ESQUELAS
Roberto Rosaleny Aguado
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William Higgs ojeaba distraído el periódico matutino, sin prestarle demasiada atención, mientras engullía los últimos bocados de su desayuno. Como cada día antes de acudir al trabajo, en una oficina de seguros, se había detenido en el bar de su amigo Daniel. Al disponer de poco tiempo nunca optaba por sentarse en una mesa. Prefería la barra donde Daniel le guardaba, junto con la consumición, un ejemplar de su diario favorito. De pronto en la página 32 encontró una figura que retuvo su mirada. Un rectángulo negro, que ocupaba la mitad de la hoja, delimitado por bordes de tinta negra y gruesa, albergaba una cruz, igual de negra y gruesa, y la siguiente leyenda: William Higgs, nacido el veintitrés de marzo de mil novecientos sesenta y fallecido el pasado martes quince de febrero de dos mil diez. Su familia y amigos agradecen las sinceras muestras de condolencia por tan inestimable pérdida. DEP. Sorbió el resto de su zumo de naranja. Volvió a leer la esquela. Repitió la operación. Su rostro adquirió un aire de duda. Buscaba un detalle que le sacara de su perplejidad. Un signo que evidenciara la simple coincidencia. No lo encontró. Confirmó la fecha en la primera página. Era de ese mismo día. Comparó los caracteres de las letras con otras de hojas que eligió al azar y se convenció de que la que contenía la esquela pertenecía a ese mismo diario. No parecía estar insertada de forma manual. Transcurrieron algunos minutos mientras realizó otras comprobaciones. Con disimulo intentó averiguar si alguien le observaba. No encontró ningún sospechoso. Ninguna réplica a sus miradas inquisidoras. Todo el mundo parecía muy lejano. Con la mente absorta, dejó unas monedas como pago de la cuenta e hizo ademán de marcharse. El orondo camarero y propietario del local le devolvió el cambio. Este le trataba con la familiaridad que le prestaban tres de años de puntuales desayunos.

—¿Qué te ocurre hoy Willy parece que hayas visto un fantasma?

El agente de seguros, se detuvo un momento. Aquellas palabras parecían demasiado adecuadas. Excesivamente idóneas podría decirse.

—Nada, nada Daniel, se presenta un día complicado —contestó enigmático.

Por unos segundos dudó si debía interrogar a su amigo. Su pregunta parecía contener una doble intención, aunque parecía formulada de la manera más inocente.

Daniel entre sus múltiples defectos no tiene el de conspirador. Es un tipo demasiado sencillo. Y una broma suya no pasaría de echar sal en un café. Ni siquiera lo veo como cooperador conjeturó.

Finalmente y con la seguridad que allí no encontraría ningún indicio que le pudiera dar alguna luz, decidió continuar su marcha y salió del establecimiento. Ya en la calle, no cesaba de pensar en el incidente. Camino de su trabajo iba eliminando posibles perpetradores de aquella broma macabra. Le asaltó una idea que le pareció genial. Digna de su inteligencia infravalorada por todos. La puso en práctica de inmediato. Entró en la primera tienda donde vendían periódicos. Escogió un ejemplar de entre medias del montón que se apilaba junto a otros diarios y revistas. Con las manos nerviosas buscó el número de la página. Allí se mostraba la misma necrológica.

El idiota que ha urdido esta farsa no ha reparado en medios. Pensó. Le habrá costado un buen pico ocupar tanto espacio en el periódico de mayor tirada de la ciudad.

Continuó su trayecto, a paso lento, hasta la oficina donde se ocupaba de gestionar siniestros. En su interior sentía una mezcla de inquietud y curiosidad. Algo le estaba diciendo que su vida anodina y rutinaria llegaba a su fin.

Convencido de que el tétrico anuncio respondía a una especie de juego, trató de construir un sistema lógico para llegar al fondo del mismo. Aplicando criterios coherentes y razonables llegaría pronto hasta el autor o autores sin necesidad siquiera de interrogar a nadie. Por primera vez en mucho tiempo acudía a la oficina rebosante de ánimo.

En su ordenador confeccionó una lista exhaustiva de amigos, conocidos, clientes y familiares. Incluyó cuantas personas le vinieron a la memoria con los cuales recordaba haber tenido alguna relación por tenue que fuera. Buscaba la forma de ser metódico en extremo. Junto a cada nombre fue abriendo campos con comentarios. Posible motivo, carácter del personaje y hasta el lapso temporal transcurrido desde el último contacto mantenido. Durante varias jornadas, y dado que por ninguna otra vía afloraba información relevante del tema que le ocupaba, fue desarrollando un monstruoso e intrincado puzzle. Su particular rompecabezas adquirió un tamaño enorme hasta el punto que le fue imposible dominarlo. A cada momento se le ocurría un nuevo concepto para clasificar o una nueva persona en quien no había reparado. Ya no se trataba que una pieza no encajara, más bien no pertenecía ninguna al mismo juego que su contigua. Ni las conexiones entre las personas guardaban relación con los motivos, ni éstos tenían sentido con el resto de factores empleados. Descorazonado, guardaba cada tarde el archivo con un nombre ficticio. Aquellos días su rendimiento laboral fue una oda al absentismo.

* * *

Los insidiosos tonos que Sally McDermott había grabado en su móvil resonaron una y otra vez hasta que la obligaron a salir apresuradamente de la ducha. Trató de mantener el equilibrio mientras secaba, nerviosa, con una toalla algunas partes de su cuerpo, logrando alcanzar el teléfono que por la noche había dejado en la habitación de al lado. Aunque para sus adentros maldecía aquella llamada que parecía anunciar un día aciago, intentó aparentar amabilidad al descolgar. Al otro lado la inconfundible voz de su amiga Rebeca. Parecía divertida.

—Por favor, ¿hablo con Sally la muerta? —fueron sus primeras palabras un tanto ahogadas por un hilillo risa nerviosa.

Las condiciones en las que Sally se veía reflejada en el espejo de su dormitorio, aguantando el teléfono entre su mandíbula y el hombro derecho y frotando la toalla contra su piel para no dejar un charco de agua y jabón en el parqué, no la ayudaban a estar de su mejor humor. Rebeca era desde mucho tiempo atrás su gran amiga, pese a su carácter disparatado y su espíritu caprichoso.

