CONFIGURACIÓN DESCONOCIDA
Antonio Quintana Carrandi
A la memoria de Gene Roddenberry, y al equipo técnico y artístico que, hace ya medio siglo, creó la más longeva y maravillosa saga de la ciencia-ficción.
Cuaderno de bitácora
Fecha estelar 918756.4. Me encuentro en la Tierra para asistir a la ceremonia de graduación de una promoción de cadetes de la Academia de la Flota Estelar. Mientras tanto, mi nave permanece atracada en el muelle espacial, pasando una revisión de sus sistemas. Lo cierto es que preferiría encontrarme a bordo, en vez de participar en un acto semejante, pues no creo ser el más indicado para ello, pero debo obedecer las órdenes del Estado Mayor. Estoy deseando que termine todo cuanto antes para volver a las profundidades del espacio, único lugar donde me siento realmente cómodo.
imag/r288.jpg

John Kermitt contempló la extensa explanada de la Academia, en la que estaban formados en compactas filas de cuatro en fondo los cadetes que, concluida su instrucción, iban a recibir sus despachos como nuevos oficiales de la Flota Estelar. Casi medio siglo antes, Kermitt había formado en esa misma explanada, soñando con su primer destino. Ahora, como capitán de la USS Lowell, un crucero pesado explorador de la clase Nébula, asistía a esa ceremonia en calidad de oficial destacado, con el cometido de dirigir unas palabras a los cadetes que se graduaban. Para cualquier capitán habría sido un honor estar allí, pero él no se creía merecedor de esa distinción. Sabía que era un excelente oficial de mando, con una hoja de servicios brillante. Pero el motivo concreto por el que le habían elegido para presidir este acto no le agradaba. De hecho, formaba parte de sus más dolorosos recuerdos.

Era un cálido día primaveral en California. Frente a la explanada había sido levantado un amplio estrado, sobre el cual se alineaban las personas que presidian tan magna ceremonia: el director de la Academia, el Almirante Jefe de la Flota Estelar, varios oficiales de alto rango que ejercían la docencia, una representación del Consejo de la Federación, él mismo y su oficial médico, el doctor Henderson. Todos ocupaban sillas plegables, menos el Almirante Jefe de la Flota, un humano que en ese momento estaba largándoles un discurso a los cadetes.

—Dentro de un momento le tocará hablar a usted.

—Está disfrutando con esto, ¿verdad, doc?

Harry Henderson, oficial jefe médico de la Lowell, sesenta y cinco años aunque aparentaba veinte menos, muy alto, delgado y fibroso y con una perenne expresión irónica en el rostro, le miró sonriendo.

—Vamos, es un honor ser designado para presidir la ceremonia y cerrarla con unas palabras. Debería sentirse orgulloso de estar aquí. Esos cadetes han oído hablar de usted y le admiran casi tanto como a Jean-Luc Picard o al legendario James T. Kirk.

—No creo estar a la altura de Picard, ni mucho menos a la de Kirk. Además, si me han seleccionado para esta... misión, es por algo que preferiría olvidar.

—¿Pero qué dice? —se sorprendió Henderson—. Está aquí por ser el único oficial de la Flota que, en este siglo al menos, ha ascendido de teniente-comandante a capitán saltándose un grado. No me negará que es un logro impresionante.

—Usted no conoce toda la historia, ¿verdad, doc?

El médico fue a decir algo, pero Kermitt le contuvo con un gesto. El almirante jefe había concluido su parlamento y se sentaba, mientras el público aplaudía. El director de la Academia se puso en pie, acercándose al micrófono.

—Gracias por sus inspiradoras palabras, almirante Wade. Ahora, como es tradición y para clausurar este acto, les dirigirá la palabra uno de los oficiales más destacados de la Flota: el capitán John Kermitt.

—Espero que tenga bien aprendido su discurso —murmuró Henderson mientras Kermitt se levantaba.

—Váyase al diablo —masculló el capitán.

Cuando los aplausos con que fue recibida su intervención hubieron concluido, Kermitt empezó a hablar, dirigiendo su mirada a las prietas filas de cadetes. Lo que dijo no era muy distinto de lo dicho por otros que le precedieron en esa labor. Exaltó la imagen de la Flota Estelar como una organización militar pero no militarista, cuya principal función era la exploración científica y el establecimiento de relaciones pacíficas con otras civilizaciones, y ponderó el trabajo de todos aquellos que prestaban servicio en sus filas, elogiando tanto a los oficiales como a los tripulantes rasos. Puesto que estaba allí exclusivamente por obligación, había preparado un discurso breve. Llegado el momento de concluir, hizo una pequeña pausa, y tras recorrer con la mirada las apretadas filas de cadetes, prosiguió.

—No quiero terminar mi alocución sin recordar a aquellos que dieron sus vidas en el cumplimiento de su deber —Al llegar a este punto su voz se quebró un tanto y guardó silencio durante casi un minuto. Henderson le miró ligeramente alarmado. Pero Kermitt se rehízo enseguida y continuó hablando—. Ellos son los verdaderos héroes de la Federación y de su Flota Estelar, ellos son a los que hay que admirar, y no a un oficial que ascendió sólo a causa de la muerte de otros.

Un murmullo de estupefacción acogió las últimas palabras de Kermitt. El director de la Academia y el almirante jefe de la Flota empalidecieron. Los civiles se miraron entre sí y a los altos oficiales, confundidos. Henderson rumió algo por lo bajo, mientras Kermitt se volvía hacia el almirante jefe.

—Permiso para retirarme, almirante.

Tras una breve vacilación, éste asintió levemente con la cabeza. Kermitt giró sobre sus talones y abandonó el estrado. Henderson se apresuró a levantarse e ir tras él.

—Espéreme, capitán.

