SERÁ NUESTRA SUERTE MUDAR DE TIRANOS
Daniel Frini
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Don Justo José Núñez, escribano del Cabildo, lee la proclama preparada de manera especial para la ocasión.

—Señores —dice— henos aquí reunidos para resolver esta encrucijada crucial para el Virreinato. Os aconsejo mesura y serenidad en las discusiones. Os conmino a todos a expresar vuestras opiniones libremente, y os recuerdo la conveniencia de no llevar adelante mudanzas catastróficas de la autoridad establecida —y agrega la fórmula de rigor—. Ya estáis congregados. Hablad con total libertad.

Todos los presentes, más de trescientas personas, levantan la voz a la vez; y el escribano Núñez debe extremar sus esfuerzos para poner algo de orden. Entre el griterío se destaca el obispo asturiano Benito de Lué y Riega.

—¡...no solamente no hay por qué hacer novedad con el Virrey, sino que aun cuando no quedase parte alguna de la España que no estuviese subyugada al francés, los españoles que se encuentran en las Américas deberían tomar y asumir el mando de éstas colonias y cedérselo a los hijos del país cuando ya no quede un solo español en él!

Don Juan José Castelli debe replicar al obispo. Ha sido designado por los revolucionarios como el genial orador destinado a alucinar a los concurrentes, para fundamentar su posición. Pero la solemnidad de Lué y la importancia del momento lo intimidan. Argerich y de Vedia, lo toman por sus brazos y lo exhortan a que hable. Castelli, nerviosos, expone.

—Desde que...— comienza, titubeante—...el señor Infante Don Antonio Pascual de Borbón salió de Madrid obligado por los franceses, ha caducado el gobierno soberano de España —y continúa, ahora con soltura—. Con la disolución de la Junta Central mayor razón hay para considerar que su autoridad ha expirado, y la instauración del Supremo Gobierno de Regencia es apócrifa, y su poder es, por lo tanto, ilegítimo. Los derechos de la soberanía han revertido al pueblo de Buenos Aires...

—¡Aunque quedare un solo vocal en la Junta de Sevilla —interrumpe Lué entre los abucheos de los revolucionarios—, y arribase a nuestras playas, lo deberíamos recibir a él como a la Soberanía!

* * *

Paulina iba a conocer la Capital de la República, Ella y sus padres habían sido seleccionados por el Consejo pro Igualdad de Oportunidades para los Ciudadanos de los Territorios del Interior y participaría en los festejos del veinticinco de mayo.

¡Trescientos años! había dicho mamá, y ella no entendía. ¿Cómo comprender la enormidad de un tres seguido de dos ceros cuando se tienen sólo cinco años? ¡Vas a ver qué linda es Nueva Buenos Aires!, decía mamá, y los cinco años no permitían entender una metrópoli con más de dos millones de ciudadanos de primera.

El Tren de Carga de Operarios los recogió en la Estación de Trasbordo de Nogalito. Al subir al vagón, el baño de descontaminación le hizo arder los ojos. Enseguida pasa, dijo papá; y ella le creyó a regañadientes, porque los enormes guardias de Control Ciudadano parecían estar allí no solo para que le molestase el gas del baño, si no para que Paulina se aterrorizase hasta casi llorar. Son buenos, dijo mamá. Están para cuidarnos, dijo papá; pero a ella no se le escapó el destello de miedo en la mirada de los dos.

El viaje duró más de veinte horas y fue tranquilo, aunque los asientos de madera eran incómodos. Primero bajaron a San Miguel, donde se unieron a un convoy de más de ochenta vagones y enfilaron hacia el sur, luego bordearon la Zona Restringida de Termas de Rihondo; al pasar por Santiago les opacaron todas las ventanillas y los sujetaron a los asientos, porque estaba prohibido mirar la ciudad militarizada; cruzaron Nueva Andalucía, y en la Zona de Control de Villamaría fueron sometidos a un exhaustivo cateo. Pasaron por los límites de las Zonas restringidas de Belvil y Carcarañá. Transitaron de noche por las afueras de Granrrosario. Desde allí se veía en el horizonte, hacia el norte, una fosforescencia de color violeta. Paulina se quedó absorta mirándola.

—La Zona Prohibida de Santafé —dijo el papá. La niña giró la cabeza para mirar a sus padres y se extrañó al sorprenderlos persignándose casi a escondidas.