—Espero que tu llamada inoportuna tenga una buena razón. Tu nueva payasada matutina tiene poca gracia la verdad —sentenció con enojo mal disimulado.

—¡Qué no, qué no! Es verdad, jajá jajá. Si madrugaras un poco estarías mejor informada, sobre todo de algo que tanto te concierne. —Aunque intentaba apaciguarla, Rebeca no cesaba en su risita idiota.

—Bueno, te doy diez segundos para que salgan tres palabras coherentes de tu bocaza. Luego colgaré —Intentó amenazarla—. Uno, dos...

—Escúchame, es muy curioso. No me interrumpas durante un minuto, te lo ruego.

Sally soltó un largo suspiro de aprobación. Rebeca continuó su atropellada historia.

—Ya sabes que si no leo los periódicos pronto cada día no me siento realizada.

—Si, no hay cotilleo que se te escape.

—Déjame continuar —su tono de voz ya era normal—. Pues nada, que esta misma mañana he visto tu esquela. Al principio pensé que debía de ser alguien que se llama igual, pero no, eres tú, no hay duda. Y si no llega a ser porque anoche estuvimos juntas me hubiera llevado un susto de muerte.

La impaciencia de Sally dejó paso a un creciente interés.

—Esa es buena, ¿y cómo estás tan segura que se refiere a mí?

—Porque indica tu nombre completo, fecha de nacimiento, profesión, y un montón de datos más. Pero espera a lo mejor, la han insertado tu ex y tus hermanos, según anuncia la propia esquela a su pié. Pensaba que Jim detestaba a tu familia. ¿Por qué se habrán unido para gastarte semejante broma?

Sally que a su pesar había dejado a su amiga terminar la charla, consideró mejor continuarla en otro lugar.

—¿Tendrás media hora para tomar café y ver juntas ese periódico?

—Claro, ya sabes, el lugar de siempre a las once. Allí nos vemos.

—Ah, por cierto, has muerto de accidente de tráfico —volvió la risita y colgaron.

* * *

Sally se alegró de que su amiga ya estuviera en la cafetería donde habían concertado la cita. No le apetecía esperar. Era un lugar muy animado, bullicioso, ideal para cualquiera que quisiera pasar desapercibido. Diseñado con cierto gusto, todo el recinto recreaba ambientes de los años 50 y 60, basados en películas famosas. En las paredes lucían fotogramas de antiguas estrellas del cine. Por allí transitaban a lo largo del día, abogados, ejecutivos y propietarios de los negocios de la zona, más los viandantes que se recreaban con los llamativos rótulos, y especialmente, el atuendo que vestían las camareras. Estaba situado casi equidistante entre la peluquería que había heredado Rebeca y la biblioteca en la que Sally clasificaba y ordenaba montañas de libros.

—No dispongo de mucho tiempo —dijo a modo de saludo mientras se sentaba—. ¿Podremos hablar aquí sin que nos molesten? Lo digo porque con ese escote no tardará mucho en acercarse algún moscón.

Rebeca fingió no escuchar las últimas palabras. Llevaba un vestido azul ajustado, escondía sus ojos tras unas gafas de sol de marca, y dejaba la huella de sus labios en el cigarrillo y en la taza del té que tomaba. Con su melena rubia, un bronceado perfecto y un ligero maquillaje, resultaba de un atractivo ostentoso. Sally pensó que tanto tiempo dedicada a su aspecto físico hacía dudar en que parte del salón de belleza ocupaba la jornada, si como cliente o dueña.

—Aquí lo tienes. —Con un gesto casi violento acercó el periódico doblado a los ojos de Sally. Ésta con bastante más delicadeza, lo tomó con su mano izquierda, empujando hacia atrás con suavidad la mano de su amiga.

—Por más que lo veo, no deja de sorprenderme. Sin duda la esquela se refiere a ti. Deberías estar contenta, para llevar dos días siendo un cadáver conservas un aspecto radiante. —La peluquera presumía de tener un sentido del humor cáustico, aunque a nadie se le escapaba que Dios no la había dotado de talento para ello.

—La verdad es que es sorprendente —murmuró Sally dejando caer el diario sobre la mesa. Por un instante tuvo la intuición de que se enfrentaba a algo misterioso, mucho más extraño que una broma de mal gusto o la apuesta de algún pretendiente despechado.

—¿Piensas quién y con qué motivo quiere llamar mi atención?

—Creo que debes buscar el motivo y éste te llevará hasta su autor —por una vez, Rebeca habló con un sentido común impropio de ella—. Sin duda los que cita la esquela no tendrán nada que ver. Sería demasiado pueril por su parte. —Apagó su tercer cigarrillo, orgullosa de su apreciación. En la base del cenicero se apreciaba la cara de James Dean ennegrecida por la ceniza.

—Lo confirmaré, por supuesto, pero estoy contigo. Nadie deja su firma cuando gasta bromas de mal gusto. Tal vez nos estemos precipitando y alguien intenta darme un mensaje en clave. He leído que hay gente que se comunica a través de anuncios. No sé, es muy enigmático todo esto. Me pregunto si alguien está intentando decirme algo y ha elegido un canal diferente. ¿Y si hubiera un código oculto en la esquela y me corresponde desentrañarlo? De entrada no descarto ninguna posibilidad —dijo un tanto abstraída.

—¿Has pensado que podrían haberte reclutado en una especie de sociedad secreta o algo por el estilo, sin que lo sepas? —pese a las risitas, la nueva posibilidad que apuntaba Rebeca causó mayor inquietud en Sally.

—¿Qué quieres decir?

—Ya sabes —Rebeca disfrutaba dando rienda suelta a su imaginación—. Imagina que alguien te ha encargado, digamos, una especie de misión, o te ha incluido en una lista en la que vas a jugar un papel decisivo. Podría ser que esta conversación ya forme parte de esa supuesta trama. —Apagó el último cigarrillo. Ahora el rostro de James Dean carecía de ojos, dos capas espesas de ceniza, por azar, formaban unas siniestras cuencas, convirtiendo al galán en ser espectral. ¡Funesto presagio! Pensó Sally.

A pesar de que la idea parecía fantasiosa, más digna de una novela de misterio que de una historia real, Sally sintió como en su interior crecía la angustia. Intentó apartar esas inquietudes sin conseguirlo del todo.