Doc tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar. A duras penas consiguió alcanzar a Kermitt, tan rápido era el paso de éste. Cuando estuvo a su altura, el médico preguntó:

—¿A dónde va?

—Necesito una copa —respondió el capitán secamente.

—Por fin ha dicho algo con sentido.

Minutos después, entraban en la cafetería de la Academia. No había camareros, ni humanos ni robots. Una de las paredes de la enorme estancia estaba cubierta por replicadores de alimentos. Kermitt se acercó a uno y pidió un whisky escocés doble. Henderson le imitó, escogiendo un brandy español. Con sus respectivas copas fueron a sentarse en una mesa situada en un rincón. La cafetería estaba casi vacía, pues la mayoría de la gente asistía a la graduación. Tan sólo había media docena de personas, que miraron con curiosidad a la pareja de oficiales en uniforme de gala, pero que de inmediato perdieron interés por ellos.

—Bien —dijo Henderson tan pronto estuvieron sentados—. ¿A qué ha venido eso?

—¿El qué?

—Lo sabe muy bien. La última frase de su alocución no venía a cuento. ¿Por qué dijo algo así?

Kermitt no respondió. Tomo un sorbo de su copa y se quedó mirando el ambarino líquido.

—Casi parece escocés auténtico.

Doc echó un trago de su propia bebida y torció el gesto.

—Tonterías. Estos sucedáneos a base de sintetol jamás podrán equipararse al verdadero licor. Cuando regresemos a la nave le prepararé un combinado que le hará ver las estrellas. O mejor aún, le daré un vaso de genuina cerveza romulana.

—Fingiré no haberle oído, doc. Sabe que el alcohol etílico está prohibido en las naves de la Flota, sobre todo la cerveza romulana, cuya comercialización y consumo es ilegal en el territorio de la Federación.

—¡Majaderías! Además, sólo la empleo con fines medicinales... Pero estábamos hablando de lo que ocurrió hace unos momentos.

—¿Estábamos hablando de eso?

—¡Por todos los quásares del universo! No me ponga más frenético de lo que estoy. Dígame de una maldita vez por qué dijo lo que dijo, o váyase al cuerno.

Kermitt esbozó una débil sonrisa. Otro oficial se habría mostrado mucho más comedido y prudente, pero Henderson llevaba catorce años sirviendo a sus órdenes y era su amigo, lo que le otorgaba el privilegio de dirigirse a él con entera libertad, especialmente cuando, como ahora, ambos estaban fuera de servicio.

—De acuerdo, doc, no se sulfure. Escuche, usted sabe que no me hacía gracia acudir a la ceremonia de graduación como invitado de honor, pero sospecho que desconoce el por qué.

—Sólo sé que, por la razón que sea, usted no parece sentirse orgulloso de su ascenso a capitán. Y no acabo de entender a qué se debe eso.

—Es evidente que no conoce mi dossier.

—Conozco el historial de todos los oficiales de mando de la Lowell —replicó Henderson.

—Me refiero a mi hoja de servicios... al completo.

El doctor emitió un suspiro.

—Pues sí, sólo faltaría eso, que tuviera que saberme al dedillo los historiales de toda la oficialidad. ¡Bastante tengo con las fichas médicas!

—Es decir, que sólo conoce mi hoja de servicios muy por encima.

—Sé lo suficiente —protestó el galeno—. Sé que usted es el oficial que más rápidamente ha ascendido al rango de capitán, que ha estado al mando de tres naves estelares, y que está en posesión de algunas de las más altas condecoraciones concedidas por la Flota.

—Pero desconoce por completo las circunstancias en las que se produjo mi ascenso.

—Eso es cierto. Pero confío en que usted me explicará cómo fue, y por qué parece estar tan molesto por algo que la gran mayoría de los miembros de la Flota considera una proeza.

Kermitt bebió otro trago de su bebida y dejó la copa sobre la mesa de cristal.

—Muy bien, doctor Henderson. Le contaré lo que ocurrió, para que pueda juzgar por sí mismo. Todo empezó hace veinticinco años, cuando yo era un joven oficial recientemente ascendido a teniente-comandante, y prestaba servicio en una pequeña nave estelar, la Collins. Navegábamos por una región espacial casi inexplorada y...

* * *

Fecha estelar 619053.0. Veinticinco años antes.

Kermitt se miró en el espejo de cuerpo entero y sonrió complacido. En el lado derecho del cuello de su uniforme de servicio resplandecían los tres círculos, dos dorados y uno negro, correspondientes a su nuevo grado de teniente-comandante, que había obtenido apenas un año atrás. El ascenso conllevó un nuevo destino y le enviaron como oficial táctico a la USS Collins, mandada por el capitán Dmar. Tras largos años sirviendo en bases estelares y en un par de naves que patrullaban sectores tranquilos, en los que apenas había nada que hacer salvo aburrirse soberanamente estudiando anomalías gaseosas y cosas así, Kermitt estaba, por fin, en un navío destinado a la exploración, el sueño de todo oficial de la Flota Estelar.

La Collins era pequeña, una nave menor, pero eso a John le traía sin cuidado. Lo importante era estar en la frontera del espacio conocido, en una parte de la galaxia poco explorada y de la que apenas se sabía nada. En cuanto a la nave, pertenecía a la clase Oberth, cuyo diseño tenía más de un siglo de antigüedad, pero cuya configuración modular facilitaba extraordinariamente su modernización. La Collins era una magnífica unidad de la versión mejorada del modelo primigenio, ligeramente mayor y dotada de todos los adelantos.

Kermitt echó un último vistazo a su atuendo, y luego abandonó su cabina y tomó el turboascensor situado al final del corredor.

—Puente de mando —ordenó en voz alta.

