HORIZONTE FRACTAL
José Carlos Cuevas Albadalejo
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El proceso se ejecutaba a una velocidad inimaginable, guiado por la mente de Zezska, resolviendo los últimos puntos que quedaban para completar el programa junto con sus inteligencias artificiales, Zrok, Kint y Oba. La complejidad se entretejía formando patrones más complejos que se volvían a combinar, resolviendo unas matemáticas improbables sobre una curva imposible en un espacio físico que no debería de existir.

Decidió tomarse un descanso; ya casi estaba concluido lo que era el trabajo de su vida y quizás el mayor y más complejo que la Humanidad hubiera abordado jamás. Pero no quedaba otra, había que conseguirlo como fuera posible. Las IAs se ofrecieron a continuar, mientras ella daba un descanso a su ya algo aturullada mente. Ella asintió a través del espacio virtual a sus compañeras y se retiró. Llevaba tanto tiempo sin tener contacto con ningún otro ser, humano o alienígena, que encontrarse allí a un tariano y otro humano la sobresaltó. Los miró sorprendida un intenso segundo hasta que recordó que una de las piezas clave del proyecto tenía que haber llegado ya de la mano de algún tipo de mensajería. Agradeció que fueran seres de carne y hueso, que se hubieran tomado la molestia de usar la poca energía que quedaba en el Universo, para proporcionar algo de compañía.

El tariano agitó las antenas de su cabeza, con efusividad inusitada para alguien de su especie, mientras que el hombre ofreció una sonrisa y un asentimiento.

—Doctora Zezska Ramian, supongo —comenzó a hablar el humano—. Somos Roman Kenberg y AZI-CEL-22 —señaló con un gesto al tariano.

—Encantada de ver que han podido realizar el viaje de forma segura —respondió Zezska. No cambiaría a sus IAs por nada del mundo, habían sido sus compañeras incansables, comprensivas y lo más parecido a una familia que tenía en este remoto planeta desértico; sin embargo, tener en estos momentos nuevas caras le resultaba reconfortante y daba algo de alimento a su mente fuera de la burbuja que era aquel laboratorio—. Han traído, me imagino, el condensado de Clove —quiso confirmar, con un pequeño deje de preocupación.

—Si, lo hemos traído, hubo que consumir un super gigante gaseoso para conseguir la cantidad y densidad que se estipulaba —contestó entre chasquidos mandibulares AZI-CEL-22, tratando de parlotear con alienígena acento, el lenguaje común intergaláctico. En ese momento, descargó de su abdómen trasero una mochila enorme con extremo cuidado y cuando la carga se posó en el suelo, el golpe metálico fue extraordinariamente pesado, como sihubiera soltado el núcleo de una estrella. El tariano empezó a apartar la bolsa que envolvía un contenedor metálico, con luces, pantallas y un zumbido que anunciaba que el dispositivo estaba funcionando.

—Perfecto —un ligero alivio se deslizó entre las palabras de la doctora.

—Cuando desee, podemos empezar —ofreció Roman—. Sólo indíquenos el puerto de carga y nosotros haremos el resto.

Zezska de muy buen grado hubiera ofrecido a Roman y a AZI-CEL-22 sentarse, tomar una bebida refrescante. Hablar de lo divino, de lo humano y de lo alienígena, pero el reloj que brillaba en su campo de visión avisaba que quedaba poco tiempo para poder ejecutar las tareas necesarias para iniciar el proyecto que tenía entre manos. Por si no fuera suficiente aviso, las IAs habían terminado los últimos flecos del proceso y hasta varias simulaciones que daban por buena su teoría. Era hora de ponerlo en marcha. Un escalofrío recorrió su espalda mientras indicaba con la mano la parte de la sala donde estaba el solicitado puerto de carga.

—Estamos listos para poner el proyecto en marcha. Van a tener ustedes un puesto privilegiado para verlo comenzar —añadió. Realmente hubiera deseado darse un descanso y charlar con esos dos seres vivos.

El tariano, con su increíble fuerza física, cargó con el contenedor hacia el puerto de carga mientras que el humano operaba el puerto para recibir, sin problemas, el material que contenía aquel objeto que zumbaba continuamente. Mientras, Zezska volvió a su puesto y rápidamente revisó las pruebas que tan diligentemente habían realizado sus compañeras de trabajo. Mientras el condensado era cargado en el reactor por los dos mensajeros hizo un par de ajustes, guiada, sobre todo, por la intuición que faltaba a las IAs y repitió un par de simulaciones más para asegurarse; no debía haber error, sólo tenían una oportunidad.