—Espero que no sea tan complicado. Soy una persona demasiado normal para que me ocurran hechos tan peculiares. —Ella misma intentaba tranquilizarse sin conseguirlo del todo.

—Bien, a la tarde te llamaré y me cuentas que has sabido —concluyó Rebeca—. He consumido diez minutos más de los permitidos para el café. ¡La jefa me va a echar! —diciendo esto se levantó con gesto sensual. Se sentía la bella heroína de una novela gótica; con su astucia sin igual descifraría un horroroso misterio para salvar a su amiga, víctima de un secreto terrorífico.

—De acuerdo lo haré. Me quedaré unos minutos para meditar el tema y tomaré algunas notas —sacó una libreta que siempre llevaba en el bolso—. Ordenaré mis ideas.

Era una excusa de la bibliotecaria; quería evitar el rubor de salir junto a Rebeca y ser el blanco de una pléyade de miradas masculinas.

* * *

Higgs perdió la paciencia. Llevaba más de media hora intentando hablar por teléfono con alguien del periódico que publicó su esquela. Su interlocutora siempre era una máquina repetitiva que emitía palabras amables con voz metálica. Furioso, colgó con un gesto de rabia. No consiguió que le atendieran. Tendría que personarse en la redacción que estaba en las afueras de la ciudad. Se excusó en el trabajo para tomar la tarde libre. Durante el trayecto con su vehículo iba planeando un pequeño discurso que fuera a la vez sarcástico y eficaz. No pensaba salir de allí sin una explicación convincente.

—No puedo titubear. Me dejaría en una posición de debilidad y no me tomarán en serio. Si no encuentro la palabra adecuada la sustituiré por otra, pero nunca un silencio prolongado. Ni un pequeño tartamudeo. Eso no me lo puedo permitir.

Continuó con sus ensayos mentales hasta que encontró un discurso que le parecía brillante. Sólo tenía que retenerlo y largarlo, en el momento oportuno, con las pausas correctas y sin atropellarse. Cuando andaba por el tercer ensayo, vislumbró el edificio al que se dirigía. Situado dentro de un polígono industrial que gozaba de buen acceso y fácil aparcamiento, se distinguía del resto por haberse construido en época mucho más reciente.

La puerta de entrada era giratoria, de las que William no recordaba haber visto en muchos años. Sin saber porqué se sintió un poco ridículo al cruzarla. De inmediato advirtió un pequeño mostrador detrás del cual se percibía un individuo, de uniforme, sentado. El visitante intentó no sonreír. Al guarda le habían proporcionado un taburete diminuto y a duras penas asomaba media cara por el mostrador. Higgs se detuvo frente a él a la espera de que el pseudo-pigmeo se dignara atenderle. No parecía por la labor. Su media cabeza visible se inclinaba para observar la pequeña pantalla del móvil que manipulaba.

O está jugando, o leyendo un mensaje de la última mujer que ha conocido por un chat Pensó.

Como la situación empezaba a ser algo violenta y Mediacabeza no desistía en su tarea, optó por hacerse notar.

—Necesito hablar con la persona encargada de la publicidad de este periódico por favor. Es un asunto importante —dijo con gravedad.

El guarda, por fin, escapó del mundo virtual y levantando la vista, contestó.

—Lo siento, los anuncios se contratan por teléfono, no atendemos personalmente y el pago se realiza a través de tarjeta de crédito.

—Bien, pero mi intención no es insertar ningún anuncio. El motivo de mi visita, le repito, es un asunto de máxima urgencia por no decir de la máxima gravedad. Le ruego avise a quien corresponda. Preferiría no tener que utilizar métodos más expeditivos. —Higgs consideró que el uniforme denotaba el rango más bajo en la jerarquía de aquella editorial y eso le capacitaba para mostrarse desagradable llegado el caso. Alguna vez le tocaba mandar y debía aprovechar la ocasión.

El tono amenazador surtió el efecto deseado. Apenas dos minutos después de la llamada del lacayo, apareció un robusto joven con trazas de chupatintas. William de forma concisa, le hizo partícipe de la curiosa esquela, acreditando su historia con un ejemplar que había traído consigo.

—Entiendo su inquietud ante una situación tan peculiar. —dijo el recién aparecido—. Y no dudo que usted sea quien dice ser. También estoy seguro que habrá realizado cuantas averiguaciones sean necesarias para comprobar que no se trata de un error o una confusión. Pero siento comunicarle que en poco o nada podemos ayudarle. Como ya me consta le han informado, cualquier anuncio de la clase que sea, se contrata por vía telefónica o a través de nuestra página en Internet.

Higgs intentaba no desencadenar un ataque de furia. Insistió sin perder el tono cordial.

—En cualquier caso tendrán una ficha, unos datos mínimos de quienes paguen anuncios. Por escasa que sea la información que me proporcione me resultará muy útil. Aunque sea un simple nombre.

El chupatintas concluyó.

—No siempre es como usted dice. Sólo en los algunos casos tomamos datos, pero entenderá que no podemos facilitar ese tipo de información. Las leyes son muy estrictas en la protección de datos personales. Por último, si me permite una opinión, pienso que es evidente que se trata de una broma. Quizás no debería concederle demasiada importancia. Antes o después el gamberro aparecerá.

Comprendiendo que iba a resultar imposible encontrar alguna luz en aquella redacción, Higgs le tendió la mano consumiendo la última cortesía que le quedaba.

—¡Nada entre dos platos! Inmejorable ocasión para repetirme la frase que utilizo tan a menudo en estas memorables fechas —murmuró malhumorado.

* * *

Sally McDermott aprovechaba el silencio de la biblioteca para recapitular los acontecimientos de los últimos días. Una semana después del anuncio de su falsa muerte seguía en el mismo punto. Había buscado todas las maneras de encontrar alguna pista sin éxito. Habló con familiares, amigos y conocidos intentando dar con un error, un detalle que la llevara en el camino correcto en su investigación. A veces recurría a las amenazas ante sus más íntimos. Terminó por convencerse de que nadie, al menos que ella creyera, estaba implicado en la publicación de su esquela, y lo más irritante, un suceso tan poco habitual no despertaba el interés a quienes se lo confió, con la excepción de Rebeca. Por momentos Sally dudaba si era posible que todo el mundo hubiera perdido la razón.