La cabina ascendió con rapidez, zumbando suavemente. Cuando se detuvo y se abrieron las dobles puertas corredizas, Kermitt se encontró en el centro neurálgico de la nave, una estancia circular en cuyo centro se alzaba, en un plano ligeramente elevado respecto de los demás puestos de control, la silla de mando del capitán.

—Permiso para incorporarme al servicio —dijo John, apenas hubo entrado en el puente.

El capitán Dmar, un andoriano de elevada estatura y gesto perennemente hosco, respondió sin mirarle:

—Permiso concedido.

Kermitt se encaminó a su puesto, en la estación táctica del puente. El alférez que hasta entonces se había ocupado de ella se retiró, saludándole con una inclinación de cabeza, y luego solicitó permiso al capitán para abandonar el puente, pues su turno había concluido.

Siguiendo su costumbre, Kermitt procedió a testear el sistema, para comprobar el buen funcionamiento de los equipos tácticos.

—Anoche lo pasé estupendamente.

Kermitt miró a la alférez que se había acercado a él y sonrío. La mujer le devolvió la sonrisa.

—No sabía si te gustaría tanto como a mí el cine clásico de la primera mitad del siglo XX, Ilana.

—¿Olvidas que soy medio humana? Conozco bastante bien la cultura de la Tierra, aunque debo admitir que cuesta un tanto acostumbrarse a ese tipo de proyecciones bidimensionales que llamáis películas. Sigo prefiriendo un buen programa holográfico.

—Cuestión de gustos. ¿Quieres cenar en mi camarote esta noche?

—Lo siento, pero he quedado con mi compañera de cabina. Ha prometido enseñarme a jugar al tenis, y sólo dispondremos de la holodeck durante una hora. Pero podríamos tomar algo luego, en la sala de recreo, cuando terminemos nuestros turnos de servicio.

—De acuerdo entonces.

Ilana volvió a sonreír, ahora más ampliamente, y regresó a su puesto dirigiéndole una cálida mirada. Kermitt captó las miradas envidiosas que le dirigieron algunos de los hombres que prestaban servicio en el puente y se sintió orgulloso de haber obtenido el favor de la dulce Ilana. Mitad humana mitad deltana, en ella se combinaba lo mejor de cada especie. Los rasgos de su rostro eran un poco angulosos, herencia de su padre humano. De su madre deltana había heredado una figura estilizada pero llena de atractivos femeninos, así como la calva cabeza que, curiosamente, realzaba su peculiar belleza.

De pronto, el oficial navegante, que se sentaba delante y a la izquierda del capitán, informó:

—Detectada una nave en curso de intercepción, capitán.

Dmar se levantó de su asiento y se acercó a la consola del navegante, inclinándose ligeramente sobre el monitor.

—Su configuración es desconocida, señor —dijo el navegante—. Se encuentra a cuatrocientos veinte mil kilómetros, aproximándose a nosotros a velocidad sub-luz.

—¿Por qué no la hemos detectado antes? ¿De dónde demonios ha salido?

—No lo sé, capitán. Es posible que utilice algún sistema de ocultación.

—¿Estación táctica? —inquirió Dmar.

—No existe información en el banco de datos sobre una nave semejante—respondió Kermitt, tras consultar rápidamente su terminal.

—Transmita saludos y paz universal en todas las frecuencias y todos los idiomas conocidos —ordenó Dmar, volviéndose hacia el oficial de comunicaciones, alférez De Soto.

—Transmitiendo, señor.

—¿Activo el armamento?

—Aún no, señor Kermitt —respondió el capitán—. No quiero hacer ningún movimiento que pueda indicar hostilidad. Pero esté dispuesto a hacerlo en cuanto se lo ordene.

—La nave sigue aproximándose. Ya está en rango de visión —dijo el navegante.

—Pantalla.

La imagen de la gran pantalla rectangular del puente varió, mostrando un punto que parecía ir al encuentro de la Collins. Dmar ordenó que se ampliara al máximo la imagen. Toda la dotación del puente de mando miró a la pantalla, en la que se veía una nave de forma lenticular, con extrañas protuberancias a lo largo de su casco. Un modelo completamente desconocido para los oficiales de la Flota Estelar, que conocían bien la enorme variedad de navíos estelares, civiles y militares, utilizados por las razas conocidas de la galaxia.

—No hay respuesta —informó el oficial de comunicaciones.

—Detecto una fluctuación de energía procedente de la nave extraña —Los dedos de Kermitt volaron sobre su consola táctil—. ¡Están cargando algún tipo de arma!

—Active el armamento. Escudos de combate al máximo de su potencia. Alerta roja.

Las órdenes del capitán fueron obedecidas en el acto. Kermitt procedió a poner en línea los bancos de fásers y los lanzadores de torpedos, mientras la iluminación del puente cambiaba a un rojo sangriento.

—Fásers y torpedos fijados —informó John, mirando nerviosamente la ominosa nave de la pantalla principal.

—Manténgalos.

—Capitán, estamos a su alcance y en cualquier momento ellos podrían abrir fuego.

—Soy consciente de ello, señor Kermitt, pero ninguna nave de la Flota Estelar ha iniciado un combate durante toda la historia de la Federación, y la Collins no será la primera. Nos defenderemos si nos atacan, pero no dispararemos primero.

Como si las palabras de Dmar fueran proféticas, una esfera luminosa de gran tamaño pareció brotar de algún punto del fuselaje de la nave desconocida, dirigiéndose raudamente hacia la Collins.

—¡Han abierto fuego! —gritó Ilana desde su puesto en el control de sensores primarios.

—Análisis.

—Composición del arma: desconocida —informó el oficial científico, teniente-comandante Suvak, un vulcaniano de edad indefinible y tez verdosa—. Posiblemente se trate de alguna forma de energía plasmática.

