PRESIÓN
Magín Méndez Sanguos
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El director de la compañía hacía reverencias desde el atril. Haruka estaba mirando sin ver, con los párpados muy abiertos y una falsa sonrisa grapada a la cara. Los aplausos del público y de la prensa la hicieron reaccionar e inclinó la cabeza para saludar. Dio un paso adelante mientras una gran cortina se descorría mostrando al fin el aparato. Una gran plataforma de madera de cerezo, y sobre ella el Ud500, el batiscafo definitivo, una maravilla de última tecnología, titanio, grafeno, policarbonatos complejos y nanochips. Era el turno de los periodistas.

—¡Saiko Makoto, del Tokyo Herald! Es una pregunta para la piloto, la señorita Haruka —un hombre de incipiente calva se tomó dos segundos antes de continuar—¿Aún cuando las pruebas en el simulador han sido totalmente satisfactorias, no tiene miedo al ser la pionera en descender a esas profundidades?

La mujer reprimió un mal gesto al notar el tono sexista, estaba habituada a saltar más vallas que los hombres. Fantaseó con la idea de saltar de la tarima y pisar como un escarabajo a aquel impertinente con micrófono.

—Es mi trabajo, me he preparado para ello, todo irá bien —respondió como un robot, extrayendo frases de las listas que le habían sugerido que memorizase. Los accionistas no querían errores, todo estaba medido y calculado. Casi todo.

—¿Cuantas atmósferas resiste la nave?

—El umbral de seguridad son cien, tendré casi mil en el fondo de la fosa, por lo tanto el vehículo soportaría fácilmente por encima de las mil cien.

—¿Cuanto tiempo tardarán en localizar los nuevos yacimientos? ¿Nos puede aventurar una estimación?

El director tomó la palabra y comenzó a contestar. La piloto estaba otra vez ida, quería tomar su pastilla y descansar. Nada le gustaría más que salir de aquella sala enorme y agobiante. Sus fantasmas la acosaban y amenazaban con exprimir cada gramo de oxígeno de sus pulmones. Quedarse sin respiración cuando hay aire a tu alrededor es infinitamente peor que ahogarse bajo toneladas de agua.

Entre el público, Lauren la miraba de soslayo. Era morena y de pelo largo, con el rostro crispado y unas gafas anchas azules enmarcando unos ojos tristes. Se habían acostado regularmente desde hacía meses, algo poco profesional ya que era una de sus médicos. Intentaba descifrar a la piloto, los momentos de intimidad no le habían servido para conocerla y sabía muy poco sobre ella. A pesar de su doble doctorado en psiquiatría no había conseguido mirar tras la cortina, tenía dudas de si realmente Haruka sentía algo por ella o solo había sido utilizada para superar las evaluaciones. Había empezado como algo físico y después se había formado una curiosidad morbosa que avanzaba veloz hacia el enamoramiento. Haruka conseguía llenar huecos en su alma que no sabía que tenía. Ante ella la seguridad en si misma se desvanecía y se abandonaba como una adolescente. Quería con todas sus fuerzas que los sentimientos fueran recíprocos aunque temía que no era así. A veces soñaba despierta con un bosque frondoso y dos mecedoras, en un lugar de aire puro y espacios abiertos, sin luces incandescentes, tranquilas y felices, sin trabajo, sin golpes en la mesa, sin presiones.

Haruka al fin pudo retirarse de la celebración. Caminó apresurada pero sin hacerse notar, giró la esquina y entró en el baño. Estaba vacío. Ante el espejo respiró hondo tres veces, con un hilillo de sudor descendiendo tras su oreja derecha. Luchaba contra su mente. Un suceso de su infancia se había echo viral en su cerebro y la atormentaba cada día de su vida. Acababa de cumplir ocho años, estaba en la playa, de espaldas al mar con el agua por los tobillos, se hundía en la arena y sonreía con los brazos cruzados, haciéndose la ofendida. Su hermano pequeño la había salpicado entre bromas y chapoteaba con el flotador un par de metros más allá. Una sombra creciente había aparecido a su lado, primero había reaccionado con sorpresa, un escalofrío, y luego entró en pánico, algo muy arraigado y ancestral en lo profundo de su mente la había hecho saltar hacia la arena seca. Al girarse...nada. Solo quedaba un mar desierto, un trozo de plástico desinflado y un dolor inenarrable que se hacía más y más profundo a cada minuto de su vida. Los años habían pasado y su obsesión había crecido. Universidad y doctorado en biología marina, estudios en hábitats de gran profundidad, trabajos con organismos extremófilos, y ahora, el colofón, se convertiría en la primera persona que descendería al suelo de la Fosa de Japón. Más presión sobre su cabeza de la que ningún ser humano había soportado en la historia. La última incursión con éxito había sido en 2008, un vehículo autónomo no tripulado había llegado hasta siete mil metros, descubriendo una nueva especie de pez, el Pseudoliparis amblystomopsis. Ella buscaba otra cosa, algo más grande, ignoto, tal vez un animal o quizá algo más, perseguía el mal, algo capaz de cobrarse presas humanas.