—Doctora, la carga se ha completado —chasqueó AZI-CEL-22 acercándose a mirar por el gran ventanal que presidía la mesa de trabajo de Zezska. Brillando con fiereza, al fondo, un agujero negro giraba, con la distorsión gravitatoria permitiendo ver el disco de acreción de lado y desde arriba a la vez y en medio, una enorme bola de nada, no era ni negra, era nada, el misterio que había más allá del horizonte de sucesos.

—Ese debe de ser Cygnus-X —comentó el alienígena, mientras se concentraba curioso en el objeto en cuestión, frotando sus antenas entre si.

—Así es —respondió Zezska, mientras las comprobaciones del sistema se ejecutaban por segunda vez ya. Realmente no podía fallar nada—. Es bonito y horripilante a la vez. Puede hacer zoom si lo desea para verlo más de cerca —señaló a unos mandos en la pared—. Poder de destrucción y creación infinita —terminó musitando casi para si misma cuando el tercer chequeo insistió en que todos los sistemas estaban a punto para la acción.

Roman se acercó a los mandos que había señalado la doctora y decidió unilateralmente ver más de cerca al monstruo gravitatorio. La curiosidad le pudo, tras escuchar a la doctora. Se le puso el vello de punta, al ver aquello como lo que realmente le parecía, como si la realidad hubiera sido agujereada con un punzón de tamaño ciclópeo y se deslizara a su interior como un sumidero.

—Impresionante... —alcanzó a decir, mientras que un asentimiento del tariano acompañó la afirmación.

—Bueno, iniciemos la cuenta atrás, no podemos esperar más —anunció la doctora tanto para las IAs, el ordenador y los mensajeros que estaban aún observando aquel fenómeno a través de la ventana. Una cuenta atrás se inició, a t menos 10 segundos, 9,8,7... y al concluir, un temblor recorrió el suelo, al despegar el proyecto de la doctora, directo hacia la boca del monstruo. A través de la ventana y un monitor, el viaje de la sonda era seguido al nanómetro y al femtosegundo, mientras que información de una miríada de sensores pasaba a la velocidad del rayo por la pantalla y era recogida, analizada y documentada.

La doctora se reclinó en la silla y dejó escapar un suspiro.

—¿Y entonces... qué es lo que va a suceder ahora? ¿Cómo va a evitar esto la muerte del Universo, doctora? —el tariano preguntó, entre chasquidos que denotaban cierta incertidumbre.

—Si, cuéntenos —dijo Roman, habiendo su curiosidad cambiado de tema cuando AZI-CEL-22 lanzó la pregunta del millón en ese momento.

La doctora no apartó su mirada de las pantallas, pero asintió a la cuestión que le era presentada. Ya que iban a ser los últimos seres vivos con los que iba a compartir lo poco que quedaba ya del Universo, le pareció que la cortesía de explicar el plan estaba más que justificada.

—Es... una especie de truco de magia, si me lo permiten exponer así —comenzó, mientras cruzaba los brazos y dejaba que las IAs vigilasen por ella los parámetros de la sonda que en estos momentos había abandonado el pozo gravitatorio del planeta y se aceleraba plegando el espacio en dirección a Cygnus-X—. El Universo se muere, es un hecho, y no podemos hacer realmente nada por evitar la degeneración cuántica —ambos, el tariano y el humano sintieron un escalofrío al oír esas dos palabras, todo el mundo sabía lo que era y lo que suponía—. Pero, existe la posibilidad de extraer del vacío cuántico un espacio tridimensional a partir de las fluctuaciones de éste, e inyectando la suficiente energía, crear en ese espacio expansivo, un nuevo Universo, de condiciones parecidas a este. La semilla es algo distinta, pero creo que dado lo que sabemos de lo que nos espera en este Universo, un pequeño cambio puede ser hasta positivo.

Ambos miraron a la doctora, tratando de descifrar lo que ella les comunicaba.

—¿Está usted diciendo que va a crear un nuevo Big Bang? —inquirió el tariano.

—Si, un inflatón, un campo de expansión cuántica acelerado, justo sobre el horizonte de eventos de Cygnus-X. El condensado se liberará por un lado, emitiendo la carga de antimateria creada en el proceso justo en dirección del agujero negro, mientras al otro lado, la Creación, irá sucediendo, alimentada por la liberación de energía en un único punto singular.

