UNA CONCLUSIÓN EVIDENTE
Jacinto Muñoz Vivas
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Mientras me preparo para la batalla recuerdo los cadáveres, la sangre, el pánico, la desesperación, los rostros vacíos mirando al cielo, el fuego y las ruinas humeantes. Recuerdo el cuerpo roto de mi madre y gesto serio de mi padre tras la escafandra, tirando de mi mano enguantada.

Aquel fue el día en que destruyeron nuestra colonia. Hoy es el día de la venganza.

* * *

Conozco la historia. Desde siempre. Cada niño, cada hombre, cada mujer de nuestro pueblo la conoce. La han visto con sus ojos y la han sentido en sus entrañas. Los crímenes, las atrocidades, la guerra interminable, la infinita maldad.

Ellos comenzaron esto, nosotros lo terminaremos. Ha llegado la hora de saldar todas las cuentas.

* * *

El proceso es lento y metódico. Me sumerjo en el fluido sináptico y mi cerebro bulle sin control. Las imágenes se suceden bajo mis ojos una tras otra, imágenes de caos y destrucción. Dicen que la limpieza nunca es completa, que el líquido retiene una parte de los pilotos, que en la sustancia amarillenta y espesa, que en cada buque de la flota pervive la memoria común de nuestros caídos en combate. Tal vez sea cierto. Tal vez no, da lo mismo, yo los siento, siento su valor, sus ansias de lucha. Siento que me alzan y me empujan con fuerza arrolladora hacia la victoria.

* * *

La conexión tardará en llegar, lo sé, sé que debo abandonarme a sus impulsos dejar que la nave entre en mí y yo en ella. Despacio, muy despacio, como dos amantes jugando y recociéndose antes de alcanzar el clímax. Un clímax que se expandirá por el vacío como una ola imparable uniéndonos a todos en un mismo e irrenunciable propósito.

* * *

Mi mente de carne se funde con su mente de máquina. Somos uno, un único ser, poderoso, e inmortal. Invencible.

Poco a poco, todos mis camaradas establecen la conexión, puedo sentirlos flotando en el espacio a mí alrededor, compartiendo mi mismo afán, mi misma fe.

Activo las comunicaciones y espero órdenes.

* * *

La armada está reunida. Es la mayor, la más grande que hayamos construido jamás. Recuperándonos de todas las derrotas, resurgiendo de todas las cenizas. Nada en el universo conocido podrá oponerse a nosotros.

Es el momento.

Saltamos.

* * *

Sé que mi invulnerabilidad es falsa, sé que la sensación es fruto de la euforia, de la conexión, de las endorfinas que anegan mi cerebro. Sé que el enemigo es fuerte, sé que puede destruirme. No importa, nuestra causa es justa ¿Acaso tiene sentido vivir con miedo? ¿No es preferible mil veces la muerte? Una muerte con honor.

* * *

Surgen frente a nosotros con brillantes estallidos de luz ocupando todo el espacio que mis ojos de máquina son capaces de abarcar. Son muchos. Los números están equilibrados. No me importa, no imagino un final distinto a la victoria, ninguna de nuestras naves lo hace. No habrá marcha atrás, retirarse no es una opción. Somos nosotros o ellos, la raza que pierda no sobrevivirá.

* * *

Las explosiones de energía compiten con las estrellas girando como una galaxia en miniatura, una espiral de muerte en medio de la nada. Hace horas que las formaciones se disolvieron en un caos de combates individuales. Escudo contra escudo, misil contra misil, rayo contra rayo.

* * *

El enemigo se bate con fiereza. Nadie da cuartel, nadie lo espera. El índice bajas es aterrador. Yo sigo vivo, mis reacciones son rápidas, precisas, eficaces. Recibo una breve comunicación, aumento la potencia de los motores y programo un salto corto hasta las nuevas coordenadas. El oficial al mando ha decidido reagrupar lo que queda de la flota para el asalto final.

* * *

Será una tregua breve. Los minutos justos para formar una línea, revisar la integridad estructural, el estado de las armas, las reservas de energía y avanzar.

Ciento treinta naves de una escuadra de cientos de miles.

* * *

Ya vienen, ha llegado el momento de la verdad. La respuesta de nuestro almirante a su ataque no tarda en llegar. Cargamos con los motores al plena potencia, cómo un viejo escuadrón de caballería, y lanzamos todo lo que tenemos al alcanzar la distancia de tiro.

* * *

Ha sido mucho peor de lo que pensaba, de lo que nadie pensaba. Sólo quedamos dos. El último enemigo está frente a mí, trescientos kilómetros nos separan. Mis ojos analizan y evalúan su estado, sus motores está al mínimo, apenas puede mantener el escudo levantado y su reserva de energía no alcanzará para más de tres o cuatro descargas. La mía tampoco.

