamá, pronunciada como un ronco gorjeo, con sus inquietantes ojos rojos clavados en la mujer que lo acunaba. Todo un hallazgo. Nos pusimos a la tarea de enseñar a hablar a nuestros respectivos cucos.

Recuerdo haberme mirado al espejo del baño una mañana y asombrarme del lamentable aspecto que presentaba. Tenía ojeras, debido a los desvelos nocturnos, y estaba tremendamente flaco. A pesar de la abundancia de alimentos no tenía mucha hambre, al contrario que mi cuco, que deglutía con avidez cualquier cosa que le acercase a la boca. La mujer invisible, que una vez había sido mi novia, se paseaba como un esqueleto cubierto de pellejo por la casa con su cuco en los brazos. Cuando la veía así, en algunos momentos, un atisbo de preocupación intentaba abrirse camino a través de la sinrazón, pero inmediatamente mi atención se centraba tan solo en mi cuco.

Les poníamos nuestros propios nombres, los acunábamos y alimentábamos, en detrimento de nuestra propia salud, y no nos importaba. Les enseñamos a hablar y caminar, a leer y montar en bicicleta. Todo esto durante el segundo año. Crecían muy rápido y sentían una necesidad patológica por aprender. Nuestra vida consistía en trabajar por un mundo mejor y enseñar a nuestros cucos los rudimentos de nuestra civilización.

Creo que muchos empezamos a sospechar lo que tendría que ocurrir en no demasiado tiempo.

Los niños deambulaban por las calles. Eran los únicos que no sentían nada por los cucos. Aunque sus padres, al principio, siguieron ocupándose de ellos, acabaron por abandonarlos completamente. Bien los echaban directamente de casa, o bien estos se marchaban cansados de ser un cero a la izquierda en sus propios hogares. Nadie hablaba sobre ello. Fue como una lobotomía que la sociedad se hubiera aplicado a sí misma. Pronto, las bandas organizadas de pequeños, empezaron a ser un problema. Robaban, agredían e incluso mataban a personas y cucos. Otra vez la nueva conciencia colectiva encontró la solución para ellos. Cientos de miles de niños en todo el mundo fueron recluidos en centros especiales, expulsados fuera de los grupos humanos o, sencillamente, asesinados. Nada se consideraba más grave que matar a un cuco y no íbamos a consentirlo.

Disculparme ante vosotros, niños, de este modo, puede pareceros cínico por mi parte, pero tenéis que comprender que estábamos, estamos, siendo víctimas de un poder superior a nosotros mismos.

Los cucos son muy inteligentes. Absorben la información de manera compulsiva y la asimilan rápidamente. A partir del segundo año entre nosotros ya hablaban correctamente el idioma del lugar donde se encontrasen. Era curioso observar a los cucos andaluces hablar con el acento típico, tanto como a los madrileños adquirir los vulgarismos propios de la zona. Pronto entendimos que su pretensión, sin lugar a dudas, no era otra que la de sustituirnos en nuestro propio mundo. Lo entendimos y lo aceptamos. No éramos nada al lado de los cucos y era muy posible que, llegado el momento, ya no nos necesitasen más. Era inquietante llegar a estas conclusiones y que nuestro mecanismo de autodefensa no se activase inmediatamente. Veíamos a nuestros cucos crecer y aprender. Empezaron a darnos órdenes, que obedecíamos sin reservas. Hablábamos con ellos y esto nos llenaba. Aprendieron a manejarse en Internet y comunicarse entre ellos. Miles de blogs, creados por cucos, ocupaban los primeros puestos en los buscadores. No entendían su presencia en nuestro mundo. Numerosas hipótesis planteadas por ellos mismos llenaron las webs en toda la red y parecía que eran los primeros interesados por su procedencia. Vieron en YouTube las imágenes del objeto. Leyeron todo lo escrito sobre aquellos primeros momentos de desconcierto y aceptaron que eran diferentes a nosotros. Decidieron que pertenecían a una especie antigua que recorría el Universo a través de agujeros de gusano sobre un pequeño planeta hábitat auto mantenido. Comprendieron que sembraban cada mundo viable con su ADN. Las imágenes de ovnis de los primeros tiempos les convencieron de que eran avanzadillas, preparadas para investigar el clima y formas de vida, con el fin de recrear un símil de la forma dominante del mundo en cuestión, respetando lo más posible la forma primigenia. Por eso, aunque su aspecto general era el de un ser humano, conservaban los elementos más apreciados por su propia especie. Muchas explicaciones que se daban a sí mismos para entender su presencia en el planeta Tierra. Aceptaron, también, que su destino era el de dominar a la especie huésped y que, llegado el momento, tendrían que sustituirla completamente.

Yo leía todo esto, pero era incapaz de sentir miedo. Al contrario, me alegraba muchísimo de que mi cuco fuera uno de los cien más leídos de habla hispana en Internet. Como un padre orgulloso enseñaba a mis compañeros de trabajo sus escritos y estos asentían felices, comprendiendo sus explicaciones sobre sustitución completa de la especie humana. Si me paro a pensarlo fríamente, es absurdo. Pero es así. Me alegro de que mi cuco sea tan listo. En aquellos momentos tenia la mitad de mi altura física y comía por seis seres humanos adultos. Qué alegría.

Podría seguir hablando sobre mi cuco durante páginas y páginas, pero creo que llega el momento de ir acabando.