La semana siguiente fue un cúmulo de contratiempos, nervios y fotos, y por fin llegó el gran día. El barco partió del puerto de Yoshiwara. No era el lugar ideal pero el realizador del documental quería grabar unos planos con el monte Fuji de fondo. Buscaba matices épicos en el montaje final. La quilla cortaba las olas que se deshacían en millones de pedazos. Un viaje de apenas ciento veinte millas.

Diario de Lauren

Entrevista día 1. Tomas de contacto

Paciente Haruka Hamamiya

—¿Cómo fue el viaje hasta allí? —preguntó la doctora con la voz más aséptica que era capaz de poner y consciente de que varias cámaras registraban la sesión. Estaba nerviosa por ponerse en evidencia.

Haruka yacía en el diván inmóvil, como toda su vida le dolía por dentro más que por fuera. Era duro recordar momentos grabados a fuego en su cabeza entre terrores y fobias. Le costaba parpadear y no había dormido más de dos horas seguidas desde que habían vuelto del mar. Había sufrido una semana y media de descompresión, camillas y docenas de pinchazos, encerrada, días que le habían parecido años.

—Tardamos dos días en llegar —comenzó Haruka—. Situamos el barco sobre la sima y los ingenieros revisaron el sumergible mientras grabábamos recursos de vídeo con entrevistas y planos bajo el sol, repetir y repetir... perder el tiempo, basura pseudocientífica para pagar las facturas. Ya sabe, te obligan a recitar el guión. En vez de: la profundidad de la fosa es de..., ellos prefieren: el agujero mortal en el que cabría Godzilla..., o la nueva fiebre del oro japonesa....

—La comprendo, ¿eso la molestaba?

—No, para nada, es parte del trabajo. Soy capaz de abstraerme y de centrarme en otras cosas.

Lauren no lo dudaba.

—¿Y en que se concentraba?

Haruka miró al techo con la mirada perdida, no parecía interesada en la pregunta.

—Si le parece haremos un ejercicio.

—Usted dirá.

—Cierre los ojos y piense en un momento feliz, algo de su niñez tal vez, o de una película que le haya gustado, le ayudará a relajarse. Yo contaré poco a poco hasta diez.

—Entendido.

—Uno.

Un tentáculo blanquecino pasó por la mente de Haruka.

—Dos.

El ojo inyectado en sangre, grande, dilatando y contrayendo la pupila, casi podía tocarlo a través del cristal.

—Tres.

La sima con los huesos amontonados, animales, humanos...

—Cuatro.

Un fantasma, un niño de corta edad, con ropas andrajosas y un pequeño pez payaso mordisqueando su globo ocular.

—Cinco.

Haruka abrió los ojos boqueando como un pez que de un salto salió del estanque.

—¿Se encuentra bien? Relájese, está a salvo, está conmigo... ¿Qué estaba pensando?

—Estoy bien, solo es el agua, allí es todo negro, opaco, es un mundo dentro del mundo, frío y aterrador... solo es un poco de claustrofobia, se me pasará en unos días. No es necesario preocuparse.

Diario de Lauren

Entrevista día 2. Busqueda activa

Paciente Haruka Hamamiya

—Durante la inmersión todo está automatizado, verá, simplemente te sientas y esperas que ninguna luz se ponga roja. Se pasa rápido, la adrenalina, supongo.

La doctora hizo una pausa y apuntó en su portátil durante un largo minuto.

—Continúe, por favor.

—¿Sabe lo que es un jardín estilo Roji? Imagino que como es francesa, no le sonará.

—Pues no, lo siento.

—Son jardines que acompañan al lugar donde se toma el té. Son sitios místicos, mi abuelo tenía uno. Se intenta imitar la naturaleza pero con un desorden perfectamente planificado, se cultiva el musgo por ejemplo, él lo regaba dos veces al día con un cucharón de madera. Pasear por él es muy similar a descender a una fosa oceánica. Todo pasa a tu alrededor, el agua, la vida, las rocas, lugares que han evolucionado naturalmente durante miles de años, y aún así sientes una mano divina en todo ello, que cada organismo persigue un plan, que cumple una función ¿entiende lo que quiero decir? los focos te lo enseñan, sin ellos estás perdida en la negrura infinita.