La sospecha inicial de que la necrológica contenía un sentido oculto la empujó a examinarla con detalle. Intentó encontrar una señal leyendo las palabras en orden inverso, saltando sílabas e incluso traduciéndola a otras lenguas. Hasta sustituyó las letras por números a la espera de encontrar un guarismo significativo. Pero de haber una clave estaba demasiado bien encriptada. Nadie la idearía tan compleja que fuera indescifrable.

Segura de que había tomado la dirección equivocada optó por cambiar el rumbo de sus pesquisas. Pensó en buscar alguna historia similar. Debían de existir precedentes, tal vez no idénticos, pero si parecidos. En los momentos que el trabajo se lo permitía, se dedicó a leer libros que mencionaran sucesos extraños. La tarea resultaba difícil porque no sabía con exactitud lo que buscaba. Acaparó un buen número de títulos. Desde los que relataban leyendas urbanas hasta los que narraban fenómenos inexplicados.

Al principio la intuición la llevó a estudiar conexiones ocultas. Comprendió que en la sociedad existían multitud de redes entrelazadas y desconocidas. Cadenas con oraciones y consignas, comunicaciones a través de noticias aparentes, amenazas y convocatorias publicitadas de tal manera que sólo los destinatarios podían entenderlas. Un auténtico inframundo subyacente en la sociedad; apasionante y terrible a la vez. La ilustración que Sally adquirió sobre sectas, juegos estrambóticos y otras singularidades más o menos curiosas le cambiaron la forma de ver el mundo. Aquel transeúnte con quién se cruzaba cada día o la señora que esperaba todas las mañanas el metro en la misma parada, podían estar viviendo sucesos anómalos sin que nadie lo percibiera. Protagonizando historias propias de la ficción y no de la realidad. Ella misma vivía ahora un guión complicado del que era consciente en parte, o eso creía. Pero no encontró ningún paralelismo que pudiera asimilar con la vivencia que la mortificaba.

* * *

Decepcionada, se adentró en la lectura de temas más fantásticos. Si la respuesta no estaba en la vida real, nada se perdía conociendo otras opciones poco académicas. Se tenía por persona racional y con espíritu crítico. En otro tiempo se hubiera avergonzado de prestar atención a las para-ciencias. Comenzó a leer El libro de los condenados, de Charles Fort. El autor describía, con prolijidad de datos, una serie de hechos a cual más curioso. Noches con varias lunas, lluvias de animales, apariciones y desapariciones inexplicables. Un compendio demoledor contra el sentido común. De ser ciertos la mitad de los contenidos, sólo cabía el asombro. Al terminar aquella taxonomía de lo inexplicable se sintió más interesada por el ocultismo. Buscó otros libros con similar temática. Jamás había prestado atención a la enorme cantidad de textos sobre asuntos esotéricos que atesoraba la biblioteca. Continuó su búsqueda por otros títulos no menos inquietantes. Cada frase, que le llamaba especialmente la atención la copiaba en su ordenador con la esperanza que podía darle la luz necesaria. Cuando terminaba el horario de apertura al público, Sally continuaba su lectura perdiendo la noción del tiempo. La soledad, aliada con la temática siniestra, derivaba, en ocasiones, en pensamientos opresivos. Incluso la arquitectura de la biblioteca ayudaba crear un ambiente lúgubre. Varias horas más tarde, agotada, regresaba a su domicilio llevando siempre consigo algún libro de la temática en la que se estaba iniciando.

* * *

Fueron transcurriendo así los días. El desánimo se iba adueñando del espíritu de Sally, conforme adquiría conciencia de la ingente tarea que había emprendido. Y no tanto por no encontrar coincidencias significativas con su experiencia, sino porque los autores se limitaban a exponer hechos sin aportar explicaciones, al menos plausibles. La mayoría contaba acontecimientos, supuestamente inauditos, enfatizando en la verosimilitud de los mismos, sin incluir hipótesis racionales que los explicaran. Otros, más atrevidos, se mostraban partidarios de tesis extravagantes e irracionales, cuando no ridículas. Recurrían a extraterrestres, complots de oligarquías secretas y poderosas o experimentos gubernamentales. Aunque muchos de ellos estaban separados en el tiempo por varios decenios nunca encontraba avances en las denominadas Ciencias Ocultas. La buena erudición de la bibliotecaria le permitió comprender que los casos insólitos respondían a las modas culturales de las sociedades y las inquietudes que sufrían. En el siglo XIX los espiritistas abundaban y los médiums transitaban con facilidad entre el más allá y el más acá. En el período de entreguerras los videntes prevalecían, profetizando y adivinando cualquier hecho, sobre todo los que ya se habían producido. Al fin de la Segunda Guerra Mundial inmensos ejércitos de platillos volantes procedentes de planetas con nombres típicos de ciencia-ficción y repletos de marcianos cabezones desarrollaban una actividad tan frenética como estéril por la Tierra. En los inicios de la década del año dos mil, las inteligencias artificiales darían buena cuenta de los humanos aplicándoles justa penitencia por sus múltiples pecados.

La noche en la que se cumplían cuatro semanas de la llamada matutina de su amiga Rebeca, Sally se quedó dormida en el sofá. Exhausta y algo deprimida le venció el sueño durante la lectura de El retorno de los brujos, obra cumbre de lo paranormal. La música repetitiva de su teléfono móvil la devolvió a la realidad. Tras unos breves segundos para orientarse consultó el reloj. Eran las seis y media de la madrugada, casi la hora de ponerse en pié. El móvil no cesaba de insistir. Sin dudar de quién se trataba, ni siquiera miró en la pequeña pantalla el número. La voz de Rebeca se mostraba agitada.

—Antes de contarte la gran noticia quiero saber si has avanzada algo desde nuestra última conversación.

—No, la verdad es que estoy cada vez más confundida en este laberinto. Por utilizar un lenguaje policíaco te diré que estoy siguiendo varias líneas de investigación, pero resultan todas ellas frustrantes. Ni una pista remota. Eso sí, ahora soy una autoridad en ocultismo, ovnis, parapsicología y demás zarandajas. Y pronto me versaré en esoterismo oriental y chamanismo. Apasionante como podrás observar. —Concluyó irónica.

—Deberías confiar más en mí. —La interrumpió su interlocutora—. Tengo el hilo definitivo. Lo que nos llevará, sin duda al ovillo, es decir, al fondo del misterio. —Rebeca gustaba utilizar varias palabras para reiterar lo que era evidente. Se sentía culta por emplear sinónimos sin orden.