Con las primeras luces de la mañana entraron a Nueva Buenos Aires, bordeando el Paranacito. Bajaron del Tren de Carga y los guardias los subieron a empujones a un Carro de Visita, con el que los llevaron, de isla en isla, hasta unas pocas cuadras de la Plaza de la Refundación, donde estaba todo preparado para el acto central de los festejos. Los formaron en pelotones de unas treinta personas, un grupo detrás del otro integrando una columna. Un Guardia Dorado, que a Paulina se le antojó gigante, ordenó el avance. Mientras caminaba de la mano de papá logró ver retazos de los edificios que bordeaban la avenida entre las piernas de los adultos que entorpecían su visión; hasta que, a pocos metros de la Plaza, papá la subió a sus hombros. La niña lanzó una exclamación de asombro cuando pudo ver el espectáculo que se le presentaba. Había visto algunos videx de la Capital, pero nunca imaginó tanto color y tanta gente junta. Abrió bien grandes los ojos y la boca, emocionada, al ver la inmensa bandera tricolor allá, bien arriba en el mástil frente al Palacio del Gobierno Central, desde cuyos balcones hablarían, más adelante, los miembros del Excelente Triunvirato.

—¿Viste qué linda bandera? —dijo papá.

—Como la que pintaste en la escuela —dijo mamá.

—¿Qué significan los colores? —preguntó Paulina.

—La franja vertical de la derecha, que es de color ce... —dijo la madre con tono interrogatorio.

—¡Celeste! —dijo la niña.

—¡Si! Representa el color de los Humedales de la Patria, los más grandes del mundo. La franja central, esa que tiene cuatro círculos verdes, que es de color blan...

—¡Blanco!

—¡Bien! Esa representa el color del eterno manto de nubes, durante el día. Y la franja vertical de la derecha, que es de color ne...

—¡Negro!

—¡Muy bien! Ese es el color de las nubes durante la noche ¿no te parece?

—Si mamita, pero ¿antes teníamos otra bandera, no?

—¡Uh, sí! antes de la Invasión, incluso antes de la Guerra Civil. Era linda, también, pero las franjas estaban acostadas, no de pié como en ésta. Porque ahora, como dice el General Triunviro Supremo, estamos de pié ¿no es así?

—Sí, mami.

—Y no nos doblegamos ante el enemigo de la República ¿no?

—Sí, mami.

—Y, además, la bandera vieja tenía un sol en el centro.

—¿Un qué?

—En lugar de los círculos, había un sol. Como ese que vimos hace poco en los videx ¿Te acordás?

—¡Ah, sí! Ese que, dice la maestra, nos da la claridad que hay bajo las nubes durante el día...

—Exactamente.

—¿Y qué eran los círculos verdes?

—Representan la riqueza de los cultivos de soja en los cuatro Territorios Nacionales —respondió papá—. Un círculo por cada territorio.

Hablaban casi en voz alta para poder entenderse por sobre el volumen de las marchas militares que llenaban el aire de la plaza. Paulina no sabía las letras, pero las tarareaba a todas: Batalla de Tandil, Marcha de los Zapadores Nocturnos, El último vuelo del zeppelín Duhalde, y las más viejas, de la época de la Guerra Civil, como la triste Barricadas de Luján, que a Paulina le producía algo extraño dentro del pecho.

—Es angustia inducida por música —decía mamá. A ella también le caía, lentamente, una lágrima.

* * *

...y el pueblo de Buenos Aires —prosigue Castelli— puede ejercer libremente sus derechos de soberanía para decidir la instalación de un nuevo gobierno, no existiendo la España en la persona del Señor don Fernando Séptimo.

Luego, magistralmente, expone su tesis.

—Si el derecho de conquista pertenece, por origen, al país conquistador, justo sería que la España comenzase por darle la razón al reverendo obispo, abandonando la resistencia que hace a los franceses y sometiéndose, por los mismos principios con que se pretende que los americanos se sometan a España —arrecian los aplausos y los vivas de los criollos—. La vara debe ser la misma para todos. Los españoles de España han perdido su tierra. Los españoles de América tratamos de salvar la nuestra. Los de España que se entiendan allá como puedan y que no se preocupen, los americanos sabemos lo que queremos y adónde vamos. Por lo tanto propongo que se vote: que se elija otra autoridad distinta a la del virrey; que dependerá de la metrópoli si ésta se salva de los franceses, o será independiente de ella si España queda subyugada.

—¡Asombra —grita el obispo Lué— que hombres nacidos en una colonia se crean con derecho a tratar asuntos privativos de los que han nacido en España! ¡Están excluidos por razón de conquista y por las Bulas con que los Papas han declarado que las Indias son propiedad exclusiva de los españoles!

El Fiscal de la Real Audiencia, doctor Don Manuel Genaro Villota, más sereno, le contesta a Castelli.