—Sí, capitana. Pero me gustaría volver al momento en que toca fondo. No había activado las sondas. Aún no me ha aclarado el motivo de su cambio de rumbo.

—Ya se lo he repetido docenas de veces a los abogados. Debió ser un fallo del navegador. La ruta mostraba una desviación de dos grados, intenté corregir el error manualmente.

—Eso no es lo que dicen los registros informáticos.

—Quizá por eso es un error.

Lauren bajó la cabeza. Muchos pacientes la habían mentido pero pocos la habían engañado, sin embargo con esta mujer estaba desconcertada, a pesar de haber tenido con ella una relación íntima no podía entrever sus sentimientos, llevaba al extremo los estereotipos del carácter japonés en el ocultamiento de las emociones. Sabía que había mucho más, algo había pasado y no encontraba la manera de hacerlo aflorar. Sentía algo que no entendía por ella, ¿fascinación tal vez? Sus jefes estarían disgustados pero no quería presionar más, tenía miedo de que otros asuntos de índole personal surgiesen en la charla. Sufría sabiendo que las cosas ya no podrían volver nunca a ser como antes.

Diario de Lauren

Entrevista día 3. El accidente

Paciente Haruka Hamamiya

—Entonces comenzó a fallar el impulsor trasero, quizá rocé el suelo rocoso. Demasiado ruido, lo estaba atrayendo. Era demasiado grande, necesitaba jugar mis bazas..

¿Qué piensa que provocó la avería?

No lo sé. No pude ver nada. Sería especular sin pruebas. Tenía mucha fuerza, los tentáculos tan adaptados a las presiones. Y mal genio, seguro que es muy territorial.

Y, ¿Cuando decidió iniciar el ascenso de emergencia?

Al fallar el impulsor el vehículo rotó y en el giro incontrolado golpeé con algo, quizá un desprendimiento de la ladera o un pequeño terremoto. Ese maldito bicho intentó comerse el metacrilato de alta densidad. Oí como lo raspaba con algo parecido a una lengua.

Pulsé la secuencia cuando la integridad del casco peligraba y luego pude ver la grieta —comentó con la desidia de quien repetía la misma historia una y otra vez. No podía acabar con él, no tenía medios.

—¿Cómo se sintió en ese momento, es decir, a esa profundidad, con el cristal agrietándose, perdió los nervios, creyó que iba a morir?

—Estoy entrenada para ello.

—¡Qué valiente! Mire, yo solo hago una evaluación no vinculante, puede ser sincera conmigo, nada de esto saldrá de aquí —tragó saliva—, y le vendrá bien, hablar de ello le ayudará a superarlo.

Haruka la miró inexpresiva. Sabía que la estaban grabando.

—Cada persona afronta el terror a su manera. Quizá usted chillase y patalease, tal vez la emprendiera a cabezazos con las consolas, yo no hago esas cosas.

Lauren abrió mucho los ojos, detectando el matiz de rabia con que había pronunciado la palabra terror, como si fuese un nombre propio, un ente pensante con motivaciones malignas. Tomó nota.

Diario de Lauren

Entrevista día 4. Conclusiones

Paciente Haruka Hamamiya

—Le voy a dar el alta y presentaré mi informe mañana. No va a ser positivo, señorita Hamamiya. Sé que me está ocultando cosas, entiendo que lo que le pasó fue aterrador, habría sido una muerte horrible... le doy una última oportunidad de añadir algo al expediente. Usted sabe bien que la compañía no tiene su nuevo yacimiento y el coste ha sido enorme, además las autoridades estarán recelosas durante años y no permitirán otra expedición, espero que entienda que rodarán cabezas.

Haruka respiró abriendo ligeramente la boca, aburrida, no contestó.

La psiquiatra guardó los datos, cerró el archivo, las carpetas y adjuntó al correo. Pulsó enviar. Se levantó para acompañarla a la puerta.

—¿Crees en los monstruos, Lauren? —susurró.

—¿Qué tipo de monstruos?

—De los que te cogen, te arrastran y te consumen.

La francesa no ocultó la cara de sorpresa, meditó antes de contestar.

—Mi jefe es uno de ellos.

La japonesa arrastró una pequeña sonrisa, la única muestra de emociones de toda la semana.