Los cucos se encargan de todo. Han tomado las riendas económicas, políticas y militares. Hasta hace poco no teníamos noticias de enfrentamientos armados entre distintos grupos religiosos o políticos, pero ahora sí hay noticias así. Cucos norteamericanos han regresado a Irak a terminar lo que empezaron según dice el presidente de la nación más poderosa del mundo. El presidente norteamericano no es más que el cuco que este, ya fallecido, se encargó de cuidar durante los últimos años y que lleva su mismo nombre. Ha asegurado que el sistema democrático seguirá vigente y que, cuando llegue el momento, cada cuco americano podrá votar al nuevo candidato que deseen. Incluso se ha reanudado la construcción del Muro. Por su parte, los grupos terroristas vuelven a provocar muerte y caos en los mercados de los países islámicos, que ahora son frecuentados por cucos vestidos con las ropas típicas. Ayer mismo, aquí en España, se produjo un atentado islamista. Han comenzado las manifestaciones de parados y los enfrentamientos con la policía. También ocurre que los bancos, que no habían cobrado un solo euro a los hipotecados durante los años felices, empiezan de nuevo sus actividades. Con carácter retroactivo.

Yo he dejado, hace meses, de trabajar. Ahora es mi cuco el que ocupa mi antiguo puesto en la fábrica.

La humanidad se muere. El agotamiento físico y psíquico ha terminado con nosotros. Todos los días salen camiones de Madrid cargados con cuerpos humanos. Solo son restos, esqueletos cubiertos de piel. Las únicas imágenes que recuerdo, que puedan llegar a parecérsele, son las de la Segunda Guerra Mundial, en los campos de concentración nazis. No nos importa. Lo único que sentimos los que aún quedamos en pie es que la alegría tenga que terminar.

Ayer les sorprendí haciendo el amor. Los gemidos de Encarna, la cuco de mi novia muerta, se parecen a los que ella emitía cuando éramos nosotros los que retozábamos en la cama de nuestro cuarto. Me pareció algo precioso.

Y ya está, esta ha sido mi lucha, mi resistencia. Este escrito que, quiero pensar, será leído por vosotros, niños. Esto es todo lo que soy capaz de llevar a cabo.

Vosotros, niños, que habéis escapado al monte, al desierto o a la tundra. Vosotros, que espero viváis en minisociedades, en pueblos abandonados o que, simplemente, habitáis como tribus salvajes, sois la única esperanza. No estáis contaminados por la droga que expelen los cucos y sois libres de actuar. Y, aunque penséis que no podéis hacer nada contra ellos, creedme si os digo que son débiles. Han heredado el mundo que invadieron tal cual, con todo su odio y estupidez autodestructiva. Esa es su debilidad. No puedo deciros cómo debéis hacerlo, primero porque no lo sé y segundo porque no sería capaz de imaginar un plan realista contra mi amado cuco.

No sé qué más puedo decir. Tengo que dejar de escribir, mi cuco me llama.

Andrés García Montero a 3 de noviembre de 2.023.


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Ya hay 8 comentarios
#1 dice ser OJiToScOLOrAoS 10.06.2035 16:14

UuuuUUuuUUuyYYyyy QuE LArGooooOO pAsO dE LeErlo.

xdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxd.

#2 dice ser Ernestoide 12.06.2035 18:34

Interesante, pero ya lo había leído. Nada, otra curiosidad más que no nos lleva a ninguna parte.

#3 dice ser Yomismo 13.06.2035 20:03

Y aquien le importa lo que piensen esos umanos que ni se lavan.

#4 dice ser BuscadordelaVerdad 13.06.2035 20:39

Muy interesante, todavía no había tenido oportunidad de leerlo.

Cada vez somos más los que nos planteamos lo lícito de nuestra procedencia. ¿Tenemos derecho a habitar este mundo, aunque no haya sido culpa nuestra la casi extinción de la especie legítima que lo habitaba? ¿Podríamos redimirnos consintiendo que los pocos humanos que quedan cohabiten con nosotros en nuestras ciudades? ¿Se adaptarán? ¿Nos adaptaremos?

Tal vez no tenga sentido pensar en estas cosas a estas alturas, pero no deja de ser inquietante el que ahora empecemos a cuestionárnoslo.

Estupendo blog, sigue así.

Saludos.

#5 dice ser GatitoPardo 16.06.2035 14:40
Cita: OJiToScOLOrAoS dijo:
#1 dice ser OJiToScOLOrAoS 10.06.2035 16:14

UuuuUUuuUUuyYYyyy QuE LArGooooOO pAsO dE LeErlo.

xdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxd.

LOL.

#6 dice ser peroquedicesimbecil 30.06.2035 00:12
Cita: BuscadordelaVerdad dijo:
#4 dice ser BuscadordelaVerdad 13.06.2035 20:39

Cada vez somos más los que nos planteamos lo lícito de nuestra procedencia. ¿Tenemos derecho a habitar este mundo aunque no haya sido culpa nuestra la casi extinción de la especie legitima que lo habitaba? ¿Podríamos redimirnos consintiendo que los pocos humanos que quedan cohabiten con nosotros en nuestras ciudades? ¿Se adaptaran?

pero como se te ocurre preguntarte esas cosas??? Y que pasa con lo ataques que esos salvajes an echo en Madrid y Bilbao??? y en otras partes del mundo tambien.

si nuestros padres del espacio nos quisieron poner aquí por algo seria no??? o vas a ser tu mas listo que ellos???

Los progres no sabeis mas que hablar pero luego no quereis humanos cerca de vuestra casa porque os dan miedo.

#7 dice ser PepeluiX 01.07.2035 12:32

Desde luego es un tema controvertido el expuesto, y más ahora, con lo de la matanza de humanos en Reikiavik.

Tal vez deberíamos empezar a plantearnos, como dice BuscadordelaVerdad, el encontrar una solución coherente con lo que somos y deseamos ser.

¿Qué os parece la idea de llevarlos a reservas?

#8 dice ser Anónimo 10.11.2035 13:01

Vaya mierda de blog XD.

© Eduardo Delgado Zahino, (5.607 palabras) Créditos