EL MENSAJE
Anselmo Vega Junquera
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El jefe técnico radioeléctrico del observatorio astronómico giró su asiento y sus ojos se dirigieron a la pantalla de su subordinado, en la que se veían unas ondas sinusoidales. Aparentemente parecían naturales, pero en la descodificación se transformaban en los números 1, 2, 3, 4 y luego un espacio vacío. Y vuelta a empezar.

—Y lleva así ya 15 minutos.

—No es mucho tiempo... Puede ser natural. Determina la dirección de su fuente.

Barry buscó los datos de otro radiotelescopio similar, instalado en las antípodas, para colocar su antena receptora en la misma dirección. Buscó una ventana en los barridos programados para sincronizar ambos sistemas. Hubo suerte, sorprendentemente había un hueco de cinco minutos solo doce horas más tarde. La distancia entre ellas, de 12.000 kilómetros, era suficiente para utilizarlo como un paralaje astronómico.

—Mañana tendremos los resultados. Va a ser poco tiempo, pero creo que capturaremos los datos suficientes.

Andrew asintió y, por el momento, se olvidó del la incidencia continuando con su propio trabajo.

* * *

El ordenador tomo las grabaciones de ambos radiotelescopios y los combinó en el trazador automático sincronizado, situando en un mapa celeste la posición probable de la fuente. Barry se acercó para leer las coordenadas.

—Parece que el origen está a unos mil años luz —le dijo a su jefe.

—Bien. Programa más ventanas de sincronización. Veremos cuánto tiempo más continúa emitiendo y si es siempre igual.

Barry empezó a preparar el papeleo para que los sistemas registraran aquel curioso fenómeno. De momento, todo era rutina y se dedicó a esperar. Harían falta semanas para obtener y procesar una cantidad de datos realmente relevante.

* * *

Había pasado un mes y a Barry casi se le había olvidado el incidente. Solo el aviso de la agenda electrónica le refrescó la memoria. Copió los datos en el trazador automático sincronizado e inició el procesado. Vuelta a esperar. Activó el avisador y, comunicándoselo previamente a su jefe, se dirigió a la cafetería del complejo, situada en el piso superior.

—¡Hola, Barry! —le saludó unos de los asistentes que trabajaban en aquel observatorio.

—¡Hola, Carter! —contestó Barrí, mecánicamente.

—¿No te aburres en tu cuchitril? —añadió su amigo, mientras removía su taza de café con leche.

—Pues mira, ahora que lo preguntas, te diré que después de meses de estar escudriñando el cielo, hemos detectado algo no habitual.

—¡No me digas! Y... ¿Qué es ello?

—De momento, un pulso que se repite... Lo estamos procesando para comprobar su persistencia —contestó Barry, sin aclararle nada más.

Realmente, Barry no creía en ese momento que su pequeño descubrimiento tuviera mayor importancia ni que llegara a ser materia reservada.

—Bien, pues que te sea leve —contesto Carter, mientras apuraba la taza y regresaba a su lugar de trabajo.

Barry iba a tomar su segundo sorbo cuando el avisador emitió un continuado sonido, señal de que el trazador automático sincronizado había detectado algo inusual. Inmediatamente pagó su café y dejándolo sin terminar, bajó rápidamente a su laboratorio.

Andrew ya estaba mirando la pantalla, en la que la secuencia había cambiado. Ahora los pulsos mostraban la combinación 2,4,8,16 y luego un breve silencio, para volver a repetirla.

—¿Te fijas? Ha variado —le comentó su jefe, al verle entrar.

—Por eso vine enseguida —contestó Barry enarbolando el avisador.

Ambos se quedaron unos instantes escuchando la nueva señal, hasta que la luz iluminó su mente.

—¡Son las combinaciones de los anteriores, en base dos! —exclamaron casi al unísono.

—Esto no es natural —sentenció Andrew—. Debo dar parte de ello inmediatamente —añadió, con un cierto nerviosismo.

