EL ROBOT CIENTÍFICO
Anselmo Vega Junquera
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El robot se retiró hacia atrás para observar en su conjunto toda la enorme pizarra, llena de símbolos y fórmulas y en cuya redacción había estado ocupado horas y horas. Allí aparecían las R, indicadoras del grupo de números reales, las C de los complejos, las ∫ de las integrales, las ∂ de las derivadas, y así todo un cúmulo de grafías que para un extraño parecería un galimatías, pero que para él le resultaban evidentes. Y la conclusión que acababa de obtener figuraba en el extremo inferior derecho del encerado.

—¿Entonces, esa Δ final es la respuesta definitiva? —pensó, para sus adentros, un poco sorprendido de su resultado.

—¿Justo, el intervalo está dentro del número de Planck? —se preguntó, en silencio, mientras mantenía sus ojos fijos en todo aquello.

Miró y remiró las operaciones que había hecho, para asegurarse del todo. Las ecuaciones, las igualdades, los numeradores y denominadores, las reducciones, las equivalencias... todo estaba aparentemente bien.

—SR04 ¡Te estás descargando! ¡Déjalo ya! —oyó exclamar a su cuidador, el mecánico Smith.

Efectivamente, éste había entrado en la amplia sala y había visto el amperímetro del robot SR04, cuya aguja estaba ya muy próxima al 0.

—Es que estoy a punto de... —contestó el robot, pero el mecánico no lo dejó terminar.

—Te he dicho que lo dejes... ¡Ahora! —ordenó aquél, y el robot no tuvo más remedio que obedecerle.

Efectivamente, Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc. había desarrollado un nuevo tipo de robot, al que le habían puesto las iniciales SR, por lo de Scientific Robots. Es decir, robots especializados en operaciones científicas, fundamentalmente matemáticas. Y aún estaban en pruebas.

Para ejercitarlos y contrastarlos, la Dirección había encargado al Profesor Caasi Vomisa, de la Academia de Ciencias y asesor técnico de la empresa, que diseñara una batería de pruebas que llevaran al límite la capacidad de los SR. Al prototipo número 4 le había tocado estudiar la posibilidad de los multiversos, o universos paralelos, que era una de las cuestiones de la astrofísica más controvertidas en los círculos científicos.

Para ello, el robot había estudiado las últimas hipótesis del espacio-tiempo, las diferentes y por ahora teóricas dimensiones que podían existir en el Universo además de las tres clásicas y, por supuesto, las técnicas matemáticas que utilizaban los físicos teóricos para tratar de determinarlas.

Cada uno de los robots que se había fabricado estaba ahora en áreas separadas del complejo industrial de AM&C y a cargo de un supervisor, que cuidaba de sus constantes vitales, por así decirlo, pues aún eran prototipos y había cientos de parámetros, además de su capacidad de proceso, que debían ser comprobados y certificados.

El robot no dejó translucir sus emociones, si es que las tenía. Había hecho un descubrimiento muy importante, pero le habían obligado a estar quieto mientras el mecánico le colocaba los cables eléctricos para volver a recargar sus células de energía, casi exhaustas después de tantas horas de trabajar ininterrumpidamente en la resolución del problema que le habían planteado. Hierático, ni siquiera movía sus ojos para volver a contemplar aquellas ecuaciones que demostraban que...

—¡Ahí, quieto hasta que yo vuelva! —le conminó su cuidador, quien en este período de comprobaciones tenía sobre él la máxima autoridad. Una vez que verificó que la aguja del amperímetro del robot empezaba a subir lentamente y que por lo tanto la batería no se había deteriorado, se marchó tranquilo sabiendo que aún faltaría más de una hora para completar la carga.

El cosmólogo Max Tegmark ya había definido los diferentes niveles que podrían tener dichos tipos de Universo, en coincidencia con el astrofísico Hugh Everett. El tema estaba candente y podría explicar muchas cosas a través de la física cuántica. En un futuro próximo, las mediciones de la radiación de fondo de microondas y de la distribución de la materia a gran escala seguramente confirmarían algunos de los supuestos sobre este tema, como ya había ocurrido, por ejemplo, con las ondas gravitacionales predichas por Einsten.

Todo esto ya lo sabía el robot, pues eran conocimientos básicos de esa materia. Pero para demostrarlo se necesitaba una mente matemática especial y la renovada empresa de Androides y Mecanismos Cibernéticos Inc, con Mr. Robert a la cabeza esta vez, había pensado que quizá la utilización de robots especializados podría suponer una fuente de ingresos para su empresa y un paso muy significativo para resolverlo. Para ello les habían incorporado, además, unos módulos analíticos capaces de sacar conclusiones que rozaban casi con la creatividad.

El robot, aunque totalmente quieto, tenía sus células cristalinas funcionando. Por los vértices de los hexágonos de platino con impurezas de cobre e iridio pasaban las corrientes eléctricas formando una serie de redes neuronales que se habían ido estableciendo a medida que el robot trazaba las fórmulas y ecuaciones en aquella enorme pizarra.

La clásica E=mc2 de Albert Einstein ya había sido completada con la teoría cuántica de campos, la unificada y la de cuerdas. Pero aún eran teorías y faltaba la formulación matemática que las resolviera.

El robot no dejaba de pensar... El número de Planck, el número de Planck... ¿Por qué? se decía una y otra vez, mientras sus baterías se recargaban más rápidamente de lo que había supuesto el técnico Smith.

A su módulo analítico le parecía extraño que fuera imposible detectar ningún suceso en el tiempo, más allá del pequeñísimo margen que significaba el número de Planck.

—¿10 elevado a menos 44? ¿El tiempo que un fotón recorre una distancia cien-millón-billón-billonésima parte de un metro? ¿Y cuál sería la razón intrínseca de eso? Seguramente, algo ocupaba ese espacio, que estaba prohibido traspasar.

El espíritu crítico y metódico del robot no comprendía la existencia de ese límite. Sí, ya sabía que se había demostrado para nuestro Universo conocido... Pero... ¿Por qué? se preguntaba una y otra vez.

El Hombre vivía en un espacio material. Y el conocimiento de éste, a través de los siglos, había ido verificando espacios cada vez más pequeños, desde el teórico y conceptualista átomo de Demócrito hasta el descubrimiento experimental de los corpúsculos subatómicos más pequeños, como los fotones, electrones y quarks. Pero... ¿Qué hubiera una barrera intraspasable? Esto no lo acababa de asimilar el módulo analítico del robot. Por eso, cuando se le encomendó este estudio, no partió de estos límites, como hubiera aceptado cualquier científico humano. No, él calculó... destripó... profundizó... y sorpresivamente, llegó a una conclusión.

Ese espacio prohibido estaba ocupado por los otros Universos. Por eso era imposible traspasarlo. Porque así existían simultáneamente todos los posibles, sin interferirse. Al menos, eso había deducido de la pequeñísima porción que representaba la Δ de la última ecuación que había diseñado en la pizarra.

Mientras, el técnico se había encontrado con unos amigos en la cafetería del complejo industrial, y allí, en animada conversación, se le pasó la hora en la que debía haber vuelto a vigilar la carga de las baterías del robot.

El robot había recibido una orden. Quedarse quieto. Y quieto se quedó, mientras la batería se saturaba, mientras los cables se calentaban, mientras se incendiaban e iniciaban un fuego que, inmisericorde, prendía la pizarra y la reducía a cenizas, junto con todo lo que contenía aquella estancia y retorcía los metales y cristales de platino que habían sido el prototipo SR04.

© Anselmo Vega Junquera, (1.406 palabras) Créditos