—¿Y qué pasará con todos nosotros? No quedará nada de ninguno de los seres que existimos en este momento... nos... nos está abocando a una muerte sólo un poco más rápida —espetó Roman, con los ojos abiertos de par en par—. Creía que íbamos a salvar al Universo, doctora... no a rendirnos de esta manera.

Zezska sonrió de medio lado

—¿Están familiarizados con el campo neutrínico episódico de Kkt.z? —la doctora se trabó un poco con el complejo nombre alienígena pero consiguió hacerlo decentemente. Ambos interpelados asintieron—. Toda la información de lo que somos y de lo que hemos sido, de quienes han vivido y viven queda registrado en el flujo del campo neutrínico. Es donde se ha demostrado que queda la conciencia, inactiva, cuando el cuerpo deja de funcionar. No sé ustedes, pero yo ya llevo mi decimotercera encarnación... —dijo, con cierta suficiencia.

—Vale, muy bien, ¿pero no quedará también destruido? —el humano se cruzó de brazos, la idea de desaparecer para siempre no le acababa de hacer gracia, de hecho, le provocaba un vértigo y un miedo muy básico y primitivo que hacía mucho que la ciencia había vencido.

—La máquina encauzará el torrente episódico de neutrinos dentro del inflatón... —explicó la doctora, pacientemente. Espero a ver la reacción de ambos, que al segundo asintieron tras el gesto de comprensión, casi al mismo tiempo. Una de las IAs indicó a la doctora que la sonda estaba ya en posición y todos los sistemas respondían adecuadamente, aunque hubo que hacer unos ajustes a la llegada, cosa de la cual ya se habían encargado las tres compañeras de la doctora. Se levantó de la silla y se acercó a los dos últimos seres con los que iba a compartir el final del Universo. Abrazó a ambos y ambos correspondieron, entendiendo que era una despedida y un agradecimiento—. Comencemos —ordenó a las IAs, que ufanas, lanzaron largas cadenas de comandos hacia la sonda. La doctora se acercó a los mandos e hizo de nuevo un zoom sobre Cygnus-X.

Un destello apareció sobre la superficie del agujero negro, justo en algún punto de ese agujero por el que la realidad parecía estar escapándose y que resultaba hasta incómoda de ver. Allí, a miles de millones de kilómetros, la reacción empezó a liberar una cantidad de energía incapaz de ser imaginada, mientras un chorro de antimateria se vertía sobre el agujero negro, emitiendo luz en bandas de rayos gamma invisibles para el ojo humano. El disco de negrura, se fue cubriendo de una luz blanca, haciendo que Cygnus-X pareciera un extraño híbrido de agujero negro y estrella. El suelo del laboratorio empezó a temblar.

—Ha sido un placer, señores —dijo con mucha tranquilidad la doctora, esperando que sus cálculos fueran correctos. Entonces fue como si la realidad se alargara y se comprimiera, luz, nada, todo. Y así la realidad se volvió un fractal.

* * *

Los restos de una supernova acababan de formar de los restos nebulosos una estrella roja y varios planetas, tras choques violentos, se habían formado. Con el tiempo, la vida fue colonizando la tercera roca que orbitaba la estrella, una más de entre tantas. Evolucionó, llegó a desarrollar varios tipos de inteligencia, entre ellas, las de un singular grupo de primates que decidieron para si mismos la clasificación de Homo Sapiens y denominarse humanos.

Las centurias pasaron, colonizaron, guerrearon e hicieron pactos con otras civilizaciones. Todos ellos, sin saber que realmente habían tenido una existencia previa, de la que fueron trasvasados en un alarde de ingeniería a escala universal. Todos, excepto una mujer, al borde del fin de los tiempos.

Y eventualmente, la muerte del Universo llegó.

El proceso se ejecutaba a una velocidad inimaginable, guiado por la mente de Zezska, resolviendo los últimos puntos que quedaban para completar el programa junto con sus inteligencias artificiales, Zrok, Kint y Oba. La complejidad se entretejía formando patrones más complejos que se volvían a combinar, resolviendo unas matemáticas improbables sobre una curva imposible en un espacio físico que no debería de existir...

© José Carlos Cuevas Albadalejo, (2.376 palabras) Créditos