Efectivamente, la nueva secuencia correspondía al número de combinaciones que se podían hacer, en base dos, con los elementos detectados anteriormente. Y eso no podía obedecer a una causa natural. ¡Por fin habían recibido algo que se debía, sin duda, a una inteligencia superior!

Al poco llegó Andrew, esta vez acompañado del coronel del ejército que era el jefe superior de ambos.

—¿Estáis seguros? —preguntó rutinariamente, después de oír él mismo la nueva señal.

—Totalmente, mi coronel. Viene de unos mil años luz, aproximadamente, en nuestra galaxia, la Vía Láctea.

—¿Y de qué dirección? —quiso saber el militar.

—De la constelación de Hydra, mi coronel. Es la misma que la del planeta Wang, descubierto en el año 2015.

—¿Puede ser del mismo? —quiso saber el Jefe.

—No creo, mi coronel. Ese planeta no parecía apto para la vida, según la NASA, pues su temperatura exterior rondaría los 1.000 grados centígrados.

—¿Entonces?

—Debe ser de otro planeta que orbite el mismo sol y que aún no se haya detectado por ser mucho más pequeño y quizá más alejado de su sol.

El coronel se quedó meditando unos instantes. Aquello era muy importante, pensó, mientras continuaba escuchando la nueva secuencia de números que traducía automáticamente el conversor informático.

—De esto ni una palabra a nadie, de momento, queda clasificado como materia reservada hasta que informe a mis superiores —sentenció el militar, saliendo a continuación del departamento de control del radiotelescopio y dirigiéndose hacia los despachos de Dirección del complejo astronómico.

—¿Tú crees qué...? —comenzó a preguntar Barry a su jefe inmediato, después de marcharse el coronel y ya a puerta cerrada.

—No sé... Habrá que esperar. Aunque lo recibido es muy sospechoso, habrá que tener más información... Seguiremos procesando todo lo que recibamos y luego se decidirá. Por lo pronto, busca más ventanas en otros radiotelescopios, debemos afinar todo lo que podamos el punto de origen de la señal.

A los tres días ya habían recogido datos suficientes para estar seguros de que su origen era una inteligencia alienígena. Habían recibido impulsos que, traducidos, eran similares al teorema de Pitágoras y a la ecuación de Einstein sobre la relación entre la masa y la energía. Ya no había dudas.

—¿Y ahora? —preguntó Barry a Andrew.

—No podemos hacer nada. Está a 1.000 años luz y no es viable contestarles, nuestro mensaje les llegaría dentro de otros 1.000 años. Solo esperar y seguir a la escucha —contestó Andrew, un poco entristecido por no poder entablar contacto en lo que era la primera detección de una señal de otros seres inteligentes.

Durante años se fue recibiendo nueva información de los desconocidos alienígenas. Cada cierto tiempo cambiaban la secuencia y una nueva revelación era analizada por los técnicos que se habían sumado al Proyecto Otros, como se le había llamado. Aunque ya para entonces la señal se estudiaba en una nueva ampliación, aislada y blindada, del observatorio, donde los técnicos vivían en un régimen casi monacal.

Nuestra base es el hierro habían dicho los alienígenas, y de momento, los nuevos técnicos entendieron que aquellos estaban en una era industrial.

Nos colocamos repuestos cuando nuestros órganos empiezan a fallar, y los técnicos volvieron a entender que estaban muy avanzados en la utilización de trasplantes o biomecanismos.

Podemos vivir eternamente. Aquí los técnicos se miraron unos a los otros, con gestos de sorpresa. Lamentaron no poder pedir a los alienígenas alguna aclaración.

Pero la respuesta vino en la siguiente información.

Nos fabricaron. Ellos se extinguieron, nosotros permanecemos.

Entonces, los técnicos humanos comprendieron, sin lugar a dudas, quienes eran los que estaban enviando los mensajes sin mostrar signos de cansancio.

© Anselmo Vega Junquera, (1.361 palabras) Créditos