—Responda al fuego —le ordenó a Kermitt el primer oficial, comandante Warren, acercándose a la consola táctica, aunque sin perder detalle de lo que transmitía la pantalla principal.

Los dedos de John volaron sobre la consola, pero antes de que pudiera activar la secuencia de disparo, la Collins se estremeció, sufriendo una tremenda sacudida, al tiempo que las luces rojas, indicadoras del zafarrancho de combate, fluctuaban.

—Impacto directo —informó Ilana—. Escudos al sesenta por ciento.

A la vez que la alférez emitía su informe, Kermitt disparaba los fásers y los torpedos fotónicos en una secuencia rápida.

—Blanco directo —dijo el oficial científico unos segundos después.

—¿Efecto? —inquirió ansiosamente Dmar.

—Sus escudos han sufrido una merma apenas apreciable —contesto Suvak—. Vuelven a disparar.

Esta vez fueron cuatro esferas luminosas, en rápida sucesión, las que el navío alienígena lanzó contra la Collins.

—¡A todas las cubiertas! —ladró Warren— ¡Preparados para impacto!

Cuatro segundos después, la Collins se agitó como si hubiese sido atrapada por una tormenta de meteoritos. El casco de la nave federal chirrió, crujiendo como si estuviera a punto de resquebrajarse. Las luces oscilaron y Kermitt se sintió lanzado al otro extremo del puente.

* * *

Alguien se inclinó sobre él. Una voz, que parecía sonar muy lejana, no dejaba de llamarle. Haciendo un esfuerzo, Kermitt logró concentrarse en aquella voz, tratando de ignorar el insistente zumbido de sus oídos y el lacerante dolor de su costado derecho.

—¡Señor Kermitt! ¡Respóndame, por Dios!

Con un supremo esfuerzo, John consiguió abrir los ojos y vio inclinado sobre él el rostro ansioso, expectante, del joven oficial de comunicaciones.

—¿Está usted bien, señor? —pregunto el alférez.

—Creo que sí —respondió John, incorporándose muy despacio. Sintió una leve sensación de mareo, pero desapareció muy pronto. Le dolía terriblemente el costado, pero logró ponerse de pie. Fue a preguntar qué había pasado, pero enseguida recordó todo lo ocurrido, la lucha con la nave extraña, el momento en que fue despedido por el impacto de las armas alienígenas... De pronto, un espectáculo dantesco se revelo a su vista. El puente estaba medio destruido. Las consolas de navegación y pilotaje humeaban, lo mismo que otras muchas terminales, que chisporroteaban sin cesar.

—El capitán ha muerto, lo mismo que el primer oficial y el señor Suvak —dijo De Soto con voz quebrada por la emoción—. Y también... también la alférez Ilana.

Kermitt sintió como si una garra helada atenazara su corazón. Ignorando el dolor del costado, corrió hacia el puesto de Ilana en el control de sensores. La mujer medio deltana estaba tendida en el suelo, a unos dos metros frente a su terminal, con los ojos muy abiertos fijos en algún punto del techo. Un trozo de vidrio del monitor de su consola estaba clavado entre sus turgentes senos.

El dolor emocional que le produjo la muerte de Ilana fue incluso más fuerte que el físico de la herida de su costado izquierdo. Por un momento, durante un breve instante, el teniente-comandante John Kermitt sintió que todo daba vueltas a su alrededor. Pero la voz del oficial de comunicaciones le sacó de aquel marasmo de sensaciones negativas que amenazaban con adueñarse de su ser.

—Esos bastardos siguen ahí, señor.

El sistema de comunicaciones estaba colapsado por las llamadas de varias secciones de la nave, que trataban de ponerse en contacto con el puente de mando. Kermitt ordenó al joven oficial que ocupara su puesto y tratara de poner orden en aquel maremágnum, mientras él decidía lo que debían hacer.

La pantalla principal funcionaba. La nave extraña estaba allí, quieta, como colgando en el vacío estelar. Kermitt se preguntó por qué no los habían rematado, por qué no habían disparado una segunda andanada para vaporizar a la Collins.

El oficial de comunicaciones y él eran los únicos miembros de la dotación del puente que estaban más o menos ilesos. Kermitt comprobó que, en efecto, el capitán estaba muerto. Un trozo de metal le había seccionado la arteria carótida y yacía en medio de un horrendo charco de sangre. Suvak, el oficial científico, había corrido igual suerte, aunque en su caso la esquirla metálica le había atravesado el cráneo, entrando por la frente y saliendo por la nuca, salpicando de espesa sangre verde una terminal. El piloto y el navegante respiraban, pero estaban inconscientes y malheridos. En cuanto a Warren, el primer oficial debía encontrarse muy cerca de alguna consola que había estallado, a juzgar por la tremenda quemadura que cubría su pecho, y que sin duda había calcinado sus órganos internos.

Kermitt fue de consola en consola, de puesto en puesto, tratando de hacerse una idea de la situación, comprobando las lecturas de los sistemas que todavía funcionaban. Apenas dos minutos después el desaliento se adueñó de él. Los escudos estaban al mínimo, sólo disponían de la energía de emergencia y sus posibilidades de combatir eran escasas, por no decir casi nulas. Si la nave desconocida abría fuego contra ellos otra vez, la Collins resultaría destruida. Pero, por alguna razón, el navío alienígena permanecía inmóvil en el espacio, sin que de momento diera señales de volver a atacar.

—Señor, el ingeniero jefe quiere hablar con el capitán.

—Páselo a audio.

—¡Capitán! —tronó la voz del jefe de ingeniería.

—El capitán, el primer oficial y el oficial científico están muertos. Soy el oficial táctico, teniente-comandante Kermitt y creo que... que ahora mismo estoy al mando de la nave.

Se escuchó un juramento que, en otro momento, habría escandalizado a Kermitt.