—No dramatices ahora con frases innecesarias y dime adonde has llegado o quieres llegar —dijo impaciente Sally.

—De acuerdo iré al grano. Es tan sencillo que tiene hasta su gracia. Allá voy. Pero te advierto que te vas quedar sin respiración. Es impactante. Meditando tuve una idea. Hay que aplicar el sentido común. Si hay una muerte, lo normal sería que después hubiera un funeral. —Rebeca dosificaba sus palabras para llenar de mayor dramatismo el relato.

—Continua, tiene sentido lo que dices.

—Me puse manos a la obra. Tomando la personalidad de una pariente lejana algo despistada, he ido llamando a todas las parroquias y congregaciones por riguroso orden de listín telefónico. Y ahora viene lo bueno. El viernes a las ocho de la tarde en la iglesia de St Michel se oficia tu funeral, confirmado por el propio párroco. Creo que no podemos faltar a esa ceremonia ¿no crees?

Esperó unos segundos para comprobar la reacción que esas palabras habían provocado en su amiga.

Sally se avergonzó de no haber sido ella quien tuviera la idea. Llevaba una eternidad de horas dedicadas a lecturas a cual más extravagante sin conseguir otra cosa que aumentar su confusión. Y sin embargo, la alocada de Rebeca le estaba proporcionando el hilo conductor de una forma sencilla e ingeniosa. La vanidad le impidió reconocer su derrota intelectual. Tenía que poner una mínima objeción para que el triunfo de su amiga no fuera completo.

—Por supuesto acudiremos puntuales a esa Iglesia, ¿pero no crees que parece demasiado fácil? Me temo que no sea más que otra pieza en este rompecabezas. Hasta puede que el enigma se agudice.

Sus palabras no disminuyeron el entusiasmo de la peluquera. Rebeca había encontrado un aliciente extraordinario fuera de su vida frívola. Y cuantos más problemas fueran surgiendo, mayor iba a ser el interés que emplearía.

—Estoy segura que vamos en el buen camino. Y si es una pieza suelta, la encajaremos en el sitio que corresponda. Una última cosa, ¿marca el protocolo llevar duelo en el funeral de una misma? —Y lanzando esta punzada de humor grueso colgó sin esperar respuesta.

* * *

El malhumor había llevado a William a denegar el pago de todos los partes de accidente que llegaban a sus manos. Estaba enfadado consigo mismo y repercutía a la humanidad entera su impotencia. A cualquier siniestro le encontraba una buena razón para declararlo fraudulento. Si se trataba de una lumbalgia, el dolor no se podía cuantificar, si había un accidente de tráfico, el conductor era un imprudente y cuando acaecía un percance de carácter doméstico, los perjudicados pretendían estafar a la aseguradora.

Estoy ahorrando enormes sumas a la compañía. Me deben gratitud eterna. Pensaba.

Pero la razón más plausible de su eficacia económica se hallaba más cerca del ahorro que le suponía remitir una circular estándar denegatoria, que los aburridos y costosos trámites necesarios para completar un expediente y proceder al pago. Con su actitud conseguía un importante tiempo extra para dedicarlo a sus tribulaciones. A veces retomaba el ya gigantesco puzzle que acumulaba en su procesador de textos para cerrarlo al poco tiempo enfadado por su incapacidad para desenmarañarlo.

—¡Nada entre dos platos! —exclamaba para sus adentros colérico.

En su oficina apenas hablaba. La comunicación con sus compañeros disminuyó hasta ser casi nula. La única conclusión cierta que le golpeaba el espíritu hasta martirizarlo, estribaba en que nadie, en apariencia, le había mencionada jamás el tema. ¿Sería posible que ningún conocido hubiera leído la esquela? Una y otra vez acudía a su mente la misma pregunta. La probabilidad era mínima. Si bien su círculo no era demasiado extenso, una noticia así antes o después hubiera tenido un retorno. Sin embargo, el mutismo a su alrededor era absoluto. Y ello apuntaba a una opción preocupante. ¿Estaría todo su entorno implicado en un macro-complot contra él? Estuvo tentado de acudir a la policía, pero pronto desechó la idea. Circulaban demasiados lunáticos por el mundo para que le prestaran la mínima atención. Y ante la falta de mejor hipótesis le achacarían a él mismo la autoría de la esquela. Su carácter receloso no le permitía hacer partícipe a nadie de la inquietud que sentía. Podría tratarse del autor o de algún cooperador y ponerlo sobre aviso. Sólo a él le correspondía el derecho y la obligación de aclarar el enigmático tema. En el devenir de sus pensamientos llegaba a ideas contradictorias. A veces creía mejor dejar que los acontecimientos transcurrieran por sí solos a la espera de algún suceso espontáneo y revelador. Otras, no se veía con fuerzas para albergar tanta paciencia. Precisaba de un resultado de inmediato. Utilizaba métodos eficaces de rastreo. Buscó en las listas del ayuntamiento todas las defunciones del último mes sin saber con certeza qué esperaba encontrar. Hizo lo mismo respecto de los funerales celebrados en las iglesias y tanatorios. Incluso desde las bases de datos de que disponía por su compañía de seguros y otras a las pudo acceder gracias a su profesión, examinó cientos de accidentes ocurridos recientemente. El resultado de todas las búsquedas resultó negativo.

Al salir cada tarde deambulaba largas horas por las calles. Sumido en mil y una conjeturas se desesperaba ante tanto fracaso. Elegía las callejuelas más solitarias para no distraerse con la visión del gentío y los sonidos de los automóviles. Solía ordenar los pensamientos en forma de monólogos.

Podría buscar la ayuda de profesionales. Un detective privado por ejemplo. Pero conozco su modus operandi. Por un asunto tan difícil, y sin ninguna pista de entrada, me cobrarían una cantidad demasiado costosa. Y mi maltrecha cuenta corriente no soportaría ese saqueo. Mejor desechar esa opción, de momento.

Si al menos fuera crédulo, acudiría a un clarividente o algo así. Uno de esos individuos que en los programas de televisión con tocar un objeto o prenda de ropa descubren el pasado. ¡Bah! vulgares estafadores, es impropio de mí que ni siquiera me planteé esa posibilidad..

