Horizonte cercano
LING CHI O LA CONVERSIÓN
Luis Antonio Bolaños de la Cruz
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Una nave generacional que divide a tripulantes en durmientes (los criogenizados) y vigiles (quienes mantienen vigentes los protocolos) y se desplaza a enormes velocidades no sufre los problemas de una colosal nave crucero vacacional donde conviven decenas de miles de pasajeros a menor velocidad y con circuito automático programado por un lapso determinado, en la una se espera lo imprevisible, en la otra lo inesperado es casi una catástrofe.

En el bajel-crucero la La Sonrisa Confusa de Monalisa Ciccholina ocurrió una avería y el periplo se extendería mientras llegaban a buscarla para reorientarla al terminal correspondiente; enseguida un asesino en serie se enseñoreó en el Barrio Chino (quizás el uno era consecuencia de lo otro o el desperfecto fue intencional para dar salida al homicida oculto tras una máscara inocua); audaz incineraba a sus víctimas con tal creatividad que no repetía método: colgada de una farola, ensartada en una reja, atravesada por un espetón, emparedada, atravesando una plaza en roldana, atrapada en horno de pizzería, quemada en una holocabina, era indudable que coincidían la oportunidad y el perfecto uso del espacio-tiempo.

En el puente de mando decidieron encargar el caso a los sociólogos, parecía indudable que éramos los indicados, en el equipo distribuimos responsabilidades y me tocó labor de campo. Inicié mi investigación con la convicción de que escogía sus candidatas mientras visitaba los lupanares del barrio chino. Me convertí en asiduo y así contemplé los espectáculos local tras local, las maravillas veladas que ofrecían eran semejantes a clasificar un lúbrico harén de huríes con tafanarios impresionantes y adivinar cual le gustaría, y aunque que creía desgarrar las sedosas envolturas para extraer la esencia identificando patrones de forma y medida, solo me enredaba en la maraña suave de la complacencia, cada atisbo lo consideraba un paisaje completo, un universo en evolución que culminaba con el descuartizamiento de la observada, lo cual negaba de plano la fugaz ilusión de realidad que acompañaba a la momentánea imagen sanguinolenta engendrada y postergaba el deleite auténtico de su contemplación hasta que estuviera lubricada por el dolor.

Preocupado por los muchos procesos desencadenados perdía energía tratando de atenderlos a medida que aparecían, se empujaban y se desplazaban unos a otros del foco de atracción con mutua perversidad dejándome en la perplejidad.

Por ejemplo, fotogramas flotantes se entrometían entre las mujeres que contemplaba y exigían ser identicapturados: playas irlandesas que muy bien podían pertenecer a secuencias del film clásico LA HIJA DE RYAN por la majestuosidad del entorno, brotaban girando desde algún rincón de mi mente para estamparse obsesivas contra un par de maravillosas nalgas; o eran las hembras bicoloreadas en cielo y mármol del excelso pintor René Magritte las que me acosaban reemplazando los sólidos muslos de un par de fornidas hetairas que luchaban en el barro; o el seno duro y cónica de la Libertad guiando al pueblo de París del artista Delacroix me obturaba la pupila al tropezarme con uno similar en el interminable desfile de cuerpos.

Y estaban mis propios resplandores innominados pero que se autodescribían, solían transitar hacia una belleza incómoda cual rompecabezas inconclusos planificados con segmentos del surrealista Giorgio di Chirico y cabezas cortadas, o bestias expresionistas del Grupo Blaue Reiter estirando cuerpos en opuestas direcciones hasta romperlos; así con la imaginación desaforada creí podía ir liberando el deseo de expresar lo que mezcloinvento de mi entorno sin extraviar el anhelo de incorporar la novedad de lo descubierto en la estructura de la investigación, donde se verterían espesos como aceites los descubrimientos que van otorgando relieve a las ramificaciones de los crímenes al rellenarlos.

Me equivoqué. Solo después supe que debía integrar y objetivizar esas sensaciones en algo coherente y comunicable para que mi incursión detectivesca adquiriera sentido. Para entonces ya había tomado una decisión.

Fracasé reitero, sumergido en la atmósfera densa de los asesinatos fue como si sus detalles, que se prestaban a tantas especulaciones, reemplazaran la sangre en mis venas y arterias, fui viajando del día del chinondero de fuego (porque el asesino firmaba su m. o. arrojando objetos inflamados como parte del ritual a los fiambres) y el incensario de plata humeante (con frecuencia dejaba abandonado alguno en la escena aunque siempre tremolaba el aroma del sahumerio) hacia el día del éxtasis extenso, por eso aunque me decidí por las penetraciones frecuentes y profundas las realizaría reemplazando pene por cuchillo en el marco del Ling Chi: ahora tendrán que encontrar dos asesinos en serie.

© Luis Antonio Bolaños de la Cruz, (805 palabras) Créditos