—Usted no puede ser ajeno a las circunstancias de apuro en que se hizo el nombramiento del Gobierno de Regencia, y cualquier defecto que se pueda notar en su designación lo subsana el reconocimiento posterior que podrán hacer los pueblos súbditos de la Corona. Buenos Aires no tiene derecho alguno a decidir por sí sola sobre la legitimidad del Gobierno en España y mucho menos a elegirse un gobierno soberano, que sería lo mismo que romper la unidad de la Nación y establecer en ella tantas soberanías como pueblos.

* * *

Un momento después, un Guía Dorado le habló al grupo donde estaban los tres.

—Ciudadanos de Segunda de los Territorios del Interior, bienvenidos a la Histórica Plaza de la Refundación, escenario de las más grandes gestas nacionales del último siglo —dijo—. Ustedes han sido seleccionados por el Gobierno del Excelente Triunvirato, dentro del Plan Nacional de Erradicación de la Ignorancia y como premio a sus Esfuerzos de Trabajo Voluntario Obligatorio, y tendrán el honor de participar en los actos programados para celebrar los trescientos años de la Patria.

Hablaba con una voz muy profunda y grave, con una vibración baja que se calaba hasta los huesos. Paulina se tapó los oídos, pero igual la escuchaba muy claro.

—Hoy, ciudadanos, asistirán a los festejos —continuó hablando el Guía, mientras unos auxiliares repartían banderitas y pancartas prolijamente impresas con mensajes de apoyo al gobierno—. A continuación, escucharemos el mensaje de nuestros líderes y luego, por la tarde, viajaremos en chóper a visitar las ruinas de Vieja Buenos Aires, la Fosa Común de los Héroes, en el Cementerio de Plaza de mayo, y el Museo del Cabildo. Por la noche embarcarán para volver a sus respectivos hogares y continuar trabajando por el honor de servir y contribuir a alcanzar los destinos de grandeza de la República.

Paulina se mantuvo en silencio viendo cómo sus padres asentían, muy serios, al escuchar al guía, que hizo una pausa y prosiguió.

—Ustedes son privilegiados al haber sido elegidos para asistir al discurso de los miembros del Excelente Triunvirato. Todo el país los estará mirando, así que deberán estar alegres y sonrientes, y agitar constantemente los elementos que les estamos entregando. Cada grupo tiene asignado un guía. Cuando éste levante su mano derecha, todos gritarán bien fuerte ¡Viva el Triunvirato!; y cuando levante su mano izquierda, con voz potente aclamarán ¡Ahora sabemos de qué se trata! —y con un tono perentorio, interrogó al grupo— ¡ ¿Entendido?!

—¡Sí, señor! —respondieron todos, incluso Paulina, llena de una euforia inexplicable.

Los hicieron entrar a la Plaza, de manera ordenada. Paulina y sus padres fueron ubicados al lado del monumento al Mariscal Kuzniecky, salvador de la Patria.

* * *

El Fiscal Villota abre una brecha en la argumentación de Castelli, que no acierta una respuesta. Pero ésta aparece en la mente lógica de Juan José Paso.

—Dice muy bien el señor Fiscal que debe consultarse la voluntad de los demás pueblos del Virreinato; pero piénsese bien frente a los peligros a los que se ve expuesta esta capital. Ni es prudente ni conviene el retardo que implica el plan que propone. Buenos Aires necesita con mucha urgencia estar a cubierto de los peligros que la amenazan: el poder de la Francia y el triste estado de la Península. Debe ser la inmediata la formación de la junta de gobierno provisoria a nombre del señor don Fernando Séptimo y proceder sin demora a invitar a los demás pueblos del Virreinato a que envíen sus representantes a la formación del gobierno permanente.

Villota es impotente para destruir el alegato de Paso, pero interviene otra vez, con voz entrecortada, para echar en cara a los rebeldes su desapego a la metrópoli.

—Es muy doloroso que en ocasión de la mayor amargura de España, trate Buenos Aires de afligirla con una novedad de esta clase y oscurecer las glorias adquiridas por este virreinato por una estúpida equivocación de conceptos.

Interviene el General Ruiz Huidobro, el oficial presente de mayor graduación, para fijar su postura.

—Cierto es que no podemos abandonar a nuestro augusto y amado monarca el señor don Fernando Séptimo en tan mala hora. Debemos sostener a su Virrey en esta leal colonia y aguardar que la buenaventuranza de Nuestro Señor Jesucristo ayude a Su Majestad.