* * *

Él me está mirando, noto como sensores palpan entre mis defensas, buscando, analizando. Sus datos confirmaran lo mismo que los míos. Nuestras fuerzas están demasiado igualadas. Sé lo que hará a continuación y no me voy a quedar a esperarle. Retroceder no es una opción.

* * *

—Lo que acaban de oír fue extraído de la espuma cuántica por una misión arqueológica en la otra punta de la Federación. El final de la historia es fácil de adivinar: los protagonistas se aniquilaron mutuamente.

La IA paseó su avatar de un lado a otro de la tarima, lo devolvió al centro, miró al grupo de cadetes sentados en el aula y sonrió.

—Sobra decir que el material original es muy distinto. La dramatización, el contenido de las reflexiones de ambos pilotos y su traducción a parámetros humanos han sido cosa mía. Pueden ahorrarse las críticas literarias, creo que el relato es lo bastante claro como para que saquen una conclusión evidente.

El avatar volvió a dar unos cuantos pasos en cada sentido antes de continuar.

—Ustedes son la élite, los elegidos, por eso están aquí, por eso y porque, contrariando toda lógica, la realidad se ha empeñado en demostrar una y otra vez que los equipos formados por una IA y un cerebro humano no sometido a técnicas invasivas de aprendizaje, obtienen los mejores resultados en situaciones donde se exige un liderazgo fuerte y una toma de decisiones complejas.

El avatar sacudió la cabeza como si no acabase de asumir aquel hecho. Abrió los brazos mostrando las palmas de las manos y terminó con una palmada.

—Y bien élite ¿alguna idea inteligente?

Los hombres y mujeres de la sala se revolvieron inquietos, desviando las miradas, hasta que uno de ellos, sentado en la tercera fila, alzó la cabeza.

—¿Sí?

—La conclusión es que hay que luchar hasta el final por aquello en lo que se cree sin que importen las consecuencias —dijo el cadete con voz seria, adelantando la barbilla.

El avatar torció la boca.

—Luchar por lo que se cree es fundamental, claro —dijo—. Pero lo de que no importen las consecuencias... —Negó con la cabeza— ¿alguna otra sugerencia?

La clase volvió a agitarse excepto una chica de la primera fila que alzó el brazo.

—Que las emociones no deben ser el motor de las decisiones.

—Mmmm... —respondió la IA— Las emociones no suele ser buenas consejeras, no, pero no las desprecien, en algunos casos ayudan y mucho. Les daré una pista, las investigaciones realizadas concluyeron que al igual que sus pilotos, las dos civilizaciones implicadas en el conflicto también terminaron aniquilándose mutuamente. ¿Este dato no les dice nada?

—Me dice que las guerras son malas —respondió alguien aprovechando que el avatar miraba para otro lado.

—¡Qué! —exclamo la IA. Nadie reconoció la autoría de la frase y la IA lo dejó pasar con un suspiro— Podría sugerir cientos de argumento para refutar esa afirmación y otros tantos para apoyarla. Sería una pérdida de tiempo. El hecho es que las guerras han ocurrido están ocurriendo en este momento y, según todos los análisis, estudios cálculos y previsiones realizados hasta ahora, ocurrirán. ¿Por qué creen que están ustedes a aquí? ¿Para aprender a desfilar y lucir bonitos uniformes?

La clase tardó casi un minuto en atreverse a sugerir otro puñado de respuestas que insistieron en la exaltación del sacrificio y las grandes causas, pasaron por plantear nuevas y absurdas tácticas de combate y terminaron con ingenuas propuestas para alcanzar la paz universal. La IA terminó por dejar de rebatirlas y el avatar retomó, cabizbajo, su silencioso paseo sobre la tarima. Entonces una vocecilla tímida se alzó desde el fondo del aula.

—No hay que empezar guerras que no se puedan a ganar.

El avatar alzó la cabeza y asintió señalando repetidamente con un dedo el rincón del que había partido la voz.

—Bien, bien, bien... parece que al menos unas pocas gotas de talento se ha filtrado por el tamiz de los exámenes de ingreso. En cuanto al resto, me consolaré pensando que esta es su primera clase. Por suerte aun les quedan otras muchas antes de que se ganen el derecho a formar equipo con alguna de mis compañeras. Por favor, señoras y señores. Tomen nota y procuren no olvidar nunca esta pequeña lección.

La IA se detuvo dando tiempo a que los alumnos activasen sus pantallas y le mirasen, antes de concluir con voz pausada.

—Por muy justa que sea una causa, por mucho ardor guerrero, por mucha rabia que lleguen a sentir, nunca emprendan una guerra si no están muy seguros de poder ganar... y, sobre todo, de poder sobrevivir.

Aunque visto el resultado de las últimas, pensó para sí la inteligencia artificial, dudaba mucho que los humanos fueran capaces de aplicar aquel sencillo adagio.

© Jacinto Muñoz Vivas, (1.729 palabras) Créditos