—¿Cómo están las cosas por ahí abajo, jefe?

—No muy bien, señor Kermitt. El núcleo de curvatura permanece estable, pero la energía fluctúa. He tenido que cortar el suministro energético a varias cubiertas para mantener en línea los sistemas vitales.

—¿Podemos alcanzar velocidad factorial?

—Negativo. Los relés de antimateria están dañados y debo reemplazarlos.

—¿Cuánto tiempo le llevará eso?

—No menos de una hora.

—Me temo que no tenemos una hora —De pronto Kermitt reparó en que el oficial de comunicaciones le hacía una señal—. ¿Sí?

—He captado una transmisión de esa nave. El mensaje es algo confuso, quizás porque el traductor universal no consigue encontrar equivalencias en nuestro idioma de la lengua de esa gente. Pero estoy bastante seguro de que nos conminan a rendirnos.

—¿Qué ocurre, señor Kermitt? —inquirió el ingeniero jefe.

—Aguarde un segundo.

John miró de nuevo la pantalla del puente durante unos instantes, mientras su mente hervía de actividad.

—¿Qué respondo?

—Nada —dijo Kermitt con acento tajante—. Mantenga el silencio más absoluto. ¿Jefe?

—¿Sí, Kermitt? —contestó el ingeniero desde la sala de máquinas.

—Escúcheme bien. Quiero que corte toda la energía a todas las secciones de la nave, manteniendo sólo la imprescindible en ingeniería, enfermería y el puente de mando.

—¿Y los escudos?

—Desactívelos también.

—¡Pero...!

—Jefe, no tengo tiempo para malgastarlo en explicaciones. Lo que quiero es que parezca que hemos sufrido muchos más daños de los que realmente tenemos, ¿entiende?

—Creo que sí.

—De acuerdo. Esté atento a mis órdenes. Cuando le dé la señal, transfiera toda la energía posible a las armas. ¿Entendido?

El ingeniero respondió afirmativamente. Kermitt se volvió hacia el oficial de comunicaciones.

—Comience a transmitir la llamada de socorro automática.

—Señor, esa nave sigue transmitiendo su ultimátum.

—Ignórelo, que crean que no hay nadie en el puente que pueda responder.

—Sus sensores habrán captado nuestras bioseñales —objetó el alférez.

—Pero con una bioseñal no se puede discernir si el ser que la emite está consciente o inconsciente —señaló Kermitt.

El alférez de comunicaciones esbozó una débil sonrisa.

—Comprendo, señor.

Kermitt mantuvo sus ojos fijos en la nave de la pantalla. Había empezado a transpirar abundantemente y el corazón golpeaba en su pecho como un gigantesco tambor. Su apuesta era muy arriesgada. Apenas tenían energía, los sistemas habían sufrido muchos daños y estaban a merced de lo que decidieran hacer los ignotos tripulantes de aquel navío desconocido. Sólo tenían una oportunidad, y era que aquellos seres creyeran que la Collins estaba fuera de combate. Con el corte de energía de todas las secciones de la nave, y la desconexión de todo el sistema de escudos deflectores, incluyendo los de navegación, que siempre estaban activados, Kermitt confiaba en convencer a los alienígenas de que la Collins estaba prácticamente muerta y a la deriva. Por eso, a pesar de que era terriblemente arriesgado, había decidido dejar transcurrir el tiempo sin hacer nada, esperando que el enemigo se confiara.

Pasaron los minutos, tensos, increíblemente lentos.

—Capto una fluctuación de energía procedente de la nave enemiga —dijo el alférez—. ¡Es un transportador! ¡Se disponen a abordarnos!

—¡Puente a ingeniería! —gritó Kermitt—. ¡Activen los escudos y transfieran energía a las armas!

—¡Enterado! —replicó el ingeniero jefe.

De un salto, Kermitt se plantó ante la consola táctica, que, milagrosamente, estaba intacta.

—¡Escudos activados! —gritó el alférez De Soto—. ¡El enemigo no ha conseguido transportarse a la Collins!

Kermitt puso en línea, nerviosamente, los fásers y los lanzadores de torpedos, activando casi a la vez la secuencia de descarga rápida. La nave federal vibró cuando los proyectores fásers emitieron sus mortíferos haces lumínicos, al mismo tiempo que los dos lanzadores de torpedos de proa vomitaban una andanada de seis proyectiles cada uno.

El fuego de las armas de la Collins convergió sobre la grisácea nave alienígena. Durante los primeros segundos no ocurrió nada. Luego, de pronto, un Sol pareció surgir repentinamente del vacío y engullir al navío enemigo. Kermitt y De Soto alzaron los brazos, protegiendo sus ojos del súbito y cegador resplandor que apenas duró unos segundos, pasados los cuales, donde medio minuto antes estaba una nave, ya no había nada.

* * *

Pasaron algo más de dos horas, durante las cuales Kermitt se dedicó a inventariar los daños sufridos en el ataque. El ingeniero jefe envío un equipo de reparaciones al puente, para tratar de poner en línea las terminales que habían resultado dañadas. Pero la Collins había sufrido también desperfectos en la mayor parte de sus secciones y en varias cubiertas, y los pelotones de control de daños casi no daban abasto. Milagrosamente, ingeniería había salido relativamente bien librada. El ingeniero jefe confiaba en poder restablecer en unas horas la capacidad factorial de la nave. Por suerte, los motores de impulso, el sistema de soporte vital y el de gravedad artificial estaban intactos.

Conforme fue descubriendo la magnitud de los daños, John Kermitt fue sintiéndose más desanimado. Pero lo que amenazó con acabar desalentándole por completo fueron las bajas provocadas por el ataque. A los cuatro fallecidos en el puente de mando había que sumarles otros dieciocho, más un total de veinticuatro heridos de diversa consideración, algunos muy graves. Para una dotación de ochenta personas, cuarenta y seis bajas, entre muertos y heridos, eran demasiadas.