* * *

Días después Haruka conducía por una sinuosa carretera cuando le llegó el correo de despido. Un pitido en el móvil fue suficiente para entender que se había quedado sin trabajo. Cogió un desvío pedregoso que hizo sufrir a la suspensión del todoterreno. La cuesta abajo estaba bordeada por un gran acantilado. Se bajó del coche con las ruedas pisando la arena de la playa, recogió su ordenador y se encaminó hacia una desvencijada casa de madera que se erguía a la sombra de dos grandes pinos.

Un hombre la estaba esperando, la barba descuidada le daba un aspecto rudo y andrajoso, abrió la puerta al verla llegar y tomo asiento en la mesa del salón. Ella se sentó a su lado sin decir nada y enchufó su equipo en un conector oculto en una pieza de madera.

—Hola hija.

La chica asintió.

—¿Traes buenas noticias?

—Sí. He encontrado uno. Como pensábamos anidaba en la fosa. Le he colocado el rastreador.

Ella lo miró fijamente, con una determinación dura como la roca basáltica más fuerte de la colina. Su padre rompió a llorar.

—No te debió ser fácil, has sido muy valiente.

No hubo respuesta.

—¿Y crees que puede ser...el que se lo llevó?

Haruka recordó las dos filas de dientes, el miedo visceral.

—Me da igual.

—Llama a todos y que preparen los barcos, zarpamos mañana. Nos vamos de caza.

La excapitana bajó a la playa y metió los pies en el agua, solo hasta los tobillos. Se giró hacia la arena, había aprendido a apreciar ese calambre que recorre la columna vertebral cuando le das la espalda a una inmensidad insondable. Era un ritual que solo seguía en los días más negros, cuando la tormenta amenazaba. Tras tantos años seguía sintiéndose culpable por estar viva y él no. Si hubiera...si quizá...si...

* * *

La lluvia caía fina y delicada sobre el parque de Manshuin en Kyoto. Los caminos de piedra invitaban sutilmente a internarse entre los árboles. Se estaba haciendo de noche. Lauren se sentó en la pequeña construcción de madera techada y miró hacía el estanque. Hacía dos años que se había jubilado, sus últimos trabajos habían sido duros, estériles y deprimentes. Lo había pasado mal. Encima cuando llegó el momento no había sido capaz de abandonar Japón. Nada había para ella en su tierra natal. Vivía sola en un pequeño apartamento y se había aficionado a pasear para matar el tiempo.

Vio un paraguas estampado con flores negras entre los bambúes, alguien se acercaba. La figura se fue aproximando hasta el cubierto y al llegar y percatarse de que había otra persona saludó con una educada reverencia. Cuando retiró la capucha descubrió con sorpresa que la conocía: era Haruka. Llevaba veinte años sin verla y aún así la reconoció al instante, mantenía su rostro duro y juvenil.

La japonesa abrió los ojos y giró el cuello al darse cuenta de quien estaba allí. Se sentó a su lado y apoyó el bolso sobre la mesa.

Lauren no pudo contenerse y la abrazó sin decir nada.

—Lauren —pronunció Haruka casi sin voz.

—Me alegro tanto de verte, ¿cómo te ha ido la vida? —preguntó Lauren con una lágrima asomando.

La mujer la miró fijamente. Un largo silencio. Lauren apreció una larga cicatriz en su mano derecha que conducía desde la palma a dos falanges seccionadas. Una herida terrible.

No dijo nada más. Pasó un reflexivo minuto.

—¿Sabes cuando te aferras a algo hasta el extremo de no poder respirar, de quedarte sin vida si te despistas un momento, ese tipo de presión a punto de estallar? —comenzó Haruka.

—Sigues tan misteriosa como siempre. No sé lo que se siente cuando pasa eso, yo estoy en el otro extremo, cuando no puedes respirar porque no tienes nada a que agarrarte, cuando no tienes ningún interés en la vida.

Haruka rió brevemente.

—Demasiado preocupadas por vivir cuando es algo que debiéramos hacer naturalmente —pareció esbozar una sonrisa sincera—. Me tengo que ir, Lauren. Me traes recuerdos que me abruman.

—Espera... ¿no me lo vas a contar? ¿qué te pasó allá abajo?

Frenó sus pasos, abrió su chubasquero y bajó la cabeza para quitarse un colgante. Extendió la mano con los dedos amputados y se lo ofreció.

—Era de mi padre, lo heredé. Pesa mucho en mi cuello. Ahora es tuyo.

Y se marchó.

Lauren la vio alejarse sin poder hacer ni decir nada. Miró el colgante, una cadena de plata que se engarzaba en una gran pieza de forma extraña. Era una forma retorcida y brillante, un gran diente blanco.

© Magín Méndez Sanguos, (2.876 palabras) Créditos