Tal era el grado de concentración en sus pensamientos que no advirtió la presencia de un extraño que se había fijado en él. El desconocido, tras observar por unos instantes a Higgs, aceleró el paso hasta situarse a su lado. Con un gesto rápido extendió el brazo hasta alcanzar el hombro de William y detenerle, llamándole en voz alta por su nombre de pila.

Higgs giró el cuello. Durante un segundo dudó. A su lado tenía un hombre de su misma edad, vestido con ropas anticuadas pero elegantes y gesto simpático. Destacaban en él unas pequeñas gafas de concha con cristales circulares.

—¡Foster! ¡Edward Foster! —exclamó Higgs con sincera alegría.

Se trataba de un antiguo compañero de instituto. Sin llegar a ser grandes amigos siempre hubo entre ellos mucha simpatía. Edward Foster mostraba ya en la educación secundaría unas dotes intelectuales superlativas. En matemáticas era un genio. Los profesores coincidían en que su porvenir era brillante.

—Chico, ¡cuántos años! ¿doce quizás? preguntó Higgs.

—Algunos más, me temo —respondió Foster sonriendo.

Caminaron juntos charlando animadamente sin preocuparse de la hora. Edward, interrogado por su amigo, le iba relatando los avatares de su vida desde que terminaron los estudios medios.

—Al terminar la carrera de ciencias físicas, envié un proyecto a Estados Unidos. A los yanquis les gustó mi idea y me concedieron una beca de investigación. He pasado ocho años trabajando en la universidad de Chicago en la teoría de las supercuerdas. Ya sabes, intentamos conjugar la relatividad con la mecánica cuántica. Como los americanos pagan bastante bien me he permitido tomarme un par de años sabáticos. Llevo seis meses aquí. Ahora doy conferencias y sigo trabajando en el desarrollo de la teoría unificada.

Higgs seguía con franco interés el relato de su amigo. Admiraba el talento de los demás. Una fina lluvia les estaba empapando por completo aunque parecían ajenos a ella. De repente Higgs, se detuvo. Sin saber porqué y sin darse tiempo para meditarlo, tuvo la necesidad de emplazar al profesor para un diálogo más extenso. Sus palabras brotaron espontáneas.

—Edward, estos días me veo inmerso en una historia desconcertante. Tanto que no la he confiado a ninguna persona de mi entorno. Me tiene intrigado pese a ser absurda. Para ser sincero te diré que llevo muchos días en una encrucijada sin salida que me está afectando demasiado. —William no pudo establecer la causa de la confesión que con tanto sigilo había guardado hasta ese momento.

A su amigo le pareció captar cierto aire de súplica en la petición.

—Me encantan los misterios Willy. Será un placer escucharte. Y si te sirvo de alguna ayuda, por pequeña que sea, me sentiré bien. El próximo viernes tengo la mañana libre. Aquí tienes mis señas en la universidad, te espero a partir de las diez — sacó del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña tarjeta de visita y se la entregó a Higgs.

* * *

Media hora antes de la fijada para el funeral, llegó Sally a la iglesia de St. Michel. Era un edificio de principios del siglo XX restaurado recientemente. De inmediato encontró a su amiga. No pudo evitar una ligera sonrisa al comprobar el atuendo de Rebeca. Siempre dispuesta a vivir en todo su esplendor el melodrama, vestía de luto riguroso. Todas las prendas eran de color negro. Usaba una pamela enorme, guantes de cuero, medias y un vestido estrecho. Este era tan corto como provocativo. Ni en los momentos más solemnes olvidaba su coquetería.

Con una ligera inclinación de la cabeza le ordenó entrar en el templo.

—Mejor permanecer apartadas por el momento. Intenta acoplar el tono de voz a las circunstancias —le dijo con severidad.

Rebeca asintió dócil. Vivía el papel con dignidad absoluta.

El interior del recinto era imponente. Sally llevaba tanto tiempo sin asistir a ceremonias religiosas que no supo precisar si la atmósfera que respiraba obedecía al incienso, la humedad, o a ciertos fluidos desaconsejables que emanaban de los residentes en los féretros. Vacío aún, el silencio era majestuoso. Por todas partes pinturas e imágenes del arcángel San Miguel. La bóveda estaba decorada con frescos que rememoraban las batallas entre el Cielo y el Infierno. Desde la perspectiva del visitante se veía tan alta que bien podría ser un fotograma de los habitantes celestiales. El arquitecto no aprendió la lección de la torre de Babel. Sally advirtió una escultura de madera al pié del púlpito. Blandía una espada de fuego en la mano derecha y en el antebrazo izquierdo llevaba un escudo circular que brillaba hasta en la semioscuridad reinante. Durante unos momentos la bibliotecaria olvidó el particular motivo por el que se hallaba en la iglesia. Pensaba que de ser verdad todo el credo católico el tal San Miguel debía ocupar una plaza importante en la jerarquía divina. Vencedor sobre Lucifer nada más y nada menos; eso no debería estar al alcance del cualquiera. Además ostentaba al parecer un rango militar. ¡Mejor prestarle devoción que ganarse su enemistad!

Sus meditaciones se vieron interrumpidas por el eco de pisadas. Un ligero calambre de nerviosismo la sacudió. Parecía llegado el momento. Al fin se adivinaba la luz que pondría fin al misterio. Sally quería apartar con otros pensamientos una idea que le estaba causando desasosiego.

¿Qué ocurriría si realmente fuera ella la ocupante del ataúd que estaba a punto de entrar en la Iglesia? ¿Podría verse allí, inerme? Sería como la escena de una película surrealista. Imposible, esas cosas no ocurren en la realidad. Pensó, mientras deseaba con todas sus fuerzas que de una maldita vez empezara el funeral. A cada momento le costaba más controlar los nervios.

—Atenta. Faltan cinco minutos y comienza a entrar gente —murmuró.

—No voy a perder detalle. Descuida —En Rebeca también se adivinaba la tensión.

Con mucha parsimonia, o así lo aparentaban, fueron entrando los asistentes. Los primeros rostros que pudieron reconocer concordaban con el evento. Algunos semblantes estaban serios, la mayoría afligidos. Se fueron sentando poco a poco guardando el orden establecido. Los llantos más sentidos y los suspiros profundos provenían de los bancos situados frente al altar. Los que escogieron las partes finales para acomodarse denotaban bastante menos pesar, aunque se mantuvieron formales en todo momento.