Lo normal, cuando se producía alguna muerte entre la tripulación, era lanzar el cadáver del finado a las profundidades del espacio, en la cápsula de un torpedo fotón que hacía las veces de ataúd, tras una breve ceremonia oficiada por el capitán. Pero veintidós muertes... Kermitt preguntó al ingeniero jefe si funcionaban los replicadores, pues necesitaban con urgencia cápsulas para todos los fallecidos, ya que, aunque hubieran querido conservar los cuerpos hasta llegar a la base estelar más cercana, no disponían de unidades criogénicas suficientes. Lo mejor era sepultarlos en el espacio, como siempre se había hecho.

—Creo que podré hacer funcionar los replicadores, señor Kermitt—respondió el teniente-comandante Van Allen, jefe ingeniero—. Pero tenemos un problema.

—¿De qué se trata?

—Del núcleo de curvatura.

—Creí que estaba bien. Usted dijo que podríamos tener velocidad factorial en unas horas.

—Eso creía. Pero, además del problema con los relés, que ya está solucionado, los inyectores de antimateria han resultado muy dañados. De hecho, sólo uno de ellos ofrece garantías de funcionar correctamente.

—Y eso significa...

—Que sólo podremos alcanzar factor 2. Y eso con mucha suerte.

Kermitt soltó una nada académica interjección. Incluso las primitivas naves de la Flota Estelar, en los albores de la Federación, allá por el año 2161, eran mucho más rápidas.

—¿Qué hay de las comunicaciones subespaciales?

—Inoperativas de momento.

—En fin, no sirve de nada lamentarse. La base estelar más cercana es la 189, así que a factor 2 tardaremos en llegar...

—Dos semanas, quizás un poco más —dijo Van Allen—. Ni siquiera contamos con la posibilidad de enviar por delante de nosotros una lanzadera, pues todas las que tenemos son del tipo 6, y apenas pueden alcanzar factor 2. ¡Si al menos tuviéramos una tipo 8, que alcanza factor 3!

—Pero no la tenemos... Van Allen, quiero que dé prioridad a las comunicaciones de largo alcance. Tenemos que informar de lo sucedido al mando de la Flota.

—A la orden, capitán.

Van Allen marchó a cumplir sus órdenes, seguido por la mirada de Kermitt. El ingeniero le había dado el tratamiento de capitán, el adecuado dadas las circunstancias. Pero Kermitt nunca hubiera imaginado que, la primera vez que tomara el mando de una nave estelar, sería en una situación tan trágica.

Fue a la unidad médica a interesarse por los heridos, y de paso asegurarse que estaba en condiciones de seguir al mando. El oficial médico le examinó brevemente. La herida de su costado, aunque dolorosa, era superficial. El médico le aplicó un regenerador dérmico durante unos minutos y John se sintió mucho mejor.

El sistema de comunicación subespacial fue restablecido cuatro horas después. Para entonces, la Collins ya estaba en rumbo a la Base Estelar 189... a la relativamente baja velocidad de factor 2. En realidad, factor 1,85, pues Van Allen no se fiaba de la integridad del único inyector de antimateria que funcionaba, y no quería forzarlo.

Kermitt logró comunicarse con la Base Estelar 189, a cuyo oficial al mando, comodoro Osborne, puso al tanto de lo ocurrido. El comodoro, que conocía y apreciaba al capitán Dmar, se mostró muy afligido por su muerte. Prometió enviar una nave al encuentro de la Collins, para remolcarla hasta la Base.

Mientras, Kermitt tenía un penoso deber que cumplir. Los hombres de Van Allen habían replicado veintidós cápsulas fotón para los fallecidos. Aunque había mucho trabajo por hacer, John decidió conceder un breve descanso a la tripulación, a fin de que pudiera asistir al funeral y rendir su último tributo al capitán Dmar y a los demás.

Fue una ceremonia sencilla y cargada de emoción. Como capitán en funciones, Kermitt sabía que los tripulantes esperaban que dijera unas palabras. Decidió que la brevedad era lo mejor.

—Hoy honramos y damos el último adiós a nuestros respetados compañeros. Han entregado sus vidas al servicio de la Flota Estelar y la Federación, porque creían en lo que representan y amaban la exploración espacial, siempre fascinante, pero siempre plagada de peligros. Su ejemplo no será olvidado. Al menos, ni yo, ni ninguno de los que servimos a bordo de esta nave, podrá olvidarlo jamás.

Un silbato de órdenes dejó escuchar su agudo silbido, y los tripulantes, algunos de ellos con los uniformes rotos y laceraciones y manchas de sangre seca en sus rostros, se pusieron en posición de firmes. La ceremonia tenía lugar en la sala de torpedos de proa. Las cápsulas conteniendo los cuerpos sin vida habían sido colocadas en los carriles de alimentación automática de los lanzadores. A una señal de Kermitt, las dos primeras, las del capitán Dmar y el primer oficial Warren, se introdujeron en los tubos, cuyas compuertas se cerraron electrónicamente. Una luz roja, situada sobre cada compuerta, indicaba que el tubo estaba cargado. A otra señal de John, un teniente activó manualmente el dispositivo de lanzamiento. Las luces cambiaron a verde, las compuertas volvieron a abrirse, y otras dos cápsulas se introdujeron en los tubos. La misma operación se repitió once veces, hasta que todos los improvisados ataúdes fueron lanzados al espacio. Cuando la cápsula con el nombre de Ilana en su cubierta entró en el tubo de lanzamiento, John sintió un dolor agudo y punzante en el pecho, al tiempo que sus ojos se humedecían.