* * *

Todos continuaron agitando sus banderitas y aproximadamente una hora después se abrieron las puertas del balcón del Palacio de Gobierno y por ellas aparecieron los integrantes del Excelente Triunvirato. Los guardias comenzaron a levantar alternativamente sus brazos derechos e izquierdos y los vítores recrudecieron. Por los altoparlantes se escucharon los primeros compases del Himno de Guerra, y todos se quedaron muy quietos. El extraordinario tenor Félix de la Riviera, orgullo de la Patria, cantó las estrofas y toda la plaza hizo los coros del estribillo.

Triunvirato Glorioso y Excelente
guíanos en los días de guerra.
El pueblo te ofrece su vida y su tierra.
Mándanos a morir en el Frente.
.

Después, comenzó el discurso.

—Pueblo de mi Patria —dijo el General Triunviro Supremo,.

—Pueblo de mi Patria —dijo el Abogado Triunviro.

—Pueblo de mi Patria —dijo el Arquitecto Triunviro.

—Hoy es un día de fiesta.

—Hoy es un día de fiesta.

—Hoy es un día de fiesta.

—Festejamos trescientos años de Patria y cuatro de libertad...

—Festejamos trescientos años de Patria y cuatro de libertad...

—Festejamos trescientos años de Patria y cuatro de libertad...

—...después de dos décadas de dominación enemiga.

—...después de dos décadas de dominación enemiga.

—...después de dos décadas de dominación enemiga.

El discurso duró más de cinco horas, pero Paulina se durmió enseguida en brazos de su padre y se despertó al final, cuando los altoparlantes atronaron el aire con el Cumpleaños Feliz, que todos cantaron de buena gana.

Así concluyeron los Actos Oficiales del Tricentenario.

Ordenadamente, los Guías retiraron a los ciudadanos de la Plaza. Les ofrecieron un refrigerio frugal y los subieron, muy apretados a un chóper. La niña estaba muy emocionada. Todo era nuevo, todo ocurría por primera vez.

Rápidamente se elevaron y ganaron velocidad. Sobrevolaron las islas y el Campo de Batalla Tigre Dos, luego el río oscuro. Pasaron sobre los restos oxidados de los acorazados Carrió y Fortabat, encallados en las playas de Sansidro, y aterrizaron en el Puesto de Control Núñez, en un viejo y derruido estadio de fútbol. Allí los subieron a otro Carro de Visita, con el que recorrieron los despojos de la ciudad vieja por un camino abierto entre los escombros que los llevó en línea recta hasta el Cráter Obelisco. Bajaron, los organizaron nuevamente en pelotones y los Guías los llevaron por una senda sobreelevada hasta la Plaza de mayo.

—¿Ves esos carteles? —dijo papá— Dicen que está prohibido tocar todo lo que esté fuera de la senda, porque puede ser venenoso o radioactivo. ¿Está claro, mi amor?

—Sí, papi.

Visitaron las ruinas de Rosada, que —lo comprobó Paulina— no eran más altas que ella.

—¿Esto lo destruyeron las bombas invasoras, papi?

—No, mi cielo. Esto pasó durante la Guerra Civil.

Oraron frente a la Fosa Común. Dejaron una gota de sangre y un papelito con sus deseos, tal como aconsejaba la creencia popular, en el Santuario del Soldado Vílchez, Héroe de la Resistencia; y escupieron sobre la tumba del Odiado General McCormick.

—Este señor mató muchos argentinos —dijo mamá.

—Pero los Guardias Dorados lo tomaron prisionero cuando huía con su amante, el Mayor Zenobio, y los diez lingotes de oro que el enemigo había dejado en las cajas del Tesoro. Fue juzgado y fusilado en el momento, y enterrado al lado del Soldado Héroe, para que nosotros podamos contrastar el Amor y el Odio a la Patria —dijo papá.

Luego fueron hasta el Cabildo, una construcción de duraplástico, emplazada donde, según se suponía, había estado el original. Los hicieron entrar a un anfiteatro gigante junto a más de dos mil personas, donde verían una representación de las jornadas de mayo de mil ochocientos diez.

—¿Quiénes son esos señores, papi?

—Los protagonistas de la Gesta de mayo, mi vida.

Los Guías los ubicaron, les ordenaron guardar silencio, las luces se apagaron y se iluminó el escenario.

* * *

Los debates, interrumpidos por improperios, vivas y aplausos se prolongan; y ya es casi mediodía. Las voces se elevan en grupos aislados que deben ser llamados a silencio constantemente. Don Antonio Berutti, jefe de las milicias de la Legión Infernal, irrumpe en la sala a los gritos.

—Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete. No se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y derramamientos de sangre. El pueblo está armado en los cuarteles y el vecindario espera la voz para venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo? Toquen la campana del Cabildo y el pueblo estará aquí para satisfacción de este Ayuntamiento. Y si falta el badajo de la campana, nosotros mandaremos tocar a generala y que se abran los cuarteles, y la ciudad sufrirá lo que se ha procurado evitar ¡Sí o no! Pronto, señores, decidlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños ¡Pero si volvemos con las armas en la mano no responderemos de nada!

La votación se inicia en un completo caos. Se obliga a hacer públicos los votos y se coacciona con largas cadenas de insultos y vítores según los sufragios sean a favor o en contra de una u otra postura. Muchos se retiran, temerosos de lo que pudiera pasar. A favor del Virrey se pronuncian sesenta y cuatro votos, y ciento sesenta y dos en contra.

Es medianoche.

El coronel Don Cornelio de Saavedra se pone de pié en un salto y desenvainando su sable grita.

—¡Criollos traidores! ¡Los míos, a degüello!

El primero en morir es Belgrano. Los seguidores de Saavedra y leales a Cisneros se encargan en el momento de Azcuénaga, Alberti y Matheu. El mismo Berutti degüella a Castelli.

* * *

—Querido ¿no deberían ir ganando los revolucionarios? —preguntó mamá.

—Entiendo que sí, pero no conozco la historia completa. Quizá después...

* * *

¡No otra vez! ¡no otra vez! —grita el Técnico de Teatro en Jefe.

—¡Señor! —dijo un Técnico de Segunda, sentado frente a los controles— ¡Los microcircuitos de memoria pregrabada están sufriendo una liberación espontánea!

—¡Ya lo sé, idiota! —responde el jefe—. ¡Intente bajar la frecuencia simbiótica!

—¡Sí, Señor! —y confirma, al cabo de unos segundos— ¡No responden, Señor!

—¡Pruebe con las Gammaondas!

—¡Sobresalto Jota muy elevado, Señor!

—¡Carajo! ¡Al revés, entonces! ¡Suba la Inducción de Sueño!

—¡Respuesta cero uno en cien! ¡Muy baja, Señor!

—¡Carajo! ¡Carajo! ¡Carajo! ¡Prepare un Betaimpulso!

—¿Señor?

—¡Un Betaimpulso, imbécil!

—Destruiremos las mentes de todos los andros, Señor...

—¡Ya lo sé! ¡ ¿Qué quiere?! ¡ ¿Que otra vez se vuelvan locos y maten dos mil espectadores más?!

—No puedo hacerme responsable...

—¡Apriete ese comando ya!

* * *

Un zumbido agudísimo creció por sobre las voces de los protagonistas hasta hacerse insoportable. Paulina estaba a punto de gritar cuando un flash muy intenso la encegueció.

Un minuto después, cuando recuperó la visión, se encontró con un espectáculo extraño: los actores, en el escenario, estaban todos como muertos. Algunos en los sillones, otros sobre la mesa que presidía la escena, y la mayoría directamente en el piso. Saavedra avanzó unos pasos moviendo su sable de un lado a otro y luego cayó del escenario —a Paulina le recordó los pollitos con los que ella solía jugar en su pueblo, arrancándoles la cabeza y viendo cómo caminaban hasta caer muertos—. Un brazo aquí, una pierna allá, se movían de manera espasmódica. Paulina, sin entender, miró primero a su mamá y luego a papá. Ambos estaban desparramados en sus asientos. Mami muy quieta y de papá sólo subía y bajaba su dedo índice de la mano derecha que, de todas maneras, pronto se quedó quieto también.

Paulina nunca volvió a Nogalito.

Fue criada en un Centro de Reeducación en Dolavon, cerca de Gaiman en el Territorio Sur; y a los quince años la destinaron a servir de compañía a las Tropas de Defensa de Fronteras. Vivió toda su vida en cuarteles, desde la Puna hasta Tierra del Fuego, y en los territorios de Ultramar.

Alguien le contó, muchos años después, que aquel día en el Cabildo de Vieja Buenos Aires, el Betaimpulso afectó a unos cincuenta veteranos de guerra que estaban presentes en la sala, entre ellos mamá y papá, cuyos cerebros dañados en batalla habían sido reparados con microcircuitos de memoria pregrabada.

A pesar de la muerte de sus padres, Paulina recordaría aquel viaje toda su vida y con mucha nostalgia. Nunca más volvió a Nueva Buenos Aires. Nunca formó pareja. No tuvo hijos. Tuvo una larga y solitaria vida.

Murió, muy viejita, ya entrado el siglo veintitrés, poco antes de que la Patria cumpliese cuatrocientos años.

© Daniel Frini, (4.099 palabras) Créditos