Las amigas, posicionadas de pié, en un lateral del templo, intercambiaron miradas significativas.

—No reconozco a nadie ¿Algún conocido? —inquirió Sally.

—No, estoy igual que tú. Algo no encaja.

—¿Qué hacemos? —A Sally le asaltó la sospecha que su amiga llevada por la exaltación había recreado parte de la historia. Intentó no enfurecerse.

—No te preocupes, el funeral todavía no ha dado comienzo. Y creo que faltan unos minutos, observa, el cura aún no ha subido al altar. Déjalo de mi cuenta.

No bien hubo terminado la frase, avanzó resuelta hacia el último banco. El martilleo de sus tacones agigantado por la resonancia de la cúpula, estimuló la curiosidad de los congregados. Una multitud de miradas buscaban a quién quebrantaba un acto tan sagrado. Sally intentó disimular su rubor fijando su atención en el interior de una hornacina. Allí estaba expuesta lo que parecía una reliquia.

La causante del alboroto actuaba con naturalidad y abordó a un joven cuchicheándole al oído. Cuando parecía volver la normalidad entre el público la mirada de Sally buscó a Rebeca. Había terminado la breve charla y ahora estaba repasando el libro parroquial que se mostraba a la entrada. Al término del corto peregrinaje regresó junto a Sally.

—Vámonos, necesito aclarar mis ideas; al parecer ha sido una falsa alarma.

Ya en el exterior Sally la interrogó sobre el incidente.

—Cuéntame, ¿qué ha ocurrido?

—Bueno supongo que ya lo imaginas. Es evidente, cristalino, claro, que alguien juega con nosotras —el desconcierto de Rebeca era tan grandioso como su pamela—. El funeral era de otra persona. He revisado los últimos quince días en el registro de la parroquia y tu nombre no figura. Tampoco en la próxima semana apareces en el libro. Sin embargo, te aseguro que por teléfono me confirmaron tus datos. Necesito volver a llamar para averiguar con quién hablé. Es imposible que no recuerde nuestra conversación de ayer.

—Déjalo, el asunto es cada vez más complejo. Vámonos necesito reordenar mis ideas.

Sally no dudó un momento que la llamada de su amiga era cierta, así como el diálogo que le relató. ¿Pero quién podría ir tan por delante de ellas? ¿Quién se anticipaba a cualquier movimiento para mantener y acrecentar el misterio?

Durante largo tiempo permanecieron de pié, junto a la iglesia sin cruzar palabra. Al fin Sally rompió el silencio.

—El difunto, ¿era hombre o mujer? — preguntó desconcertada y sin prestar atención a la respuesta.

—El difunto era un varón. Un hombre de mediana edad. William Higgs se llamaba.

* * *

Lo que dio comienzo como un juego para Rebeca devino en una forma de vida. Su desahogada posición económica le permitía desatender su negocio cuanto tiempo quisiera. Sin ser conscientes, la esquela las había unido como nunca. Sólo se separaban el tiempo mínimo para atender las obligaciones más imprescindibles. El resto las ocupaba siempre el mismo tema. Dos días después del funeral, se hallaban en el apartamento de Sally. Tomaron una cena ligera y ambas se entregaron a conversar animadamente sobre cuestiones cotidianas como preámbulo al tema que les iba a llevar la mayor parte de la noche. Sally entró en la materia.

—Hemos descartado a cualquier conocido, cercano y lejano. Eso nos llevaría a pensar, como tu bien dijiste al iniciar esta pesadilla, que tal vez me querían dar, digamos un mensaje, pero si tal fuera, creo que ha transcurrido demasiado tiempo para que su autor no se mostrara o dejara una pista para seguir.

—Si, y no olvides que tampoco hay paralelismo conocido. Si lo hubiera, ya habríamos dado con él. Es un hecho novedoso, sin comparación posible —dijo Rebeca.

—Entonces, ¿hemos fracasado por completo?

—No, pero creo llegado el momento de buscar ayuda.

—Cuando me lo dices, estoy segura que ya has encontrado a la persona idónea. Dime en quién has pensado —Sally, a veces, sentía que las palabras que dirigía a su amiga iban impregnadas del tono de reproche propio de una hermana mayor.

—Buena intuición tienes. Me conoces demasiado. Efectivamente tengo un amigo que nos puede ayudar. No sé el motivo pero algo me dice que es nuestro hombre.

—¿Y no nos tomará por un par de chifladas aburridas? —inquirió.

—De ninguna manera. Es un científico, un sabio, un académico, pero sencillo y accesible —a Rebeca no se le ocurrieron más sinónimos.

—No sabía de tu nueva faceta tan intelectual. Dime algo más, necesito ubicarlo.

Por un instante Sally pensó la curiosa pareja que haría Rebeca con un empollón de ese calibre.

—Sé lo que piensas, no tengo, ni he tenido nada con él. Me lo presentaron hace un par de meses y hemos charlado en varias ocasiones, sin más. Ese tío no dejaría de hablar de electrones ni yendo a cenar con él desnuda. Pero quizás tenga la clave. Y vamos a averiguarlo. ¿Mañana te puedes tomar la tarde libre? —La pregunta era capciosa y la respuesta, obvia.

* * *

Conforme se acercaba la hora de la cita con Foster, William Higgs acrecentaba su temor de haberse precipitado en confiarle su secreto. Después de todo, eran antiguos compañeros de clase, si, pero dos perfectos desconocidos en la actualidad. Estuvo tentado de desistir excusándose con cualquier pretexto vago. ¿Qué iba a pensar una mente tan analítica de una historia tan ridícula? Podría ocurrir que se mostrara despectivo o, lo que sería peor, le diera unas palmaditas de ánimo en la espalda con sonrisa burlona. Triunfó, finalmente, la necesidad de ayuda, aunque solo sirviese para ser escuchado.

Se habían citado en los jardines de la entrada principal de la universidad.. Como se había adelantado unos minutos, Higgs fue paseando entre aquel ambiente joven y estudiantil. Recordó con cierta nostalgia tiempos pasados cuando aún tenía ilusiones en la vida. Mientras observaba el incesante tránsito de estudiantes cargados de mochilas y apuntes, vio aparecer la figura de su amigo Foster. Este le saludó efusivamente con un abrazo que parecía sincero.