—Enviamos a nuestros compañeros a descansar en paz en las insondables profundidades del cosmos—consiguió decir cuando el último par de cápsulas fue lanzado. Tras tragar saliva dificultosamente, y mientras trataba de contener las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, dijo en un hilo de voz—: Esta ceremonia ha concluido. Vuelvan a su trabajo.

* * *

La Saratoga, un crucero medio clase Miranda, alcanzó a la Collins tres días después. Para entonces las reparaciones estaban muy avanzadas. Van Allen estaba casi seguro de poder poner en funcionamiento otro de los inyectores de antimateria, pero decidió esperar a que arribaran a la Base Estelar, pues allí podría disponer de nuevos inyectores para la nave, ya que, aunque los replicadores de la Collins funcionaban, el ingeniero jefe dudaba que pudieran replicar componentes tan complejos y delicados.

Remolcados por la Saratoga, llegaron a la Base Estelar 189 en tan sólo tres días. La Collins fue conducida a un dock de reparación, situado en las proximidades de la gigantesca estación espacial con forma de seta metálica. Un tropel de técnicos invadió la Collins, pero, como era costumbre en la Flota Estelar, se puso de inmediato bajo las órdenes del ingeniero jefe de la nave. Kermitt, mientras tanto, se trasladó a la base a bordo de una lanzadera, ya que los transportadores de la Collins no funcionaban.

El comodoro Osborne recibió con preocupación el informe de Kermitt.

—Inteligencia de la Flota ya ha sido informada de lo sucedido, señor Kermitt, y procederán a estudiar a fondo las imágenes y los datos recabados por ustedes. Entiendo que la configuración de la nave atacante no se corresponde con ninguna conocida.

—No, señor. Puesto que la mayor parte de este sector está inexplorado, podría tratarse de una nueva raza. Aunque, en mi opinión, existe otra posibilidad.

—¿Cuál?

—Que fuese algún prototipo ensayado por alguna especie conocida —apuntó Kermitt.

—¿Romulanos? ¿Cardasianos?

John se encogió de hombros.

El comodoro se levantó de su silla y comenzó a pasearse nerviosamente por su despacho, con las manos a la espalda.

—Como sea, este incidente debe ser investigado concienzudamente, Kermitt. Pero esto será misión de otra tripulación. La Collins ha sufrido graves desperfectos y, según tengo entendido, las reparaciones llevarán como mínimo dos meses. Mientras se llevan a cabo, creo que todos ustedes se han ganado a pulso un extenso permiso.

—Con el debido respeto, señor —dijo Kermitt poniéndose en pie y encarándose con el comodoro, que había suspendido sus paseos—. Preferiría supervisar las reparaciones de la Collins, y estoy seguro que el ingeniero Van Allen será de la misma opinión.

Osborne le miró un instante, y acabó por esbozar una media sonrisa.

—Supongo que yo opinaría igual, de estar en su lugar. De acuerdo. Comunique a los tripulantes de la Collins que tienen dos meses de permiso, pero si alguno de ellos desea permanecer a bordo y ayudar en las reparaciones, es libre de hacerlo.

—Gracias, señor.

Ni uno sólo de los treinta y tres tripulantes ilesos de la Collins aceptó el permiso ofrecido por el comodoro. Todos ellos, incluso los más novatos, se mostraron deseosos de colaborar para que la pequeña nave clase Oberth estuviera cuanto antes en condiciones de volver al espacio.

Una sombra se abatió sobre la valerosa dotación de la nave. De los veinticuatro tripulantes heridos ingresados en el hospital de la Base Estelar, dos murieron apenas una semana después. Los restantes fueron reincorporándose a sus puestos según les dieron el alta, y pese a las protestas en contra de algunos médicos, partidarios de que se tomaran un tiempo de descanso antes de volver al servicio. Pero todos ellos hicieron caso omiso de esta recomendación.

Kermitt estaba orgulloso de pertenecer a una tripulación semejante, que no dudaba en calificar como la mejor de la Flota Estelar. Trabajando en estrecha colaboración con Van Allen, John supervisó todas y cada una de las reparaciones a que fue sometida la nave. Cuando se tendía en la cama de su cabina, tras una jornada de trabajo de catorce horas, el tremendo cansancio hacía que se durmiera en unos segundos. Apenas tenía tiempo para otra cosa, más que para la ardua y constante tarea de comprobar que los sistemas funcionaban correctamente, que las nuevas secciones del casco estaban correctamente ensambladas y otras mil cosas semejantes. La actividad de aquellas semanas fue tan absorbente, que Kermitt ni siquiera pensó un par de minutos seguidos en lo que habían vivido, y menos aún en su propia tragedia personal. Pero las reparaciones tocaron a su fin cinco días antes de lo previsto, y de súbito, durante la jornada de descanso que otorgó a la tripulación tras completar el trabajo, el dolor por la pérdida de Ilana volvió a él con inusitada fuerza.

Llegó, por fin, el momento en que la Collins estuvo lista para hacerse al espacio una vez más. El comodoro Osborne había comunicado a Kermitt que se presentaría en la nave para dar a conocer a la tripulación a su nuevo capitán. Farrell, el navegante, y Landon, el piloto, ya repuestos de sus heridas, ocupaban sus puestos de siempre. Un nuevo oficial científico, una mujer vulcaniana llamada Selaris, se había incorporado a la dotación del puente, y otros diecisiete tripulantes habían sido destinados a la Collins, para reemplazar a los fallecidos. Pero faltaban el capitán, el primer oficial y el oficial de sensores, puesto que había ocupado Ilana. Kermitt tenía una idea acerca de quién podría sustituir a la hermosa deltana en el control de sensores, pero, pensando que su decisión tal vez no fuera aprobada por el nuevo capitán, creyó más conveniente esperar a que éste tomara posesión del cargo y decidiera al respecto.

—El comodoro Osborne se encuentra ya a bordo y camino del puente, señor —informó De Soto.

—Me pregunto quién será nuestro nuevo capitán —comentó Farrell.

—Espero que sea tan bueno como Dmar —replicó Landon.

Kermitt tuvo un recuerdo para el valeroso andoriano que había ostentado el mando de la Collins. Al igual que Farrell y Landon, deseó que el nuevo oficial al mando fuera por lo menos tan competente como Dmar.

Las puertas del turboascensor se descorrieron con un siseo, y el comodoro Osborne entró en el puente. Todos los presentes se mostraron sorprendidos al ver que, salvo el agente de seguridad que le había acompañado desde la sala de transportación, el comandante de la Base Estelar 189 venía sólo.

Kermitt fue a su encuentro.

—Bien venido a bordo, comodoro.

—Señor Kermitt...

—Disculpe, pero creí que iba a venir con el nuevo capitán de la Collins.

—No. Lo que dije fue que iba a presentarle a la tripulación de la Collins a su nuevo capitán —Y mientras decía esto, Osborne le tendió a Kermitt una pequeña cajita rectangular de madera, con el emblema de la Federación artísticamente grabado en su tapa—. Felicidades, señor Kermitt.

John miró al comodoro, luego la cajita que éste le tendía, y de nuevo al comodoro. Los rostros de todos los que estaban en el puente se habían vuelto hacia los dos oficiales.

Kermitt tomó la cajita de manos de Osborne y, tras una breve vacilación, la abrió. En su interior, sobre un lecho de terciopelo rojo, refulgían cuatro pequeños discos dorados.

—No... no entiendo...

—Pues está muy claro —sonrió Osborne—. Desde este momento, y con efecto inmediato, es usted el capitán de la USS Collins.

—Pero sólo soy teniente-comandante.

—Pues ahora es capitán. El Alto Mando, en reconocimiento a su entrega al servicio de su nave, en las circunstancias más adversas, ha decidido ascenderle, saltándose el grado de comandante. En cuanto a su primer oficial... Bueno, seguro que podrá encontrar uno adecuado entre la excepcional tripulación de este navío. Como capitán, una de sus prerrogativas es la de promover ascensos entre los oficiales bajo su mando. Enhorabuena, capitán Kermitt.

John Kermitt estrechó la mano que le tendía el comodoro Osborne, mientras todos los oficiales del puente, con excepción de la fría y estoica Selaris (vulcaniana al fin y al cabo) felicitaban a su nuevo capitán.

* * *

—¿Comprende ahora, doc?

—Sí —asintió Henderson—. La verdad es que su ascenso se produjo en unas circunstancias demasiado trágicas. Pero no debe culparse por...

—No me culpo por nada, doc —le atajó Kermitt—. Sé que hice lo que tenía que hacer, y hasta es posible que mereciera ese ascenso. Pero nunca he podido quitarme de la cabeza a aquellas veinticuatro personas que murieron. Sobre todo, a una de ellas.

—Ilana.

—Si —Kermitt emitió un hondo suspiro—. Como la mayoría de los oficiales de mando de la Flota, mi ambición última era mandar una nave. Pero habría renunciado con gusto a alcanzar la capitanía, si Ilana y los demás hubieran seguido con vida.

—¿Qué pasó después?

—Nunca se supo quiénes eran y de dónde procedían los que nos atacaron. Jamás ninguna nave de la Flota volvió a encontrarse con un aparato semejante. En cuanto a mí, estuve al mando de la Collins durante los siguientes cinco años, pero nunca volví a sentirme cómodo en esa nave. Los recuerdos eran demasiado dolorosos, así que en cuanto pude pedí que me asignaran a otra unidad, aunque tuvieran que rebajarme de graduación. Entonces me dieron el mando de otra nave, y en ella serví hasta hace catorce años, cuando me encomendaron la Lowell. Y eso es todo, doctor.

Tras las últimas palabras de Kermitt se hizo un incómodo silencio. Henderson apuró su coñac, sin dejar de mirar al capitán, que parecía estar sumergido en sus propios pensamientos. El médico desvió su mirada hacia las grandes paredes transparentes de la cafetería. Un tropel de cadetes cruzaba los jardines hacia allí.

—La ceremonia ha terminado y dentro de nada esto va a estar rebosante de gente. ¿No le parece que deberíamos regresar a la nave, capitán?

Kermitt asintió. Ambos oficiales se pusieron en pie y se dirigieron hacia la salida. Las láminas de cristal de las puertas se deslizaron a los lados cuando se aproximaron a ellas. Pero antes de que pudieran salir, un grupo de cadetes entró casi a la carrera. Kermitt y Henderson tuvieron que hacerse a un lado para franquearles el paso.

—Puñetera juventud... —rezongó el galeno.

—Sea tolerante, doctor —replicó Kermitt. De pronto, sus ojos, que habían seguido distraídamente al grupo de cadetes de ambos sexos, entre los que había un par de andorianos y una tellarita, recayeron sobre una delgada muchacha deltana. Durante un momento, por un solo instante, sus labios se entreabrieron y estuvo a punto de gritar: ¡Ilana! Pero se contuvo a tiempo. Su imaginación, espoleada por los recuerdos, le había jugado una mala pasada.

Los dos oficiales salieron de la cafetería y, tras caminar unos cuantos pasos por la vereda ajardinada, se detuvieron. Henderson miró al capitán, sonriente, y éste, a su vez, acabó por sonreír también, si bien un tanto desganadamente. Se llevó la mano derecha a la placa de comunicación, y mientras su dedo corazón la activaba, dijo:

—Kermitt a Lowell. Transportación.

FIN.

© Antonio Quintana Carrandi, (8.036 palabras) Créditos