—Bueno aquí me tienes dispuesto a ayudarte si ello está en mi mano. —La expresión de Foster era tan natural que Higgs desechó las dudas, y ya sin temor, le comenzó a revelar lo que durante el camino hacia la universidad le avergonzaba.

Higgs prefirió pasear para disimular su nerviosismo. Consiguió expresar su relato con voz calmada y lenguaje firme, incidiendo una y otra vez, en sus múltiples intentos fallidos por encontrar alguna luz. Se alegró por no balbucear en toda su exposición, eso podría incitar a Foster a pensar en alguna patología mental.

—¿Has escuchado alguna vez una historia tan inverosímil? — preguntó a modo de conclusión.

Su amigo le escuchaba con interés y atención, interrumpiendo sólo para preguntar ciertos detalles. Luego asentía con reiterados movimientos de la cabeza en sentido de aprobación.

—Bien, desde luego estamos ante algo cuanto menos asombroso y creo que has hecho justo lo que deberías, si bien los resultados no han sido satisfactorios. —Foster eran tan empollón como educado.

—Si, pero tu perspectiva es mucho más amplia que la mía —a William no se le escapaba que durante su charla, el profesor estaba atando cabos, y quizás, formándose una opinión.

—Convendrás conmigo William que has perdido las esperanzas de encontrar una respuesta digamos, mundana a esta cuestión. Es decir, crees ya que se trata del algo más trascendente o irreal. Y no creo equivocarme, porque veo que has dado todos los pasos que debería dar una persona racional.

—Nunca he creído en lo que no pueda ver y tocar. También sé que, por tu propia formación, eres una persona escéptica. Pero, dentro de mi ignorancia, he escuchado que existen abstracciones matemáticas o teorías que superan la imaginación más desbordante. Y tú eres una autoridad en esos campos. —Higgs intencionadamente hizo saber al profesor que conocía su fama mundial.

—Mira, claro que tengo una opinión, y te la desvelaré en cuanto te puntualice primero alguna cosa. Pero debes saber que mi criterio es tan subjetivo como pudiera ser el de un místico, un párroco o un filósofo. Una versión sin más, a la que no debes ni puedes prestar más atención, ni siquiera dar más credibilidad. No hablo por falsa modestia, sino porque es tan poco verificable como las que te darían esos que te acabo de nombrar y te añado que sería incapaz de pronunciarla en público. Incluso la negaría ante mis colegas académicos. —Foster hizo una pausa.

—Continúa por favor —era el momento cumbre y Higgs no quería romper el hilo de la charla.

—Demos por hecho, y ya es aventurar, que no hay nadie, ningún ser humano que por un motivo que se nos escapa, haya anunciado tu falsa muerte. Asumamos también que no se ha producido una coincidencia macabra que tendría una posibilidad entre varios billones de producirse. Entonces nos queda una opción más maravillosa y romántica, al menos, hasta que aparezca otra más prosaica —el gesto de Foster era ahora de cierta gravedad.

—Hasta el momento te sigo, ¿Cuál es esa opción? —William casi contenía la respiración, no quería perder una sola sílaba.

—Pienso que estamos ante lo que yo llamaría una reverberación cuántica. ¿Has oído hablar de la teoría de los muchos mundos? —era una pregunta retórica, pese a lo cual Higgs contestó.

—Sinceramente no.

—Casi lo prefiero dado que necesito darte una explicación somera. Tanto tú como yo, la universidad, la ciudad y el mundo estero esta compuesto de átomos, como ya supusieron los antiguos griegos. El tema está que hoy sabemos que esas partículas minúsculas responden, o mejor dicho, no tienen sentido sino es asociadas a una onda, la cual por increíble que parezca, está distribuida por todo el universo y sólo adopta una realidad al interactuar con otras cosas. Este el punto clave. —Edward clavó la mirada en su compañero intentando descubrir el impacto que sus palabras le generaban.

—Logro seguirte. Esto es una obra de ciencia-ficción. Debo ser una versión moderna y cutre el Dr. Spock —ironizó con aire triste William.

—Bueno pues hay una versión de esta teoría que pregona que en realidad la onda no se materializa en un solo lugar sino que adquiere múltiples opciones en otros sitios, mundos o como queramos llamarlos, estaríamos entonces en un multiverso, el conjunto probabilístico de todos los universos posibles.

Se atribuye a un tal Everett y los físicos la llamamos la teoría de los muchos mundos. Y ahora viene mi aportación personal, aunque no tengamos evidencia creo que en algunos casos esos universos pueden cruzarse de alguna forma. —Edward sin querer se estaba entusiasmando con lo que ya parecía una conferencia para un auditorio de un solo miembro.

—¿Me estás diciendo que estoy, o estamos viviendo otras vidas igual que estas? —La misma pregunta inquietó a Higgs.

—Si, pero no serían idénticas, en cada lugar se dan unas opciones. Y si como yo creo, hay conexiones desconocidas entre esos universos, puede reflejarse aquí un hecho de allí.

—¿Me estás diciendo que he muerto a cien millones de años luz y han publicado aquí mi esquela? Cuesta de creer, es escalofriante. —William tragó saliva.

—No. ¡Has muerto aquí! En ésta época, en otro plano de realidad. Pero ten en cuenta lo más importante, ese hecho necesita una réplica, según creo haber podido demostrar en mis últimos trabajos —Foster estaba ya desbordante de entusiasmo, hasta su chaqueta marrón oscuro con refuerzos en los codos parecía más alegre vista en este punto de la conversación.

—¿Una réplica? ¿Habrá otro día una nueva esquela mía? —preguntó abrumado Higgs.

—Por dios William, no estás entendiendo nada. Quiero decir que en ese otro universo probable, un Paúl, un John, o que sé yo... una Sally, tan viva como lo estás tu ahora, se habrá encontrado con su esquela y estará tan perpleja como tú. Incluso puede que me esté consultando sobre el mismo fenómeno, dado que millones y millones de esos universos son iguales con ligerísimas diferencias. Pero si en el conjunto del Todo un suceso se transfiere de un plano a otro, lo que ocurrirá es que un suceso equivalente en el segundo plano se verá desplazado y transferido al primero. Por decirlo claramente, se intercambiarán. Eso es lo que predicen mis ecuaciones.

* * *

—William Higgs no sabría decir desde cuando estaba sonando por todo el recinto universitario el Gaudeamus igitur.

FIN

© Roberto Rosaleny Aguado, (9.061 palabras) Créditos